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CAPÍTULO IX
 



PABLO, á su venida, había encontrado á su madre con la salud muy quebrantada. Aquejábanla cierta inanición, insomnios continuos y palpitaciones en el pecho. Un médico de nota por quien Pablo la hizo examinar, declaró, después de auscultaría y de darle golpecitos en toda el arca del cuerpo, que tenía muy afectado el corazón; otro médico de más nota, previos el tamboriteo y la auscultación, opinó que todos aquellos síntomas eran nerviosos, y que desaparecerían con sólo que la enferma llevara por algún tiempo un régimen reconstituyente.

Así estaban las cosas cuando Pablo volvió á ausentarse.

Pero Pablo no se ausentó sin haber llevado á cabo su insigne determinación. Para no dejar traslucir la inocente malicia de su proceder, no se le presentó á D. Abelardo sino dos días después del último del retiro espiritual. D. Abelardo apenas alcanzó á disimular la violencia que tuvo que hacerse para no recibir con marcado desabrimiento al que él miraba como el |alter ego de su contrincante.

Ninguna tuvo que hacerse Pablo para mostrársele respetuoso y amable: su presencia y sus modales cautivaban á quienquiera que con él tuviera que entenderse, y esto sin que él lo intentara ni lo supiera

-Vengo, dijo al señor Barragán, á hablarle á usted de un asunto que le es enfadoso; pero con ánimo de tratarlo del modo que puede ser menos desagradable.

-Ya supongo cuál es ese asunto, respondió D. Abelardo, siempre refrenando los ímpetus del hombre viejo, es decir, del hombre que era antes del retiro espiritual. Ya supongo cuál es; y le aseguro á usted que necesito revestirme de mucha paciencia para ventilarlo, sea del modo que fuere.

-En todo caso, ruego á usted que vea en mí, no un representante de otra persona alguna ó de intereses opuestos á los suyos, sino un individuo imparcial que conoce muy á fondo el asunto á que usted y yo hemos aludido, y que desea ventilarlo con usted con la misma sinceridad, la misma buena fe y las mismas intenciones con que lo trataría si tuviera la honra de ser el mayor amigo de usted.

-Muchas gracias. Lo escucharé á usted con gusto.

-Bien. A usted no se le oculta que ni las pruebas preconstituídas….

-Alto ahí, señor D. Pablo. Para que los dos podamos entendernos, es menester que no me venga con términos de abogado. Ese guirigay me tiene frito.

-Mejor que mejor. Le decía á usted que, como lo comprenderá muy bien, ni las escrituras que describen los linderos ni las declaraciones que se han tomado pueden darle luz suficiente á un juez para fallar sobre el punto que es materia del pleito.      -

-¿ Pues cómo no? Si las escrituras dicen que el lindero por el Norte es una línea recta….

-A mi vez, señor D. Abelardo, me permitiré suplicar á usted que no entremos en discusiones que ya se han repetido demasiado sin que á nadie hayan hecho mudar de parecer. Yo querría no someter á su discernimiento sino una sola pregunta.

-Vamos á ver, ¿ cuál es esa pregunta?

-Si usted, no como juez, ni como perito, ni como agrimensor, sino como hombre de buena vista y de tan buen entendimiento….

-Muchas gracias.

-Si usted tuiviera que trazar la línea recta desde la casa que fue de Samudio hasta Filo-de- sierra, ¿ cómo desempeñaría usted esa operación? ¿ Cuál trazaría de las infinitas líneas que podrían tirarse suponiendo que fuese conocido el punto dé partida y teniendo presente que Filo-de -sierra  no es un punto sino un espacio muy extenso?

-Pues eso es lo que deben hacer los jueces fijar esos puntos.

-Pero no lo han hecho en más de seis ú ocho meses que llevan de andar á vueltas con las escrituras y con las declaraciones.

-Es que esta administración de justicia…. ¡Dios me perdone, pero esos señores jueces y esos abogados.

-No han hecho nada.

-Así es la verdad, por desgracia

-Y al fin, si son rectos, y si ven que el asunto no puede aclararse, acabarán por decidir que el terreno en cuestión debe dividirse en dos partes iguales, una para usted y otra para …

-¿ Y harían eso?

-Póngase usted en lugar de ellos. Y resultaría que la parte mejor, la que tiene aguas, la que usted ha empezado á cultivar quedaría unida á Guátima….

-¡ Cara….  caramba!

-Mi deseo sería que eso no se dividiera y que todo el globo de tierra quedara de propiedad de usted.

-Pero si ahí está la dificultad.

-No, señor. Sin que usted desembolsara dinero, y con que hiciese sólo un pequeño sacrificio, podríamos alcanzar ese resultado.

