LOS MUCHACHOS
Entre las muchas ocurrencias felices que el célebre Breton de
los Herreros ha tenido al fotografiar ó poner en escena algunos
rasgos de la vida social, se lleva la palma el inimitable cuadro
por medio del cual nos exhibe en el teatro la impertinencia
glotonería y malignidad de que son capaces los muchachos mal
educados, hasta el punto de hacer exclamar al protagonista de la
pieza:
"¡ No mas muchachos.!"
De seguro que Jesucristo no pensó en esas criaturas necias,
preguntonas y malcriadas, cuando con su bondad habitual, y con esa
filosofía que siempre le acompañaba en todos sus actos, dijo,
despues de haber acariciado paternalmente los niños que le
presentaban para que los bendijese:
"Dejad los niños venir á mí y no se lo estorbeis; porque de todos
es el reino de Dios."
Á la verdad, no sabemos qué hubiera hecho Jesus al entrar de visita
á una casa de estas poblaciones; y á poco hubiera dado con una
falange de muchachos, (y aun con uno solo, pues uno solo basta y
sobra para hacerle perder el juicio á cualquiera,) y le hubieran
arrebatado el báculo para montar y largarse á correr por la casa;
que se le hubieran trepado encima ó manosearle la barba, ó le
hubieran quitado las sandalias para jugar con ellas; miéntras que
los otros formaran á su lado inmensos grupos con los asientos, para
hacerlos descender luego formando un ruido atronador; que á un
descuido le hubieran amarrado un rabo de papel ó introducido en el
bolsillo un zapo ó una rata. De seguro que Jesus, en medio de toda
su filosofía, se habria apresurado á despedirse exclamando:
"Mal aventuradas madres, para vosotras está reservado el purgatorio
en vida, ya que por vuestra incuria habeis arrebatado á. vuestros
hijos el reino de los cielos."
Efectivamente, un muchacho travieso, curioso, indiscreto y
entrometido es una verdadera peste, una plaga maligna, mas terrible
que cualesquiera de las que afligieron al Egipto.
Ya mi amigo Vergara ha hecho relacion verídica acerca de la vida
del chino en Bogotá, de todo lo que éste es capaz, de sus cuitas,
embustes y ladinezas, de su genio vivo, inquieto y truhan; pero al
bosquejar su historia ha tomado por modelo á esos séres
desheredados de la sociedad, criaturas desgraciadas, á quienes les
ha faltado una mano amiga y protectora que los saque de la miseria
y los dirija con acierto por el penoso camino de la vida.
Ahora se me ocurre tratar de otra clase de muchachos, de esa clase
que vive en medio de las comodidades y en el fausto y explendidez;
que han gozado de la ternura y solícito cuidado de una madre, y de
las repetidas caricias de un padre; que nunca han experimentado los
horrores del hambre ni el frio glacial de la intemperie; cuya
infancia se desliza entre las delicias, y sus mas extraños y
pueriles caprichos son satisfechos al momento; pero á quienes por
lo regular no se les aguarda un porvenir tan brillante, porque sus
padres á fuerza de mimarlos y darles gusto en cuanto se les antoja,
los han convertido en entes nulos, incapaces de ganar la vida con
el sudor de su frente, y de recibir con valor y serenidad los
rigores del infortunio.
Á cuántos de esos muchachos, cuya cuna en la infancia se ha mecido
en medio de los placeres, los he visto mas tarde sucumbir al peso
de la desgracia, sumirse entre el abandono y la crápula, y terminar
la vida ébrios y alcoholizados por el brandi y aguardiente! Cuántos
han concluido por desconocer la autoridad paterna, y no ha faltado
alguno, que haya levantado la mano contra la madre que le llenó de
caricias, y que afectuosa y compasiva le dispensó la faltas que
cometiera en su infancia!
No faltarán lectores que me crean exagerado, y juzguen que procedo
con pasion al hablar acerca de los defectos en que generalmente
incurren los niños por la condescendencia mal entendida de sus
padres; pero á los que por fortuna no hayan sido víctimas de la
impertinencia de tales criaturas, les aconsejo frecuenten ciertas
casas, y podrán convencerse de la veracidad de estas
observaciones.
Tocóme ir hace algun tiempo á la casa de un amigo, en la cual debia
alojarme por algunos dias; y de paso debo manifestar, que llevaba
resolucion de prolongar el mayor tiempo posible mi residencia allí,
aprovechándome de las reiteradas ofertas que para ello me tenia
hechas mi camarada. Desgraciadamente yo no habia contado con "la
huéspeda," y mi intento resultó fallido, pues á poco de haber
entrado á la casa, y de haber tomado posesion de la pieza que me
habia sido destinada, los hijos de mi amigo, que al principio habia
notado algo taimados y poco comunicativos, se fueron aproximando,
hasta que al fin me perdieron el miedo, y en mala hora abrieron
conmigo una confianza ilimitada. Apénas habia pasado á la sala y me
hallaba conversando con mi amigo y su señora, cuando entró
Camilito, el mayor de los hijos, hondeando un lindo rejo en actitud
de enlazar, y á éste seguia Periquito, convertido en un soldado,
llevando por cartuchera un guarniel, por bayoneta un cuchillo con
mango de concha-nácar, y por fusil una zurriaga. No tuve que hacer
mucho esfuerzo para conocer que todas estas fincas me pertenecian,
y que habian sido extraidas del cuarto por los muchachos; aquí
comenzaron los afanes de la señora para que me devolvieran el rejo,
el guarniel, el cuchillo y la zurriaga todos los esfuerzos fueron
inútiles; pues ámbos comenzaron á llorar, protestando el uno que él
quería ser enlazador, y el otro militar; por último pude recuperar
el cuchillo y el guarniel á virtud de esponsion celebrada con
ellos, quedando legítimos poseedores del rejo y de la zurriaga, que
para mí tennan valor de afecto, por haber sido una regalía de mi
padre.
