LA ESCUELA
AL SEÑOR J. M. MARROQUIN
El año de 1842 del presente siglo principiaba su carrera, la que
no sé si seria rápida ó despaciosa, pues nunca me he entretenido en
calcular el movimiento de los años; cuando mi cuerpo, que aunque
diminuto cargaba ya con algunos lustros, hizo que mi padre pensara
en sacar de mí un "hombre de provecho," que andando el tiempo, se
presentara en los tribunales como un aventajado jurista; ó como
insigne discípulo de Galeno fuera solicitado con ahínco para
desterrar las enfermedades endémicas de su pueblo; ó bien, como
sacerdote de la Iglesia dijera misa cantada y cautivara la atencion
de los católicos con los sermones de Lacordaire; pues tales son las
esperanzas que los cándidos y bondadosos padres conciben respecto
de sus hijos, por mas topos y palurdos que éstos sean.
En pocos momentos se comunicó el proyecto de mi padre á toda la
familia, y mamá que con esa perspicacia é instintiva prevision que
tienen las madres, concibió todos los sinsabores y peligros á que
me iba á ver expuesto, vertió en silencio algunas lágrimas, tal
vez, las mas puras, tiernas y sinceras que hacemos derramar los
hombres á las mujeres.
Fuí yo la última persona á quien llegó la fatal noticia de lo
resuelto por mi padre, y á tan inesperado aviso mis sollozos no
tuvieron consuelo por mas de dos horas. Tan alarmantes eran las
nuevas que habia recibido á cerca del trato que recibían los
escolares que ya me creia con las manos teñidas en sangre; las
orejas desgarradas y algo mas largas de lo natural; arrodillado por
horas enteras sobre piedras movedizas; muerto de hambre y encerrado
en un calabozo, donde una muerte pintada en la pared se divertía en
atormentar y llenar de susto á los infelices niños que caían bajo
su poder; ó en fin, temblando ante la aborrecida figura de un
maestro cejijunto. quien por ocupacion habitual se entretenia en
acariciar entre sus callosas manos los flexibles gajos de un grueso
ramal, ó la pesada férula de naranjo.
Doloroso, muy doloroso me era abandonar la casa de campo donde las
caricias paternas y mil distracciones sencillas é inocentes hacian
mi vida infantil tan bella como deliciosa.
Al fin, las seductoras ofertas de mi padre mitigaron mi pena, y mis
lágrimas cesaron ante la risueña esperanza de montar pronto en un
hermoso caballito que me iba á comprar, como de entrar á la escuela
estrenando un vestido de mahon.
Mi marcha para el lugar se efectuó despues de haber recomendado á
mamá un sin fin de veces el gato romano que me acompañaba durante
mis horas de sueño, el perro tocon que me seguia en mis cortas
escursiones por el campo y mi linda vaca barcina, que en union de
una juguetona ternerita me habian regalado mis padrinos El muchacho
de la casa ofrecióme llevar frutas todos los domingos y una criada,
que se habla hecho finca raiz de la familia, acabar de referir,
cuando volviera de la escuela, el cuento de "la Princesa encantada"
y el de "el duende aparecido." Despues de todo esto dejé la
estancia, no sin que volviera á mirar muchas veces aquella casa y
aquellos árboles que me habian servido de cuna, y á cuya sombra se
habian deslizado los primeros años de mi vida, tal vez, los mas
felices de mi existencia.
Recibióme en su casa con extrema amabilidad una bondadosa tia de
avanzada edad y costumbres rígidas; mujer de una virtud acrisolada
y ejemplar, quien habiendo dedicado su vida solteril al culto de
María, había hecho de su casa el severo claustro de una santa
beatitud. Llenóme de júbilo la vista de un macizo gato, que roncaba
á sus pies sobre una estera momposina, que por su gordura y
corpulencia revelaba haberse captado el afecto y cuidadosa atencion
de su dueña ó de haber tenido por cuna algun convento ó
prebendado.
Díjorne mi tia despues de haberme hecho sentar á su lado, y de
haberse asegurado sus anchas antiparras:
-Pues, sobrino, mucha aplicacion, porque usted me ha de copiar en
muy bonita letra varias novenas y los mejores capítulos de "El
Despertador eucarístico." Y encomiéndese á la Virgen y á San Luis
Gonzaga para que le iluminen la memoria. Dicho esto, se levantó
para obsequiarme con dulce y pan.
Al siguiente dia, ya tenia en mi poder el dichoso vestido que mi
padre me tenia preparado para mi entrada á la escuela, el que no me
cansaba de mirar, y me habia plantado desde el momento en que me
fué entregado.
Un muchacho de la casa vecina, que iba mucho donde mi tia, trabó
muy pronto relaciones conmigo, y se declaró mi inseparable
compañero por habérseme recomendado á su especial cuidado. Mas de
dos años hacia que mi ciceroni babia entrado á la escuela, y a
excepcion de firmar su nombre con mas de cuatro borrones por
rúbrica, de leer cancaneando, sin mayor cuidado de la puntuacion, y
de relatar la doctrina como lo hiciera un papagayo, se hallaba tan
adelantado en las primeras letras como algunos que frecuentan los
salones de la corte, otros que visten sotana y no pocos miembros
natos de los cuerpos parlamentarios. Pero en cambio: quién le
ganaba al pite; al tángano; á sacar un trompo dormido en el extremo
de la uña; á pescar sardinas en la quebrada y dirigir una pedrada á
la vuelta de una esquina; á poner rabos y calaveras de papel en la
mantilla de las mujeres; zabullirse en el pozo mas hondo, y robar
férulas al maestro y frutas en el mercado; y mas que todo, á decir
mil refranes y soltarse en otras tantas ladinezas?
