EL TRESILLO
Estamos en una noche de diciembre, en una de esas noches que
convidan al recreo, á la expansion, al placer en fin; una de esas
que hacen sentir á uno la necesidad de estar asociado con sus
amigos, con las bellas, con aquellos séres de exquisita
sensibilidad, de alegre y bullicioso genio, de espíritu insinuante
y comunicativo.
Me hallo en uno de esos pueblos, en los que la belleza de semejante
noche es perdida para sus habitantes ; pueblos en los que rara vez
se visita, donde no se acostumbra salir de paseo, llevando de brazo
á sus parientas y amigas en sabrosa y animada conversacion ; en los
que la sala de cada casa se encuentra desierta para la diversion;
donde por rareza tienen lugar esas escenas de dulce
entretenimiento; pueblos para los cuales, lo mismo es una noche
iluminada por la suave y argentada luz de la luna y de las
estrellas, que una noche lóbrega, húmeda y fria envuelta en las
tinieblas; noche de pavor y de tristeza, para quien ama la claridad
y el esplendor de la naturaleza.
En todas partes se nota el silencio, en ninguna se oyen los ecos
armónicos y melodiosos del piano, de la bandola, ó de la guitarra.
Nada que halague el espíritu, nada que amenice esta vida pasada
entre mil sinsabores y congojas, que traiga la expansion al corazon
y desarrolle en él ese sentimiento que nos engrandece y nos hace
admirar lo bello y lo perfecto: el amor.
Pero dónde están los habitantes de este pueblo? me preguntará el
lector. La hora no es muy avanzada para que se hayan entregado al
sueño. Por qué los padres de familia, sus esposas, sus hijas, y esa
multitud de jóvenes que durante el dia forman corrillos en las
esquinas y puertas de las oficinas y almacenes, no se encuentran
reunidos en una ó mas casas?
Por qué no cantan, no bailan, no juegan, no pasean, no se
divierten? Está por ventura tan extragado el gusto en este pueblo,
está tan atrazado, que no se tenga afecto por la música, por las
reuniones de familia, que tanto sirven para estrechar los vínculos
de la amistad, para instruirse, desterrar los malos hábitos y
establecer la cordialidad en todas las familias.?
Para satisfacer tu curiosidad, querido lector, necesito que me
sigas, á fin de que presencies con tus propios ojos lo que pasa en
la poblacion, y puedas apreciar con mejor criterio una de las
causas que influyen directamente en el estado de aislamiento y
falta de armonía que se nota entre los miembros de la sociedad
culta.
No tenemos mucho que andar, allí no mas se divisa una casa de
mediana apariencia, cuya puerta entreabierta deja escapar á la
calle la luz de algunas velas que ilumina una sala pequeña y
desmantelada. Una multitud de personas agrupadas al derredor de una
mesa, sentadas unas y de pié las demas, parece se ocupan de la
solucion de un gran problema, ó que contemplan estáticas algun
objeto maravilloso. Qué interes, qué cuidado, qué atencion y
ansiedad se dibujan en aquellos semblantes !....Todos tienen la
vista fija en lo que está pasando en la mesa, nadie se distrae. La
mirada es ávida y anhelente, no se nota el mas leve movimiento
entre aquellos espectadores, que parecen petrificados en el puesto;
el silencio mas profundo reina allí, ni aun la respiracion se oye.
Cualquiera tomaria aquel conjunto de personas por un grupo de
sabios, que interesados vivamente en el bien de la humanidad, en el
progreso, en el mayor vuelo de la civilizacion, aguardan con un
interes y entusiasmo dignos de tan sublime causa el resultado de
algun experimento químico, la solucion de un problema mas
importante que el de la cuadratura del círculo, la aplicacion del
vapor al movimiento de las máquinas, ó de la electricidad en la
trasmision de la palabra.
El interes se aumenta por grados, la expectativa es cada vez mayor.
De repente se oye una voz, uno de los que rodean la mesa ha
pronunciado en tono sentencioso la siguiente palabra Solo de
espadas.
