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X. A
MANERA DE EPILOGO: LO FOLCLORICO Y LO POPULAR.
El
folclorista argentino Carlos Vega, en el capítulo final de la obra atrás citada, observa
que en el mundo de la cultura algo se pierde, mucho se conserva y todo se transforma. Y
anota que en este proceso, corresponde al folclore, precisamente, asumir la permanencia
del pasado. Afirmación afortunada y profunda, que nos confirma en la tésis de que lo
folclórico propiamente dicho presupone el aislamiento, siquiera sea relativo, de
determinados grupos humanos. Aislamiento al que se suma, como condición esencial, la
existencia de una tradición ininterrumpida (oral, musical, coreográfica, artesanal,
etc.) Y ésto porque el cosmopolitismo, si bien puede llegar a originar un nuevo folclore,
para el futuro, destruye inexorablemente los elementos vernáculos y populares de una
tradición regional.
Sea como fuere, es lo cierto
que parece oportuno, para concluir este ensayo, tratar de establecer un indispensable
deslinde entre lo popular y lo folclórico propiamente dicho. Para lo cual conviene
recordar el origen de la palabra "folklore" y las dimensiones de su significado
conceptual.
El
"Folklore"
Como es sabido, este vocablo
fue inventado por el arqueólogo inglés William J. Thoms. Se empleó por vez primera en
un artículo aparecido en la revista "The Atheneum", de Londres, el día 22 de
agosto de 1846. Y lo integran dos raíces: Folk (gente o pueblo) y lore (conocimiento
tradicional, expresión colectiva).
Dentro del área del
folclore -como bien lo anota Adolfo Salazar- se incluyeron muy pronto vastos sectores de
la antropología y de la etnología. En especial, lo relativo a mitos, leyendas,
costumbres, oficios rudimentarios, artes industriales de estirpe vernácula, canciones y
danzas, siempre que en tales manifestaciones de la vida colectiva sea dable encontrar
supervivencias de origen arqueológico. Cuando el folclore aspiró a la categoría
de ciencia, amplió notablemente el área de sus investigaciones. Pero al propio tiempo
limitó extraordinariamente su contenido, en cuanto lo redujo a aquellas manifestaciones
populares contemporáneas que tengan arraigo u origen en una época tan remota que pueda
calificarse de arqueológica.
Hasta aquí no se presenta
problema alguno. Pero éste surge cuando se trata de deslindar y determinar - en el
terreno de lo concreto- si son folclóricas o meramente populares aquellas manifestaciones
que no emanan directamente de la simple imitación de lo que otros pueblos realizan ni de
la iniciativa o inspiración individual y nominada. Tocamos aquí un tema controvertido y
apasionante, que es preciso dilucidar antes de diferenciar lo folclórico de lo popular:
Nos referimos al carácter individual de la creación artística y a la posibilidad de una
gestación colectiva, y por lo tanto anónima, de las manifestaciones folclóricas y
artístico-populares.
Creación individual
y creación colectiva
Toda manifestación surgida
de un individuo determinado lleva la impronta o sello de su personalidad. Pero esta
personalidad es un complejo psíquico a cuya integración contribuyen infinidad de
factores hereditarios y ambientales. Hasta el punto de que en ocasiones resulta imposible
distinguir lo que corresponde a los aportes del medio ambiente y de la raza, de lo que
sólo es atribuíble a la fuerza creadora o a lo psicología personal de un autor.
Sea como fuere, y dejando de
lado este asunto, el problema principal sólo se presenta en las obras anónimas. Pero del
hecho de que una obra sea anónima no puede derivarse la afirmación de que carece de
autor individual, es decir, de que sea el producto de un sentimiento y de una elaboración
colectiva. Error muy frecuente, por cierto. Hasta aquí, encontramos una primera
categoría de manifestaciones o realizaciones que derivan, inmediatamente al menos, de un
autor, de una persona humana, de un individuo singular de la especie. Si puede
identificarse el autor, encontramos la obra nominada; si se desconoce su identidad, si se
ignora su nombre, estaremos en presencia de una obra anónima. Segunda confusión, porque
con esta expresión (obra anónima) se designan también realizaciones de un evidente
carácter ancestral y colectivo: Para evitarla, bastaría con reservar el calificativo de
anónima para toda manifestación en cuyo origen se encuentra evidentemente un creador
individualizado cuyo nombre se desconoce. Pues bien: Todavía discuten los folclorístas
si dentro del campo de su especialidad cabe lo que nosotros hemos convenido en llamar obra
o manifestación anónima. En lo que sí están de acuerdo es en excluír de este campo de
estudio la invención personal nominada.
Posemos ahora al problema de
la gestación o elaboración colectiva de lo folclórico y de lo popular. Son posibles
-como pregunta Adolfo Salazar- "las artes que proceden de la invención colectiva y
cuyos objetos han adquirido forma tras un proceso de colaboración plural"? Puede
concebirse una danza, una canción, una estrofa -por rudimentaria que sea-en cuya
creación hayan intervenido simultáneamente varias personas? Creemos que ello es posible,
pero es necesario aclarar nuestra opinión: Toda manifestación colectiva, dentro del
campo folclórico y de lo popular, nace de una célula originaria necesariamente
individual, a la que sucesivamente se van yuxtaponiendo los aportes de muchas generaciones
que a tiempo que conservan esa manifestación, la van modificando lentamente. De esta
serie de retoques y modificaciones, surge con el tiempo una obra o manifestación cuyo
carácter original desaparece casi por completo y en la que creemos ver el resultado de
una labor colectiva simultánea, cuando en realidad se trata de una tarea colectiva, si,
pero realizada, con el concurso del tiempo, por muchas generaciones.
