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LA HERENCIA DE UN POBRE

 

CUENTO POPULAR

 

I.

 

Se dice que en las cercanías del pueblo L...... vivian há mucho tiempo, dos esposos, para quienes la fortuna siempre les habia sido adversa, y en cambio, la miseria les habia hecho una inseparable compañía, hasta el punto de faltarles lo absolutamente necesario para poder subsistir en union de sus pequeños hijos, los cuales iban aumentándose con suma rapidez, como sucede á todos los pobres, que buscan en el matrimonio un consuelo para sus males, y se encuentran á la vuelta de poco tiempo acosados por muchas bocas que piden pan, y otros tantos cuerpecitos que reclaman vestido.
Antonia, que era la mujer, se hallaba extenuada y casi moribunda por el hambre y el trabajo, y Juan el esposo, que hacia cuatro años sufria los mas atroces dolores de reumatismo, permanecia tendido en una cama de paja, sin poderse mover, y lo que es peor, viendo á su mujer y á sus hijos languidecer en medio de los horrores de la inopia.
Qué cuadro tan triste y desgarrador el que ofrecia aquella familia! Solo una finca tenian aquellas infelices criaturas, y era un burro, que Juan habia heredado de sus padres, y del cual se habia servido en el tiempo que gozaba de salud, para conducir las cargas de legumbre que vendia en el lugar, y por entónces solia proporcionar á aquella desolada familia uno que otro real con los fletes que ganaba.
De manera que el burro se habia constituido en el ángel tutelar de aquella casa.
Un dia, de aquellos en que la Providencia suele poner á prueba la paciencia y resignacion de los hombres, apareció en la puerta de la choza en que habitaban Juan y su familia el patron de la hacienda, hombre adusto é indolente, avaro y de carácter atrabiliario. Iba acompañado de su criado, que era un negro socarron, malicioso y solapado, de tan malas entrañas como su amo.
Tan pronto como don Gualberto, que así se llamaba el hacendado, divisó á Juan tendido en un rincon de la salita, le dijo en tono regañon:
-Hola! Juan, vengo á que me pague el arrendamiento.
-Pero señor, le contestó el arrendatario, con lastimera voz, ya ve el estado en que me encuentro: enfermo, lleno de hijos, y con mi mujer casi muriéndose,
-Yo no he venido á preguntarle cómo le va, ó si tiene muchos ó pocos hijos; y mañana me tiene la casa desocupada, replicó don Gualberto, echando una mirada furiosa sobre el infeliz enfermo.
-Patron, tornó á suplicarle Antonia anegada en lágrirnas, no nos arroje todavía de la casa; dónde irémos á pedir posada con tanta familia, y tan enfermos como nos hallamos?
-No hay misericordia que valga, para mañana la casa desocupada, ó á palos salen de ella, dijo retirándose el hacendado.
Al retirarse, uno de los muchachitos, que se hallaba desnudo bajo el alar de la casa, le tendió al criado su descarnada manita pidiéndole un pedazo de pan.
Un latigazo dado sobre aquella desgraciada criatura fué la contestacion del negro. Al grito del muchacho, Antonia salió tan precipitadamente como pudo, y al entrar con él de la mano, se arrodilló junto al lecho del marido, y juntando las manos exclamó:
-Vírgen purísima, librános de la desgracia.
Algunos momentos despues, el burro que pastaba á alguna distancia de la casa, rebuznó por tres veces.
Acordóse entónces don Gualberto, que su arrendatario tenia aquella finca, con la cual podia pagarse parte de la deuda, y determinó apropiársela, quitándole el último recurso que le quedaba al pobre Juan. Al instante, pues, ordenó al criado echara la soga al animal y lo condujera á la hacienda. Todo lo cual pasó sin ser visto ni oido por los inconsolables esposos.
