CAPÍTULO VIII
HAN LLEGADO felizmente el bote, la escopeta con su dotación de
cápsulas, los perros Jack y Frou-Frou y los avíos de pescar.
Jorge ha convidado á un amigo para que vaya á acompañarlo en el
estreno de aquellos muebles y semovientes. A Da. Clemencia se le ha
antojado ir también á presenciar la inauguración del bote. Ha
llegado quejándose de la indiferencia de Mr. Anderson, que, con
pretexto de que tiene que despachar su correspondencia para Europa,
no ha querido acompañarla. Se queja también del sol, del polvo y de
que el cochero la ha dejado zangolotear por las asperezas del
camino.
Se fija para la función la hora en que los patos han de hallarse
en disposición de dejarse cazar; se señala su lugar á los mozos que
han de espantarlos para que tomen una dirección conveniente; se
trasladan los cazadores y la espectadora á la orilla de la laguna;
se echa el bote al agua y se aparejan la flamante escopeta, que va
en manos de Jorge, y otra, un poco anticuada, que maneja el
amigo.
Jorge, que ha bogado en el Támesis, empuña el remo, y la
embarcación se desliza laguna adentro, con suave vaivén. Los
perros, que no reconocen otro amo que la cocinera, atraillados á la
orilla, se manifiestan poco deseosos de meterse al agua. Llega el
momento crítico; suenan dos disparos dirigidos á unos patos que van
nadando; Di Clemencia hace aspavientos; los patos salen incólumes,
gracias á la maldita miopía de Jorge y á la falta de habilidad de
su acompañante. El mozo que tiene los perros los suelta, y ellos,
más ligeros que la vista, huyen despavoridos hacia la casa.
El segundo tiro será al aire. Vuelan las presuntas víctimas del
inocente entretenimiento; suena la detonación y ¡ oh desgracia! un
movimiento brusco é irreflexivo de los cazadores hace que el bote
se vuelque y que aquéllos desaparezcan debajo del agua por unos
instantes. Da. Clemencia da un chillido y se desmaya. Los
náufragos, que han dado el chapuzón en sitio en que las aguas
tienen poca profundidad, salen á la orilla sanos y salvos, aunque
rebozados con fango. Da. Clemencia vuelve en si renegando de su
hijo, que la mata con sus barbaridades; de los ingleses, que envían
botes que se vuelcan; y de Anderson, que, con su flema, no quiso ir
á evitar desastres.
Los mozos que han acompañado á los cazadores reciben orden de
desnudarse y de entrar á la laguna á recuperar el bote, las dos
escopetas, los anteojos de Jorge, su casco y el sombrero de su
amigo. Todo se salva menos los anteojos, que no pueden ser
hallados. Jorge y el otro vuelven á la casa á despojarse de la
ropa, calada por el agua y el fango. Da. Clemencia va á la cama con
lo que ella misma califica de ataque nervioso. Se envía un emisario
á la ciudad para que dé á Mr. Ánderson aviso del siniestro y le
diga que envíe un médico á la mayor brevedad.
El médico llega con Mr. Ánderson ya muy entrada la noche, y le
receta á le enferma únicamente calma y reposo. Ella duerme tan
regaladamente; al otro día regresan todos á la ciudad.
Algunos días después, con ocasión de habérsele dé pagar al
médico que había recetado calma y reposo, la cuenta que había
pasado, decía Mr. Anderson delante de su mujer, con su voz
despaciosa y aquella sonrisa benévola y propia de un inglés que
profiere un chiste: Clemita, Jorge está comerciante y Jorge pide
dinero de la caja del almacén; Jorge está campesino y Jorge pide
dinero de la caja; Jorge compra bueys y Jorge pide plata de la
caja; Jorge vende bueys y Jorge pide plata; Jorge siembra trigo y
Jorge pide plata; Jorge coge trigo y Jorge pide plata. Yo no
entiende este.
-Pero, Anderson, usted sí que es desconsiderado y exigente, le
respondió Da. Clemencia. ¿No ve que este niño apenas está
principiando?
-Clemita, yo quería que me dicen, replicó el inglés, siempre con
su sonrisa de chunguear, cuándo Jorge acaba de estar
principiando.
