LA DESPENSERA
Me ha entrado hoy la tentacion de escribir algo, no es culpa
mia; pero hay ciertas ocasiones en las que arde uno en impaciencia
por formar artículo de lectura de cuanto ve, oye y le sucede,
particularmente de todo aquello que se roza directamente con los
hábitos y costumbres reinantes en los pueblos donde le toca á uno
la suerte de vivir; y ya que por desgracia no puedo ocuparme de lo
que pasa actualmente en ciertas casas, llamaré la atencion del
lector hácia lo que sucedia, no há muchos años, en el seno de dos
familias muy conocidas mias.
Componíase la una de doña Micaela, esposa de don Cosme (hacendado
y de muchas campanillas) y madre de cuatro señoritas, bellas si se
quiere, y hasta trabajadoras y sencillas en el vestir, esto es:
cuatro hijas que con otra educacion, habrian sido el encanto, la
admiracion y el mejor consuelo para sus queridos padres; pero por
desgracia, la educacion doméstica habia sido enteramente descuidada
en ellas; faltaba la armonía, la unidad de accion, de pensamiento,
de carácter, y por eso el régimen de la casa estaba completamente
relajado, los gastos eran mayores, los placeres muy reducidos, y
las lágrimas abundantes. Faltaba en aquella familia esa mutualidad
de afectos intensos, puros y desinteresados, que hacen de cada casa
una potencia y el foco de las mas dulces é imperecederas emociones.
En cambio de las sonrisas, miradas tiernas y afectuosas expresiones
que se brindan los hermanos que viven en una grata intimidad, la
cólera, el despecho, la contrariedad y toda clase de sinsabores se
sucedian á cada rato; y los pobres viejos veian aquel infierno,
sentian desgarrarse el corazon, y lloraban en silencio.
Asistamos por un momento á una de esas escenas dolorosas que con
frecuencia se sucedian en la casa de que vengo haciendo
mencion.
Mariana y Jacinta se hallaban en la sala, la una bordando una tira,
que le han pagado á hacer, y la otra concluyendo unos cortes de
chinelas para el Cura; Juana cose en el corredor, y Rogelia
aplancha su ropa en la mesa del comedor; cada una ocupada en lo
suyo, sin cruzarse entre sí una sola palabra cariñosa. Al fin de
dos horas de silencio exclama Jacinta:
-Quién tiene las tijeras, que se las llevan, y no son para
devolverlas?
-Cómo no tienen un solo dueño, están tan bien allá como acá,
contesta Juana.
-Pero yo las necesito.
-Pues allá te van, y las tijeras vuelan desde el corredor y van á
caer de punta cerca de Jacinta, quien las recoge exclamando:
-Por fortuna no me cayeron encima.
-Lo que prueba que las dos no nacimos para comadres.
Apagado el fuego por este lado, se aparece luego la criada con
varias jícaras de chocolate diciendo á las señoritas:
-Aquí tan las sonce, que vengan á poner el con qué.
-Que vaya Rogelia, dice Mariana.
-Si ella tá planchando, contesta la criada.
-Pues yo tambien estoy ocupada, replica Mariana.
-De seguro que si no me levanto yo, hoy no se toma chocolate aquí,
agrega Juana dejando la costura; pero al llegar al escaparate
advierte que no tiene las llaves, lo que la hace gritar:
-Aver las llaves! quién las tiene?
-Yo no las he cogido, contesta la una.
-Yo tampoco, dice la otra.
-Entónces fué él duende, exclama Juana.
Rogelia que ha oido desde el comedor todo el altercado, agrega su
parte:
-Si tuvieran garabato en la pretina, de seguro que no se perdian
las llaves.
-Razon de mas para que te las cuelgues en las narices, dice Juana
ardiendo en cólera. Y poniéndose á buscarlas, al fin las encuentra
en un aparador de la despensa; pero á tiempo en que el chocolate
está ya frío, y la criada ha tenido que volverse á la cocina, para
calentarlo.
Esta funcion de la pérdida de las llaves se repite todos los dias,
porque no habiendo una sola persona encargada de la despensa, cada
una las maneja cuando á bien tiene, dejándolas luego, donde mejor
le acomoda.
La noche se aproxima, y es tiempo de irse preparando para concurrir
á una tertulia á que ha sido invitada la familia de don Cosme. Aquí
de los afanes y nuevos disgustos; todas quieren peinarse á la vez,
no habiendo mas que un espejo quebrado, y dos peines mugrosos á
fuerza de no tener punto fijo; cada una se cree con derecho á
aplanchar ó á mandar arreglar su ropa primero. Jacinta mandó la
criada á la calle en busca de un poco de millaré, y Juana la
necesita, salta de rabia porque se tarda. A Rogelia le falta
redecilla para ponerse, y aun cuando Mariana tiene dos, no se le
ocurre prestarle la que le sobra.