Apénas habia el negro cogido el burro, adelantándose al patron, continuó el camino por un desecho embarsalado y pedregoso; cuando al volver el recodo que tenia el desecho, alcanzó á distinguir en un punto, donde la tierra se habia derrumbado á consecuencia de la lluvia, un cajoncito como de media vara en cuadro, que habia quedado descubierto por el derrumbe; apresuróse entónces á amarrar el burro en un árbol que se hallaba contiguo, y con una ansiedad imposible de describirse, se lanzó sobre el cajon con el objeto de examinar lo que contenia. Ya le habia alcanzado á introducir la punta del cuchillo por entre una de las junturas cuando llegó don Gualberto, quien al ver al negro en aquella operacion, le preguntó:
-Qué haces ahí?
-Patron! le contestó el negro sorprendido con la presencia de aquel, estoy examinando, qué contiene este cajoncito, que me he encontrado rodado aquí.
-A ver, repuso don Gualberto, no pudiendo contener la alegría, y ayudando al negro en la operacion, bien pronto hicieron saltar la tapa del cajon, con lo que quedó á descubierto un cuantioso depósito de onzas. Ambos quedaron mudos de sorpresa con el hallazgo de aquel tesoro; pero en tal momento mil ideas cruzaron por la imaginacion de los dos. Don Gualberto se lamentaba interiormente de no haber sido él el descubridor, y tener en consecuencia que hacer partícipe al negro, por lo que determinó deshacerse del criado, dándole la muerte. Y éste se desesperaba con la presencia del patron, quien segun todas las probabilidades querria quedarse él solo con la fortuna que la suerte le habia deparado, y en su interior juró darle muerte al codicioso don Gualberto.
Ambos se miraron largo rato á la cara, sus ojos eran llamaradas, su respiracion anhelante y su corazon un volcan en accion.
Acordóse don Gualberto que en su bolsillo habia una toma de estricnina, que en dias pasados habia comprado para las ratas, y entónces una sonrisa de infernal alegría se dibujó en sus marchitos y delgados labios. El criado tambien se acordó del cuchillo de monte que llevaba consigo, y con la mano acariciaba el mango de la cortante arma; pero no queriendo dejar algun vestigio de la muerte con la efusion de sangre, varió de plan y aguardó otra oportunidad para salir del patron.
Don Gualberto que habia madurado ya convenientemente su fatal intento, dió. á su semblante toda la amabilidad que pudo, y dirigiéndose al negro le dijo:
-Mirá, ese cajon no puede estar solo, necesariamente debe de haber otro enterrado en el mismo punto, para sacar el cual necesitamos cavar, y si lo encontramos, el uno te pertenece íntegro, y si no, dividirémos éste entre los dos; mas, es preciso, que sobre este hallazgo guardemos el mas absoluto misterio. Ahora te vas corriendo á casa, te traes una barra, y los aperos necesarios para conducir la carga; ademas, agregó en tono meloso, tomá la llave de mi alacena, y de allí traes una botella de aguardiente, pues la noche se acerca, y necesitamos algun confortativo.
Dicho lo cual, tomó el negro la llave, y fingiendo parecerle muy justa la observacion de don Gualberto, partió volando hacia la casa de la hacienda.
No tardó mucho tiempo el negro en regresar, con la botella de aguardiente, la barra, los aperos de carga y un garrote de guayacan con el que solia presentarse armado en el lugar, y al cual le tenia una decidida aficion. Don Gualberto, que apénas había tenido tiempo de extasiarse contemplando el tesoro, y de persuadirse que el papelito de estricnina se hallaba en uno de sus bolsillos, se apresuró á tomar la botella y saborear un trago; hecho lo cual le designó al negro el punto donde debia principiar á hacer el hoyo. No se dejó éste repetir la órden, y tal fué el entusiasmo con, que comenzó á cavar y arrojar la tierra, que en pocos momentos ya tenia un hoyo en el que podia caber un hombre tendido horizontalmente.
