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LAS GRACIAS DE JACINTO

 

Qué desgracia es la de dar con un hombre gracioso! por fuerza tenemos que aplaudir todas sus necedades y chabacanerías; y no he comenzado á hablar, cuando ya en nuestros labios debe dibujarse la sonrisa de la aprobacion.
De veras, que no hay como que á un círculo de necios se le antoje calificar á alguno de gracioso, para que éste obtenga carta blanca para hacer y decir cuanto se le venga á miéntes, y pueda libremente atacar las mas severas reglas de moral y urbanidad. Armado con el título de gracioso podrá burlarse de cuanto hay de sagrado y digno de respeto; su genio mordaz irá adquiriendo cada dia mayor vuelo: las señoras, los ancianos, los sacerdotes, los empleados públicos serán el objeto de su conversacion sarcástica y picante, y pocos serán los que dejen enredado entre la constante charla del gracioso un jiron de su reputacion.
El ridículo es el arma favorita del gracioso, y todos sus tiros y burlas no tienen otro objeto que el de rebajar á cualquiera persona, en cuya eleccion no hace mayor reparo con tal de que arranque la aprobacion de quienes le oyen.
Por lo visto su conato principal tiende siempre á deprimir la virtud, hacer desmerecer las mejores acciones y rasgos de nobleza é hidalguía,
Bien se deja ver que yo no hablo de aquellas personas dotadas por la naturaleza con cierto chiste y amenidad en el modo de hablar y emitir sus juicios, quienes rodean la conversacion de cierto brillo que agrada, sin que ofenda ninguna susceptibilidad, y mucho ménos hiera ó desgarre el honor de nadie. La gracia inofensiva se desprende en tales personas de una manera fácil, sin fuerza ni violencia.
Quiero hacer únicamente alusion á aquellos mozalvetes convertidos en graciosos por la fuerza, cuyo cinismo, arrojo y descortesía son tomados por algunos como el resultado de un genio que la naturaleza ha estado muy léjos de concederles.
Pocos serán los lectores que conozcan á Jacinto Matamoros, hijo de un pueblo en el cual viví por algunos meses, y cuyas gracias se me indigestaron de tal manera, que pronto tomé el partido de alejarme del teatro de sus hazañas. Por el breve bosquejo que de dicho personaje haga, tal vez logre hacerlo conocer, y no es dudoso que los lectores hallen muchos otros parecidos á éste.
Es Jacinto un hombrecillo como de 30 á 35 años, alto de estatura y delgado como un junco, sin ser chato tiene la nariz arriscada; un diente superpuesto á los demas le hace brotar el labio superior, y por entre el hueco que otros dos le han dejado, arroja la saliba larga distancia.
No profesa religion alguna, y si por casualidad se le ve concurrir á la Iglesia no lleva otro objeto que el de aplicar la burla hasta sobre las efigies de los santos que en el altar se veneran.
En cuanto á que tenga decidida inclinacion al licor inútil será añadirlo; pues en esto está precisamente el elemento de los graciosos de oficio.
En un baile se presenta siempre el primero con un amigo de brazo, á quien va diciendo todas las observaciones que le sugiere su genio epigramático. Apénas ha dado una vuelta por la sala y ya cada señora tiene su correspondiente apodo; fuma cigarrillo con la mayor desfachatez, y si el promotor del baile ha mandado tocar un wals él lo manda cambiar por una polka. Á lo que pasa un caballero él estira disimuladamente la pierna, ó la varita para hacerle caer, ó bien le retira el taburete á quien se va á sentar.
Se le antoja bailar, y para ello no tiene inconveniente en pedirle á una señora su programa, obtenido el cual, coloca su nombre en él, despues de haber fijado el pié sobre el mismo sofá que le sirve de asiento á la señora, á fin de poder escribir cómodamente sobre la pierna.
Vuelve al cuarto de licores y allí hace de las suyas; nadie puede excusarse de tomar con él, y al que llega á resistirse, de seguro, le arroja el brandi por la cabeza; cosas todas que se soportan á mas no poder, por ser el gracioso del pueblo.
No ha faltado ocasion en que deseoso de concluir con algun baile riegue sobre el pavimento de la sala polvos de ají, y bajo cualquier pretexto se apodere del arco de alguno de losviolinistas para engrasar la cerda.
Muchas otras gracias de este jaez suele ejecutar en los bailes el privilegiado Jacinto, que dejamos de enumerar porque seria cosa de no concluir, y las cuales no son otra cosa que verdaderos actos de mala crianza y de una completa incivilidad.
En el teatro tampoco escasea las gracias: allí suba á los actores, les grita: que feo; entra á la cantina, rompe una copa y dá contra el suelo á la botella que ha quedado vacia; formando con esto un estrépito y alboroto, que no deja de ser un tormento para los espectadores, quienes han concurrido con ánimo de gozar con la representacion del drama anunciado. Pero no contento con esto el célebre Jacinto, comienza luego á decir mil lindezas y á hacer sus comentarios á voz en cuello, de manera que las señoras ni pueden oir ni darse cuenta del cuadro que está en escena.
Pero en fin, estas gracias no pasan de ser actos de descortesía, y no llevan el inconveniente de poner en peligro la vida de ningun individuo, con quien le plazca poner en juego su genio truhanesco. Pues en verdad, no sé como se pueda soportar con resignacion, y aun haya de tener uno que reirse, cuando acostado en una hamaca y entregado á las delicias del sueño, se pega un furibundo golpe, porque al bienaventurado Jacinto se le ha ocurrido cortar los cabestros de la hamaca; ó bien, le dé á uno la mula en que monte contra el mundo, porque al gracioso se le haya antojado pegarle á la bestia un latigazo, en el momento que se halla mas desprevenido.
Gracias son estas que por mas autorizado que se halle el que las ejecute, no dan para reir, y mucho ménos para elogiar ó aplaudir. Por lo que toca á mí, siempre procuraré conservarme á una prudencial distancia de todo gracioso de la laya de Jacinto.

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