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EL ARRIERO

 

Hay un tipo particularmente en los pueblos del Norte, que hasta ahora no ha sido descrito sino brevemente por nuestros literatos. Este tipo original es el del arriero, quien ofrece con sus costumbres un cuadro bien digno de ser observado.
Tenernos á Manuel, uno de los arrieros mas afamados de su pueblo, y es por esto precisamente que su trabajo tiene el mayor pedido, y se le solicita con empeño por cada uno de los comerciantes del Norte.
Tiene diez mulas escogidas, con las que hace en cada año tres viajes por lo ménos á Cúcuta, Bogotá ú Ocaña. Con el cual trabajo adquiere una módica subsistencia y va economizando para aumentar su arria.
Observémosle detenidamente en el viaje que va á emprender en la próxima semana.
Es de verse el esmero con que Manuel se dedica en toda la semana á rejuvenecer las enjalmas. No hay sudadero que no registre, atarre que no remiende, arritranco que no alargue ó acorte, pretales que no renueve, sobrecincha que no unte y rejo que no ablande. En esa semana disfrutan las mulas del mejor pasto. La mujer se atarea con solícito emporio en remendar la ropa del camino, la que en union de dos mudas nuevas, presenta la víspera del viaje perfectamente lavadas y dobladas. Pronuncia sentencia de muerte contra la gallina mas gorda, que con unas cuantas papas, un poco de carne asada y unas pastillas de aromático chocolate ha de constituir el fiambre para el viaje.
Hechos todos los preparativos, se arma Manuel el dia de la partida con su cuchillo montés, una navaja de cachas negras, una zurriaga de dos metros larga y una totumita que va á desempeñar los oficios de vaso, plato y jícara. Enjalmadas las mulas, se presenta el dia indicado en la casa del patron, donde recibe sus órdenes; deja las suyas á la mujer, levanta con sus compañeros las cargas, y á las ocho del dia se oye por primera vez el indispensable "arre mulitas." Cada arriero se hace cargo de cinco bestias, el caporal de la del atillo y todos van repitiendo el mismo grito haciendo zumbar el látigo por el aire. Á pocos momentos no se oye mas que el pujido de algunas de las mulas, el agudo y penetrante silbo de los arrieros, y en no pocas ocasiones, una favorita interjeccion con la que hacen entrar en su deber á las que mas morosas se entretienen en trasquilar las escasas yerbas del camino.
Á las dos ó tres horas no mas, ocurren Manuel y camaradas á una sucia y desmantelada casa-tienda, la que ofrece á la vista un estante compuesto de cañizos, donde se alcanzan á percibir desplegados en el mas completo desórden unas botellas de aguardiente, unos pares de alpargatas, seis ó siete panes y unas jícaras de barro; de la tasajera cuelgan la carne, unos cinogiles, una cona repleta de huevos, un tiple, una pandereta y un pañuelo carmin que hace los honores de lamparilla ; y en fin, sobre el mostrador se encuentra el excitante piquete compuesto de un taque de agí, un plato con ajiaco y á poca distancia la totuma timaná rebosando con la mas espesa, amarilla y suculenta chicha.
A esta clase de tiendas es á donde precisamente concurren los arrieros, dejan las mulas pastando en la callejuela y luego van á regatear con la ventera el valor del piquete, y concluyen por reclamar el golpe, el andá y volvé el aquerenciador. Hecho todo lo cual, continuan su marcha hasta las cuatro ó cinco de la tarde y entónces entran en otra clase de funciones no ménos interesantes.
Á estas horas y en un punto elegido de consuno descargan las mulas, guindan un toldo y colocan dentro de él las cargas, dejando en su centro el espacio suficiente para una cama franca. Durante dicho tiempo ya el caporal ha preparado el chocolate, para la cual operacion no lo son excusados los mayores sacrificios con el objeto de ejercer, dignamente y á satisfaccion de los arrieros las funciones culinarias inherentes á su destino.
Tomado el chocolate, marchan todos, ménos el caporal, á llevar las bestias al echadero, lo que hacen no sin registrar el potrero, tapando debidamente todos los pasos y poniendo manea á las volvedoras.
A las siete ya se encuentran todos los arrieros en la ranchería, y despues de haber elogiado y consumido la cena que el caporal les debe haber preparado, ocupan sus respectivos puestos en la cama franca, donde á los pálidos rayos de la luna ó en medio de la oscuridad de una helada y tempestuosa noche, se refieren mútuamente las mas célebres aventuras, y al fin, se entregan á las delicias de un sueño tranquilo.
A las cinco de la mañana están todos los arrieros en pié; el caporal que casi siempre se les anticipa, les presenta un ligero desayuno y se pone á preparar el almuerzo para emprender luego la marcha. Manuel y los demas se reparten en diferentes comisiones para ir á buscar en todos los alrededores la mula roncadora, la coneja, la frontina y la venada, las que no habiendo respetado la cerca se han marchado á pastar bien lejos del echadero. Aquí de los afanes para Manuel: no hay bosque, quebrada ni pantano donde no las busque; cien veces sube á una elevada colina, desde donde alcanza á divisar á una inmensa distancia los objetos mas pequeños; al fin, percibe á la sombra de un guadual unos puntitos negros y al instante hace resonar su estentórea voz, la que al punto contestan sus compañeros, quienes en union de Manuel, van encabestrar á las fugitivas, y llenos de júbilo y en medio de estrepitosas carcajadas se presentan en la ranchería con tan triunfal pesquisa.