Alegres los muchachos con el trofeo que habian adquirido,
comenzaron el uno á enlazar á cuantos encontraba, y el otro á dar
azotazos con el látigo de la vara que le servia de fusil, con lo
que logró darle en la cara á una hermanita, quien á la sazon
triscaba en la sala formando un alboroto que parecia echaba la casa
al suelo. De manera que á la alegría y al bullicio se siguieron los
gritos y el llanto. Pocos momentos habian trascurrido, y ya nos
preparábamos para ir al comedor, cuando entró Perico sollozando y
diciendo : Mamá, mamá, mire cómo Trenidá mató mi gallina
cochinchina.
-Cállese mijo, yo le tengo otra muy bonita, le contestó la señora,
tratando de consolarle.
- Ontá ? yo la quero ver, repuso el muchacho gangueando. No hubo
remedio, la pobre madre tuvo que pararse y marchar con Perico, para
señalarle la gallina que debia asignarle. Apaciguada la tempestad
por este lado, marchamos al comedor; pero al llegar, viendo Camilo
que Perico y Conchita se hallaban ya instalados, dió un berrido y
se arrojó al suelo exclamando:
-Papá, Conchita me quitó mi asiento.
-Puú, mi chino, dijo mi amigo levantando al gangoso de su hijo, no
se le dé nada, yo lo siento á mi lado, y cuido bien.
Al tomar el asiento, quedé en medio de Perico y de Camilo, como
quien dice: entre Heródes y Pilátos.
No se habia acabado de servir la sopa, cuando viendo Conchita mi
plato, gritó con toda la fuerza de sus pulmones : -Yo quero
molleja.
-No, señor, replicó Perico, la molleja es pa mí, china fea.
-Mamá, Perico me dice fea, gritó mas recio Conchita.
Yo corté la disputa, dividiendo entre los dos contendientes la
codiciada presa. Pero no por esto dejé de quedar en un potro de
tormento, con la compañía que me habia tocado. Estos niños ajenos á
todo principio de civilidad, infringian á cada rato las mas
triviales reglas de urbanidad, de modo que hasta perdí
completamente el apetito, aun cuando venia aspado por el
hambre.
Mi sufrimiento llegó á su colino cuando Perico, que era el mas
inquieto, comenzó á bambalearse en el asiento, y en un descuido
tuvo que asegurarse del mantel para no caerse, derribando por este
motivo la sopa sobre la mesa, y haciendo caer sobre mi vestido una
taza de caldo, que por el momento creí preparado en los infiernos,
segun fué de abrasador el pringue que sufrí. Por grande que fuera
mi disimulo, mi cara no dejó de revelar el dolor que yo acababa de
experimentar; mi amigo se afanó, la señora dió mil excusas, Perico
lloró, hasta que al fin pude salir de aquel mare-magnum y me retiré
á mi pieza renegando contra los padres que quieren hacer de sus
hijos hombres ya formados, sin la educacion suficiente para que
pueda tolerarse la presencia de éstos en puntos en que un chicuelo
siempre está por demas.
Convencido de que si duraba mas tiempo en la casa de mi amigo me
podria volver loco, resolví partir, y al efecto me despedí
pretextando mil cosas ; pero cuánta no fué mi sorpresa, mi
indignacion y rabia, cuando al bajar á la caballeriza á tomar mi
mula, que antes era un modelo de mansedumbre, la encontré furiosa,
dando coces y bufando á consecuencia de un zurron que e! maldito
Perico le habia amarrado al rabo. Mucho trabajo me costó poderla
asir por el ronsal, y aun mas difícil el ensillarla; pero al fin
todo lo vencí a fuerza de maña. Por lo visto, la chanza del
muchacho me costó el valor de la mula, pues una vez resabiada, la
pérdida de mi bestia era inevitable.
Al ponerme los zamarros eché de ménos las espuelas que habian
marchado á los jarretes de Camilo, quien no se desprendió de ellas
sino despues de mil ofertas que le hice, y de haber intervenido el
padre. Una vez puesto en la mula traté de dirigirla hácia la calle
que debia tomar, pero impresionada como se hallaba con la fechoría
del muchacho, prendió carrera corcoveando hácia la plaza, donde
despues de haberme sacudido á su sabor, me tendió en el suelo cuan
largo soy, delante de un numeroso concurso. Cubierto de polvo y
magullado me levanté, avergonzado por la funcion con que habia
divertido al público, pero con la firme resolucion de vender la
mula á cualquier precio, y sobre todo, de no volver á casa alguna
donde haya muchachos malcriados y padres de familia tolerantes con
sus hijos y desidiosos en el modo de formarles el corazon desde su
niñez.
(Publicado en "El 'Valle."-Año de 1869.)