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JUEGO DE MUCHACHOS

 

A MI AMIGO J. D. GUARIN

 

Doce años tendria mi pobre personalidad cuando por primera vez quise tomar parte en las animadas reuniones que con frecuencia formaban en la plaza los bulliciosos muchachos de mi pueblo. Así que, apénas habia dado el sacristan las ocho de la noche por su desarreglado reloj, cuando en union de un compañero, me lancé á la calle armado con una licencia que á duras penas pude arrancarle á mi bondadosa tia; licencia que indudablemente iba sazonada con mil requisitos y prescripciones que yo me encargaba de observar como algunos magistrados de cumplir con las claras y terminantes disposiciones de una ley.
La noche estaba clara, fresca y deliciosa; la vívida luz de innúmeras estrellas y el trasparente azul de un despejado cielo, que habian arrebatado su esplendor al dia, eran capaces de arrobar el alma con infinitas emociones de placer.
Algunos cauchos plantados simétricamente reproducian su esférica copa en las paredes contiguas; los numerosos corros que las señoras formaban en la puerta de sus casas, y las elevadas lenguas de fuego que levantaban multitud de hogueras atizadas por los escolares, ofrecian un cuadro bien digno de quitarle al sueño unas horas de desvelo.
Una vez en la esquina de la plaza, mi compañero hizo su anuncio á la reunion de camaradas, entablando con uno de éstos y á voz en cuello el siguiente diálogo:
-Albiricias.-Qué noticias ?-E1 Diablo es muerto.-Quién lo mató ?-El Diablo, el tuerto. Diálogo que terminaba siempre por alguna expresion picante.
Á pocos momentos nos instalamos en el corro, y uno, que parecia haberse declarado el protagonista de la diversion, propuso el juego de "El muleto." Todos aceptaron la idea sin vacilacion alguna, y hubieran aprobado el mayor desatino, con tal de haber sido indicado por el figurante de la reunion; pues por lo visto tenian desarrollada vocacion para miembros de una Cámara.
-Que saque los muletos el recien venido, repitió el director de la danza, haciendo hácia mí una indicacion bien significativa.
-Sí, sí, exclamaron muchos á la vez; y uniéndose estrechamente por las manos formaron una rueda, la que principié á dar vueltas con velocidad, á la vez que, unos cantaban, otros silbaban y los mas daban coces á todos vientos.
Yo que había sido el elegido para servir de mártir, aceché un momento oportuno, y lanzándome á la rueda despues de recibir mas coces en el pecho, pude asir por el pié izquierdo á uno de boca torcida y de mirar oblícuo ; muleto, tal vez, el mas diestro de la manada, el que habiendo dado en tierra por la falta de apoyo, se levanté mohino y con apariencias de soltarse en llanto, lo que advertido por un patan, que así se llamaban por ese entónces los jóvenes de mas encumbrada estatura y robusta muñeca, fué reprendido y tildado como un cobarde. Tan escrupulosos así son los muchachos, que sin llevar espada al cinto ni hacer profesion de valientes, miran como una mengua toda muestra de debilidad en sus compañeros.
Yo reemplacé en su puesto á mi vencido, y la rueda continuó su rápido movimiento, hasta que habiéndole tocado su turno á todos los pequeños, que los grandes siempre gozan de inmunidad en tales reuniones, el juego concluyó para dar lugar á otro y otros, no ménos agitados y peligrosos, en los que yo, como novicio, servia de primera víctima.
Fatigados con tanto ejercicio, principiaron á sentarse unos y á acostarse otros sobre la húmeda yerba, quedando muy pocos conmigo en pié, cuando el muchacho, que en mala hora habia yo derribado, deslizándose como una culebra fué á colocarse en cuatro piés tras de mí; en tanto que otro, que me llamaba la atencion al frente, me hizo dar una vuelta de carnero, y recibí un golpe tan violento en la cabeza, que por el momento creí haberme sumido en un lago de fuego, segun los relámpagos y centellas que ví.
Apénas acababa de levantarme y de cerciorarme del sitio en que me hallaba, cuando otro muchacho de mala catadura, delgado como un junco y ágil como una ardilla, se me aproximé de una manera amigable y nada sospechosa, el que, tratando de avivar la encendida brasa de un grueso cigarro, me dijo :-Cuánto vamos á que echo humo por las narices, oidos y ojos? Semejante cosa, que para mí tenia mucho de raro, no dejó de llamarme vivamente la atencion, y de excitar mi curiosidad; y moviendo la cabeza en señal de duda, pero escociéndome por ver el anunciado prodigio, le contesté :- Bien, á que no lo haces.
-La cosa es muy sencilla, me replicó el muchacho, ponéme la mano bien extendida sobre el pecho.
Yo, á quien la naturaleza le negó el órgano de la malicia, hice sin vacilar lo que se me exigia, y apénas tuvo lugar esto, cuando sentí arder sobre mi piel la encendida brasa del cigarro, cuyo fuego devorador me causó la mas dolorosa impresion; retiré instantáneamente la mano, pero ya llevaba sobre ella una redonda y abultada ampolla, primera marca con que la sociedad me regaló por mi sobrada candidez y sencilla condescendencia.
No muy satisfecho y algo mas que pensativo me retiraba ya, á tiempo que, el camarada mayor tomándome por el brazo, me dijo:
-Amiguito, no hay que entristecerse por los pocos chascos que ha sufrido en esta noche, este es el noviciado que todo prójimo paga en nuestras reuniones. Ponga eso sí: un especial cuidado en no ser alza-fuelles, porque entónces se llevará un batan por cada queja.
La primera campanada de las nueve sonó, y cada uno se apresuré á marchar para su casa temeroso de encontrarse con la ronda. La noche habia ocultado ya sus galas bajo el sombrío manto de infinitas nubes: una espesa capa de cenizas cubría las hogueras, que pocas horas ántes elevaban al cielo sus brillantes columnas de fuego; un silencio sepulcral habia reemplazado al bullicio y animacion, y solo el primer funcionario del lugar, dueño y señor absoluto entónces del pueblo, se paseaba á lo largo de las calles, como lo hiciera al traves de un cementerio, ansiando el momento de encontrar algun ciudadano, por pacífico que éste fuera, para aplicarle la terrible ley de "La queda."
Tal fué la escena que en pocas horas me hizo conocer los sufrimientos y terribles desengaños con que la sociedad recibe en su seno y regala al jóven, que con el corazon repleto de esperanzas, con entusiasmo y sin recelo va á buscar en ella la fuente del deleite y la realidad de sus ensueños infantiles.

(Publicado en "El Mosaico "-Año de 1860.)

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