Preparadas las cargas, marchan usando siempre de las mismas precauciones y entregados á las mismas faenas que en el dia anterior, con la diferencia de que en esa tarde ya no guindan el toldo, pues en la casa de ñua Camila encuentra una franca hospitalidad, y la niña Eusebia que ha oido cierto grito significativo en el vecino portachuelo se apresura á prepararles una opípara cena, y manda á convidar á sus mas íntimas amigas para que asistan á la jarana ó bunde con que piensa festejar en esa noche á su futuro, el hijo mayor de Manuel:
Colocadas convenientemente las cargas en el ancho corredor que mira al camino, si es que las casas tienen ojos, y despues de haber echado caldo de fique ó de limon en la raiz del casco de las mulas despeadas, de haberles frotado el espinazo con agua tibia y jabon, y concluidos los demas que-haceres van á abrazar estrechamente á la bondadosa patrona y saludan grotesca y cordialmente á la niña Eusebia, quien les contesta con cierto aire tímido y risueño á la vez; mira de soslayo á su amante, y éste sin embarazo alguno le presenta unas finas alpargatas del Cocuy y un pañuelo rabogallo, y á la desconfiada y vigilante Camila un blanco sombrero de nacuma; ellas un tanto sonrojadas le contestan con la favorita expresion de: Pero, ah ñor Juan! ¿ para qué se meto en tales costos ? -Para eso trabaja uno, contesta él, muy satisfecho con su regalo.
Eusebia marcha para la alcoba á guardar el pañuelo y las alpargatas que ha de ir estrenando al lugar en el próximo domingo; y del asiento de una petaca, donde ella acostumbra guardar su ropa, saca dos manzanas tan olorosas y de provocativo color, que cualquiera las creeria cogidas en un huerto de Duitama ó de Tenza.
Al volver á la cocina encuentra en la puerta á Juan, y de paso le alarga las manzanas, volviendo el cuerpo á un lado como para no dejarse ver la cara, agachando la cabeza y cubriendo sus megillas con un ligero carmin. Juan se apodera de aquella mano, que al fin ha de ser suya, y guarda las manzanas despues de haberlas aproximado á la nariz y exclamado: Qué olorosas!
-Pa que se las coma, le contesta ella tratando de avivar la candela del fogon; y tomando luego el cuchillo, hace un picadillo de papas cocidas, perejil, tomates y huevos, todo lo cual sazona con cebolla y agí.
-Áh caray, que está usted haciendo un guiso que dice, comeme.
-Es pa que se pique en la cena, le dice ella á tiempo que coloca la sarten en el fogon. Á esto entra la madre, y Juan toma por partido retirarse de la puerta, lanzando ántes una furtiva mirada á Eusebia.
Á las ocho de la noche está repleta la sala de la casa con los convidados de Eusebia: Manuel y otros dos de los mas diestros en la música hacen vibrar violentamente las cuerdas de la vihuela y el tiple á los descompasados golpes de un pandero; y Juan haciendo mil piruetas y con el sombrero en la mano, y otros, con éste calado hasta los ojos, se envuelven con frenesí en una especie de danza que llaman : "torbellino á misa." las doce de la noche todo está concluido, y los arrieros roncan en medio de un profundo sueño, miéntras que Juan y Eusebia tosen, respiran récio, y suspiran desde sus respectivas camas. Todos pasan la noche placenteramente, pero, ah! no saben las penalidades que irán á experimentar al siguiente dia.
Á las seis de la mañana un violento aguacero impide hacer los preparativos de viaje. Uno de los arrieros que habia experimentado en dias anteriores un poco de fiebre, se halla gravemente enfermo á consecuencia de la agitacion de la noche anterior. Las mulas que ateridas por el frío no han podido pastar durante la noche, se hallan agrupadas en el patio, una de ellas alunada, y otra con un hormiguillo pronunciado. Pero nada de esto aterra á Manuel, pues acostumbrado á todas las penalidades del camino encuentra siempre fácil remedio á los obstáculos mas insuperables. Nadie como él, puede con una admirable ligereza levantar las bestias de una chamba, colocarlas en fila en un callejon ó desfiladero, soliviarlas en una subida., desviarlas de un enterradero, cerrarlas de pecho, curar el torozon, cuartear una, picar y sangrar otra ; falsear una enjalma, echar al medio, poner la encomienda, apretar la reata, poner los pretales y envolver el lazo.
Á las ocho ya Manuel tiene las mulas en estado de recibir la carga; el aguacero ha cesado y los arrieros comienzan á levantar cargas. Inútiles son las súplicas de Eusebia para que Manuel demore su viajo hasta el dia siguiente.