-¡ Caramba! ¿ Y cuál sería ese sacrificio?

-Desprenderse de Ayamonte, de ese pedazo de montaña que usted posee en la parte alta de sus posesiones y del que no saca rendimiento ninguno

-¡ Caramba! ¡ Caramba ! Eso habría que pensarlo mucho.

-Pues piénselo usted todo lo que guste; y vaya usted pensando también en los términos en que ha de escribirle á su abogado que le pase la cuenta de sus honorarios y se dé por despedido.

Esta semi-chanza de Pablo iluminó como rayo vivifico el rostro del empedernido y aburridísimo litigante.

Pablo se levantó para despedirse.

-Aguárdese, mi amigo D. Pablo, le dijo Barragán, vamos á ver qué le parece este anisado que me han traído con muchas recomendaciones.

-Muchas gracias. Vamos á ver.

-Salud.

-Salud.

-¡ Krrrr!

-Está exquisito.

-¿ Sabe usted, mi amigo D. Pablo, lo que hemos de hacer? Mañana... . no, mañana es día de fiesta; pasado mañana, se viene usted á almorzar conmigo y volvemos á hablar del negocio.

-Con mucho gusto. Un millón de gracias. Adiós.

-Adiós, señor doctor. . . .Usted es doctor, no es así ?

-Nada, señor D. Abelardo.

-¡ Caramba! Qué tal si se hubiera graduado. ¿ Quién se animaba á pasarle por junto?

Pocos días después llegaba á manos de D. Leonardo el siguiente telegrama: "Pleito acabado. Barragán dueño terreno disputado. Sí usted quiere establecer cafetal; mande peones rozar Ayamonte: es suyo.

FERRER."

 

Hé aquí la contestación: "¡Botarate de cien mil (100,000) demonios! Déjasme sin lo mejor mis tierras. ¿ Cuándo hay que ir firmar escritura?

LEONARDO."

 

La montaña! ¡ Cuántos han visto de cerca ó de lejos la montaña! ¡ pero qué pocos la conocen!

Es necesario haber penetrado en ella para saber cuán esquiva y adusta se nos muestra, y cómo nos halaga al mismo tiempo brindándonos con las riquezas que guarda para nosotros en su seno.

Bajo la inmensa y tupida bóveda que jamás han penetrado de lleno los rayos del sol, reina una claridad opaca, difusa y teñida de los colores que allí dominan, claridad de que no dan idea los crepúsculos y de que no pueden ofrecer imitación las cortinas que en nuestras viviendas mitigan la luz.

De cuando en cuando, y si el viento separa momentáneamente los follajes, se dibujan en el suelo labores luminosas y movedizas, al mismo tiempo que las ondas de luz cabrillean en las hojas lustrosas de muchos árboles.

Aquella claridad parece ser una con el ambiente. El aire, eternamente encerrado, se carga de las emanaciones de los vegetales vivos, de las de los despojos que lían estado por siglos en silenciosa efervescencia, de las de muchas plantas resinosas y de las de la tierra, que son como las que se exhalan del suelo de un camino cuando la lluvia comienza á humedecerlo

Del ambiente parece quedársele algo adherido á quien penetra en la montaña. El que sale de ella, sale oliendo á montaña.

Las columnas, ya rectas y cilíndricas, ya airosamente curvas e irregulares; ya formadas de haces de troncos; ya lisas, ya adornadas con labores más ó menos simétricas, corresponden por su grandiosidad y su poder á la soberbia bóveda; y cuando en uno de los oquedales del bosque se le presentan al espectador en hileras regulares, hacen comprender cómo sugirió la naturaleza á algún antiguo arquitecto el plan de una basílica.

No es raro que un accidente del terreno, como un peñasco blanco ó rojo, rompa pintorescamente la uniformidad de la perspectiva. Abundan producciones raras que enajenarían á un botánico y á un naturalista; flores, plantas trepadoras, parasitas que serían el orgullo del jardín que las poseyese; árboles y arbustos de formas pictóricas; festones airosos que engalanan la gran bóveda como para una próxima fiesta; pero ninguno de estos detalles es poderoso á divertir el ánimo, absorto en la contemplación del grandioso conjunto.

