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CAPÍTULO VII

 


JORGE también estaba en ese entonces consagrado á trabajos campestres. Su madre había heredado una buena hacienda situada en la Sabana de Bogotá, de la que derivaba una pingüe renta teniéndola arrendada á un campesino inteligente.

Al venir Jorge de Europa, su padre lo había asociado á sus empresas mercantiles, y su casa había empezado á girar con la razón social de |G. Ánderson & hijo. Jorge había aprendido en una casa de Londres á mirar el comercio con una especie de religiosa veneración y á tomar aire grave cuando trataba de cosas mercantiles. Pero á un jovencito elegante y cuasi inglés, que se había sentado delante de un escritorio londinense, no le cuadraba situarse tras el mostrador del almacén para despachar á los parroquianos. Menos le pegaba azotar calles haciendo cobranzas y arreglando en las oficinas lo concerniente á derechos de importación, y remenos tomar el plumero para quitarles el polvo á las mercancías. La correspondencia extranjera estaba á cargo del propio Mr. Anderson, quien tenía para sí (y no sin mucha razón) que nadie era capaz de reemplazarlo en esa incumbencia. La contabilidad corría por cuenta de dos empleados antiguos y prestantísimos en su oficio, y ni había motivo para despojarlos de su colocación, ni era prudente despedirlos antes de experimentar al que hubiera de sucederles. Suma total, que el título de socio conferido á Jorge, era título colorado (como se dice tratando de beneficios eclesiásticos), y que, con la participación que él tomó en la gerencia de los negocios, mangoneando en el almacén |por hacer que  hacía, aquéllos no adelantaban un negro de uña.

Enterada de lo cual Da. Clemencia y ansiosa de que su hijo se estableciera y se casara pronto, dio en que Jorge tomara sobre sí el manejo de la hacienda.

A él le cuadró este dictamen, porque, gracias á lo que había visto y oído en Inglaterra, el |sport le llamaba mucho la atención. En lo de ser hacendado no vio sino el caballo de cola truncada, la escopeta, el perro de caza, el morral atestado de patos ó de perdices, la navegación por una laguna en un bote que haría venir del extranjero, un asiento en el club que había de fundarse para promover las carreras de caballos; y por añadidura, para cuándo los tiempos estuviesen malos para todo lo demás, un poco de pesca.

¡ Poquita plata se gastó en gracia de Dios para pedir á Inglaterra una escopeta del sistema más reciente y un cargamento de cápsulas; un par de perros |górdon setters, un morral, un bote y los avíos de pescar!

De los de cabalgar, inclusive el casco, las botas altas, los trajes para montar y los de entrecasa, determinó proveerse en Bogotá, en gracia de la brevedad.

De las primeras diligencias para vestir la hacienda y para iniciar trabajos agronómicos, consulta aquí, consulta allí, salió como Dios fue servido.

Pronto vino á hacerse frecuente, oírles á los hacendados y negociantes vecino, cuando se trataba de caballo ó res que tuviera vicio redhibitorio, ó de una máquina agrícola que no hubiera resultado de provecho, ó de frutos pasados y roñosos: "Eso está bueno para metérselo al inglesito."

El Libro Mayor, el Diario y los auxiliares, volúmenes lujosísimos que habían costado un dineral, fueron abiertos oportunamente; pero ¡ qué demonios! si no había cuándo ocuparse en la contabilidad: de día, el pulso estaba agitado y había que hacer fuera de la casa; las primeras horas de la noche eran propicias para ello; pero ninguna noche faltaban un amigo que viniera á tomar el té con Jorge ó un motivo justo para trasladarse a la ciudad: ya era el recibo en casa del tío fulano; ya el cumpleaños de la prima mengana; ya la zarzuela, ya la ópera, ya el concierto, y ya el martes y ya el viernes, días de la visita reglamentaria á su novia.

Como para resarcir los daños ocasionados por tales desmanes, cuando había pernoctado en la ciudad, madrugaba exageradamente; ó si había salido muy tarde del baile ó del teatro, no se acostaba, y apenas terminaba la función, tomaba la vuelta de la hacienda. También solía suceder que la tomara al anochecer ó más tarde. Pero, en todas estas emergencias, se le veía acostarse en la casa de la hacienda apenas llegaba á ella, y reintegrarle á Morfeo las horas que le había defraudado.