Don Cosme llega, encuentra la sala oscura, pide luz, y entónces la
escena se complica, pues como durante el dia ninguna se creyó
obligada á ver si los candeleros estaban limpios, nadie se atreve á
llevar la vela porque no noten el desaseo del candelero seboso y
empañado. Las indirectas se suceden sin intervalo; todo son quejas
y lamentaciones; al fin la pobre madre, que es siempre el editor
responsable, las saca de apuros llevando la luz, y á las ocho
comienzan á salir á la sala las cuatro señoritas, ésta mal peinada,
aquella con un adorno detestable, por la sencilla razon de no
haberse aconsejado mútuamente.
Yo que tenia un verdadero afecto á aquella familia, particularmente
á doña Micaela, que era una santa mujer, concurria de cuando en
cuando á la casa. En una de estas ocasiones hallé la pobre señora
en la sala sola, y enjugándose las lágrimas que no podia contener.
Pesóme haber llegado en tan crítico momento, y casi estuve al
retirarme despues de haberla saludado; pero ella me detuvo,
diciéndome en el tono mas afectuoso
-Para usted, señor Chanchon, no tengo secretos en mi casa, usted ha
sido siempre un amigo consecuente y fino con nosotros. En breves
palabras me refirió entónces todos los disgustos domésticos
ocasionados por falta de armonía entre sus hijas, y concluyó
pidiéndome algun consejo para hacerlas cultivar el amor fraternal,
sentimiento sublime y delicado que dulcifica el carácter, purifica
y engrandece el alma.
Yo que en mi vida he tenido genio para Mentor, y que creia muy
adelantado el mal para aplicarle un remedio eficaz, me encontré en
la situacion mas embarazosa, con tanto mayor razon cuanto que yo
debia corresponder á aquella prueba de confianza, que rara, muy
rara madre de familia se atreve á dar por mucha que sea la
intimidad que se tenga con ella. No obstante, yo me atreví á
aconsejarle principiara por desarrollar en sus hijas el gusto por
las flores, haciéndolas cultivar un jardin, pues siempre he notado
que las flores tienen algo de divino que suaviza las costumbres y
ennoblece el corazon. Al mismo tiempo le indiqué debia excitarlas
para que durante las primeras horas de la noche se ocuparan en leer
algunas obras instructivas ó de amena recreacion, para lo cual,
ella ó don Cosme debian designar la que se debiera leer en la
reunion de familia. Al efecto, le ofrecí algunas obritas, como la
"Economía doméstica," por la señora J. A. de G,. la "Educacion de
las señoras," por Fenelon, "La mujer fuerte," y otras por ese
estilo.
Doña Micaela me dió las mas expresivas gracias por el consejo, la
conversacion se prolongó un poco mas, y á un momento me despedí,
dejando satisfecha aquella buena madre, y yo con la esperanza de
haber recetado un calmante para una enfermedad que aunque demasiado
grave, no por esto dejaria de mitigarse un tanto.
No habia andado dos cuadras cuando me encontré frente á la casa de
otra antigua amiga mia, señora de alguna edad, viuda, y con tres
hijas á cual mas preciosas. Decidíme á hacerle una visita, pues en
ese dia me hallaba con ánimo de visitar.
Tres aldabazos á la puerta y de rondon fuí á dar á la sala.
Encontrábase en aquel momento Matilde, la mayor de las señoritas,
prendiéndole á Herminia, su hermanita, un lazo de cinta en el
justillo del camison, en tanto que doña Isabel, matrona de unos
cuarenta años, se ocupaba en tejer un rodapié. Como en los pueblos
de provincia, en rara casa hay un departamento exclusivamente
destinado á la costura, no es extraño ver que las señoras
desempeñen tal oficio en la sala, reservándose el derecho de
abandonarlo tan pronto como les llega una visita.
Hecho el saludo de costumbre y tomado el asiento que me fué
designado, mi primer cuidado fué el de suplicarles continuaran en
sus ocupaciones, excitacion que no fué desatendida, vista la
confianza que reinaba en nuestras relaciones.
La conversacion principió á animarse, sin descender á esas
frivolidades tan comunes en las visitas, y mucho ménos, a lastimar
la reputacion de nadie, en lo que doña Isabel ponia un especial
cuidado, preciso es confesarlo en honor de su memoria.
Ya se separaba Herminita del lado de su hermana, cuando observando
ésta que una trenza de pelo estaba mal asegurada, la volvió á tomar
de la mano y atrayéndola sobre sí, le dijo:
-Vuelva acá, mi negra, para componerle ese peinado que está flojo,
y voy á asegurárselo con una cinta azul.
-Y con cuál cinta, hermana, no ve que la que tenia se perdió,
observó Herminia.