-Y en qué clase se encuentra usted? le pregunté, miéntras íbamos
para la escuela.
-Soy monitor de la octava, me contestó de una manera
fanfarrona.
- Hombre! exclamé asombrado. Quién sabe cuando llegaré allá!
-Fuu, tan pronto como quiera.
-Pero cómo, sí á mí no me entra la lectura.
-Bah, Bah! pues de la manera mas fácil. Abrí entónces tamaños ojos
y detuve el paso para no perder una sílaba. No hay mas que no
perder la ocasion para alhagar al maestro, adular á los monitores y
llevarles diariamente mangos, granadillas y bizcochuelos. Ademas,
cuando hay que presentar planas al maestro, se le paga á un
entendido para que él las haga, y uno las firma, y cate ahí que se
luce. El sistema no podia ser mejor, pues, muchos hay, que
aplicándolo en grande, aun despues de haber salido de la escuela,
han alcanzado una brillante posicion, ó admirado el mundo con
producciones en las que solo su firma ha entrado como lujoso
material.
Una desaforada gritería me hizo conocer que ya nos hallábamos cerca
del suplicio. Grande fué mi pavor cuando al entrar no mas a la
escuela, encontré en la puerta, un muchacho arrodillado, con los
brazos extendidos y sosteniendo en cada mano el peso de dos
ladrillos; pero mayor fijé mi sorpresa, cuando, despues de haberme
observado éste de arriba á abajo y notado que mi chaqueta descendia
mas de lo necesario y daba á mi cuerpo el aspecto de una tortuga
encogida entre su concha; me dijo riéndose.
-Ola, amigo, el de la mortaja; el difunto era mas grande que usted.
La pulla no podia ser mas directa, y no dejó de azorarme un
tanto.
Mi compañero, que ya habia acabado de frotarse las manos con ajo, y
de poner dos pelos en cruz en la palma de la derecha, entró de
rondon siguiéndole mi chaqueta que arrastró á mi prisionero cuerpo
por entre una multitud de escolares, los que no dejaron de
regalarme, á mi paso, con tino de aquellos apodos, que formando
nuestrosegundo bautismo, borran el nombre de pila y se trasmiten
luego hasta los mas lejanos descendientes.
Presentado ante el maestro, fuí conducido á la "clase de arena."
Era representada esta clase por una mesa larga y angosta, de cuyos
orillos se levantaban dos rebordes, entre los que se extendia una
delgada capa de arena fina, que un pasador alizaba siempre que los
alumnos iban á trazar alguna letra. Los caractéres caligráficos que
servian de modelo en la clase, iban apareciendo por entre la
abertura de un ancho tablero á medida que el monitor daba vuelta al
manubrio que servia de eje á la rueda en que se hallaban grabados.
Por añadidura á todo esto, una banca tan angosta como la mesa,
contenia unos cuantos muchachos, que se habian prendido en ella
como la lapa se une á las rocas; muchos de los cuales, tenian
trazas de echar barbas allí, segun el prodigioso adelanto en que se
hallaban. Gracias al rutinero y pésimo sistema de enseñanza
adoptado por la mayor parte de los pedagogos en la afortunada época
á que hacemos alusion.
Instalado en la memorable banca, principió el monitor á dictar en
voz de tiple su reglamento de costumbre: "Manos abajo," decia éste
al tiempo de deslizar el pasador sobre la arena; y dirigiéndose
luego al tablero, continuaba "Atencion; marquen la letra tal ; se
comienza por aquí y se acaba por allí." Levantando entónces todos
los discípulos la mano derecha armada con un puntero, trataban de
imitar sobre la arena la letra indicada.
De la clase de arena pasaba uno á la de pizarra, siempre que á su
monitor le placiera informar bien respecto del adelanto que hubiera
obtenido bajo sus órdenes; y así sucesivamente iba cada alumno
pasando por cierta escala hasta llegar á borronear papel. Siendo de
advertir que, como sucede frecuentemente en los puestos públicos y
sociales, los alumnos mas palurdos é ignorantes ascendian á las
clases mas elevadas, sin haber aprendido á trazar un signo
caligráfico en la pizarra ó haber podido conocer las sílabas de una
palabra.
Inútil será añadir, que yo seguí puntualmente las instrucciones de
mi cicerone, y que al fin de dos años salí de la escuela pública
tan ignorante como entré; pero habituado, eso si, á mil resabios,
que algo hubiera dado mi padre por quitármelos al momento.
Mi ignorancia habria llegado á su colmo, á no ser porque un maestro
mas hábil en el arte pedagógico, hombre insinuante, de carácter
suave y finos modales, tuvo un especial cuidado en hacerme
desterrar las manías y los malos hábitos que habia adquirido; y si
es cierto que él no pudo sacar de mí un aventajado calígrafo y
calculista por mi genial desaplicacion, sí consiguió por lo ménos
enseñarme á respetar la verdad. Refiero esto como un tributo de
gratitud al señor E. R., quien, en el ejercicio de su digna
profesion ha sabido captarse las simpatías de los pueblos donde ha
vivido.
Dice algo lo que he expuesto en contra de las escuelas públicas?
No, todo lo contrario, éste no es mas que el grito de la clase
pobre y desamparada, que pide la luz, pera la luz pura; la
ilustracion, pero la ilustracion basada en la educacion moral y
religiosa; que reclama la completa abolicion de aquel funesto
sistema, adoptado, segun se vé, para que no se aprenda nunca lo que
se quiere enseñar.
No terminaré este borrajeado cuadro sin dejar de felicitar á
aquellos pueblos que, celosos por el bienestar y adelanto social,
han trabajado con ahinco por mantener á la cabeza de sus escuelas
personas competentes para tan delicado encargo.
1865.