Súpose que la escopeta con su dotación, el bote, los perros y los chismes de pescar iban á llegar á Honda. Jorge, que se sintió alborozado con la noticia, bien hubiera querido salirles al encuentro, pero, todo bien considerado, se le hizo muy de cuesta arriba el bajar hasta el Magdalena, y se contentó con enviar en lugar suyo al mayordomo de la hacienda, para que recibiese los dichos enseres y los hiciese subir hasta la hacienda.

Merced á la ausencia del mayordomo, motivada por esa diligencia, y justamente en días de muchos quehaceres, Jorge tuvo que pasar obra de quince días sin separarse de la hacienda; y gracias á esto, Pablo, que acertó á llegar á Bogotá al principio de aquella quincena, se encontró con que Jorge estaba ausente; y bien que, ni por soñación abrigase el designio de hacer por desbancar á su rival, se sintió como desembarazado de un fastidiosísimo estorbo.

Ni buscó ni rehuyó la ocasión de hallarse á solas con Cecilia. Verla y oír su voz era para él el sumo encanto, á lo menos en los instantes en que, arrobado, se olvidaba de que entre ella y él mediaba una barrera que se miraba obligado á reputar infranqueable. Conversar con ella refrenando los apasionados ímpetus que lo movían á prorrumpir en ardientes y ternísimas expresiones, le costaba penoso esfuerzo.

Da. Lucía, discurriendo como siempre con la cabeza de D. Jacobo, había ya aprendido á mirar lo del enamoramiento de Pablo como cosa de poca monta, y no hizo novedad en su modo de tratar y de recibir á éste en su casa.

En la primera conversación á solas que tuvieron los dos primos, dijo Pablo:

-Sin que esto sea, ni por sombra, principio de una queja, te preguntaré si te desagrada que yo venga á tu casa.

| Desagradarme que vengas! ¿Estás loco?

-Como yo hice en los últimos días que estuve aquí algo que debió disgustarte…

|-¿ Qué, qué fue lo que hiciste?

-No me obligues á declarártelo. Me repugna hablarte de eso.

-Quiero, te exijo, me expliques con qué es con lo que crees haberme causado disgusto. Yo no recuerdo que me hayas mortificado en lo mínimo.

-Lo que hice no fue precisamente contra ti.…

-Bueno, bueno. Ya sé…. De eso no volvamos á hablar nunca.

-Pero no me has contestado á derechas. ¿No te contraría el que yo venga?

-De ningún modo. ¿Cómo habría de contrariarme? Tú eres, fuera de mamá, la única persona de este mundo con quien tengo confianza.

--¿ La única? ¿ Y las amigas?

-Con las que tú llamas amigas mías, converso sobre trajes y sobre adornos de sombreros.

-¿Y de cosas más importantes y más intimas?

-Mira, con tal cual de ellas hablo, una vez que otra, sobre si Jorge ha estado ó no ha estado fino conmigo; sobre si otros me han echado flores; en fin, sobre tonterías que pudiera hablar casi con cualquier desconocido. Pero yo estaba acostumbrada á no tener secretos para cierta persona, á desahogarme con ella de todo lo que me desazonaba, á no pensar sino conversando con ella y esa persona…. ya tú sabes quién es....

-No me hables así porque me matas.... Sí, no puedo conformarme con que haya algo de que los dos no podamos hablar; pero no hay remedio, no hay remedio.

|-¿ Porqué no hemos de seguir siendo lo que éramos antes?

-Para ti nada es más fácil que seguir así. Para mí… ¡ Dios mío, Dios mío!

Y se le anudó la garganta y estuvo á punto de prorrumpir en llanto.

Cecilia, también conmovida, dijo á Pablo:

-Pablo, por Dios, deja ese capricho con que te atormentas. No te empeñes en ver en mí más que á la que por tántos años fue tu hermana.

-¡ Si supieras qué desencanto, qué hielo hay para mí en esa palabra! ¡ Mi hermana! Es decir, la que puede ser de otro y no puede ser mía!

Al salir de la casa de D. Jacobo, Pablo se encaminó á la suya.

-¿De dónde vienes? le preguntó Da. Mariana.

-De casa de mi tío Jacobo.

|-¿ Cómo está Lucía? Ayer dijeron que estaba enferma.

-Estará repuesta ya, pues había salido.

|-¿ Entonces con quién estuviste?

-Con Cecilia.

-Cuidadito,  no volvamos á las andadas.

-No tenga usted cuidado, yo sé dominarme.

-¡ Dominarte! Es decir que todavía…. yo estaba contentísima figurándome que ya te había pasado eso…. Como Leonardo me ha escrito que estás engolfado en el trabajo y con la cabeza llena de proyectos….

-Sí, mamá, nada es más cierto.