En efecto, los gastos gordos de la hacienda salían de la caja
del almacén, y los productos no se veían. Y no hay que hacer
juicios temerarios: Jorge no era calavera ni vicioso, pero no tenía
dedos para organista; no tenía aquellos dedos ágiles y sutiles que
ha menester el campesino sabanero para no dejar escapar cuarto ni
ochavo que pueda estar á su alcance. Sabía cinco idiomas, pero en
ninguno de ellos sabía decir lo que sabe decir el labriego machucho
para conseguir que los compradores paguen y paguen bien y que los
vendedores vendan barato. Conocía, entre otros ramos de las
matemáticas, la Astronomía, pero no podía calcular cuándo era
tiempo de desocupar un potrero ó de vender ó de comprar ganado.
Todo el punto fincaba para él en la aplicación á nuestra
agricultura y á nuestra ganadería de los métodos y prácticas
empleados en Europa y descritos en los libros. No cabe en guarismos
lo que, en sólo un año y á tontas y á locas, gastó en semillas,
máquinas, animales y aparatos comprados en el extranjero, y en
intentar ensayos y pruebas que no sirvieron sino para hacer que los
payos de quienes se servía se rieran allá en sus adentros (y á
veces también en sus afueras) de lo que ellos miraban como
|invenciones de los ingleses para saca nos la plata.
Lo peor era que no acertaba á obviar, sino derramando dinero,
las dificultades de todos tamaños que el agrícola y el ganadero
expertos vencen á diario á fuerza de maña y de ingeniosas
industrias, sin detrimento del bosillo.
En resolución, llegó día en que se vio patentemente que aquello
llevaba trazas de acabar de perrísima manera, y en que se decidió
que la hacienda volviese á ser arrendada al mismo sujeto de quien
Jorge la había recibido. Aquél la recibió dotada con buen número de
chirimbolos de reciente invención, inventados para engaitar á los
hacendados menoristas y manirrotos, y que dizque servían para
facilitar maniobras.
Da. Clemencia, que, ansiosa de verse libre de cuidados, anhelaba
que su hijo quedase cuanto antes definitivamente establecido, se
quejó destempladamente de los que lo habían educado, de Anderson,
que no había sabido elegirle carrera, y de su negra suerte que se
había complacido en hacer de ella la más desgraciada de las
mujeres.
Al tosco y chillón trapiche de Guátima ha sucedido una máquina
en que tres rollos horizontalmente colocados y de luciente acero
exprimen las cañas, y, como fuertes que son, trabajan sin quejarse
y sin jactarse del esfuerzo con que desempeñan sus deberes. Varias
ruedas y piñones dentados los ponen en conexión con la grande y
ancha rueda de madera que, colocada fuera del testero del nuevo
edificio, recibe el agua de la acequia que pausadamente cae sobre
ella y que pausadamente va escurriendo, y gira con majestad y con
empuje irresistible.
El aceite que lubrifica las piezas de la nueva máquina ha
reemplazado al zurriago que antaño facilitaba los movimientos de la
antigua.
En vez del estruendo que solía reinar en el edificio que ha
desaparecido, reinan ahora el sosiego y un silencio sólo
interrumpido por la rueda hidráulica que, al girar, forma rumor
como de golpes seguidos, isócronos y sordos.
Cuando hubo de montarse aquel aparato, vino de lejos un
ingeniero á quien se buscó para que dirigiese la operación; mas el
ingeniero enfermó cuando ésta se hallaba á los principios, y Pablo,
que, con su natural despejo, había adivinado el uso y la colocación
de cada pieza, fue quien puso la máquina en estado de
funcionar.
En el tiempo que ha trascurrido desde su última entrevista con
su madre, ésta en sus cartas no ha cesado de instarle para que se
decida por el matrimonio con Modesta. Pablo, multiplicando siempre
las manifestaciones de su sumisión y de su cariño, se ha esforzado
por quitarle de la cabeza aquella idea y por persuadirla de que,
para la felicidad de entrambos, más puede esperarse de la
resolución de dejar las cosas como se están que de la realización
de su designio.
La langosta ha desaparecido tiempo há, y las plantas, podadas
por ella, han retoñado vigorosamente.
Pero sobre Guátima y sobre su dueño ha caído una plaga peor que
aquélla y peor que las diez de Egipto: ha caído un pleito.
D. Leonardo y aquel vecino suyo á quien llamaba D. Abelargo
Barrabás nunca habían deslindado sus propiedades, que eran
limítrofes; cada uno pretendía ser dueño de un gran triángulo que
mediaba entre el terreno que, sin que en ello cupiese duda ni
litigio, le correspondía, y el terreno que del propio modo poseía
su colindante.
