LAS RECOMENDACIONES
Decididamente estoy por creer que hacen muy bien los que al
partir para cualquier lugar, emprenden su viaje de una manera
reservada, sin despedirse ni pedir órdenes á nadie; estos tienen
algun fondo de razon al proceder de semejante manera, y de seguro
que se hallan libres de mil molestias, contratiempos y pesadeces,
de aquellos que estiman en poco la civilidad y delicadeza, que
abusan de todo, y se toman unas libertades que lo hacen uno
protestar hasta de la amistad.
Entre los antiguos había la costumbre de despedirse con mucha
anticipacion cuando se proyectaba un largo viaje; pero de cierto no
la habia, de incomodar al que marchaba con las encomiendas,
encargos y recomendaciones conque hoy se molesta al infeliz que le
toca partir de ciertos pueblos.
Antojóseme no há mucho tiempo, hacer un viaje, con el objeto de
conocer la ciudad de "Santafé de Bogota," acerca de la cual habia
oído tantas maravillas, tantas ponderaciones, que estaba ansioso de
llegar á aquel emporio de riquezas, de esplendidez, de lujo y de
elegancia. En vano será añadir que, me habia formado la idea mas
exagerada de aquella ciudad, cuna de los hombres mas célebres de mi
estirpe indígena, que ya me parecia estar viendo y contemplando
palacios dorados, casas de cristal, inmensas arquerías y
encantadores mosáicos. Como de costumbre, pedí órdenes en mala hora
á todos los vecinos del lugar donde me hallaba, quienes no
desdeñaron mi ofrecimiento, y se apresuraron á corresponder con
usura mi atencion.
La marcha estaba dispuesta para el primer día de la semana, y ya
puede figurarse el lector, que á medida que aquel se aproximaba mis
afanes serian mayores á fin de tener todo preparado, y estar listo
para el viaje. En una semana quedó arreglada mi montura, hablado el
arriero que debia acompañarme y conducir mis baules, fletadas las
bestias, arreglada mi ropa, y preparadas las provisiones de boca;
así que, llegado el domingo, no me faltaba mas que arreglar los
baules, operacion que dejé para el fin. Las horas se me volvian
años, y deseoso de experimentar nuevas emociones y de variar de
teatro por algun tiempo, anhelaba por la llegada del lúnes; pero
estaba de Dios que babia de ser contrariado hasta en este inocente
deseo ; pues el domingo, que era el designado para la composicion y
arreglo de los baules, comenzaron á llegarme cartas y encomiendas
en no interrumpida procesion y alguna que otra visita de aquellos
relacionados que tienen tino para visitarlo uno el dia mas
ocupado.
Apénas habia almorzado, cuando tras, tras, al porton.
-Quién es, pregunté, con no poco enfado saliendo al zaguan.
-Buenos dias, dijo un muchacho, descargando al mismo tiempo una
maleta que apénas podia con ella. Mi señoá Micaela, que le manda
mil recaditos, y que aquí le remite este poquito de almidon, para
que se lo lleve á Bogotá á mi señoá Ruperta.
-Almidon !...exclamé, no pudiendo comprender se molestara á una
persona para conducir un artículo tan abundante en la capital,
segun me habian dicho.
No bien habia recibido la encomienda, cuando llegó un criado,
cargado con otra no ménos grande.
-Mi señora, dijo, que tenga muy buenos dias, que aquí le manda esta
caja de dulce, pa que tome agua en el camino; y que lihaga el favor
de llevarle en sus baules este millar de chocolate, y estas cajas
de dulce, pal dotor Salcedo, y que dispense las molestias.
Cuando tal razon oí, me dieron ganas de darle al criado en la cara
con la caja de dulce; pero aun no habia contestado, cuando llegó
otra mandadera, quien despues de los buenos dias, agregó:
-Mi amo, que cómo lo ha pasao, que qué tal noche tuvo, y mi señora,
que aquí le manda estas granadas y estos tabacos, que son pal niño
Carlitos, que está en el Seminario; y estas dos libras de azafran
pa doña Mariana Pérez.
Dicho lo cual, fué entregándome cosa por cosa, que yo iba
recibiendo, disfrazando mi mal humor, y el disgusto que me causaba
la vista de aquellos costales de almidon, chocolate y azafran; de
los cajones de dulce, mal acondicionado, vertiendo almíbar por
entre las junturas de las tablas, de los atados de cigarros
envueltos en papel, y por último, de las dos docenas de granadas
aforradas en cascarones de plátano, todo lo cual formaba un bulto
de un tercio por lo menos.