-Bendido sea Dios ! ¿ Es decir que has conseguido olvidar….?

-Quizás lo conseguiré. Por Dios, mamá, no se preocupe usted con eso. Ya sabe usted por lo que le ha escrito mi tío Leonardo que yo estoy enfrascadísimo en otras cosas.

-¡Ah! Pero lo cierto es que así no puedes vivir contento; y yo, sabiéndolo, no puedo menos de atribularme.

-Mamá, en el mundo no hay ni puede haber nadie tan feliz como usted quiere que yo lo sea. Considere con cuánta fortuna he bogado: hoy no puede ya espantarme la pobreza….

| Hum, hum ! No se trata de eso. ¡ Si supieras cuántas novenas y cuántas comuniones he aplicado por que te veas libre de eso!    ¡Y cuántas promesas! |    Pero Nuestro Señor no ha querido escucharme.

|-¿ Sabe usted, mamá, en lo que consiste mi verdadera desgracia? En verla á usted preocupada y afligida

-Pero si no puedo remediarlo.

La permanencia de Pablo en Bogotá se prolongó mucho más de lo previsto; y hubo tiempo para que él, en sus entrevistas con Cecilia, atizara la hoguera que le consumía el pecho; y para que Da. Mariana concibiera y empezara á llevar á ejecución el designio que vamos á poner en conocimiento de nuestros lectores.

"Para quitarle á mi hijo de la cabeza este capricho, no hay, se dijo, medio tan acertado como proporcionarle un matrimonio." Dióse á buscar con la imaginación una novia buena para el caso; y puso punto á la segunda conferencia que calladamente celebraron su memoria, su entendimiento y su fantasía, dándose una palmada en la frente |y exclamando: "¡Necia de mí que me he andado buscando lejos lo que he menester, cuando lo tengo tan á la mano, y puedo decir que en casa! ¿ No está ahí Modestica, que es una perla y un dechado de virtudes, y que nunca ha tenido pretendiente ?"

Y cavilando más sobre el asunto, cayó en la cuenta, con satisfacción inexplicable, de que Modesta, como hija única de D. Leonardo, patrón y protector de Pablo, le venía á éste como anillo al dedo.

En lo oportuno y maravilloso de su invención creyó descubrir los efectos de la protección del cielo, que tan largamente había implorado; y sintió remordimiento de haber dicho que sus plegarias no habían sido escuchadas.

Da. Mariana tenía costumbre de hacer tomar parte á los Santos en sus empresas; y cuando, á fuerza de porfiar, empleando medios humanos, veía desempatada alguna de las que se proponía, por desatinada que fuera, luégo, luégo, atribuía á los divinos intercesores el triunfo que alcanzaba.

Aquél á que ahora aspiraba lo encomendó también á las potestades celestiales; y no habló á | su hijo acerca de su prodigiosa invención sin haber hecho previamente promesa de vestir el hábito de Nuestra Señora del Carmen si Pablo se allanaba á conquistar á Modesta y á casarse con ella.

Modesta, un año mayor que Cecilia, era blanca, rubia, espigada y de airoso cuerpo. Ojos azules claros, boca pequeña, facciones un tanto angulosas y prominente la sobreceja, lo cual daba á su fisonomía cierto aire de austeridad. Un artista la habría tomado por modelo, más bien para pintar á Minerva, que para hacer una Venus.

Su educación había sido esmeradísima, á lo cual, á su notable ingenio y á su sesudez en el modo de considerar las cosas, se debía su afición, poco común en las jóvenes, á lecturas serias. Chateaubriand, Silvio Pellico y Madame Craven, entre los profanos; y Granada, Santa Teresa, San Francisco de Sales y Raber, entre los místicos, eran sus autores favoritos. Lo íntimo y frecuente de su trato con tina amiga muy leída, y hasta un tantico escritora, dada al ascetismo y á las obras de celo y de caridad, había contribuido largamente á desenvolver en ella la dicha afición.

Harto fácilmente nos creerán los lectores si les afirmamos que Modesta no gustaba de terciar en pláticas con jóvenes más mundanas, y que éstas se afanaban poco por cultivar relaciones con ella.

Y con menos dificultad todavía seremos creídos si añadimos que aquella educación sobrado perfecta, por más que Modesta huyese de bachillerear, la hacia aparecer como un poco afectada.

Todas sus partes, desde lo rubio del cabello hasta su conocimiento de las místicas delicadezas de Santa Teresa de Jesús, eran á los ojos de su tía Da. Mariana las más acabadas que la munificencia divina hubiera podido reunir en una joven.