Por muchos años se habían bandeado para dirimir las competencias
y reyertas que se suscitaban entre ellos, escribiéndose cartas como
cantáridas, y mandándose recados que levantaban ampolla. Pero, como
al señor Barragán se le hubiese antojado cultivar gran parte del
litigioso triángulo, promovió un juicio de deslinde. D. Leonardo sé
trasladó á la capital y puso su asunto en manos de un famoso
abogado. Las notarías brotaron mamotretos antiguos, y borbotaron
declaraciones de los más viejos de los habitantes de las dos
haciendas. Aquello se intrincó y se embarulló de manera que todas
las Academias de Jurisprudencia no habrían acertado á
desembarullarlo.
Pero háganme ustedes el favor de declararme si sería fácil tal
empresa, cuando las escrituras en que se describían los linderos de
las dos fincas decían: "Por el Norte, la quebrada de Hernán Pérez,
aguas arriba, hasta la casa en que vivía el difunto Angel Samudio,
y de ahí una línea recta hasta el punto llamado Filo-de--sierra." Y
el difunto Angel Samudio había, según se comprobó, vivido en dos
casas, de las cuales
|hasta las ruinas habían perecido. Y el
punto llamado Filo-de-sierra, era la cresta más alta de la montaña,
cresta que no dejaría de medir una buena legüita.
D. Leonardo y su contrincante no hablaban sino de su pleito, y
era raro no hallar á cada uno de ellos trazando los linderos en el
suelo ó en la pared. Cada uno vomitaba denuestos contra el otro;
pero ninguno acertaba á decir para ilustrar la cuestión pendiente,
sino que su adversario era un bribonazo que debía arrastrar
cadena.
Nada nuevo les diremos á los lectores si les decimos que sobre
el punto debatido se escribieron y se publicaron dos folletos. Lo
que pueden ignorar ó haber olvidado son los títulos. El folleto que
llevaba al pie la firma de Barragán, se llamaba C
|onozcan ustedes
á un bribón. El otro,
|¿Cuál será el bribón? Ambos
estaban decorados en la portada con su viñeta, que representaba la
balanza de la Justicia; y ambos fueron muy leídos.
|... por
el empleado de la imprenta que corrigió las pruebas.
En el terreno disputado hubo
|vista de ojos con asistencia
de jueces, abogados y curiales de todas raleas; pero ningunos ojos
tuvieron la vista necesaria para penetrar en las oscuridades del
asunto. Ya: como que los jueces y su comparsa no recorrieron todo
el dicho terreno, y se contentaron con mirar hacia él desde un
cerrito en él comprendido.
Pablo, que lo conocía como á sus manos, comprendió fácilmente,
oyendo hablar á los abogados, cuál era el meollo del asunto, y
comprendió asimismo que la litis entablada no podía ser decidida
con visos de legalidad ni por el mismo Salomón, y que, tarde ó
temprano, había de terminarse por una composición más ó menos
amigable.
Adquirido que hubo esta convicción, empezó á tirar sus
líneas.
D. Leonardo, que era rutinero y adverso á lo que él mismo no
hubiese hecho ó discurrido, se había mostrado despreciador de la
industria cafetera. A los cafeteros los llamaba
|cafuches ó
|cafeotes.
Pablo estaba madurando un gran proyecto, y el lector va á
enterarse por sus cabales de las trazas de que se sirvió para
preparar detenidamente y asegurar su realización.
Casi partiendo límites con las tierras más altas de Guátima,
existía el cafetal de
|Los Cayos, reputado como el mejor de
la comarca, establecido y cuidadosamente manejado por Gabriel
Enríquez, joven caucano que, después de haber estudiado medicina,
había resuelto consagrarse á la agricultura y lo había puesto por
obra empleando para ello una cuantiosa fortuna que había
heredado.
En la persona de Gabriel podía notarse más de un punto de
semejanza con la de Pablo. Como él, era un apuesto y robusto mozo,
y como él, despejado é infatigable.
Pablo procuró, y le fue facilísimo, trabar amistad con su
vecino, é inducirlo á que convidase á D. Leonardo á dar un paseo
por su posesión.
El convite fue hecho y aceptado; y un domingo se verificó la
visita á
|Los Cayos.
Industriado por Pablo, Gabriel, como quien no quiere la cosa, le
hizo recorrer á D. Leonardo lo mejor del cafetal y le conversó por
largo rato sobre las excelencias de su industria.