Un estremecimiento se deja sentir entre los espectadores, la gran
palabra ha sido pronunciada, y entónces se oye un lijero rumor,
algunos se atreven á hacer tal cual indicacion á los que se hallan
mas próximos; pero al instante el silencio vuelve á reinar, y la
sesion continúa del mismo modo que principió.
He aquí la diversion favorita á que se dedica la generalidad de los
habitantes del lugar, á que se contraen las personas mas
distinguidas, sin que haya poder humano que las haga variar de
semejante distraccion, que unos adoptan por puro pasatiempo, otros
por especulacion, y algunos por no tencer qué hacer.
Cómo! personas, entre las cuales figuran jóvenes distinguidos por
su talento y posicion no podrán hallar una distraccion que esté mas
á la altura del elevado puesto que ocupan?, y lo que es mas, en un
pueblo que cuenta con tantos elementos de progreso, que puestos en
accion ó sabiendo aprovecharse de ellos le darian una nueva vida,
cambiarían su faz política y social; se dulcificarian las
costumbres; la cordialidad mas íntima seria la reina de la
sociedad; el carácter, rígido y hasta uraño si se quiere,
desapareceria como por encanto, para dar lugar al genio vivo,
activo, emprendedor, alegre y animado. Qué delicias, qué momentos
de solaz no se gozarían durante las primeras horas de la noche en
que una atmósfera pura y suave sucede al calor ardiente y abrasador
del medio dia!...
Los padres podrian inculcar prácticamente en el corazon de sus
hijos esos sentimientos nobles y generosos, ese trato suave y
delicado, esos modales de exquisita galantería, que solo se
aprenden con el roce social, con las frecuentes reuniones de
familia, con el cultivo del divino arte de Haydn y Mozart. Para
esto no se necesita ni espléndidos banquetes, ni suntuosos bailes,
ni costosos vestidos. Propendiendo por las tertulias ó reuniones de
pura confianza, podrán convencerse ciertos padres de familia, que
no es alejando á sus hijas del trato con los jóvenes, que no es
privándoles de esos placeres, inventados para llevar al corazon de
cada sér una ráfaga de dicha, una emocion de inefable alegría, que
ellas consiguen conservar su pureza virginal, el recato y el candor
que hacen de su alma el foco refulgente de inapreciables
virtudes.
Ellos lo saben muy bien, pero la rutina puede mas que todo; el
vicio del juego está contraido ya en varios lugares que se precian
de cultos y civilizados; esta pasion se ha encarnado de tal manera
en el carácter de sus habitantes que no seria de extrañar viéramos
en breve á las señoras abandonar sus quehaceres domésticos, sus
pequeños hijos para ir á alternar en una mesa de tresillo con su
propio marido y con toda clase de personas.
Esta seria una degradacion, al que no querríamos ver descender á
la. la mujer; su presencia en un garito la despojaria de todos los
encantos y dulces atractivos con que la naturaleza la ha revestido.
De ángel de paz, de madre tierna y afectuosa, del tipo celestial de
la caridad, se convertiria en un ente despreciable degradado por la
avaricia y la especulacion.
En buena hora, que las personas de alguna edad, que ya no
encuentran el mismo aliciente que la juventud en los bailes,
tertulias y demas diversiones animadas y bulliciosas, traten de
distraerse con el tresillo, ya que para ellas han pasado las
ilusiones, y su espíritu no está dispuesto para entregarse á esos
placeres propios de otra edad; pero que los jóvenes busquen en el
juego su única distraccion, esto es enteramente injustificable, un
delito de lesa sociedad, que las señoritas debieran castigar
mirando con desprecio y un marcado desden á quienes huyen de su
trato y son incapaces de proporcionarles esos placeres y dulces
emociones que solo se gozan en toda su intensidad en la primavera
de la vida.
Los que no participamos del gusto del tresillo, no sabemos, querido
lector, qué ventajas ofrezca esta diversion á la sociedad, ni qué
diferencia haya entre este juego con los llamados de suerte ó
azar.
Si los resultados son los mismos, tan malo nos parece el tresillo
como los dados, como el pasadiez ó el bisbis.
1868.