Modesta, movida, menos según se nos alcanza, por una vocación verdadera, que por la exaltación en que mantenían su espíritu las santas lecturas y las conversaciones con su amiga, había manifestado inclinación al estado religioso. Decía, aunque no en términos altisonantes ni estudiados, que sólo en él podía su pensamiento elevarse hasta las esferas en que el alma, desasida de las miserias terrenales, puede dejarse penetrar por los rayos de la luz indeficiente, á fin de vislumbrar las perfecciones divinas y de empezar a amar al Sumo Bien, empezando á conocerlo.

Su alma, que era ardiente y apasionada y que no había probado las casi siempre insidiosas dulzuras del amor humano, aspiraba á lo único que le parecía capaz de saciar la sed de amor que la consumía.

Tenía ya consultado el punto con su confesor y con la Superiora de las hermanas de la Caridad, y había comunicado á su madre el pensamiento que abrigaba. Da. Liboria nunca, al hablarle su hija de este asunto, había acertado á otra cosa que á deshacerse en llanto y ponderarle á Modesta lo triste de la soledad y lo acerbo de la pena á que la dejaría entregada si ponía por obra su propósito.

D.   Leonardo, cada vez que se hablaba de aquello, prorrumpía en desahogos que nunca tardaban en convertirse en zumbas y chanzonetas de las suyas. Desde que tuvo conocimiento del particular, no llamaba á su hija sino la monja ó la Reverenda Madre.

En cierta época en que creyó Modesta que estaba próxima la hora en que debía realizar su intento, se proveyó muy á las calladas del equipo que debía llevar al claustro. Luégo había considerado prudente el aplazar su entrada al Instituto, y había guardado cuidadosamente el dicho equipo.

Da. Mariana, antes de declararle á su hijo su gran concepción, tomó toda suerte de precauciones espirituales y temporales, y cuando hubo llegado la ocasión que le pareció oportuna, prorrumpió:

-Hijito, me parece que ya he hallado el medio de que tú puedas ser feliz y de que á mí me sea dable pasar con tranquilidad los pocos días de vida que me quedan.

-Bien, mamá, ya usted sabe que lo único que yo anhelo es verla á usted contenta.

-Como lo único que yo deseo es tu bien.

-¿Y cuál es ese medio?

-Que te cases; que te cases pronto.

-Usted me sorprende. ¿Y con quién he de casarme?

-Lo he consultado con Dios, y Él me ha inspirado. Con quien has de casarte es con Modesta.

-¡ Con la monjita!

Aquí no pudo Pablo reprimir una carcajada.

- Pablo, continuó la matrona, esta no es cosa de risa. Nadie puede saber como yo qué es lo que te conviene; y tú debieras mirar lo que te digo como cosa muy sería.

-Mamá, perdóneme usted este primer arranque. Ahora, hablando con toda seriedad, le digo á usted que para mi felicidad es infinitamente mejor no casarme nunca que casarme con una mujer que para mí no tiene atractivo ninguno.

En este lugar cabe advertir que Pablo, no sólo no había jamás hallado atractivos en Modesta, sino que era de los que la reputaban afectada; y que, siendo para él la afectación el peor de los defectos, tenía por sumamente empalagoso el trato con esta su prima, y huía de él en cuanto lo permitía la necesidad de acudir á menudo y por mil motivos á la casa de su tío Leonardo, con quien, en materia de negocios formaba una sola y misma persona.

-Si quisieras reflexionar con juicio, prosiguió Da. Mariana, verías que Modesta es la mujer que te conviene. No hay muchacha más virtuosa ni mejor educada. No me negarás que puedes estimarla. Trátala con familiaridad y sin prevenciones, y te convencerás de- que todo se lo merece.

-¡Pero casarse uno sin sentir el cariño que… en una palabra, sin estar enamorado!

-Así se casan muchos. Muchísimos conozco que se han casado así y han sido felices.

-Yo no creo poderlo ser dé ese modo.

-Mira, el cariño viene después; y el que ha venido así es muchas veces más sólido y más duradero.

-Usted tiene razón; pero todas las que usted me expone deberían tomarse ahora en consideración si fuera urgente el casarme.

-Fíate en mi experiencia. Por urgente, por urgentísimo lo tengo yo.... Y debes considerar otra cosa : en la situación en que tú estás colocado respecto de Leonardo, tu matrimonio con su hija parece cosa tan natural….