La luna se ocultaba ya tras del cerro inmediato; y sus apacibles rayos apénas iluminaban escasamente el espacio; poco á poco, fueron las sombras de la noche apoderándose del horizonte, y dando á los árboles y demas objetos aquel aspecto lúgubre y melancólico con que todo aparece en el campo cuando ya el dia ha desaparecido totalmente. Un árbol de gigantesca forma que habla cerca del punto donde se encontraba don Gualberto, dejaba mecer perezosamente sus largas y robustas ramas al impulso del viento, lanzando con el roce de sus gajos unos crujidos que mas parecian lastimeros ayes. No se oia mas que el choque de la barra contra la tierra, y en no pocas ocasiones, el sonido claro de aquella cuando daba contra alguna piedra que la hacia despedir una porcion de encendidas chispas. Durante este tiempo, don Gualberto habia disuelto en el aguardiente la estricnina; y ya se preparaba á llamar al negro para ofrecerle el horrible brevaje que le tenia preparado, cuando aquel exclamó:
-Patron, aquí está el depósito.
-A ver, hombre, gritó don Gualberto, dejando la botella sobre la piedra en que se hallaba sentado y penetrando al hoyo. Los ojos del negro brillaron entónces como dos candiles, y apénas se habia el amo inclinado para observar dónde se encontraba el codiciado depósito, cuando aquel levantó el garrote que adrede tenia prevenido y lo descargó sobre la nuca del infeliz patron. Un golpe seco, seguido de un grito desgarrador se oyó entónces. Don Gualberto habla muerto instantáneamente; sus miembros hicieron un pequeño movimiento, y bien pronto no se oyó mas que la caida de la tierra que el negro resbalaba sobre el cadáver, el cual no tardó mucho tiempo en quedar completamente cubierto; verificado esto, se apresuró aquel á formar los hatillos con el oro que se hallaba en el cajon. Formada la carga, desató el burro, mudo testigo de aquella sangrienta escena; y con no poco trabajo, subió sobre el lomo del animal los dos pequeños pero pesados tercios, los que una vez acondicionados, echó con mano trémula la encomienda, apretó la reala, y tirando por enmedio dejó asegurada la carga y en disposicion de emprender marcha. Acordóse entónces de la botella que don Gualberto habla dejado sobre la piedra, y buscándola á tiéntas pudo encontrarla, en el mismo sitio en que éste la habla puesto. No se contentó con uno ni con dos tragos, la sed que experimentaba era devoradora, y con nada podia apagarla, ya daba fin al aguardiente emponzoñado, cuando oyó el chillido de una ave, acompañado de un ligero aleteo, le pareció sentir pasos por entre el monte, y ver una figura negra que se desprendia de entre una roca. Tuvo miedo, sus cabellos se erizaron, la cabeza parecia crecerle, y su cuerpo, que por unos momentos habla permanecido firme, vaciló. No tardó en sentir un extremecimiento y un agudo dolor al estómago, una convulsion espantosa se apoderó entónces de todos sus miembros y cayó rodando sobre el monton de tierra que habia hacinado sobre el cadáver de don Gualberto. Media hora despues el negro habla dejado de existir en medio de los mas atroces dolores. Su cuerpo quedó tendido sobre el sepulcro en que yacia su víctima, sin que en las agonías de la muerte hubiera soltado la botella, que tenia agarrada por el cuello, La luna acabó de ocultarse enteramente, era imposible distinguir los objetos en medio de la oscuridad de la noche; el cielo parecia encapotado por las nubes, de las que bien pronto coménzó á desprenderse el agua en gruesas gotas. Un fuerte huracan se desató en aquel momento, y la luz de los relámpagos principió á reemplazar por ligeros intervalos á la de los astros. No podia ser ménos: el cuadro de sangre y de desolacion que acababa de tener lugar debia ser acompañado de una violenta tempestad.
La justicia divina estaba manifiesta!