Contestada la razon de las criadas, sentéme en mi cuarto, tratando
de idear cómo acomodaria en mis baules semejante monton de
encargos; pero no tuve mucho tiempo para dedicarme esta meditacion,
porque apénas me habia sentado, cuando entró á la pieza don
Macario, y despues de haberme saludado, dándome un apreton de
manos, de aquellos que acostumbran los orejones, inició la
conversacion, diciéndome de llano en plano que, no teniendo mucha
confianza en el correo, habia determinado mandar por mi conducto
dos mil pesos que debia entregar á un comerciante. Yo que siempre
he tenido repugnancia á hacerme cargo de plata ajena, traté de
excusarme, alegando que tardaría mucho tiempo en llegar á Bogotá;
todo fué inútil, el hombre me tenía preparada la punteria y no
podía excusarme de aquel cañonazo. Tuve, pues que hacerme cargo de
aquel dinero; dinero que me iba á llenar de cuidados y á robar mi
tranquilidad durante mi viaje, y en la cual entrega debia yo poner
de mi bolsillo una que otra peseta en reemplazo de las que iban á
resultan falsas, y aun de ménos. Recomendacion es esta de la cual
nunca sale uno bien librado.
Desembarazado de don Macario, quise irme para la calle, á ver si
con el aire puro podria disipar el mal humor, y tambien, por
librarme de otros encargos é impertinencias; mas, apénas habria
cruzado la primera esquina cuando me encontré con don Martin
Gallégos, hombre de gran valer en el distrito, y que me honraba con
el título de primo, siempre que necesitaba de mí algun servicio.
Todo fué verme se me botó encima como el águila sobre su presa,
prendióme por la solapa de la levita, de la cual me dió algunos
tirones en prueba de confianza y acendrado cariño, y pasando luego
á arreglarme la corbata, dió principio al siguiente diálogo
-Conque se va para Bogotá?
-Sí señor, le contesté, tratando de zafarme de sus traviesas
manos.
-Pus hombre, voy á aprovechar esta oportunidad para mandar con
usted á mi tia Salustiana, que hace tiempos anhela por variar de
temperamento, y no ha podido realizar su deseo por falta de un
compañero; y como yo no puedo salir ya ve, primo los achaques de la
vejez.
Muerto de admiracion creí quedarme por el momento con esta nueva
antífona. Jesus! cargar yo con un petardo, y sobre todo, con una
vieja lunática como aquella, me parecia el mas terrible de los
contratiempos que habia sufrido en mi vida. Qué dirá la gente al
verme con aquel vestiglo !.. .Yo, que siempre he huido de salir con
mujeres, tocarme ahora por compañera de viaje una solterona
acartonada y llena de resabios... Estas consideraciones me dejaron
pasmado y sin resuello. Don Martin, continuó con la mayor sangre
fria, sin advertir que yo sudaba á mares, y que tenia erizado hasta
el último pelo de la cabeza.
-Pus mire, ya tengo todo dispuesto, ella se irá en mi mula, y para
la poca ropa que debe llevar, esa cabe muy bien en sus
baules.
-En mis baules! exclamé fuera de mí.
-Sí, mi primo, la crinolina la echamos por fuera, y lo demas queda
bien acondicionado. Allá verá, las mujeres saben mucho de
eso.
-Lo que siento es, le interrumpí, que debo hacer el viaje muy
ligero, y temo mucho que ella no pueda marchar á mi paso.
-Nada de eso, lo deja atras ; si es una águila para andar, parece
una muchacha de quince, agregó sonriéndose y poniéndome su callosa
mano sobre el pecho; allá iremos esta noche. Con que hasta luego, y
marchó, dejándome como petrificado en el puesto. Inútil me pareció
continuar adelante, así que, determiné volverme á la casa resignado
ya bajo el peso de tanto infortunio; pero allí me aguardaban nuevos
sinsabores: apénas habia entrado observé amarrado á un pilar un
perro terranova, de nariz partida; viendo á este animal, que
levantaba la casa con sus aullidos, le pregunté al muchacho, qué
significaba la presencia de aquel perro en mi casa.
-Fué el dotor Coronao, que se lo mandó, pa quesque lihaga el favor
de llevárselo á Bogotá, onde el señor dotor Mejía, y ay en la mesa
le dejó una carta.
Á semejante noticia caí sentado en una silla, la respiracion me
faltó y creí morirme. Al cabo de un buen rato pude restablecerme;
pero ya la alegría, el entusiasmo por el suspirado viaje habian
desaparecido completamente. Rodeado de encomiendas, con un perro,
que aullaba sin cesar, á la vista, y por perspectiva una vieja
endemoniadamente fea y caprichosa, el cuadro que se me presentaba á
la imaginacion era de lo mas sombrío y aterrador. Maquinalmente
quedó mi cabeza apoyada en la mano derecha, en el pulgar de la
cual, tenia amarrado un cordon que doña Engracia me habla puesto,
para recordarme el encargo que me habia hecho de un pañolon de
merino con dibujo estampado y fleco de seda. No era éste el solo
encargo que debia comprar en Bogotá, pues en mi cartera se
encontraba una lista, en la cual figuraban pañuelos de fantasía,
retratos del Arzobispo Mosquera y del General López, novelas y
libros de rezo, una casulla y una crinolina, bastoncitos con cabeza
de marfil, gusanillo de oro, seda floja y otra multitud de
artículos; con la grave circunstancia, de no haber recibido un solo
centavo para comprar aquellos; de manera que yo debia hacer una
anticipacion de 200 pesos por lo ménos, cosa no muy confortable
para mi bolsillo, atendida la escasez en que me encontraba, y la
multitud de gastos á que debia hacer frente.