-Ahora me hace usted advertir que, si se llegara á hablar de tal proyecto, no faltaría quien dijera que yo lo había concebido proponiéndome venir á ser dueño de los intereses que le estoy ayudando á manejar á mi tío. Estoy casi seguro de que á él mismo se le ocurriría….

-Pero ¡ Dios mío de mi alma! ¡ Qué cavilaciones las tuyas! Todo el mundo reputaría la cosa tan natural como yo la reputo.

-Y al fin y al cabo, todo esto que estamos diciendo es ocioso. Yo no podría inspirarle á Modesta sentimientos más tiernos que los que ella me inspira á mí; y por contera tiene resuelto hacerse religiosa.

-Nadie cree seria esa resolución. No hace mucho, Jacobo, que, como sabes, nunca se engaña cuando juzga las cosas del mundo y de la vida, me decía que Modesta no ha pensado en monjío sino porque no ha tenido objeto en que fijarse; y que, apenas se le presente un novio que le agrade, empezará á reconciliarse con el mundo. Además, tú sabes que Leonardo y Liberia miran con la mayor repugnancia lo del monjío de Modesta, y se empeñarían en impedirlo.

Aquella penosa conferencia terminó sin que Da. Mariana hubiese adelantado un ápice. Muy desconsolada, hizo ánimo de multiplicar sus oraciones y sus promesas á los Santos; y en las ocasiones en que se vio á solas con su hijo antes que él tratara de regresar á Guátima, no se atrevió á tocarle el espinoso asunto de una manera explícita.

Pablo la sorprendió repetidas veces dando muestras de haber llorado; y observó que cada mañana las daba de haber pasado la noche en agitado insomnio.

Al abrazar á Pablo cuando éste se despidió para tomar la vuelta de Guátima, Da. Mariana, deshecha en llanto, renovó sus instancias, resumiendo en pocas pero sentidísimas frases las razones con que había tratado de inclinarlo á procurarse el enlace con Modesta.

Pablo, acongojadísimo, hizo lo que pudo para dejar tranquila á su madre; pero no le fue dable hacerle concebir esperanza de que accedería á sus instancias.

En aquellos días, la pasión de Pablo había tomado proporciones y fuerzas de voraz incendio. Ya debiéramos haber dicho que, en casi dos años que habían trascurrido desde que el amartelado mozo se separó de su prima por primera vez, los encantos de ésta habían llegado al colmo de su esplendor.

Cecilia no era una hermosura acabada, si por hermosura acabada hemos de entender la corrección académica ó convencional que exige la estatuaria. Su cuerpo, sin carecer de elegancia, ni de soltura de movimientos ni de proporción armónica en todas sus formas, no era tan esbelto como el de otras beldades afamadas, y sus facciones eran, aunque finas, un poco mórbidas. Su nariz era ancha, poco prominente, de perfil recto, un poco respingada y de ventanas poco extendidas, lo que le daba á todo el semblante cierto aire candoroso ó más bien aniñado. Su blancura era la de la perla, su tez fresca y aterciopelada; los ojos pardos, bien rasgados y sombreados por pestañas magníficas. A ciertos movimientos de aquella boca, asiento de todas las gracias, se formaban á los lados de ella dos hoyuelos capaces de hermosear por sí solos el rostro de una esfinge. Los dientes eran admirados por quien por primera vez los viese, como obra consumada de algún dentista más hábil que todos los conocidos. Y, vean ustedes cómo son las cosas, obra eran en efecto del artífice que nunca podrá ser bien imitado. La cabellera castaña, undosa y abundante, las orejas pequeñitas y rosadas. El cuello, los brazos y las manos capaces de desesperar al artista que hubiera tratado de modelarlos en mármol.

Pero antes que estas perfecciones, se percibía en Cecilia algo como el resplandor inmaterial de una alma sencilla, candorosa y al mismo tiempo capaz de todos los amores que elevan y que disponen al sacrificio.

Si alguna de las prendas que pueden adornar el alma de una mujer descollaba entre las de Cecilia, descollaba en ella la sencillez, virtud que sólo por maravilla se amalgama con las prendas, más brillantes que sólidas, que la refinada cultura de nuestros días exige en una joven. Y siendo Cecilia la sencillez misma y habiendo acaso heredado algo de la índole de su padre, era franca y sincera por todo extremo.

¿ Qué mucho que Pablo, alma ardiente y apasionada; que Pablo, adorador ferviente de toda belleza, se sintiese cada vez más irresistiblemente atraído por aquella mujer á la cual desde su infancia se había acostumbrado á mirar como cosa suya y como imán de todos sus afectos y sus pensamientos?

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