La suerte, que parecía estar en connivencia con Pablo para poner
en cierto temple el ánimo de D. Leonardo, había dispuesto que, en
la semana anterior, se quemara parte de la miel, se descompusiese
la hornilla y se muriesen dos mulas.
El domingo aquel volvió D. Leonardo del paseo muy bien humorado
y lleno de animación.
Ya arrellanados tío y sobrino en sus mecedoras, dijo el
primero:
-Pues sí, mi señor D. Pablo María Ferrer Ibarzábal Berabetacundi
de los Cogollos y otras hierbas, ¿ qué dice su señoría del
establecimiento que acabamos de visitar?
Con marcada frialdad y como distraído, contestó el
interrogado;
-Yo lo conocía mucho. Hoy nada me ha llamado la atención.
|-¡ Caramba! ¡ Poquito descontentadizo es el niño! Yo me
he acabado de convencer de que el cultivo del café es en esta
tierra el único negocio que promete algo.
-Quién sabe, tío. Este negocio puede tener sus quiebras.
|-¡ Cómo que quién sabe! ¿ pues no ves que el producto es
infinitamente mayor que el de la caña y que el de la ceba de
ganado?
-En eso caben muchas ilusiones.
-Las cuentas que nos ha hecho el vecino son palmarias.
-Hum, hum. Mañana en todo el día salimos con que bajan las
letras ó el precio del café en el extranjero.
-Las letras no harán más que ir subiendo mientras tengamos aquí
el maldito papel-moneda; y el papel-moneda no se acaba sino cuando
la rana críe pelos. El precio del café irá subiendo, porque, según
dicen, su consumo se va extendiendo prodigiosamente.
-Y su cultivo también.
-Demos caso que se cultive en todo el mundo: el café colombiano
es el más apreciado de todos.
-Y puede resultar también que viene la enfermedad del café, que
faltan brazos, quién sabe cuántas otras contrariedades. Acuérdese
usted del tabaco de Ambalema, del añil, de las quinas.
-Vaya, señor D. Pablos, con hombres tan apegados á la rutina
como usted, este país no puede marchar.
-Nada. Hay que ir á paso que dure. Las cebas no caerán mientras
la gente necesite comer carne; ni la miel mientras haya quien beba
chicha, guarapo y aguardiente, y quien consuma azúcar y panela.
-¡Ah! Y hay que considerar otra cosa: viene una revolución, y le
llevan á uno todo el ganado.
-Sí, señor, viene una revolución, y le llevan al cafetero todos
los peones> á tiempo en que hay que desherbar ó que
cosechar, y todo se lo lleva la trampa. ¿ Sabe usted, tío, qué es
lo que me provoca? Que usted establezca un cacaotal en Las
Palmas.
|-¡ Quita allá! No me mientes cacaotal. Ya hice el ensayo
y salió endemoniado.
Esta conversación no tuvo, por lo pronto, consecuencia
ninguna.
En esos mismos días, Pablo, á fuerza de maña y de paciencia, le
arrancó á su tío una autorización plena para intervenir en lo del
pleito y para procurar un avenimiento con el señor Barragán. "Haga
usted, señor doctor D. Pablos, todo lo que se le antoje; pero tenga
desde ahora por averiguado que ese viejo bandido no entrará en
composición de ninguna clase. El no se conformará con no robarse
ese terreno."
Apercibido con esa autorización, Pablo se trasladó á la capital,
y celebr6 consulta con el abogado y apoderado general de su tío. El
abogado se rió cuando Pablo le dio á entender cuál era su intento.
Ya él le había sondeado el ánimo á D. Abelardo y lo había hallado
inflexible. Y le declaró positivamente á Pablo que, si iba á
hablarle de cosa que oliese á avenimiento, se exponía á que lo
echase de su casa á puntapiés.
Y así pudo suceder en- efecto, á pesar de que Barragán estaba
impaciente y furioso con las dilaciones, y renegaba como un
condenado contra las notificaciones, los autos, los términos, las
excepciones, las compulsas, los interrogatorios, las
articulaciones, las apelaciones, las competencias é incompetencias,
los incidentes y toda la monserga forense con que lo mareaba su
abogado cada vez que él, esperando la noticia de que ya iba á salir
la sentencia, lo interrogaba. Los rayos de su ira se encaminaban
principalmente contra el bribón de D. Leonardo; pero no faltaban
chispas que saltaran sobre los códigos sobre esta nuestra
enmarañada legislación, sobre los jueces y magistrados, sobre los
abogados y los notarios, sobre lo que costaba el papel sellado, y
hasta sobre el cuitado del portero que le hacía las
notificaciones.