Á las ocho comenzaron á llegar visitas; y doña Salustiana fué la
primera que se presentó con su correspondiente atejo de ropa, y un
loro, que no habia tenido valor de abandonar. Yo no sé que afinidad
hay entre las solteronas y los loros.
Llegadas las 12 de la noche, hora en que todos habian marchado,
quise hacer un ensayo, para ver de acomodar en los baules mi ropa y
los encargos; mas, á poco me convencí de que ni en un almofrej
podia caber aquel cúmulo de encomiendas. Visto lo cual, me retiré
de la operacion completamente desalentado, y resuelto á diferir la
marcha hasta tanto encontrara otra bestia de flete para la
conduccion de los encargos. Despues de mil diligencias, y con el
respectivo desembolso de 7 pesos, pude conseguir una mula
resabiada, que nunca se dejaba cargar si no se le tapaba la cara;
pero no fué éste el único obstáculo que tuve que vencer ; pues
cuando el arriero notó el aumento de personal y de bestias con que
tenia que entenderse, y sobre todo, cuando supo que el perro y el
loro hacian parte de la caravana, me manifestó de llano en plano
que no iria, y me haria cargo de los perjuicios que le
sobrevinieran. Nada pudo ablandar el corazon de aquel hombre, y
solo con la oferta que le hice de aumentarle ocho pesos se decidió
á acompañarnos. Al fin, todo quedó arreglado, y el mártes muy de
mañana, despues de un ligero desayuno, y de que el arriero hubo
acondicionado las cargas, colocado el loro sobre una de ellas, y de
haber echado el perro por delante, salimos, doña Salustiana, metida
entre un sillon de bayeta colorada y cantoneras de plata, y yo,
ginetes en nuestras mulas, las que briosas y bien cuidadas como se
hallaban, pedian rienda suelta para adelantarse á las de las
cargas.
Durante las primeras horas de camino, no experimentamos accidente
alguno desagradable; la vieja conversaba sin cesar, y no dejaba de
divertirme con sus aspavientos. Ya habiamos andado unas cuatro
leguas, cuando el perro, que era muy tierno y no estaba
acostumbrado á viajar, principió á cansarse, hasta el punto de no
poder continuar; en tal emergencia, determinamos colocarlo sobre la
carga de las encomiendas en calidad de sobernal, no sin bastante
disgusto del loro que no se cansaba de mirarlo de medio lado y con
intenciones no muy pacíficas.
No habiamos andado mucho trecho cuando tuvo lugar una viva reyerta
entre los dos vecinos, y la mula que le faltaba poco para
espantarse, al sentir que el perro se le descolgaba por el anca,
principió á corcobear, dando tales barajustes que en pocos momentos
derribó las petacas, las que pasó arrastrando como una exhalacion
por en medio de nosotros, y fué causa para que nuestras bestias
ensayaran dar su par de brincos, y para que doña Salustiana
asustada con aquellas manifestaciones nada tranquilizadoras, se
botara del sillon y se quebrara un brazo con la caida,
Aquí fué Troya !......
El arriero partió tras de las mulas echando mil reniegos, y yo me
quedé al lado de la vieja, que concluyó por desmayarse en
brazos..... aumentando con esto mi inquietud y lo crítico de la
situacion. Á pocos momentos volvió el arriero con las bestias de
cabestro, una de las cuales bufaba y se encabritaba, lo que me hizo
creer que por ese dia no volveria á admitir la carga, la cual quedó
regada en el camino. La otra mula, contenta con haber despedazado
el sillon, observaba una actitud ménos hostil.
Por lo pronto nos dedicamos á trasladar á doña Salustiana á una
casa que se hallaba no muy léjos del punto en que habia tenido
lugar aquel malaventurado suceso. Con lo cual dimos fin á la
primera jornada ; jornada funesta que recuerdo siempre con
indignacion, cuando reflexiono que aquel contratiempo y los
infinitos sinsabores que luego experimenté, fueron el resultado
exclusivo de los encargos y recomendaciones con que me honraron los
vecinos del pueblo en que vivia al tiempo de partir para
Bogotá.
1869.