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DELIRIUM TREMENS

 

Me acuerdo ahora de cierta historieta muy conocida por los habitantes de cierta ciudad, y la cual me propongo referir como corroboracion de las observaciones que acabo de sentar en mi anterior artículo acerca de los fatales resultados del uso del licor.
Allá por el año de 1848, vivia en Bogotá Federico Larrastásugui, jóven perteneciente á una familia respetable y que ocupaba una elevada posicion social por sus nobles precedentes, la inmensa riqueza que poseia don Casimiro, padre de dicho jóven, por el lujo que se gastaba en la casa y los modales de exquisita cortesanía que usaban las estimables hermanas de Federico.
Federico habia estudiado en varios colegios; pero como sucede siempre con los hijos de algunos ricos, bien pronto se cansó de la vida estudiantil, y buscó en los billares, las fondas, los bailes, el teatro y demas diversiones su ocupacion favorita. Ningun gasto le arredraba, y casi no habia semana en la que no obsequiara á sus amigos con alguna cena en la "Rosa blanca," ni mes en el que dejara de costear un suntuoso baile.
Federico se hizo el dandy de la ciudad; tenia libre acceso á la mayor parte de las casas principales, cortejaba á mas de cuatro señoritas y engañaba á otras tantas, en fin, era lo que llaman los perdidos cachaco cuadrado.
El número de amigos que tenia Federico era tan crecido, cuantas eran las botellas de brandi, jerez ó champaña que gastaba diariamente, y las sumas de dinero que les prestaba á aquellos que buscan en la amistad una mina rica, de fácil explotacion.
Oh! cuán cierto es aquello, de que el hombre tiene tantos amigos cuantas sean las comodidades de que pueda gozar. Por eso será que los historiadores nos presentan como un raro ejemplo de la amistad pura y desinteresada á Pílades y Oréstes.
Federico fué aficionándose de tal manera al licor, que ya eran muy frecuentes las ocasiones en que llegaba á su casa un sí es no es achispado. Los padres poco caso hicieron al principio acerca de has prodigalidades de Federico, ni de su ociosidad y vida llena de aventuras. Pero como no tardó en pasar de la chispa á la embriaguez y de ésta á la borrachera, á poco tiempo no mas tuvieron la profunda pena de verlo llegar casi en peso á la casa en medio de dos amigos, sin sombrero y ofreciendo la figura mas lastimosa.
Aquí comenzaron los afanes de don Casimiro, sus regalías y exhortaciones, los consejos y las súplicas de sus hermanas; nada bastó, el mal habia echado profundas raices.
La pasion por el licor se habia apoderado del jóven Federico con la fuerza de un incendio devorador, y aquel cuerpo no era ya sino una caja alcoholizada que no se saciaba con brandi ni con el mas refinado ron. El ebetamiento sucedió á la pérdida de la memoria y de la inteligencia; y el lucido jóven que ántes era el encanto en los bailes y tertulias ya no era sino un ente ridículo y despreciable.
El infeliz de don Casimiro no pudo resistir aquel golpe que llenaba diariamente su corazon de congoja y de amargura, y adquirió una enfermedad de la que no tardó en morir, dejando á sus dos queridas hijas en la horfandad y sin mas apoyo que aquel ludibrio de la familia.
La casa que ántes era concurrida por las principales personas de la ciudad fué quedando desierta á medida que los amigos iban ahuyentándose, bien es cierto que ya no habia allí una alfombra donde se ahogaran las pisadas de los visitantes, ni mesas de mármol, ni espejos de cuerpo entero que reprodugeran las infinitas curiosidades que ántes adornaban la sala, ni fanales, ni bombas, en fin, nada que revelara esplendidez. Las dos señoritas vestian de lo mas humilde y su comida era parca y poco condimentada.
Qué se habia hecho el inmenso capital que disfrutaba don Casimiro? solo las fondas, los billares, los sastres, peluqueros y el licor pueden dar una contestacion satisfactoria.
El año de 1853 pasaba yo por los portales de brazo con un jóven amigo mio, á pocos pasos fuimos detenidos por un hombre, que llevaba unos calzones colorados y rotos; media falda de la camisa por fuera y un quepi sumamente deteriorado; el hombre caminaba trémulamente como si tuviera paralizado un lado del cuerpo, al acercársenos nos tendió la mano, pero sin pronunciar una palabra; mi amigo le dió una peseta y seguimos.
-Dime, Cupertino, le pregunté, quién es ese militar retirado?
-No sabes su historia? me contestó.
-Claro es que no, una vez que te pregunto.
-Pues has de saber que ese hombre fué muy valiente en sus mejores tiempos, hoy como ves se halla gastado, no tanto por la edad, como por la carrera que adoptó desde su juventud.
-De manera que su hoja de servicios debe de ser brillante, y seguro que el Congreso no le ha decretado pension alguna. Díme, y en qué batallas se ha hallado?
-En infinitas, diariamente daba una en la "Rosa blanca," en "La estrella de oro," en los portales y últimamente en las tabernas ó pulperías.
-Tú te burlas.
-No, esa es la verdad; has de saber que ese jóven, pues es jóven apesar de las canas y de su arrugada faz nunca ha esgrimido mas mas que la copa y la botella.
-Y cómo esté vestido de soldado?
-En el cuartel, por compasion, le han dado ese vestido, que si no estaria desnudo.
En pocas horas me refirió mi amigo la historia de Larrastásugui y concluyó diciéndome:
-Ese jóven que mató é su padre á pesares, que arruinó la hacienda de su familia, es responsable de la desgracia de sus hermanas. Con sus excesos y vida crapulosa les robó su porvenir. Una de ellas, Clara, era una mujer divina, de rara hermosura y de un carécter angelical; amaba y era correspondida con frenesí por un jóven, miembro de una de las mas importantes familias de esta ciudad; pero viendo los padres de dicho jóven el estado de degradacion á que habia llegado Federico, se opusieron terminantemente á que se efectuara el matrimonio, con lo cual el amante se volvió loco, y Clara vió marchitarse en pocos momentos sus mas bellas ilusiones.
-Y dónde paran hoy las dos hermanas?
-La una sirve de ama de llaves en una casa, la otra entró de sirvienta en un convento.
-Qué suerte tan diversa al porvenir que se les aguardaba, y todo por causa de su hermano
-Dí mas bien por causa del licor, del juego, de los malos amigos.
Otro dia muy de mañana íbamos Cupertino y yo por el camellon de "Las Niéves" y al llegar á la plazuela, vimos agrupada una multitud de personas hácia uno de los costados de la plaza ; dirigímonos allí, y lo primero que se nos presentó en el centro del grupo, fué un hombre muerto, tendido en el suelo y con los vestidos desgarrados. Era Larrastásugui, que víctima del deliriun tremens habia dejado de existir en la noche anterior.
Dos gendarmes acompañados de cuatro hombres del pueblo, colocaron el cuerpo inanimado en un ataúd y marcharon con él al cementerio.
Así terminó sus dias el jóven que algunos años ántes habia llamado la atencion por su lujo y prodigalidad. Bien quisiera que esto no fuera mas que un cuento, escrito solo para llenar dos páginas de este periódico, pero esta es una historia conocida por muchos en Bogotá, y á la cual le he quitado varios detalles en obsequio de la brevedad.

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