EXIGENCIAS INDEBIDAS
Mucho se ha escrito ya contra aquella clase de personas que son
exigentes, pertinaces y hasta temerarias en esto de rendir
obsequios á quien no puede ó no quiere aceptarlos; pero como el mal
sigue sin que para cortarlo hayan bastado las observaciones
juiciosas que vemos en varios textos de urbanidad, ni los artículos
que en estilo jocoso se han escrito sobre dicho asunto en varios
periódicos, emprendemos hoy la tarea de decir algo por nuestra
parte, sin que por esto abriguemos la esperanza de que los que
incurren en tan detestable defecto se corrijan. Hay ocasiones en
que se escribe por escribir, sin mas que por pasar el tiempo, y eso
nos sucede hoy.
Nos encontramos por desgracia en una reunion ó bullanga, de esas á
que han dado en bautizar con el nombre de parrandas, palabra que si
no expresa en manera alguna la idea que se le ha querido hacer
representar, á lo ménos tiene la ventaja de ser de origen
colombiano. Las copas comienzan á menudear, y uno de tantos
oficiosos encuentra con algun infeliz á quien toma por su cuenta el
encargo de obsequiar, ó mejor dicho de atormentar.
-Tome una copita, le dice en tono melindroso.
-No, señor, ya he tomado lo suficiente.
-Será porque se la ofrezco yo!
-En manera alguna; estimo en alto grado su obsequio, pero me hace
daño.
-Es decir que usted no es mi amigo.
-Vaya! por darle gusto, exclama la víctima, y tras ! apura el
trago, con el cual ajusta 14, número suficiente para llevar á la
tumba, no digamos á un hombre enfermo, sino al mas alentado, que no
haya hecho de la borrachera su profesion favorita.
El pobre que ya comienza á ver un póco turbio, cree que con aquel
exceso de condescendencia se ha salvado; engaño! otro impertinente
viene sobre la brecha, exclamando
-Hombre, Julian ! conmigo no has tomado, vamos! un trago para
afirmar nuestras relaciones.
-Pero, Jacinto, vé que el licor me mata, le contesta aquel en tono
compungido.
-Pero si no es mas que una copa, y esto no le hace daño á
nadie.
-Si ya llevo 14.
-Nada, Julian, ese es un desprecio que yo no soporto.
-Que tome, que tome! gritan á la vez otros que han estado
presenciando aquella lucha entre el verdugo y la víctima; á la que
no le queda ya otro recurso que entregarse á discrecion. De ahí
para adelante ya no se da cuenta de sí, las piernas le flaquean,
pierde la razon y se convierte en el hazmereir de la reunion, esto,
si las consecuencias no son mas funestas, como hemos tenido ocasion
de presenciarl en no pocas reuniones. Y lo sensible es que tal
costumbre se lleva hasta los salones de baile, y no son pocos los
que en las comidas y banquetes hacen uso de tales exigencias hasta
con la señoritas, lo que nos parece el colmo de la mala crianza,
por no decir de la mas refinada patanería.
Debiera convencerse todo mundo, de que cuando una persona se
resiste á aceptar una copa de licor ó cualquier otro obsequio, es
porque no quiere ó no puede hacerlo sin un grave perjuicio, y toda
insistencia para que obre ó proceda en contra de su voluntad es un
acto incivil, mas del desagrado que sobreviene al que se ve así
excitado, urgido y acosado.
Ahora, si tal ofrecimiento se hace de una manera repetida, solo por
tener el gusto de ver á alguno embriagado, esto nos parece un
placer feroz y salvaje, y no hallamos cómo el corazon de una
persona medianamente culta, pueda abrigar un sentimiento tan cruel
e inmoral, para calificar el cual no hay una expresion bien
significativa.
Y ya que hablamos de exigencias indebidas, no pasarémos por alto
otra, que si no es de un carácter tan grave, como la que dejamos
apuntada, no por esto deja de ser censurable.
Una persona va á una visita ó concurre á una tertulia con ánimo de
permanecer hasta cierta hora, ya porque sus ocupaciones no le dejan
mas tiempo, ó bien por atencion á su salud quebrantada. Durante las
primeras horas ó momentos de su permanencia en la casa á que ha
concurrido, su animacion ó su placer la tienen altamente
satisfecha; pero llega el momento de partir, toma su sombrero, ó si
es señora, pide su pañolon, y entónces comienzan las súplicas, en
vano es que manifieste tener que ir á despachar algun negocio, ó
que atender á un quehacer doméstico; nada de esto vale, por la
fuerza tiene que volver á sentarse, aun que se halle reventando por
irse, y continuar en la reunion, y fingiendo que se halla muy
contenta para no ir á enfriar el buen humor.
Quiere Casilda despedirse de una amiga á quien ha ido á visitar, y
al pararse, comienza ésta:
-Nada, Casilda, usted no se va.
-Sí, mi china, me voy porque el chiquito está malito.
-Allá está la niñera que lo cuide.
-Sí, pero ya sabe mi negra lo que son las niñeras.
-Es cierto, pero estése otro poco.
-Bueno. Casilda vuelve á sentarse, y al cuarto de hora, parándose
de firme y con ánimo resuelto emprende la tarea de despedirse; pero
la amiga continúa con la exigencia en otros términos:
-Ya se le metió el antojo, tras de que hace sus visitas de
médico.
-Si me he estado dos horas.
-Se conoce lo disgustada que ha estado, cuando se le ha vuelto tan
largo el tiempo.
La conversacion sigue, y entre excusas y ofertas, melindres y
aspavientos la visita se prolonga un cuarto de hora mas, hasta que
al fin Casilda puede zafarse, y llega á su casa, cuando ya su
marido que ha estado media hora mortal aguardando, ha tenido que
volverse á su oficina dando al diablo con la prolongada ausencia de
su cara mitad, quien si hubiera podido venirse cuando lo intentó
por primera vez, habria tenido el placer de estar al lado de su
marido en el momento que éste pedia su presencia en la casa.
Pueblos conozco, en los cuales se acostumbra cerrar con llave el
porton de la casa donde tiene lugar un baile, para impedir se
llegue salir alguno de los concurrentes ; y ya puede figurarse el
lector á cuántos contratiempos puede dar lugar semejante
procedimiento; esto mas del disgusto que debe causar al que sepa
que se encuentra encerrado y que no puede disponer de su voluntad
para ausentarse cuando á bien tenga.
De esta infernal costumbre se han originado no pocas reyertas que
han terminado por algun suceso desagradable.
Ponemos punto por hoy á estas pocas observaciones, reservándonos
hacerlo de una manera mas extensa cuando el tiempo nos lo
permita.