IV. LAS LEYENDAS
PIADOSAS
Quizás sea Antioquia la
comarca colombiana donde florezcan con mayor vigor y espontaneidad las leyendas de
carácter religioso. Lo que se explica por la reciedumbre de la piedad ambiente: La
Montaña es una tierra creyente, celosa de sus tradiciones cristianas, mística y
ascética en ocasiones. Sin que por ello descuide aquello de los bienes terrenales, desde
luego.
De este ambiente colectivo,
de esta verdad racial, es admirable pintor don Tomás Carrasquilla, que en la mayor parte
de sus obras mueve a sus innúmeros personajes a través de una floresta de religiosos
perfumes.
Sin detenernos en las
descripciones de la vida religiosa de los aldeanos y campesinos antioqueños, que tánto
abundan en las páginas del genial novelista, y pasando de largo ante ciertas figuras
centrales que adquieren en sus relatos perfiles dignos de Gabriel Miró -dígalo el
inolvidable Padre Casafús- es nuestra intención limitarnos a citar aquí algunas de las
leyendas piadosas forjadas por la imaginación popular antioqueña, tal y como las
consignó Carrasquilla en sus páginas narrativas.
Del milagroso origen
de una villa.
Yolombó, la minera, parece
haber surgido de un hecho que aún rememoran las gentes del lugar. Al menos, así lo
afirmaba doña Rudesinda Moreno de Gómez, citada por el novelista en el prólogo de la
obra a que tántas veces nos hemos referido: "La Marquesa de Yolombó". Ello es
que la histórica población, en un principio fue simple tambo de indios sometidos y
pacíficos, mazamorreros en su mayoría. Así hasta que un mestizo de nombre Lorenzo, del
mismo oficio, hubo de toparse, al regresar a su rancho, después de lavar las arenas del
río que pasa por ese lugar, con un señor muy "acuerpado y respetable", que le
dice: "No te dé recelo, tocayito. Yo soy aquel Lorenzo a quien asaron en parrilla
por Nuestro Señor Jesucristo. . . ". A continuación de lo cual, ordenó el santo
mártir al afortunado mestizo que con parte del oro que recogía construyera un templo
donde se venerara una imagen suya. Digna de mención resulta la circunstancia dé que
fuera el mismo San Lorenzo quien indicara a su "tocayito" que la imagen debía
tallarse en Quito. Cumplió el mestizo lo que le ordenara su santo patrono, y de la
iglesia que a sus expensas construyó surgió el pueblo: llamósele por esto San Lorenzo
de Yolombó.
El novelista, sinembargo, no
parece creer en el milagroso origen de la villa antioqueña, porque mira con simpatía
hipótesis más humanas, bien que menos poéticas: "Aseguran otros que no hubo tales
Lorenzos ni tales garambainas; que esta fundación fue posterior a la de Nuestra Señora
de los Remedios; que se hizo con todas las reglas, usanzas y solemnidades españolas. .. .
y que se dedicó a San Lorenzo, más en recuerdo de El Escorial que por honrar al santo.
Sea lo que fuere, no cabe duda de que, por ser región muy rica en minerales, a ella
cayeron los chapetones como gallinazos a la carroña."
Más adelante, y por boca de
la comadre Hilario, Carrasquilla enumera otros tres santuarios antioqueños: El del
Nazareno de Marinilla, el del Cristo de Zaragoza y el de San Antonio de Pereira, metas de
otras tantas peregrinaciones anuales. Pintorescos turbiones humanos, por breñas,
hondonadas y picachos, impulsados por un místico ideal!
El robo de la
custodia.
La piedad popular, ante la
profanación de imágenes y vasos sagrados, ha reaccionado siempre en sentido imaginativo.
Nada que conmueva más a las gentes humildes, en quienes se conserva intacta la fe
religiosa. En la novela "Hace Tiempos", se citan las tres primeras estrofas de
un largo poema narrativo:
"Este Flavio es un
bandido.
Este Flavio es un ladrón
que se vino de su tierra
a robarse a su Criador.
"En Ríonegro un
caucano
y un infame cantarrana
se robaron a Nuestro Amo
de la noche a la mañana.
"Y la Hostia consagrada
a la basura arrojaron
y la Custodia divina
a piedra despedazaron.
Nada más. El relato queda
trunco.. Perdónenos el maestro si nos atrevemos a insinuar un desenlace, apelando para
ello al tono narrativo de Berceo en los "Milagros de Nuestra Señora". Es decir,
al arrepentimiento final de los profanadores, que se salvan de la eterna condenación
gracias a la intervención de "la muy Gloriosa sin mancilla".
El turpial
eucarístico.
En "Dominicales"
incluyó Carrasquilla un breve relato, intitulado "Salutaris Hostia". Fluye de
él una extraña poesía, que conmueve y exalta la imaginación. El autor comienza
evocando la figura de un párroco de aldea para quien "el pecado era lo único que no
podía ofrecerse a Dios; lo demás, todo era oración. Reír, gozar con lo bello y lo
legítimo de la vida, divertirse, todo era ofrenda y era oblación".
Adviene la festividad del
Corpus Christi. La hostia consagrada, entre cánticos, nubes de incienso y guirnaldas
florecidas, llega procesionalmente a uno de los altares. Es entonces cuando aparece un
turpial, aquel tan conocido de todos los vecinos, tan arisco y rabioso, "que sabe
salir, o encerrarse en su jaula, que se burla de gatos y gavilanes".
Y he aquí que el animalillo
vuela a uno de los macizos de flores que adornan el altar y apenas está la custodia en el
pedestal, entreabre las alas y, agitado y vibrante, rompe en un trino que se escucha a
pesar de las campanas. "El turpial se columpia en su rama y modula y gorjea y junta
todos sus motivos y afina todas sus cadencias y sigue y sigue. El rezo termina, y el
turpial sigue cantando ante aquel auditorio sobrecogido. De pronto calla, y torna a su
casa por donde ha venido".
El narrador nos refiere lo
que siguió al dulce prodigio melodioso: A los fieles, reunidos en la iglesia parroquial,
el párroco suplicó que no fueran a inventar "milagros ni simplezas, ni lo metieran
a él en el asunto". Y sigue diciendo el novelista:
"Talvez por ésto no
salió aquello del curato; mas, en el pueblo, muchos convenían en que el párroco había
conjurado al turpial, y el turpial había obedecido. Entre chuscos y cándidos
compaginaron la leyenda, que se contaba en secreto. Eso había sido un pacto: En la
mañana del lunes precedente subía el cura; venía de auxiliar a un moribundo; el turpial
estaba desayunando en un matorral de cebada, nacida en un tiesto. . . y el cura le dijo:
"Cuídate harto, negrito pechiamarillo; ensaya todo lo que sepas, porque el jueves
tienes que venir a tu esquina a echarle un cántico al Señor". El pájaro sacudió
la cabeza en señal de asentimiento.
Y en rasgo de exquisita
ingenuidad, que ignoramos si el novelista meditó intencionadamente, o si consignó de
paso, obedeciendo a imperativos trascendentales, el relato termina con cuatro palabras
dignas de un engolado académico: "Esto es rigurosamente histórico".
Fe candorosa de nuestros
mayores, que aún impregna de amor y de confianza el itinerario de nuestros rumbos
desconcertados. Por tierras de América deambulan inquietudes y añoranzas. Entre estas
últimas, las llamadas persistentes de la fe que arrulló nuestra infancia y hacia la cual
se inclina inexorablemente el corazón, a pesar de los imperativos intelectuales.
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