La primera de las hosquedades con que la montaña repele al que trata de violar su recinto, consiste en la naturaleza de su suelo. Infinitos troncos y ramos de árboles que han caído de vejez y que aguardan su final descomposición se relazan unos con otros y con las raíces que salen fuera de la tierra. Los huecos de la intrincada red que forman se rellenan desigual mente con las hojas y la chamarasca que los años y los vientos desprenden de los árboles. Sobre esa masa se extiende una capa de musgos y de parasitas que prosperan viciosamente, protegidos por la humedad y la sombra perpetuas. El pie del explorador se hunde allí y encuentra, en vez de asiento sólido, marañas, espinas y púas que lo aprisionan y lo desgarran. El que, dando con algún espacio en que el monte bajo sea menos denso é impenetrable que en los demás, logra abrirse camino por algún trecho y avanzar un poco, se ve detenido por troncos gigantescos que, tendidos, le cortan la ruta que pensaba seguir.

No menos que la vista se sorprende el oído en la montaña. La resonancia del aire es allí peregrina, como es peregrina la claridad. Los sonidos no se perciben allí cómo en otros lugares. El que visita la montaña desconoce el de su propia voz.

Bandadas de guacamayos y de loros y manadas de monos gritando en coro, llenan á veces los ámbitos del bosque con sus voces penetrantes, ásperas y desacordes. Otros habitantes de las espesuras sueltan la voz en |solos más ó menos melodiosos. Cuál de los cantores alados alegra la soledad con sus trinos; cuál, gorjeando melancólicamente, parece sentir é interpretar la poética tristeza que en aquellos sitios se apodera del alma; cuál parece hacer burla del viajero. La paloma torcaz arrulla amorosamente.

También interrumpe á veces el casi pavoroso silencio un animal montés que, sin dejar percibir bien su forma y asustado con la presencia del viajero, cruza rápidamente por delante de él rompiendo las marañas que cubren el suelo.

Todo, en la montaña, convida á la meditación. No sin cierto sobrecogimiento, se dice en ella el hombre contemplativo: "Donde yo estoy asentando mi planta, ninguna otra se ha asentado en el curso de todos los siglos."

"Pocas horas hace que me aparté de los demás hombres, de las poblaciones, tal vez de los refinamientos del lujo, y me hallo en este momento tan separado de la sociedad, tan en posesión de la libertad natural y primitiva, tan fuera de la acción de las leyes y de toda jurisdicción humana, como si me hubiera trasladado á la más desconocida de las islas desiertas.

En la montaña se adivina un mundo aparte, un mundo con sus amores, sus odios, sus combates, sus agitaciones, sus apacibles escenas y sus horrores.

¡ Cuántas generaciones de vegetales han vívido y han perecido ignoradas en la selva, preparándose con sus propios despojos gloriosa sucesión, sin espectador humano que contemple su majestuosa hermosura ni admire los primores de sus galas!

No sin razón los antiguos, con su fantasía, poblaron los bosques de seres capaces de entender los rumores misteriosos que los animan y de gozar las voluptuosidades para las cuales la umbrosa soledad ofrece repuesto y sosegado retiro.

Al pie de los fornidos, corpulentos y vividores hijos de la tierra, el hombre se siente pequeño y endeble; pero ¡ cómo se siente luégo rey de la creación si considera que el bosque, en su silenciosa inmovilidad, ha aguardado por siglos á que el hombre quiera venir á aniquilar su pompa para enseñorearse del suelo y obligarlo á cubrirse de producciones que, en cotejo con las que de suyo ha ostentado, son harto efímeras y ruines.

Pablo, dándose á la tarea de talar el bosque y de disponer su suelo para el nuevo cultivo, contempló y estudió la montaña con alma de poeta; y, con brío y pujanza de varón fuerte, se preparó á dominarla y á hacerla tributaria.

 

 

Ya el acero y el fuego les han abierto espacio al aire y al sol para que bañen á su sabor el suelo de un gran recuesto de la montaña, undoso y cortado por hondonadas. Alterna allí el blanco de la ceniza con el negro de los troncos que han resistido sin consumirse al abrazo mortífero de las llamas.

Como algunos raros habitantes de un lugar arrasado súbitamente por espantable catástrofe, que han tenido la triste fortuna de sobrevivir á sus convecinos, contemplan atónitos y macilentos las ruinas de lo que fue su pueblo, algunos árboles que han resistido á la devastación de la selva parecen llorar sobre sus despojos.

Pero aquella superficie por donde ha paseado la destrucción es ahora más inaccesible y escabrosa que nunca. Falta |despalízarla y descubrir el suelo en que han de vivir el café y los árboles que deben favorecerlo con su sombra.

Esta faena no es la menos costosa ni la menos dilatada, por más que el fuego haya de auxiliar en ella al cultivador, tornando á cebarse en los troncos y en las ramas no consumidos por el grande incendio

En tal faena se hallaba ocupado Pablo, cuando cierta noche, al volver él de la montaña> le dijo su tío

-Hombre, parece que tu madre sigue un poco mal: sería bueno que fueras á hacerle una visita.

