|
VIII.
INDUSTRIAS Y OFICIOS TIPICOS
En el vasto y resonante
panorama provinciano que surge, se va precisando y acaba por revestirse de total plenitud
y coherencia a medida que avanzamos en la lectura de las obras de Carrasquilla, hay una
industria que todo lo abarca y domina. Visible o invisible, la actividad minera es, a par
que símbolo de la prosperidad material, meta de todas las ambiciones regionales.
Dejemos su examen para más
adelante, y detengámonos por ahora en algunos aspectos secundarios de la artesanía
antioqueña de antaño, tal como se revelan en las jugosas páginas del vigoroso escritor.
Detallistas y
guarnicioneros
Por excelencia, la novela
"Hace tiempos" -tríptico que abre dilatadas perspectivas sobre la vida
antioqueña de fines del siglo pasado- es la epopeya de la minería. Al menos por lo que
dice a los últimos capítulos de la segunda parte y a los primeros de la tercera. Pero
también en ese admirable relato aparecen valiosas menciones documentales de pequeñas
industrias típicas, algunas de carácter artístico, Incluso:
"Muchos gentes y
comercios trae el verano por estos montes. Fabricantes de totumas de cuerno y de coco;
talabarterillos con sus chácaras, sus correas y sus cargadores; orfebres de Guarne y
Girardota, con sus cajitas repletas de corazones de plata y de mariposas de oro;
escultores montañeros con lo más apetecido de su industria: Son crucifijos de a cuarta
con chorrerones de sangre y azules llagas; son esos Sanantoñitos tan queridos, con
aquella mirringuña de Niño".
De brujas y
curanderos
También -a su manera-
constituyen oficios en lo Antioquia de antaño la brujería y la medicina popular,
contagiada esta última de una gran dosis de superstición, mezclada a otra tanta de
garrulería. Un rasgo común aproxima a brujas y curanderos: El uso de las yerbas
medicinales. Solo que las primeras las emplean para conseguir determinados efectos
negativos, criminales en ocasiones, en tanto que -por lo general- los curanderos se valen
de ellas con propósitos legítimos: "Cruz es de Amalfi y su mujer de Rionegro. En
Remedios se conocieron; en Remedios se casaron y de allí se trasladaron a Segovia.
Trajeron consigo a María Electa, una mulatona descolorida, ojos de vaca, abandonado por
su marido, a quien enyerbara una bruja zaragozana...."
Quién no recuerdo a la
negra Frutos, cuyas consejas constituyen el eje central de "Simón el
Mago", uno de los primeros relatos breves de Carrasquilla? Y en materia de
brujería, cómo olvidar el quinto capítulo de "La Marquesa de
Yolombó", donde el autor da cuenta y razón pormenorizada de las andanzas y
encantamientos de la señá Bernarda Matute y de las vecinas de la
"Calle de los Brujas"? Una de éstas -"La Colorada"- era "la
mejor voladora y de yerbas más eficaces".
Solo que el realismo de
Carrasquilla lo lleva a buscar explicaciones puramente naturales a estos pretendidos
"oficios" de antaño. Y a revelarnos el secreto que bajo apariencias de
brujería se recataba en los ingenuos aquelarres provincianos: "Con su cuerpo
sandunguero y su palmito inocente de Concepción quiteña, con su mata de pelo, que se
echaba por delante al encaramarse a los tejados, siguió haciendo estragos, si no con
venenos materiales, que nunca se le conocieron, con prestigios harto diabólicos.... En
esa época, toda mujer del partido era brujo de hecho: No podían concebir las dos
facultades separadas. Acaso tenían razón". Observación esta última en que apunta
el sociólogo tras el novelador.
Un Vaucanson de la
Montaña
Cuando Eloy Gamboa, el
héroe de "Hace tiempos", llega a Medellín y lo recorre entre
pasmo y asombro, da con la morada de un personaje sobre el cual hubiéramos querido que
Carrasquilla se extendiera un poco más, porque apenas si alude muy de pasada al curioso
artífice: "Lugar muy concurrido era la casa, ahí cercana, del maestro Torres, el
gran fabricante de santos. Tenía un autómata, espanto de los niños: Era como un
muchacho flacuchento y enfermo que movía la cabeza y estiraba una mano para implorar
limosna. Con esta andromina y sus ringleras de mamarrachos sacaba el maestro sus
pesetillas. Cómo no? Era la única exposición artística en esta villa ricachona."