-Yo tengo una, ángel mio, que le va á quedar admirable. Dicho lo
cual, sacó de su costurero la cinta, acabó de asegurar y alisar el
pelo y concluyó el tocado; dándole luego una ligera palmadita en la
megilla, la invitó á sentarse á su lado, lo que hizo la niña,
despues de manifestarle su gratitud, mas con una sonrisa y tierna
mirada que de palabra.
-Mucho se esmera la señorita Matilde en componer á Herminita, le
dije entónces.
-Por supuesto, no ve que es muchacha, y está en la edad de las
ilusiones? me contestó.
-Y la señorita Angelina? le pregunté á doña Isabel.
-Tiene que dispensarle el que no pueda salir, porque está.
preparándose para la entrega de la despensa, me respondió.
-Cómo es eso de entrega de despensa?
-Luego no sabe que Angelina y yo somos semaneras? me observó
Matilde.
-Dispense, mi señorita pero me he quedado mas á oscuras con lo de
semaneras.
-Voy á explicarle, amigo, todos esos enigmas, me dijo doña Isabel,
y arrimando el rodapié, comenzó así: para que en la casa haya
regularidad en el servicio doméstico, hay necesidad de subdividir
el trabajo, de manera que una persona asuma la responsabilidad en
cierto ramo de administracion, y á fin de no hacer recaer en un
solo miembro de la familia un trabajo demasiado duro y penoso, se
va turnando por semanas, de manera que cuando una de las muchachas
ha ejercido las funciones de despensera en una semana, á la
siguiente, ya le corresponde únicamente vigilar por el aseo de la
casa, riego y poda del jardin, y composicion de la ropa ;
quedándole el tiempo suficiente para ocuparse en las costuras que
les pagan á hacer, lo que no deja de reportarles alguna ganancia
con que pueden comprar lo que necesitan para su tocado. Pobres
hijas mias, yo no les puedo ayudar gran cosa; estoy ya tan
anciana!...... dijo al fin dando un suspiro.
-Válgame Dios, mamá, replicó Matilde, y cómo habiamos de permitir
que usted cargara con todos los cuidados de la casa, cuando para
nosotras es tan llevadero esto con el régimen que usted nos ha
enseñado? Ademas, ya ve cuantas horas de descanso nos quedan, y
cómo nos divertimos á su lado por la noche, tocando la guitarra,
cantando y hasta bailando cuando vienen los amigos.
-Es cierto, hija, quiera Dios conservarnos por muchos años esta
clase de vida que llevamos.
-Pero bien, por lo que oí, supongo que para la entrega de la
despensa hay alguna formalidad, volví á preguntar.
-Sí, señor, me contestó la señora: ántes de quitarse el delantal
que víste la despensera, manda asear perfectamente aquellas piezas
de la casa, donde le toca ejercer sus funciones, pues, aun cuando
esta operacion no se descuida durante la semana, en este dia es de
rigor; luego se arreglan todos los útiles y enseres pertenecientes
á dicho servicio, para entregarlos conforme al inventario que
existe en la casa. Por este medio se evitan muchas pérdidas, pues
interesada cada cual en entregar buenas cuentas, nunca se acuestan
sin haber tomado razon hasta del último cubierto. Ahora, cada cosa
tiene su punto fijo de permanencia, de manera que nunca andan
volando los candeleros, despabiladeras, llaves, planchas,
&, &, y se encuentran inmediatamente que se
necesitan. Hasta la ropa blanca debe tener sus departamentos
especiales. En fin, usted debe estar cansado con tanta
minuciosidad, que me parece impropio de referir á los hombres,
ocupados por lo regular en cosas graves y mas sérias.
-Mi señora, le contesté inmediatamente, su relacion me interesa
sobremanera, y le agradezco la prueba de confianza que me ha dado,
con haberme participado los detalles de la vida privada. Todos
estos pormenores tiene que estimarlos en alto grado la persona que
ame el buen órden doméstico. Y Herminita, es semanera?
-No, señor, me replicó la niña, mamá dice que estoy muy chiquita
todavía; pero yo tambien les ayudo á mamá y á mis hermanas.
-Sí, señor, y tánto, que hoy arregló ella sola la casa, dijo
Matilde.
-Quiere ver? me dijo entónces la niña, con una sencillez
encantadora.
-Cómo lo invitas á ver esas piezas desmanteladas, acostumbrado como
debe estar á concurrir á casas donde brilla el lujo por todas
partes?
-El lujo mas espléndido está en la limpieza y el buen órden, y
nunca se hace resaltar tanto su mérito como en una posicion
modesta, le repliqué.
Pocos momentos despues me despedí lleno de satisfaccion por le que
acababa de ver y oir, y convencido de lo fácil que le es á una
familia, hacer agradable y llena de encantos la vida en el recinto
del hogar doméstico, sin necesidad de apelar al boato y esplendidez
que se ostenta á porfía en ciertas casas de la corte.
1870.