EL TABACO
Hallábame, no há mucho tiempo, tendido á lo largo de mi hamaca,
y despues de haber permanecido por largo rato disfrutando el suave
y delicioso movimiento de esta cama aérea, quise detener la rápida
corriente de ideas que hacian de mi cabeza un agitado torbellino, y
fijándome en una de las muchas necedades, que rara vez nos ocupamos
de cosas sérias y útiles, dí con la afortunada planta del tabaco,
que ha llamado la atencion de tantas generaciones, y que sostendrá
su imperio sobre el reino vegetal por muchos siglos mas. Reina de
los Andes, que una vez hallada por el Capitan Grijalva entre los
espesos y dilatados bosques de la aurífera América; remitida al
viejo continente por Hernan Cortés, y analizada por el célebre
Nicot, propagó su culto con tanta rapidez, que no bastaron los
terribles anatemas lanzados por Urbano VIII; las penas crueles
impuestas por el Czar de Moscovia, el Sultan Amurat, el Sofí Shah
Abbas, Jaime I y Jorge III; y mas que todo, el haberse armado la
potestad civil y religiosa de todos los paises para impedir el
irresistible poder de su mágica influencia por todo el orbe.
Admirábame al reflexionar que, en el pequeño intervalo de pocos
años, quedaran todas las naciones sujetas á su dominio; y que los
mas absolutos soberanos, los mas intrépidos conquistadores hasta
los mas entusiastas republicanos detuvieran sus marchas triunfales
para dar paso á la narcótica nicotina, que tuvo por cuna las
dilatadas pampas del nuevo mundo, y por dominio el anchuroso
espacio iluminado por el sol.
Observaba luego, que no ha habido uno de los que hayan tenido
relaciones con los primeros soberanos del mundo, con los mas
famosos financieros, diplomáticos, militares, marinos y oradores,
que no haya visto lucir sobre sus bufetes la caja de oro cincelado
con el aromático, puro, suave y exquisito curacoa. Y que los mas
insignes viajeros, no hayan dejado de contemplar al astuto y
egoista habitante del Imperio celeste y al enervado Persa
recostados sobro los ricos y mullidos tapices, envueltos por las
mil ráfagas de humo que se levantan de sus lujosas pipas ; al
activo yanky mascando el tabaco en pasta ó frotándose los dientes
con el ambirado chimú; al atento y bullicioso frances, al rígido
reconcentrado inglés y al hidalgo y caballeroso español fumando el
acanelado ambalema ó comprimiendo entre brillantes pinzas de oro y
plata el diminuto cigarrillo, y en no pocas veces, á una bella
colombiana, cuyos nacarados labios y blancos dientes sirvan de
apoyo á un grueso puro de la Habana.
Ay ! cuántas veces el inspirado Lamartin, el inspirado Espronceda y
el laureado Goldsmith aspirarian una pinchada de rapé, á tiempo de
elevar su irnaginacion para regalarnos con sus célicas
concepciones.
En esta parte iba con mis meditaciones, cuando se presentó en mi
pieza mi amigo Enrique, quien, viéndome disfrutar de la vida
horizontal, como hombre que tiene poco que ver con la actividad, se
acercó, y dándole un fuerte sacudon á la hamaca, exclamó:
-Ola, señor ocioso, no sabe que hoy es dia de correo, y que tiene
que escribir?
-Como no soy hombre de negocios, ni pretendo ser Diputado, tengo
que gastar muy pocas resinas de papel en mi correspondencia, le
respondí.
-Bien veo que no te hallas comprometido en el campo de la política
; pero tu familia y amigos son acreedores á los ratos de ocio que
dedicas á la hamaca.
-No te diré que no, y á la verdad, esa es una deuda bien sagrada
para mí.
-Entónces me parece inútil toda réplica, arregla tu escritorio y
marchemos luego al correo.
Dicho esto, salió mi paternidad, despues de mil pandiculaciones
entre su lecho, y púsose á despachar la correspondencia, en la cual
operacion, preciso es confesarlo, gastó muy poco tiempo, cosa de
que me vanaglorío al notar los dias enteros que gastan los
empleados de alta categoría, los ricos opulentos y los que disponen
de un gran número de votantes, para corresponder á las
manifestaciones de vivo aprecio con que les festejan sus numerosos
y sinceros relacionados.
Una vez plegadas y selladas las cartas, me encaminé con Enrique á
la Administracion de correos.
Armado con mi inseparable caña, prendíle fuego en mala hora á un
"gólgota" de la fábrica de Agudelo y fuíme á la calle con el
inquieto Enrique. Apénas habiarnos llegado al umbral de la puerta,
un hombre que ocultaba su miseria bajo un ancho capoton, me detuvo
el paso para pedirme un cigarro, y como esto á nadie se le puede
negar, fuéme preciso detenerme un momento para satisfacer al
vicioso vergonzante.