Previas estas
consideraciones, podemos ya enfocar con elementos de juicio suficientes el problema
central atrás enunciado: El de las diferencias que median entre lo folclórico y lo
popular. Limitando ambos conceptos, esto sí, al ámbito de la estética.
Arte folclórico y
arte popular
André Varagnac, en su libro
"Definition du folklore" (París, 1938), precisa el concepto en
los siguientes términos:
"El folclore está
constituído por las creencias colectivas sin doctrina y por las prácticas colectivas sin
teoría". De acuerdo: Sólo que en la anterior definición hace falta el elemento
temporal y etnológico a que ya aludímos; porque en realidad de verdad sólo es
folclórico lo que presenta una antigüedad arqueológica, o al menos una perspectiva que
hunda sus raíces en el ancestro.
Quien delimita el campo del
folclore determina también -a contrario sensu- el ámbito de lo popular. Anotemos, ante
todo, que lo folclórico suele popularizarse. Y que con ello no pierde su carácter
esencial. De otra parte, el arte culto y erudito suele ser la fuente de lo popular: Así
las primitivas canciones profanas de la Edad Media europea, muchas de las cuales no son
cosa distinta que adaptaciones, mensuradas, de ciertas cantinelas litúrgicas.
Observando lo anterior,
pasemos al campo de lo popular. Amplio, resonante, contradictorio, complejo. Como la vida
misma, de que es reflejo inmediato. Al decir "lo popular", entendemos todas
aquellas manifestaciones que lindan con la estética, es decir, que en alguna forma
tiendan a expresar y -en aspiración de belleza- a plasmar un estado de conciencia
individual o colectivo. Individual, decimos, pero siempre que pueda ser compartido por un
núcleo mas o menos extenso. He aquí por qué ciertos poemas de Julio Flórez -pongamos
por caso- surgidos de la entraña misma de la sensibilidad del poeta -exasperado
romántico- tuvieron y siguen teniendo tan persistente resonancia en nuestros medios
populares.
En lo popular -anónimo o
nominado- se encuentra siempre un contenido de carácter colectivo. Un matiz homogéneo,
percibido y sentido por la mayoría del pueblo. El artista popular será, de consiguiente,
quien produzca en función de sentimientos colectivos. El intérprete de una realidad
social, en fin, siempre que se exprese en términos claramente comprensibles para la gran
mayoría del pueblo. De donde el concepto de lo popular es mucho más amplio y vital que
el de lo folclórico propiamente dicho, porque aunque lo folclórico es o puede llegar a
ser popular, no todo lo popular puede ser calificado de folclórico. Ambos términos se
emplean indistintamente, sin embargo, en el lenguaje corriente. Lo que resulta preferible
a sutilizar en exceso un ámbito conceptual que, de parcelarse demasiado, correría el
riesgo de desintegrarse. Es necesario, sin embargo, precisar algún tanto el contenido de
ambas expresiones.
Mitos, leyendas, danzas,
canciones, costumbres, creencias y oficios cuyos orígenes se pierden en la prehistoria de
un pueblo, son el objeto de la ciencia folclórica.
Todas los manifestaciones
artísticas, usos, oficios y costumbres de un pueblo, espontáneas y colectivas si, pero
no tradicionales -o mejor dicho, no ancestrales- entran en el campo de lo meramente
popular.
Dos ejemplos tomados de
nuestra realidad colombiana aclararán esta diferencia fundamental:
a) Dentro del campo
musical. Las melodías construídas a base de la escala pentáfona, empleadas
todavía por los indios de Tierradentro (Cauca), son folclóricos, en tanto que nuestros
ritmos de bambuco son simplemente populares, en cuanto resultantes de tres aportes:
Melodías andaluzas o gallegas, ritmos negroides de procedencia africana y fondo
nostálgico de la raza aborigen;
b) Dentro del campo
de la plástica. La cerámica boyacense, en cuanto supervivencia de una industria
aborigen, es folclórica; la industria familiar de tejidos de lana, en las poblaciones del
norte de Cundinamarca, es simplemente popular, por el hecho de carecer de antecedentes en
nuestra prehistoria.
Inútil, de momento,
insistir sobre este punto, que en realidad es estrictamente técnico. El calificativo
vernáculo, en todo caso, parece reemplazar con ventaja a los adjetivos folclórico y
popular. Sobre todo en expresiones como arte vernáculo o creencias
vernáculas, por ser más flexible y comprensivo y por ende más cómodo.
Colofón
En la obra de Tomás
Carrasquilla, precisamente, lo folclórico y lo popular se mezclan y confunden, pero para
integrarse dentro de una visión total de nuestra verdad humana y geográfica. Y esta
verdad, perfilada así dentro de la unidad superior de la obra de arte, es expresión viva
y perdurable de lo vernáculo, o de o criollo. De aquí que en las páginas preliminares
de este ensayo hubiéramos podido afirmar que el novelista antioqueño,al captar en su
prosa millonaria el perfil de una raza y al evocar sus especiales maneras de sentir y de
pensar, se nos revela como un auténtico exégeta del criollismo. Vale decir, como un
explorador y un lúcido panegirista de nuestra realidad entrañable.
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