 

II.

 

Volvamos á los arrendatarios Juan y Antonia, á quienes habiamos dejado en el mayor desconsuelo, implorando la misericordia divina. Tan pronto como don Gualberto se ausentó de la casa, y que Antonia habia dirigido sus preces al Altísimo y á María Santísima, Juan se acordó que aun tenia una finca con que poder pagar el arrendamiento de la casa, y volviéndose hácia Antonia inició con ella el siguiente diálogo:
-Hija, no hay por qué desesperar, la misericordia divina nunca abandona sus criaturas; cuatro años hace que yo permanezco en esta cama, y aun no hemos muerto de hambre; algun dia, no muy tarde, mejorarémos de fortuna.
-Yo no desespero, contestó Antonia enjugándose las lágrimas que corrian por las megillas. Pero cómo hacer frente á la adversidad? tú enfermo, estos muchachitos muertos de hambre y desnudos, y mi trabajo, que ya no vale nada. Me han hablado de varios remedios con que puedes alentarte; pero cómo comprarlos si son tan caros...... Y para colmo de nuestra desdicha vernos lanzados mañana de esta casa, donde siquiera estamos al abrigo del sol.
-Dios puede mas que la cólera de los hombres, él nos salvará, aguardemos de allá arriba el remedio para mi mal; y en cuanto al pago del arrendamiento, mirá, añadió Juan dando un profundo suspiro, ahí está el burro, con el cual podrémos pagar. Mañana lo llevas al lugar y lo vendes por lo que puedas; cómo no ha de haber una alma caritativa que quiera comprarlo!
-Pero Juan, con qué comprarémos sal en adelante! todas las semanas nos ganaba un real...... Ademas, esta es la única finca que nos queda como herencia de tu padre, replicó Antonia ocultando la cabeza entre las manos. Dos gruesas lagrirnas se desprendieron de los ojos de Juan, quien para ocultar su emocion, trató de volver la cara contra el haz de paja; bien luego, reponiéndose, continuó su diálogo interrumpido en aquel momento por el recuerdo de su padre:
-No hay remedio, Antonia, es el único recurso que nos queda para no ser lanzados de aquí mañana mismo. Llamando entónces á Miguelito, el hijo mayor, dijo: vaya hijo, traiga el burro y amárrelo cerca de la puerta, recoja por ahí unas bellotas de plátano y de maíz y le da de comer; será esta la última racion que recibe este compañero de nuestra miseria.
Salió entónces un muchachito como de diez años de edad. vestido á médias, con una camisa de lienzo, rota y desgarrada, que apénas le alcanzaba á las rodillas. Antonia se púso á soasar en el rescoldo unas batatas y dos mazorcas, único alimento de que podia disponer para la cena en esa noche. Un cuarto de hora despues volvió el, muchacho, trayendo la alarmante noticia de que el burro habia desaparecido del corral.
-Cómo se ha de haber perdidos exclamó Juan, si yo lo oí rebuznar á poco que salió de aquí el patron; será que no lo ha buscado bien.
-Padre, replicó el muchacho, si lo he buscado como aguja, y no he podido encontrarlo. Antonia dejó su oficio y se fué en busca del animal; pero no tardó en volver sumamente desconsolada. Juan que aguardaba con ansiedad la vuelta de Antonia, para saber una razon positiva, le preguntó al entrar:
-Qué hay, se ha perdido, ó nó?
-No parece, contestó Antonia, arrimándose al fogon, y apoyando la cabeza entre las manos.
-Eso fué que se pasó al otro potrero, dijo Juan, para consolar á su esposa é hijos. Que madrugue Miguelito á buscarlo.
Antonia limpió las mazorcas y batatas, las colocó en una hoja de plátano, y sentada al lado de Juan y rodeada de sus hijos, principiaron á comer todos este triste alimento, que iba sazonado con las lágrimas de aquella desventurada madre. Terminada la cena, dieron gracias ti Dios en union de sus hijos, y una hora despues, se acostaron sobre unas jamúas de cascaron de plátano. El sueño de la inocencia reinaba en aquella choza, la respiracion de todos era tranquila y regular, cualquiera hubiera aprendido el mas noble ejemplo de resignacion cristiana en vista de aquel cuadro en el que la miseria, á la par de la inocencia y la tranquilidad de espíritu, se dibujaban á grandes pinceladas.
