AGENTES Y GORRISTAS
Es Justiniano, hijo de uno de aquellos pueblos algo retirados de
Bogotá, donde se espera con ansia el correo semanal, se lee con
entusiasmo, y se discute sobre política en la casa del Alcalde ó en
la puerta de un Juzgado.
Justiniano, como sobrino del Cura, era en un tiempo el niño mas
mimado del lugar, quien ponia las contradanzas en los bailes,
gozaba siempre de algun destino lucrativo, hacia de dandy y
cortejaba con ventaja á la niña Remigia, muchacha de provocadora
fachenda, solicitada en matrimonio por varios pretendientes.
Supieron los editores de un periódico, que importa no se sepa cuál,
la popularidad de que gozaba Justiniano en su pueblo, y de comun
acuerdo determinaron colocar su nombre en la lista de los agentes,
remitirle un paquete de ejemplares del periódico que sostenian, y
por consiguiente, una carta circular en la que por lo ménos se
dijera que: "siendo él la persona mas influyente y caracterizada de
su pueblo, y conociendo su anhelo por la difusion de las luces, le
encargaban la agencia de su periódico, bien persuadidos de
encontrar con esto un crecido número de suscritores."
Apenas labia abierto Justiniano el paquete que venia rotulado para
él, cuando los numerosos lectores del lugar arrebataron con la
mayor parte de los ejemplares, sin quedarle mas que uno para leer
los motes y enterarse someramente del contenido de tal cual
artículo; pero la adorada Remigia, que gustaba mucho de leer los
versos que vienen en algunos periódicos le prestó con sobrada
urgencia el número en que apénas habia tenido tiempo de leer con
rapidez el editorial.
En vista de esto, Justiniano se apresuré á informar á los editores
la general aceptacion que habia tenido su periódico; y no estuvo
corto en esto de ofrecer infinitas suscriciones miéntras él fuera
el agente. Pero, cuán grande fué su sorpresa cuando al cabo de ocho
ó quince dias principió á recibir algunos números, de los que
habian tomado los gorristas, rotos, y no pocos con manchas de tinta
ó sebo. El de la niña Remigia, bien seguro era el no recibirlo,
pues tanto éste como los demas que llegaban á sus manos estaban
condenados á ser convertidos en moldes, ó á envolver sedas, cintas,
encajes y demas preciosidades de la laya.
Con semejante contratiempo, propúsose el agente saber
definitivamente el. número de suscriciones con que contaba para el
sostenimiento de su agencia; tuvo entónces el sentimiento de oir
excusarse ó. los mas, bajo mil pretextos: unos, porque los
artículos eran muy largos; otros porque eran muy cortos; éstos, que
no hablaba de agricultura, y aquellos, que no trataba de religion ;
y no faltaron muchos que se excusaran manifestando que: su compadre
Juancho, suscrito ya, les franquearia los números que le
correspondian. En fin, para doce ejemplares que se le habian
dirigido, no encontró mas que cuatro suscriciones, contando la que
él tomaba; sin que por esto dejara de aumentarse con profusion el
número de lectores.
Sucedia ya con frecuencia, que sacando los gorristas
autoritativamente del correo el paquete de Justiniano, se repartian
entre sí los periódicos, á muchos de los cuales les cabia en suerte
desaparecer del mundo, sin saberse nunca qué estante ó bolsillo
venia a servirles de última morada.
No tardó mucho tiempo en que tres de los suscritores manifestaran á
Justiniano, retiraban sus suscriciones, alegando el primero: que en
el último número habia visto en un artículo de costumbres muchas
indirectas contra él; el segundo: que él no queria sostener con su
plata tanto gorrista como habia; y el tercero, (que se hallaba
furioso con los editores del periódico por no haberle querido
colocar un artículo lleno de sandeces) porque no queria apoyar con
su dinero producciones insulsas
Un avisito expresivo y comedido, de aquellos con que los editores
acostumbran saludar anualmente á sus agentes mas morosos, vino á
aumentar la embarazosa situacion en que se encontraba Justiniano.
Otro que no hubiera sido él, habria mirado con glacial indiferencia
tan elocuente anuncio; pero su puntillo era demasiado y en materias
de crédito tan escrupuloso, que ya se creia deshonrado ante aquel
público que lo habia visto figurar como agente por tanto tiempo.
Así fué que en el mismo dia en que leyó el memorable aviso se
propuso formar el saldo de sus cuentas. Á la verdad, éstas no eran
muy largas de hacer, pues siendo él ya el único suscritor, y no
pudiendo dar razon de las demas colecciones del periódico por
hallarse todas truncadas, á consecuencia de haber perdido muchos
números en poder de los gorristas, y de estar los pocos que
quedaban con muestras de haber pasado por manos no muy limpias, el
balance no presentaba descuento alguno en su favor, y su atencion
debia fijarse únicamente en el modo de cubrir el valor de los
ejemplares que le habian sido remitidos. ..
No estaba la caja de Justiniano tan repleta que pudiera resistir un
pago tan crecido De manera que para remitir el saldo á la agencia
general, tuvo que apelar á un lindo caballito única finca que tenia
de algun valor, y en la que acostumbraba lucir su figura por las
tardes, como lo hacia su adorado tormento en los paseos que con
frecuencia daba con su familia por los alrededores del lugar.
Vendióse el caballito, por supuesto que en la mitad de su valor, y
Justiniano se apresuró á poner en el correo la remesa del dinero
junto con una carta, en la que anunciaba á los editores la firme
resolucion que tenia de no continuar en la agencia, por yo no sé
qué motivo.
Grande fué la pena que experimentaron los editores cuando supieron
la inspirada resolucion de Justiniano, pues la pérdida de un agente
como éste era muy de sentirse en los tiempos que corremos. En
consecuencia, el periódico dejó de volver al lugar, y el nombre de
Justiniano quedó para siempre borrado de la lista de las
agencia.
De estos contratiempos se aprovecharon los rivales del favorecido
amante de Remigia, para propagar por donde quiera la especie de
que: el sobrino del Cura habia quebrado, segun lo atestiguaban el
hecho de haber vendido su caballo á ménos-precio; de haber ofrecido
á varios parientes y amigos del Tesorero sus nóminas con un
descuento considerable, y de haberle retirado su confianza los
editores del periódico el que con tanto anhelo era leido por los
vecinos del lugar.
Semejante tempestad llegó pronto á oidos de Remigia; el desprecio
que ésta concibió al momento por su cándido y amartelado cortejante
no dejó de ser sentido bien pronto por éste, quien ademas, tuvo la
desgracia de ser despedido delante de sus rivales por los padres de
una muchacha que lo habla preferido miéntras habia caballito en qué
montar, y periódico en qué leer novelas y almibarados versos.
Perdió, pues, el infortunado Justiniano la mano de su idolatrada
Remigia; el caballito en que fincaba su gloria; el crédito de que
gozaba en el pueblo, la dulce tranquilidad de que habia disfrutado
por tantos años.
Cuántos contratiempos para un jóven de elevadas aspiraciones! Y
todo porqué? por causa de los gorristas.
He aquí terminada la historia del pobre Justiniano, historia bien
triste á la verdad, que abrigo la esperanza no llegue á ser
referida, respecto de ningun otro agente; pues la maldita plaga de
los gorristas, que iba echando tan profundas raíces en la sociedad,
parece va desapareciendo poco á poco, particularmente en estos
pueblos, donde á cada uno le gusta vivir de lo suyo y apoyar toda
empresa noble y civilizadora.
(Publicado en "El Tiempo."-1861,)