-No me oculte usted nada, tío. ¿ Es que mi madre está muy grave ?

-No, no te alarmes. Lo que me escriben es que tuvo un ataque de su enfermedad que la redujo á la cama por dos ó tres días, y que la ha dejado quebrantadita y muy preocupada.

- Biep, tío, si á usted le parece, me voy ahora mismo.

-No hay para qué hacer el viaje de noche. Mariana se sobresaltaría cuando supiera que te habías apresurado tanto. Dicen que hay que ahorrarle con mucho cuidado las emociones y las contradicciones.

Esta última especie trajo instantáneamente á la cabeza de Pablo un inundo de pensamientos. Su imaginación le representó el cúmulo de combates y de sacrificios que aquella situación de su madre le aparejaba.

La presencia de Pablo iluminó las facciones demacradas de su madre como con destello de felicidad. Pablo había llegado á su casa antes de mediodía; acompañó á Di' Mariana hasta después de la comida, y luégo salió. A eso de las siete de la noche, D. Jacobo fue á hacer á su hermana la visita que á esa hora acostumbraba hacerle desde que su dolencia se había agravado.

-Cada vez, dijo á su hermana, que viene Pablo, viene más hombre y más buen mozo. Ni siquiera se ha puesto amarillo como todos los que residen en tierra caliente.

-¿ Ya lo viste?

-Sí: estuvo en casa esta tarde.

Da. Mariana reprimió un movimiento de disgusto y tocó otro registro.

Pablo la halló aquella noche en la postración en que, según le habían dicho, se la había visto antes de su llegada.

Su primera diligencia al día siguiente fue avistarse con el médico que asistía á su madre y rogarle que le hablara con toda claridad acerca de su situación.

-La situación de la señora, dijo el facultativo, me parece grave, pero de ningún modo desesperada. En el corazón no le he hallado cosa que deba alarmamos Pero estas afecciones nerviosas, ya usted sabe que á la larga originan desarreglos en la circulación, y por lo mismo no hay que desatenderías.

-Y fuera de la aplicación de las medicinas que usted ha prescrito, ¿ qué más juzga usted conveniente?

-No conveniente, sino absolutamente necesario, me parece, evitarle á la señora su madre sustos, contrariedades y motivos de aflicción.

Pablo se le abocó también al otro médico que había visto á Da. Mariana.

-Mi opinión, le dijo éste, ha sido la de que mi señora D. Mariana tiene afectado el corazón.

-De manera que el caso, en concepto de usted, es de los más graves.

-No digo tanto. Con un buen régimen y con tal que la señora no tenga que sufrir sinsabores ó contradicciones que le alteren el ánimo, puede aún vivir bastantes años. Quien vive pacífica y sosegadamente, sin agitaciones ni luchas interiores, consume pocas fuerzas vitales. Ya usted sabe que todo malestar moral penetra en el organismo y dificulta y altera el funcionamiento de los órganos, principalmente de aquéllos que ya están afectados.

El dictamen del profesor que hallaba el desorden en los nervios no difería en un ápice en cuanto á tratamiento y en cuanto á pronóstico del del que le echaba la culpa de todo al corazón.

Cuando hubieron pasado dos ó tres días, D~ Mariana preguntó á su hijo:

-¿ Has ido á ver á Modesta?

-Nada, mamá: no he tenido un momento desocupado. Anteayer fui á entregar á mi tía Liboria la carta de mi tío; pero no vi á Modesta: supuse que estaría fuera de la casa.

Pablo salió anunciando que tardaría en volver, pero antes de salir á la calle, recordó que había dejado su sombrero en el cuarto de su madre, entró en él inopinadamente y sorprendió á Da. Mariana llorando.

-¡ Qué es esto, dijo, qué es esto, mamá de mi corazón!

-Nada, hijito, es que con estos males y esta debilidad me entra de golpe una lloradera….

-No, mamá; usted, por no mortificarme, me quiere ocultar el motivo de su aflicción; y para mí no habría ninguna como la de saber que entre usted y yo hay algo reservado. Por Dios, mamá de mi vida, no tenga secretos para mí.

-Nada hay que tú no sepas. Pero no quiero que te atormentes por mí. Muy pocos serán ya mis días, y Nuestro Señor ha de darme su gracia para que pueda pasarlos con conformidad.

-No, no, mamá, no es conformidad lo que yo quiero para usted: quiero tranquilidad completa, paz para su espíritu y contento inalterable.

-Pero ya tú ves que esos son bienes que nadie consigue en este mundo.

-Por bastantes años los ha gozado usted y los han gozado todos los nuestros. ¿ Porqué no ha de poder suceder lo mismo en adelante?

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