La mañana del siguiente dia apareció alegre; los campos vestidos de una vegetacion verde, altiva y exuberante, iluminados ligeramente con ese pálido rosado de la aurora, daban al paisaje en que se hallaba situada la choza de Juan el aspecto mas riente y encantador; las paraulatas, los toches y las mirlas posados sobre las hojas de plátano, ó en la esférica copa del mango ó del mamey entonaban esos deliciosos y variados himnos con que acostumbran saludar los primeros rayos del sol: pero lo que primero despertó á la familia de Juan, fué el rebuzno del burro, que parado en la puerta y sufriendo el enorme peso de la carga, aguardaba con una paciencia la salida de alguna persona para quedar libre del tesoro que llevaba á cuestas; cuatro horas hacia que se encontraba en el corral ramoneando por entre los nopales, las malvas y el helecho ; pues desde que él se sintió solo en el memorable sitio donde murieron don Gualberto y el negro, tomó el partido de volverse á su antiguo hogar.
No tardó mucho tiempo en abrirse la puerta de la casa, y ya puede figurarse el lector, cuánta seria la alegría y sorpresa que experimentaria Antonia cuando vió el burro cargado:
-Juan, aquí está el burro, pero viene cargado, fué lo primero que se le ocurrió decir asiendo del cabestro al paciente animal.
Juan, que por uno de esos caprichos de las enfermedades nerviosas, se encontraba en ese dia mejor, tanto que ya podia dar algunos pasos auxiliado de un bordon, se dirigió hácia la puerta como pudo, y explicó á su mujer el fenómeno de la carga, manifestándole que indudablemente los muchachos se habían llevado el animal, y durante la noche lo habian cargado con piedras.
Dicho esto se pusieron, marido, mujer é hijos en la tarea de descargarlo, y no fué poco el chasco que tuvieron, cuando desatados los lios, cayeron los tercios por no haberlos podido sostener Antonia y el hijo mayor.
-Jesus María, exclamó Antonia, que por áinas caigo con el tercio.
-Pero si pesan tanto, mamá, la interrumpió el muchacho; tratando de conducir á la salita, con el auxilio de Juan, el tercio que cayó de su lado. Una vez puesta en la sala la carga y desatados los costales de fique; cuánta fué la alegría que se apoderó de la familia en vista de aquel monton de onzas casi mohosas que constituian la carga. Juan cayó sentado, Antonia quedó arrodillada con los brazos cruzados, y los muchachos con la boca abierta, deseaban la explicacion de aquel hecho tan asombroso.
Al fin, Juan les dirigió las siguientes palabras:
-La Providencia nos ha venido á ver, y hoy recompensa nuestros sufrimientos con su mano generosa. Nunca olvidemos lo que debemos á la misericordia divina, y acordémonos siempre que hemos sido pobres.
No obstante esto, Juan por un escrúpulo de conciencia, y aconsejado por el Cura párroco, á quien dió cuenta de lo sucedido, aguardé un año sin atreverse á hacer uso del tesoro. Durante este tiempo, no se pudo saber la procedencia de aquella riqueza, y el arrendatario con su familia entraron en posesion de la fortuna que habia venido á visitarles á su propia casa.
La muerte de don Gualberto y del criado, causó mucha admiracion en todo el vecindario, particularmente, cuando se supo cómo habían sido hallados: el uno á medio enterrar, y el otro con los síntomas mas marcados de envenenamiento.
Fué despues de muchos años que el Cura pudo descifrar el enigma de aquel singular suceso, que ha servido de base para la anterior relacion, la cual es referida como verdadera por los vecinos del pueblo L......
 

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