El Folclore en la Obra de Tomás Carrasquilla
Andrés Pardo Tovar

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IV. LAS LEYENDAS PIADOSAS

Quizás sea Antioquia la comarca colombiana donde florezcan con mayor vigor y espontaneidad las leyendas de carácter religioso. Lo que se explica por la reciedumbre de la piedad ambiente: La Montaña es una tierra creyente, celosa de sus tradiciones cristianas, mística y ascética en ocasiones. Sin que por ello descuide aquello de los bienes terrenales, desde luego.

De este ambiente colectivo, de esta verdad racial, es admirable pintor don Tomás Carrasquilla, que en la mayor parte de sus obras mueve a sus innúmeros personajes a través de una floresta de religiosos perfumes.

Sin detenernos en las descripciones de la vida religiosa de los aldeanos y campesinos antioqueños, que tánto abundan en las páginas del genial novelista, y pasando de largo ante ciertas figuras centrales que adquieren en sus relatos perfiles dignos de Gabriel Miró -dígalo el inolvidable Padre Casafús- es nuestra intención limitarnos a citar aquí algunas de las leyendas piadosas forjadas por la imaginación popular antioqueña, tal y como las consignó Carrasquilla en sus páginas narrativas.

Del milagroso origen de una villa.

Yolombó, la minera, parece haber surgido de un hecho que aún rememoran las gentes del lugar. Al menos, así lo afirmaba doña Rudesinda Moreno de Gómez, citada por el novelista en el prólogo de la obra a que tántas veces nos hemos referido: "La Marquesa de Yolombó". Ello es que la histórica población, en un principio fue simple tambo de indios sometidos y pacíficos, mazamorreros en su mayoría. Así hasta que un mestizo de nombre Lorenzo, del mismo oficio, hubo de toparse, al regresar a su rancho, después de lavar las arenas del río que pasa por ese lugar, con un señor muy "acuerpado y respetable", que le dice: "No te dé recelo, tocayito. Yo soy aquel Lorenzo a quien asaron en parrilla por Nuestro Señor Jesucristo. . . ". A continuación de lo cual, ordenó el santo mártir al afortunado mestizo que con parte del oro que recogía construyera un templo donde se venerara una imagen suya. Digna de mención resulta la circunstancia dé que fuera el mismo San Lorenzo quien indicara a su "tocayito" que la imagen debía tallarse en Quito. Cumplió el mestizo lo que le ordenara su santo patrono, y de la iglesia que a sus expensas construyó surgió el pueblo: llamósele por esto San Lorenzo de Yolombó.

El novelista, sinembargo, no parece creer en el milagroso origen de la villa antioqueña, porque mira con simpatía hipótesis más humanas, bien que menos poéticas: "Aseguran otros que no hubo tales Lorenzos ni tales garambainas; que esta fundación fue posterior a la de Nuestra Señora de los Remedios; que se hizo con todas las reglas, usanzas y solemnidades españolas. .. . y que se dedicó a San Lorenzo, más en recuerdo de El Escorial que por honrar al santo. Sea lo que fuere, no cabe duda de que, por ser región muy rica en minerales, a ella cayeron los chapetones como gallinazos a la carroña."

Más adelante, y por boca de la comadre Hilario, Carrasquilla enumera otros tres santuarios antioqueños: El del Nazareno de Marinilla, el del Cristo de Zaragoza y el de San Antonio de Pereira, metas de otras tantas peregrinaciones anuales. Pintorescos turbiones humanos, por breñas, hondonadas y picachos, impulsados por un místico ideal!

El robo de la custodia.

La piedad popular, ante la profanación de imágenes y vasos sagrados, ha reaccionado siempre en sentido imaginativo. Nada que conmueva más a las gentes humildes, en quienes se conserva intacta la fe religiosa. En la novela "Hace Tiempos", se citan las tres primeras estrofas de un largo poema narrativo:

"Este Flavio es un bandido.
Este Flavio es un ladrón
que se vino de su tierra
a robarse a su Criador.

"En Ríonegro un caucano
y un infame cantarrana
se robaron a Nuestro Amo
de la noche a la mañana.

"Y la Hostia consagrada
a la basura arrojaron
y la Custodia divina
a piedra despedazaron.

Nada más. El relato queda trunco.. Perdónenos el maestro si nos atrevemos a insinuar un desenlace, apelando para ello al tono narrativo de Berceo en los "Milagros de Nuestra Señora". Es decir, al arrepentimiento final de los profanadores, que se salvan de la eterna condenación gracias a la intervención de "la muy Gloriosa sin mancilla".

El turpial eucarístico.

En "Dominicales" incluyó Carrasquilla un breve relato, intitulado "Salutaris Hostia". Fluye de él una extraña poesía, que conmueve y exalta la imaginación. El autor comienza evocando la figura de un párroco de aldea para quien "el pecado era lo único que no podía ofrecerse a Dios; lo demás, todo era oración. Reír, gozar con lo bello y lo legítimo de la vida, divertirse, todo era ofrenda y era oblación".

Adviene la festividad del Corpus Christi. La hostia consagrada, entre cánticos, nubes de incienso y guirnaldas florecidas, llega procesionalmente a uno de los altares. Es entonces cuando aparece un turpial, aquel tan conocido de todos los vecinos, tan arisco y rabioso, "que sabe salir,  o encerrarse en su jaula, que se burla de gatos y gavilanes".

Y he aquí que el animalillo vuela a uno de los macizos de flores que adornan el altar y apenas está la custodia en el pedestal, entreabre las alas y, agitado y vibrante, rompe en un trino que se escucha a pesar de las campanas. "El turpial se columpia en su rama y modula y gorjea y junta todos sus motivos y afina todas sus cadencias y sigue y sigue. El rezo termina, y el turpial sigue cantando ante aquel auditorio sobrecogido. De pronto calla, y torna a su casa por donde ha venido".

El narrador nos refiere lo que siguió al dulce prodigio melodioso: A los fieles, reunidos en la iglesia parroquial, el párroco suplicó que no fueran a inventar "milagros ni simplezas, ni lo metieran a él en el asunto". Y sigue diciendo el novelista:

"Talvez por ésto no salió aquello del curato; mas, en el pueblo, muchos convenían en que el párroco había conjurado al turpial, y el turpial había obedecido. Entre chuscos y cándidos compaginaron la leyenda, que se contaba en secreto. Eso había sido un pacto: En la mañana del lunes precedente subía el cura; venía de auxiliar a un moribundo; el turpial estaba desayunando en un matorral de cebada, nacida en un tiesto. . . y el cura le dijo: "Cuídate harto, negrito pechiamarillo; ensaya todo lo que sepas, porque el jueves tienes que venir a tu esquina a echarle un cántico al Señor". El pájaro sacudió la cabeza en señal de asentimiento.

Y en rasgo de exquisita ingenuidad, que ignoramos si el novelista meditó intencionadamente, o si consignó de paso, obedeciendo a imperativos trascendentales, el relato termina con cuatro palabras dignas de un engolado académico: "Esto es rigurosamente histórico".

Fe candorosa de nuestros mayores, que aún impregna de amor y de confianza el itinerario de nuestros rumbos desconcertados. Por tierras de América deambulan inquietudes y añoranzas. Entre estas últimas, las llamadas persistentes de la fe que arrulló nuestra infancia y hacia la cual se inclina inexorablemente el corazón, a pesar de los imperativos intelectuales.

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