Los polvoreros
No los nombra expresamente
Carrasquilla, que recordemos, pero los resultados de su labor se escuchan por dondequiera
a través de sus relatos. Cohetes, truenos, triquitraques, globos multicolores y voladores
que al estallar en los altos cielos iluminan fugazmente el paso de las nubes compitiendo
luego con las estrellas errantes, son el obligado cortejo de todas las festividades
populares, de las bodas campesinas, de las fiestas patrias e incluso de las tumultuosas
recepciones de los ejércitos improvisados por las guerras civiles. Al respecto, las citas
se prolongarían indefinidamente.
De la epopeya minera
Raras veces
consiguió acuñar el novelista medallones sonoros comparables a aquel en que describe un
día de fiesta en el pago de la minería. Nos referimos al segundo capítulo de "Dominicales",
en el que Carrasquilla contrapone magistralmente la pausa que el descanso abre en la vida
de los mineros con el estruendo de la ruda jornada semanal: "El agua, al mover las
maquinarias; las vagonetas, al rodar en los rieles; el mineral, al caer en las tolvas; los
pisones, al pulverizarlo, cantan con estruendo de cíclopes el himno del oro, que el eco
repite en la cañada y en la cumbre. Día como éste faltan voces en el concierto gigante:
Ni el banco ni el yunque se escuchan; socavones y aserraderos, aceros y taladros están
mudos; mudos dinamita y fulminantes. Descansan todos en el día del Señor...."
Es en "Hace
tiempos", sin embargo, donde Carrasquilla se extendió más y mejor en sus
descripciones del ambiente y de la vida en las zonas mineras de Antioquia. Con tales
fragmentos, bien podría formarse una antología épica del trabajo primitivo, en que la
fuerza del hombre -ayudada por unas pocas herramientas manuales- todo lo suple y lo
supera: "Los grupos y jerarquías de la mina! Será una la gente del molino y del
lavado, del socavón y del carreteadero. Será otra en las carpinterías a codal y
escuadra y en las fraguas de toda clase. Otro los macheteros ambulantes que componen y
remiendan canoas y mampuestos, acequias y carreteaderos, socavones y apiques. Pues y los
monteros, sacadores de teja y aserradores? Y todo aquel personal de pinches y fregonas que
preparan y reparten el condumio para sesenta en cada cocina? ... Mézclase a este
movimiento interior la arriería, que traen constantemente víveres y materiales para lo
mina y mercancías de ropas y cachivaches para la tienda".
Tras del filón, se
encuentra el surco, donde florecen los dones de la vida. Y es así como Carrasquilla,
después de describir el ajetreo de la mina en el párrafo que acaba de transcribirse, nos
transporta a un escenario bien distinto, en el que susurran plácidas brisas montaneras:
" Lindando con la zona minera está La Playa, una vereda de seis o siete alquerías
habitadas por agricultores, que también negocian con la empresa. Es una vega bordeada de
helechos arborescentes, casi en línea recta, orillas de la quebrada de la Trinidad....
Como haciendo contraste con los riscos auríferos, tiende esta posesión sus praderas
apacibles de pastos naturales y sus suaves pendientes pobladas de ganado vacuno y
caballar, con algo de lanudo. Cinco socavones y dos apiques suministran carga a los tres
molinos y arenas a los arrastres respectivos."
Refiriéndose a la última
de las narraciones novelescas de Carrasquilla -"Hace tiempos"- observa Federico
de Onís cómo "allí está todo lo que hizo a Carrasquilla ser, como era,
antioqueño esencial, y después, por obra de su arte, antioqueño universal". Sí:
Universal por obra de su arte, pero también por el ingente aporte folclórico que
atesoró en su obra. Porque como escribe el argentino Carlos Vega, nada hay más universal
que lo folclórico, a pesar de ser esencialmente regional: "Son universales los
elementos; son regionales las combinaciones, pues lo que confiere fisonomía propia a cada
región no es tanto la materia original como el producto de sus especiales y singulares
maneras de superposición y mezcla" (Carlos Vega: "Panorama de la
música popular argentina". Editorial Losada, Buenos Aires, 1944. Página
341).
CONTINUAR
REGRESAR A ÍNDICE
|