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VII.
LA FLORA REGIONAL EN LA VIDA CUOTIDIANA
A todo lo largo de las
narraciones de Carrasquilla, las flores, las plantas rústicas, los musgos y las
parásitas asoman en un perpetuo y renovado ritornelo decorativo muy digno de estudio.
Aquí, nos limitamos a una breve enumeración, escogiendo -entre millares- aquellos
fragmentos en que el novelista acertó más en su amoroso empeño de rodear a sus
personajes de marcos multicolores, decorando los ambientes en que los mueve con exquisita
y minuciosa paciencia de orfebre.
El valle de Aburrá
En "Frutos de mi
tierra" consagra Carrasquilla algunas páginas o dibujar el valle donde tiene su
asiento la capital antioqueña. Esta larga y deliciosa descripción abunda en párrafos
felices, que en su conjunto constituyen una sugestiva colección de paisajes al óleo y a
la acuarela: "Deslindan estas heredades hileras de sauces, de naranjos y de
limoneros, písamos en flor, que semejan hogueras, búcaros que semejan ramilletes,
guamos, carboneros, y cien árboles más, amén de la vegetación que medra bajo la
sombra. Crúzanlos una red de atajos y veredas, bordeados de flores, toldados de
enredaderas, regados por arroyuelos". Y algunas líneas más adelante, en nuevo
acierto descriptivo: "Alamedas umbrías de sauces llorones y babilónicos, de guaduas
y eucaliptus, son los caminos reales; y en todas partes la cañabrava se sacude y da a los
vientos la blonda cabellera; y en todas, una flora anónima tupe los claros, enlaza las
frondas, tapiza los bordes que le cedió el cultivo; y en todas, trabajo, movimiento y
vida."
Con qué pesar se ve
obligado el paisajista a abandonar su abundante paleta para continuar la narración!
Escuchémoslo, si no: "Y dejándonos de paisajes y de ilusiones bonitas que -valga la
verdad- no vienen a cuento, sigamos con las feas realidades del nuestro". Sigamos
adelante nosotros, también.
Por los rincones de
Bello
Esta vez, es en la novela
"Grandeza" donde espigamos otra magistral descripción, tan abundante y
sugestiva que no podemos menos que engastarla en la casi totalidad de su extensión:
"Praderas bucólicas, donde la ceiba gigantea proyecta sus cimborios; sotos de
aguacateros y naranjos, de guayabales y de palmas; huertos, donde el madroño enhiesto y
el ciprés luctuoso se alzan entre el follaje del café y de la caña, del maizal y de la
yuca; platanales, perseguidos por los pájaros y agitados por los vientos; . . . . cercos
donde se entrelazan y arrebujan batatillas y zarzamoras, donde el curazao absorvente
desparrama la opulencia de su púrpura y desata la guatemalteca sus pompas delicadas del
lila más ingenuo. Pregonan la blancura, por sobre las tapias y portadas, los copos del
saúco, el penacho del azucena y las estrellas del jazminero. Cantan el oro por bordes y
cunetas el alcaparrón y el chirlomirlo, el rejalgar y la colombiana. Trepa por los
tejados la bellísima; cuelga de los oteros el jazmín de Guatemala, y la rosa Orgullo y
la Mosqueta se enredan con el suspiro y el recuerdo, mientras los dátiles asiáticos
reciben muy tranquilos la sombra occidental de las acacias, y levantan sus cimeras, arriba
de los techos, el sanjoaquín y el astromelio".
En parecidos ambientes
discurrirán los personajes de la única novela en que Carrasquilla hizo crítica social.
Lo que, dicho sea entre paréntesis, explica los defectos y virtudes de su extenso y
dramática narración.
La ¡raca, la guadua
y el diomate
He aquí tres súbditos del
reino vegetal, obligados a morir para que el montañero pueda vivir bajo techo. El
novelista antioqueño, después de dedicar en la obra anteriormente citada unos cuantos
párrafos a la tala del monte secular, nos lleva de la mano hasta la morada del hachero:
"La bondadosa iraca
reviste los caballetes en metodizado pelmazo; la guadua. . . . Oh, la guadua! Abierta,
cubre paredes en abrigador y confortable esterado; entera, cerca y sostiene partida en
dos, trae, sobre horcones, el agua del torrente, y lo larga cerca al lar, en chorro alegre
y musical. Mirad, si no, las puertas de troncos que giran sobre sus ejes de diomate. Ya no
podrá agarrarnos la fiebre al descubierto o junto a la hoguera abrasadora. Ya tenemos
palacio, compañeros!"
