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REMINISCENCIAS

 

A MI AMIGO JOSE MARÍA VERGARA Y VERGARA

 

Era una tarde de diciembre, y por demas está añadir que el genitor del dia envuelto en su encendido manto de fuego, declinaba su carrera entre rizadas y coruscantes nubes, iluminando el horizonte con un espléndido celaje, colorando las montañas con un violado tinte y dejando tras sí su huella iluminada con sutiles polvos de oro.
Una mirla encerrada en una estrecha jaula, saludaba el crepúsculo, elevando su suave y melodioso canto con los mas finos y variados tonos de ese lenguaje sentimental que arroba el alma con las dulces emociones de una apacible languidez.
Á la puerta de una casa contigua al punto donde la mirla ensayaba su canto con deliciosos trinos, se hallaban algunos jóvenes los que unidos por los preciosos vínculos de la amistad habian levantado en su corazon un tabernáculo al amor, y buscado por enseña de su ventura el flameante lábaro de la libertad.
Distinguíase entre ellos Belisario por sus formas atléticas y graciosa conversacion, quien habiendo ofrendado su vida al triunfo de su partido habia recibido por galardon dos gloriosas cicatrices.
Á su lado se hallaba Cupertino, jóven simpático en demasía, de maneras tan finas como de carácter franco y sincero, que habia hecho del republicanismo su mas imperioso deber, llevando su abnegacion y generosidad á la mayor altura de las virtudes de un Patricio.
Mirando á éste con noble satisfaccim permanecia Galindo, el hombre de carácter firme y elevado espíritu, quien habiéndose ausentado de su suelo natal habia venido á visitar la tierra de los héroes en la patria de Santander, y habia sido aceptado por el pueblo de San Gil como á un hijo de su seno.
De pié, y con la mano puesta sobre el hombro de Galindo, erguia Gabriel su morisca talla, risueño y alegre cuando por su ardorosa mente vagaba la imágen de su naciente amor, severo y grave cuando su fogoso corazon le llamaba agitado á defender su patria; leal y caballeroso con sus innúmeros amigos, valiente y orgulloso en el campo del honor.
Tales eran los jóvenes que formaban tan interesante como célebre grupo, donde solo presidian las sublimes ideas que enaltecen y vivifican el espíritu.
Cada uno de ellos habia purificado su corazon en las divinas fuentes del amor y la amistad, y consagrado de preferencia el mas venerado culto al engrandecimiento de su patria y triunfo de los fueros populares.
Tocaba Belisario la sazon un alegre bambuco á tiempo que llegó la reunion, y fué recibido con vivas muestras de afecto, un jóven de mirada lánguida y aspecto melancólico.
-Amigo, díjolo entónces aquél á éste, toca una de esas composiciones con que tanto sabes agradarnos en ciertos momentos.
-Qué he de tocar digno de mis amigos? contestó con su habitual modestia el jóven recien llegado; y tomando luego la guitarra comenzó á recorrer el diapason con tanta ligereza y habilidad, que en un solo registro demostró su genio músico por las puras y sonoras notas de una maravillosa suavidad y limpieza que supo arrancar del instrumento.
La mirla dejé oir entónces sus últimos gorjeos, como un lánguido y lastimoso murmurio, y cesó de cantar, para escuchar sin duda las dulces voces de una guitarra diestramente manejada.
El ave que al cantar por instinto extasiaba el alma con acentos de sentimental melodía, callaba para oir atentamente al espiritualizado artista, que conmovia el corazon con sus atrevidas notas de una inexplicable claridad y sencillez.
-Va "La muerte de Vicente Herrera," dijo el jóven, despues de haber ejecutado primorosamente un ligero juego de armónicos y ligados.
La pieza fué luego ejecutada con aquella delicadeza de estilo, mezcla de armonía, ternura y sublimidad que no se aprende en ninguna escuela, y que solo viene al artista por inspiracion.
La composicion era bella é interesante, digna del ilustre ciudadano á cuya memoria iba dedicada.
¿ Quién era, pues, el jóven que así se iniciaba con tantas muestras de talento en el divino arte de Haydn, Weber, Moriani, Scarlati, Marcello y Donizzeti, y que sabia comunicar á su instrumento aquella dulce sencillez y tierno romanticismo con que Mozart, Grétry Timorasa y Bellini, se ganaron el merecido nombre de primeros genios?
Era el artista Segismundo, tan republicano como espiritual, tan fino y atento con sus amigos corno ascendrado amante de su familia; quien no queriendo separarse de su padre, al que servia de apoyo, desdeñé siempre buscar un teatro mas extenso y escogido donde pudiera adelantarse, lucir y recibir un merecido aplauso y proteccion del público.
Pocos años despues, Belisario, encerrado en un estrecho calabozo, cubierto de heridas y sintiendo el horrible peso de los grillos, cantaba con entusiasmo la cancion de "La Marsellesa, animando así á sus compañeros de infortunio para ir luego á morir en medio del humo de la pólvora, el silbido de las balas, al estallido del fusil y furibundo golpe del plomo.
Galindo, cual una palma que el viento rompe en mil fragmentos, dejaba esparcidos sus miembros en el sangriento campo de "El Gramalote," despues de haber combatido con la audacia de un Bubemberg, el valor de un Gonzalo y el heroismo de un Oréntes.
Gabriel, agobiado por una maligna fiebre, descendia al sepulcro saludando con alegría los primeros rayos de la paz que ya se divisaban sobre el horizonte de su patria.
Cupertino, fertilizando con su sangre el suelo de Santander, moria con la dignidad de un Berthelier, la fé republicana de un Pecolat y la sublime resignacion de un Bonivard.
Y Segismundo!, pobre, solo y sin un amigo, ocupaba su huesa, sin que la tumba fuera humedecida con otras lágrimas que las tiernas y sinceras de su familia. No ménos triste fué la suerte que les cupo a los eminentes músicos Gluck y Pergolése.
Tal fué el fin de estos cinco republicanos que en una tarde de diciembre tributaron culto á la memoria de uno de los primeros héroes de Santander.

(Publicado en "La Opinion." -Año de 1863.)

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