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ORDEN DOMÉSTICO

 

Son las nueve de la noche.
En la calle mas pública del pueblo G... tres ó cuatro hombres de la clase ínfima, holgazanes y embriagados por el licor, cantan á voz en cuello versos, que ruborizarian á la persona mas relajada, acompañados de un tiple, que, por lo destemplado y discordante, revela la torpeza de las manos que lo manejan.
Á poca distancia se alcanzan á distinguir por entro los barrotes del balcon de cierta casa dos lucecitas, que se apagan por instantes para volver á aparecer luego mas brillantes ; estas luces de chispeante fuego son nada ménos las brasas de dos tabacos sostenidos por los frescos y rosados lábios de señoritas, quienes sentadas sobre la tabla del balcon, se ocultan, para no ser vistas, tras del barandado que les sirve de celosía.
Qué hacen allí estas señoritas?
Aspiran con delicioso encanto el aroma de sus gruesos y ambirados girolistas, de acanelado color y de un exquisito gusto, para quien ha podido acostumbrar su paladar al acre sabor de la nicotina. Hacen mas, espian, ven y oyen cuanto pasa por la calle á tal hora, es decir : se hacen voluntariamente los testigos presenciales de aquelles escenas que la embriaguez ofrece á menudo en las calles del lugar, escenas que ofenden el pudor, que empañan la inocencia y dejan una profunda huella en el corazon de quien las presencia; escenas para las cuales una señorita debiera estar cubierta con un velo impenetrable.
Ah!, ignoran estas incautas criaturas que en aquel punto no hacen otra cosa que robar á su alma esa castidad, con la cual aparece la mujer tan bella y tan seductora; deshojar las rosas de su inocencia al eco de cada una de esas lúbricas palabras, que pronunciadas en la calle van á deslizarse en el oido infiltrando en el corazon un mortífero veneno!
Á propósito de esta costumbre, no podemos ménos de apuntar las expresiones de un célebre escritor antioqueño:
"Qué prueba una celosía en favor de la mujer que se embosca detras de ella?
 Nada.
La virtud no consiste en no oir. El pudor en no ver. La mujer de mérito ve y oye lo que es inevitable ver y oir; y rechaza noblemente lo que es malo.
Pero las que se esconden para verlo todo y oirlo todo, y para que nadie sepa, qué vieron y qué oyeron, pierden doblemente.
Una escopeta cargada siempre es escopeta, aunque le quiten el gatillo !
En la pieza contigua al balcon, la hermana menor de aquellas señoritas, formando corro con las criadas de la casa, se divierte en oir las fábulas y cuentos que le refieren éstas; fábulas y cuentos inventados por la supersticion, en los cuales va siempre mezclado el diablo, algun duende, ó princesa encantada, y en los que á falta de moraleja, la virtud queda en mal predicamento.
Si los padres supieran cuánto es el mal que reporta á sus hijas el roce contínuo con las criadas, serían un poco mas escrupulosos en la formacion del corazon de aquellas, y nunca las abandonarían al capricho de una mandadera, de una ama ó de una niñera, de quienes aprenden no pocas manías, muchos refranes y palabras torpes, perdiendo así gran parte de su inocencia.
La mayor parte de los escándalos domésticos provienen muchas veces de semejante descuido en la educacion.
Á la verdad, que la conversacion de señoritas educadas bajo semejantes auspicios no debe de ser muy agradable, ni sus modales tan cultos que se diga.
Señoritas conozco, que cuando se les dirige la palabra prorrumpen en una estrepitosa carcajada, ó contestan con algun refran; que en union de algunas amigas la pasan riendo ó cuchicheando al oido, aun cuando en la sala se encuentren personas desconocidas, y que merecen respeto y consideracion ; que no aceptan mas conversacion que sobre necedades ó simplezas; que hacen uso de términos tan impropios de su sexo y condicion, que parece estuvieran alternando con criadas; que cuidan poco de la pulcritud de sus vestidos y hasta de su cuerpo; que asisten en la casa con el pelo desgreñado ó con el justillo del camison botado sobre la enagua, ostentando una camisa ajada y no tan blanca como la nieve; que manchan y destrozan cuantos libros ó periódicos llegan á sus manos suministrados por la condescendencia y galantería de algun amigo.
Pero si queréis, lectores mios, observar hasta qué punto llega la superficialidad de la educacion que reciben algunas señoras, ocurrid á ciertas casas y veréis qué desarreglo y despilfarro reinan allí:
Son las 10 del dia y la casa no se ha barrido; en la sala se encuentren pañolones, sombreros y capas sobre los sofás y taburetes; las mesas están empolvadas; en el aposento permanecen las camas sin tender; la ropa sucia regada aquí y allí ; las tigeras, el espejo y la peinilla botados por el suelo, todo en un completo desarreglo ; y si á esto agregais, que la despensa y la cocina marchan manga por hombro ; que nadie sabe de las llaves de los baules, y de la alhacena, del número de cubiertos y vajilla que hay para el servicio doméstico; que es solo al tiempo de sentarse á la mesa que recuerdan ó echan de ver la falta del azúcar, de la sal, ó de la limpieza en los manteles; y en fin, tantos otros defectos que no acabariamos de enunciar, os convencereis de que las familias que proceden de tal manera, les falta mucho por aprender en cuanto á régimen doméstico.
Nada importa, pues, que en los colegios aprendan las señoritas á resolver los problemas mas difíciles de Álgebra; á traducir inglés, ó averiguar la distancia de Júpiter al Sol, si descuidan el aprendizaje mas importante. Bien es cierto, que hay algunos estudios, los cuales solo en el hogar doméstico pueden hacerse con perfeccion, y para la cual enseñanza no puede haber un catedrático mas idóneo que el padre ó la madre. No nos quejemos de la falta de colegios, quejémonos sí, del injustificable descuido y abandono con que algunos padres dejan crecer á sus hijos sin corregirles en tiempo todos los defectos en que toda criatura va incurriendo desde su niñez.
En la mujer predomína el espíritu de la curiosidad y un carácter ligero y superficial, sea dicho con perdon del bello sexo. Fuma tabaco, oye atentamente los cuentos de las criadas, y fisga desde el balcon por curiosidad cuanto pasa en la calle.
Descuida en lo general el arreglo de su casa y de su vestido por superficialidad de carácter.
Y cuál el remedio?
Excitese sériamente la atencion de una niña con el aprendizaje de tantas cosas útiles, que se le pueden ir enseñando sin mayor dificultad, rodeando el estudio de mil halagos, y con esto y el ejemplo se habrá adelantado inmensamente.
Al apuntar los defectos en que incurren con frecuencia algunas señoritas, no se puede ménos de experimentar una positiva pena; pero por lo mismo que amamos á la mujer, y deseamos verla ocupando dignamente el elevado puesto que le está designado en la sociedad, no abandonaremos nuestra tarea, á riesgo de pasar por impertinentes, y de causar uno que otro desagrado.

(Publicado en "La Empresa."-1869.)

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