-Mire, le dice, que el páramo está muy bravo y que se engranujaron cuatro bestias y un hombre.
-Húú! contesta el inflexible y flemático Manuel; cuando el viejecito se cala su montera blanca yo me amarro la cabeza, me pongo la ruana y animo las mulitas con charla y zurriaga.
-Pero allá abajo es qui hay unos enjoyaderos que ni qué.
-Para eso mis mulas son buenas salidoras.
- Y si se le achaguanan ó se le acaban despiar?
-Tienen casco é jierro, y si no me llevo las de ñor Tiburcio que vive en "Pan de azúcar," y le doy éstas á cuidar.
-El puente de la quebrada se cayó y el vado está jondo.
-Nosotros somos lauchas pal agua, y ya ve que estamos poniendo las cargas atravesadas pa que no se mojen.
-Iiii! aquella mula se echó con la carga.
-Árre cansona, grita Manuel haciendo zumbar el látigo.
-Hoy sí que les va á hacer falta ñor Mauricio.
-Ya se ve que sí, como no haya que cantarle la tirana, afortunadamente queda en su casa y bien recomendao á usted.
-Y ya verán como me porto, hoy mismo voy por la tuerta Indalecia pa que venga á sacarle el malificio.
_Quéééé......, si es lision lo que él tiene, un tabardillo lo mas tenaz.
-Entons con agua é borraja y sauco tiene.
En esto se interrumpe el diálogo y todos se despiden de las patronas, toman el golpe, gritan á las mulas, y Juan, que en esta vez se queda de los últimos no deja de volver á mirar á Ensebia, quien parada en la puerta de la cocina agita un pañuelo blanco en señal de despedida.
La jornada en este dia es azarosa. El camino se ha hecho intransitable, y en varios puntos tienen que apear las cargas y llevarlas á espalda; en los rios que realmente están muy crecidos, se ha ahogado una mula, y el sombrero que Juan lleva mal asegurada se zafa, y va á sumergirse en la corriente de uno de éstos, léjos de su dueño; mas adelante se ha obstruido el camino con los árboles de gruesas dimensiones que un fuerte huracan ha arrancado la noche anterior; aquí tienen que apelar al cuchillo montés para medio despejar el tránsito. Pero el mayor sacrificio es el de pagar tres peajes, tal vez en aquellos puntos mas intransitables, cosa que hacen sin replicar, porque desgraciadamente los que ejercen siempre el oficio de recaudadores en tales puntos, son de la peor clase de gente que se encuentra en las poblaciones; personas que han visitado los presidios, y prontas á maltratar y aun á asesinar en pleno dia y en la mitad de un camino, al pasajero que deniegue el pago que brutal é injustamente se le exige, bien seguros de ser favorecidos y aun premiados por el gobierno ó autoridades que los colocan allí.
-Pero, ah Juancho, dice Manuel, á propósito de esto, qué demonio de viejo tuerto tan care Barrabas el que nos arrancó los doce reales. Y ya viste cómo acariciaba el mango del belduque y levantaba el guayacan cuando le dijiste que nos rebajara.
-Quia! si yo le tengo ménos miedo á un ladron que á estos salteadores, á aquel me lo meto por derecho y lo guindo si es posible pero á estos...... Arreo vayas! cuando se les arruga el cejo le sacan á uno los ojos y lo llevan á la cárcel.
-Y paqué diablos le sacan á uno esta contribucion que nos cuesta tanto sudor?
-Dicen quees pa echar puentes y componer caminos.
-Malditos los caminos que componen, seis años hace que paso por aquí., pagando peajes y dejándome esculcar las cargas, y en cada vez me he tenido que meter á los vados chorreando el sudor, me he enterrado en una chamba, me he rodado en un desfiladero ; y en cuanto á las pobres mulas...... eso no se diga.
-Entons qué hacen tanta plata que nos roban?
-Quién sabe......
En esto llegan á la otra posada, traban conversacion con los otros pasajeros, y con el auxilio de algunos conocidos que se hallan allí se entregan á las tareas ordinarias. Al otro dia y casi siempre á la hora del mercado llegan al pueblo donde han de entregar las cargas. Las bestias descansan por dos ó tres dias en uno de los mas empastados potreros de los alrededores del lugar; durante esto los arrieros ostentan el ancho sombrero cubierto con una funda de vistoso color, una camisa listada y el holgado pantalon de manta fina ; venden las chucherías que han llevado, en la misma tienda donde se alojan; compran lo necesario para regalar á sus amadas esposas, madres, hijos y hermanos ; buscan flete para no devolver vacías las mulas, y al fin emprenden su marcha de regreso, entregándose á las mismas faenas y haciendo los mismos preparativos que en el viaje anterior.
He aquí brevemente bosquejada la vida del arriero, vida en la que los mas leves placeres van encadenados á una multitud de azares y de duras penalidades, y en la que el individuo pone de manifiesto su constancia, su fuerza, su agilidad, valor y honradez.

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