Cuando Pablo, ya medio descorazonado con lo que le dijera el
jurisconsulto, estaba devanándose los sesos á fin de hallar modo de
poner por obra su propósito, sobrevino y llegó á sus oídos una
circunstancia de la que, con su natural viveza, advirtió al punto
que podía sacar gran partido: D. Abelardo iba á hacer ejercicios
espirituales.
Pablo sabía bien que, de un hombre que ha hecho los ejercicios
espirituales, por empedernido pecador que sea, se debe esperar que,
á lo menos en los días inmediatos á los del piadoso retiro, no
proceda sino con arreglo á las máximas evangélicas.
Pablo aguardó, pues, el fin de los ejercicios.
Como ya había empezado á hacerlo desde su venida á Bogotá,
frecuentó la casa de su tío Jacobo y tuvo con Cecilia entrevistas
en que, cualquiera que fuese el principio de la conversación y por
más que ambos interlocutores se empeñasen en excluir de ésta todo
lo concerniente á sus afectos respectivos, siempre venían á tratar
de ellos. Absteníase Pablo de toda efusión tierna y apasionada del
suyo; pero no podía ocultarlo á su prima. Esta, demostrando á Pablo
el más cariñoso interés, pugnaba por apagar suavemente la llama que
ella misma, aunque sin saberlo, había encendido. Por de contado,
sus esfuerzos, lejos de conducir al fin á que los dirigía,
activaban aquel incendio.
Confidencias como las que se hacían Pablo y Cecilia no son
comunes: el galán y la dama que no se corresponden, rompen de una
vez, aunque en el enamorado quede ardiendo el fuego de la pasión; y
aunque no rompan, se abstienen de hablar de lo que entre ellos
pasa, y aparentan tratarse como si entre ellos no hubiera más
relaciones que las comunes y ordinarias.
Pablo y Cecilia, gracias á la franqueza ingénita de entrambos, y
al hábito, tan tempranamente arraigado, de comunicarse cuanto
pensaban y sentían, no podían dejar de conducirse de un modo que
parecerá extraño á los que no hagan caudal de estas dos
circunstancias.
Da. Mariana tampoco perdió el tiempo que Pablo empleó en
aguardar que D. Abelardo estuviera disponible. No quiso fastidiar á
su hijo con largos sermones sobre el tema consabido; pero aprovechó
todas las coyunturas que le parecieron propicias para soltar
especies en favor de su proyecto. En esta temporada, á lo que juzgó
atinado aplicarse fue á trazar entrevistas entre Pablo y Modesta.
Varias veces convidó á Da. Liboria y á Modesta á tomar chocolate en
su casa, y advirtió á su hijo que debía no faltar á la merienda y
ayudarle á hacer los honores de su casa. Otras noches hizo que
Pablo la acompañase á hacer visita en casa de su cuñado. Al mismo
tiempo cuidaba de introducir en la conversación con Modesta cuanto
pudiera hacerle formar de Pablo el más ventajoso concepto.
Tal vez se le fue un poco la mano, y se le fue asimismo la
lengua, al poner por obra sus estratagemas, pues Modesta penetró
sus intenciones. De lo que no se percató fue de que su tía Mariana
obraba de
|proprio motu, sin consentimiento de Pablo y aun á
pesar de él. Creyó, como era de cajón, que estaba trabajando en
favor de su hijo á instancias de éste mismo; y se creyó preferida
por Pablo. Este descubrimiento le hizo experimentar emociones
nuevas y para ella desconocidas; fue como soplo repentino de viento
cálido que agita las aguas de un lago tranquilo.
De ahí en adelante, la piadosa amiga con quien Modesta ventilaba
cuestiones espirituales, á quien hacía y de quien recibía
confidencias acerca de celestiales inspiraciones y de santos
movimientos del corazón, comenzó á notar reservas y restricciones
en la expresión de sus sentimientos. Ya no decía, por ejemplo: "Si
me siento tentada por el orgullo cuando me creo favorecida por
Nuestro Señor con algún dón especial….." Si se le ofrecía
expresar eso mismo, hablaba en tercera persona: "Si una alma se
siente tentada…."