Sí. Palacio vegetal, que se
hermana con el paisaje de la montaña y recata las ilusiones y los amores del colono. A su
vera, no tardará en florecer un pequeño jardín, que en sus variados colores pregona la
presencia de una mujer.
Crepúsculo en el
monte
El arte descriptivo de
Carrasquilla, a nuestro juicio, culmina en la dramática evocación del bosque que antaño
cubría la mayor parte de las tierras de clima medio en los valles y montañas de
Antioquia, y del que apenas si quedan rastros: "Sobre el cielo, ya apacible, se
recortan las cumbres, frondosas hacia el norte, medio desmontadas, casi calvas, hacia el
sur. El guayacán levanta, a trechos, su florescencia gualda, abrillantada a tales horas:
Es el motivo que sostiene aquella sinfonía de colores. Acá se levantan las frondas
sonrosadas; allá las oscuras, de matices imprecisos. En el fondo de alguna ondulación,
levantan las palmeras su penacho inquieto y su móvil tronco, sobre el fondo
policromo...."
Líneas más adelante,
descendemos hasta el río, en cuyas márgenes se mezclan "plantas rígidas, plantas
aterciopeladas, plantas flexibles, . . . . parásitas de hojas gigantescas que columpian
sus flores y sus bellotas..."
A la entrada de la
mina
Eloy Gamboa y su amigo
Teodorete, en el tercer capítulo del segundo volúmen de la novela "Hace
tiempos", llegan a la entrada de un socavón abandonado. Los niños, nacidos en
contacto con la naturaleza, la avizoran y analizan ya, engrandeciéndose a medida que sus
sentidos se enriquecen con nuevas sensaciones cromáticas. Y es así como pueden captar la
belleza del paisaje que los envuelve en sus ondas de luz.
En Eloy Gamboa condensó
Carrasquilla sus recuerdos y anhelos de infancia. Quizá a esta circunstancia se deba el
tono confidencial del relato, y la involuntaria ternura con que el escritor mueve a su
pequeño héroe, en boca del cual se complace en poner descripciones tan hermosas como
aquella de los helechos que los niños encuentran en la entrada de la mina abandonada:
"Unos, color de rosa; otros, color de grano; de oro antiguo, de oro nuevo, nupciales,
fúnebres; negros por el derecho y blancos por el revés. Estos rígidos, casi espinosos;
aquéllos crespos y desmayados. Cuales desmesurados y heróicos; cuales delicados y
sutiles. Y los tallos cimeros que. . . . se enroscan y encaracolan en volutas, en rodetes,
en crespos".
En el jardín de los
pobres
Cuando la imaginación de
Carrasquilla visita las moradas campesinas de los jornaleros, su mirada no tarda en
posarse -amorosa, dulcemente- sobre el breve jardín hogareño, fruto de las horas
hurtadas a la diaria faena inexorable: "Cuadro aquel patio, largo y escueto, de suelo
pelado, un cerco de estacones cubierto por una "bellísima" que luce en esta
época todas sus galanuras; dos azucenas de la Habana y dos clavellinas medio se arriman
al lindero. Verdea, atrás, mucho plantío de caña, algo de platanar, dos naranjos, tres
aguacates y un cidro...."
En otros huertos y jardines
humildes, el inagotable narrador nos hará ver las plantas de olor y las medicinales; el
eneldo y el limoncillo; los lulos decorativos, y las barbacoas que desfallecen al peso de
los tomates, de los ajíes y los pepinos, color y promesa del condumio que se ofrece al
visitante -en gesto sencillo y espontáneo- a la hora de la canícula y al filo del
atardecer.
La
incorporación de lo flora regional al psiquismo popular es una de las señales más
seguras de la vivencia folclórica, que presupone un complejo social espontáneo a cuya
integración concurren factores raciales, geográficos, idiomáticos y sensoriales. Entre
estos últimos, nunca falta el cromatismo de las flores campesinas, ni la muda presencia
de las formas vegetales.
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