Aguardábame en la esquina un barbilampiño de diminuta estatura,
quien saliéndome al encuentro, me interrumpió la marcha, diciéndome
en campanuda voz :-Caballero, su candela.-Y la persona tambien, le
contesté, alargándole mi apénas comenzado cigarro, el que me
devolvió despues de un minuto de retardo, dándome las gracias con
una espesa bocanada de humo que me arrojó á la cara.
-Qué bien se conoce la esmerada educacion que reciben estos
hombrecillos de suspirado bigote, se atrevió á indicarme
Enrique.
-Es la moda del dia, y creo que Fray Gerundio no dejaría de
tropezar con muchos de estos niños en su "Teatro social" ; le
repliqué dando algunos pasos mas, cuando fui llamado á voz en
cuello por un amigo, quien hallándose á larga distancia con algunos
camaradas, parecia interesarle muy poco el objeto de la llamada.
Desviamos al momento el curso de nuestra marcha, y habiéndonos
encaminado hácia el mencionado interpelante, fuimos saludados con
una ligera inclinacion y con las siguientes expresiones: A ver,
amigo, permítame sus ardores. Diciendo esto, sacó de entre su
perfumada cabellera un tabaco, que haría rato se habia atravesado
sobre la oreja izquierda. Encendido éste, y propagado el fuego por
todos los demas circunstantes, marcharnos de allí, rabiando
Enrique, y yo no ménos enfadado.
Cruzábamos la cuadra á tiempo que un individuo de enmarañada barba
y grasienta vestidura, de aquellos que sostienen muy pocas
relaciones con el agua, el peine y los cepillos, me detuvo por la
solapa de la levita, y sacando un fétido chicote de entre un
bolsillo no muy perfumado alargóme su mugrosa mano en solicitud de
la candela. Una vez en posesion de mi gastado cigarro, principió á
revolverlo entre sus dedos de escofina; y convirtiendo luego sus
rugosas megillas en los percudidos fuelles de una fragua, principió
con un soplar y resoplar tan violento que me hizo poner en guardia;
pero inútilmente, porque no queriendo el frio y temerario chicote
participar del fuego, hizo que posara entónces nuestro hombre sus
manos sobre mis hombros y me devolviera mi desdichado cigarro,
exclamando al mismo tiempo: "á lo colegial." Decir esto y meterme á
las narices su asquerosa cara fué todo uno. Al fin triunfó, y yo
pude desprenderme de la pesada carga, quedando medio ahogado con
sus fatigosos resuellos, y la cara humedecida con una lluvia que
tenia muy poco de suave y de nacaradas perlas. Fuéme, pues,
necesario reponer mi cigarro para poder continuar gozando las
delicias de su delicado aroma; pero estaba escrito en el libro de
mi destino, que en ese dia debia yo ser la víctima de los numerosos
impertinentes que cruzan las calles de la ciüdad;; pues apénas
habiamos subido los primeros escalones del atrio de la iglesia,
cuando una mujer de modales poco modestos se nos aproximó, y con
notable desenvoltura me pidió la candela.
-Cero y van diez, tartamudeó Enrique, miéntras que la fumadora se
empeñaba en comunicar el fuego á su mal forjado cigarro. Corta fué
la detencion, porque educada, seguramente ella, en alguna aduana,
juzgó conveniente abreviar el tiempo formando un carnbio que no
dejaria de reportarle bastante utilidad.
Mi rabia llegó á su colmo tan luego como pude notar el escandaloso
fraude que se me habia hecho, y arrojando léjos el problemático
cigarro, estuve por protestar contra este maldito viejo que tantos
sinsabores nos proporciona, sin contar las repetidas borracheras
que anteceden á su perfeccion.
Al fin llegamos á la Administracion de correos, y habiendo
presentado nuestras cartas al Jefe de la oficina, tuvimos el
sentimiento de ver rechazada la correspondencia, so pretexto de
haber ocurrido un cuarto de hora despues de cerrada la estafeta.
Retirámonos de allí, algo pesarosos y sin replicar palabra
alguna.
-Ahí tienes lo que nos ha costado tu infernal costumbre de fumar;
si yo volviera á salir con viciosos!... se apresuró á decir
Enrique, dando ensanche á su mal reprimida cólera.
-Quéjate mas bien, le contesté, de que la sociedad haya tolerado
por tanto tiempo la inveterada costumbre de pedir la candela en
público con perjuicio de los que aprecian en algo el tiempo y la
limpieza.
-O en términos mas claros, de que la mala crianza haya corrido
parejas con el uso progresivo del tabaco.
Y con esto, tocamos retirada para nuestra casa, rabiando Enrique y
yo: reflexionando aún, acerca de los males y disgustos inherentes á
los pocos placeres que gozamos en sociedad.
(Publicado en "El Comercio."-1863.)