CAPÍTULO VI
DOÑA Clemencia de Rigueros de Anderson pertenecía á una de las
familias más principales y acomodadas de Bogotá. Se había tratado
de darle en sus primeros años la instrucción que en nuestra tierra
suele darse á las hijas de padres pudientes; pero las lecciones no
habían encontrado en aquella cabeza hueco en que poderse acomodar.
Apenas si era capaz la buena señora de producirse con la cultura
muy indispensable y de no dejarse pillar en flagrantes vulgaridades
y desatinos. Había sido criada con mimo exorbitante; y, á causa de
su bizarría, con exorbitante mimo contemplada por los parientes y
los extraños que frecuentaban la casa de sus padres. Y siempre con
mimo siguió siendo tratada después de su matrimonio, pues Míster
Guillermo Anderson, que era el más bonachón y calzonazos de los
súbditos de Su Majestad Británica, vivía persuadido de que Clemita,
como él y otros solían llamarla, se lo merecía todo, no pensaba
sino en su comercio, é imaginaba que las impertinencias de su mujer
eran las mismas que podrían observarse en cualquier otro individuo
del bello sexo. Hasta las conceptuaba como graciosas niñadas
propias de una señora que se ha criado con delicadeza.
Conque díganme ustedes, después de apreciar estos antecedentes,
si la Da. Clemencita podía ser un portento de humildad, de
moderación y de abnegación.
Parecía ella penetrada de que cualquier incomodidad ó
contratiempo que la afectara á ella, cualquier cosa que amagara
turbar su tranquilidad, cualquier oposición á sus caprichos ó á sus
gustos, era una injusticia que nadie debía tolerar. El regalo de su
persona, las joyas y los trapos eran para ella lo único serio y
digno de atención. Sólo sabía hablar de sí, de sus allegados y de
lo que á ellos y á ella les atañía. Hacía destemplados aspavientos
cuando algo la mortificaba ó la ofendía; y, en ocasiones, miraba
como importunidades y pesadeces los acatamientos y las muestras de
deferencia que se le dirigían. Todo lo que no era ella, su familia
y unos pocos amigos de ésta, era pura broza.
Acerca de lo que hizo y dijo cuando llegó á su conocimiento la
relación de lo ocurrido entre Pablo y Cecilia en el cuarto del
piano de la casa de D. Jacobo, la dejaremos hablar á ella
misma.
"Apenas lo supe, decía, me puse la saya y la mantilla y me fui
para la casa de Lucía á decirle suerte y verdad. ¡ No ven esa
infamia del mocoso atrevido de Pablo, que abusa de la confianza con
que lo reciben en esa casa, para galantear á Cecilia!"
Por el tono y por los ademanes con que decía todo esto, parecía
que había confundido y anonadado á su presunta consuegra.
-Y bien, le preguntó alguno, ¿ qué le contestó Da. Lucía?
-Nada: si no la encontré.
Efectivamente, no encontró á Da. Lucía, ni le dijo nada; pero sí
encontró á otras muchas personas, con las que se desfogó á
contento. Levantóse un caramillo de todos los demonios, y la
parentela de Cecilia y Pablo se convirtió en un hervidero de
chismes y de enredos.
Da. Clemencia tenía una lengua como un manojito de centellas, y
de aquellos días en adelante nunca dejó de fulminarla contra Pablo,
ni dejó de echarle la culpa de todo lo adverso que sucedía en orden
al noviazgo de su hijo. Por decontado todas estas amabilidades de
la buena señora llegaban á oídos de Pablo por el digno órgano de
los chismeros de ambos sexos.
D. Jacobo, que se preciaba de
|saber hacer las cosas, bien
que miró como muchachada sin consecuencia lo que le oía atribuir á
Pablo, dijo á su mujer que asuntos como ese no se debían arreglar
sino por medio de la diplomacia; y, á fin de emplear un medio
diplomático, dispuso que su mujer hablara francamente con Da.
Mariana y le hiciese presente la necesidad de poner punto á esas
niñadas, que sólo habían de servir para fomentar habladurías,
puesto que Cecilia no había de casarse sino con Jorge.
De la conferencia de Da. Lucía con su cuñada, resultó la
determinación que ésta tomó de celebrar otra con su hijo; como en
efecto la celebró, revistiéndose de antemano de energía y
austeridad, y llevando la negra intención de ponerlo como chupa de
dómine.
|-¡ Conque tú cortejando á Cecilia!
Tanto predominan los gérmenes pecaminosos aun en las naturalezas
más nobles, que el primer impulso de Pablo fue negarlo todo, y dar
una explicación, que le parecía facilísima, de la escena que había
levantado la polvareda, pero prevalecieron su rectitud y su amor á
la verdad.
-Mamá, dijo, es cierto que quiero á Cecilia y que la quiero
desde niño; pero jamás se lo he declarado, ni con la más ligera
palabra.
-Pero harto se lo has dado á entender: ¿ no ha de haber notado
ella y no han de haber notado todos tu despego para con Jorge?
-Todas las manifestaciones que yo haya hecho han sido
involuntarias. Confieso que Jorge me inspira la repulsión más
violenta: no sé si lo habré demostrado con demasiada claridad; pero
yo no sé disimular lo que siento ni fingir lo que no siento.
-Pues esa tu antipatía por Jorge va á ser semilla de una
división en nuestra familia, que tan unida ha sido siempre.
-¿Y usted misma, mamá, puede mirar con simpatía á ese macaco
que…….
|-¡ Hijo, hijo! ¿ Qué modo de hablar es ese? ¿ Y qué dices
de lo que ha dado tánto que hablar, de lo que pasó el día de la
procesión?
-Fue una desgracia. En lo que menos pensaba yo ese día era en
manifestarle algo á Cecilia.
Me aproveché de los momentos en que me parecía seguro que nadie
había de yerme tomar el retrato.
-Cuéntame todo lo que pasó.
Pablo hizo aquí á su madre una relación exacta de lo poquísimo
que había ocurrido en aquella ocasión.
-¿Y no fue más que eso? Como andan diciendo tántas cosas.
-No fue más que eso. ¿ Sabe usted, mamá, lo que estoy resuelto á
hacer? Irme mañana y no volver en mucho tiempo: así se acallarán
los murmuradores y se acabarán los enredos
-No. Si se ve que anticipas tu viaje, habrá quien vea en ello
una confirmación de la noticia de que en casa ha habido
tormentas.
-Haré lo que usted disponga.
-Pues lo primero es que dejes ese capricho y te olvides de
Cecilia.
-Mamá de mi corazón, daría mi vida por que estuviera en mi mano
obedecerle ahora como le he obedecido siempre; pero ¡ si no me es
posible! … Mamá querida, ¿ cuando usted se casó estaba
enamorada de mi padre?
Da. Mariana se conmovió, y con voz alterada, dijo:
|-¿ Para qué me lo preguntas?
-Para preguntarle luégo á usted si, caso que le hubieran mandado
no pensar en mi padre, le habría sido fácil obedecer.
Da. Mariana lloró un rato en silencio, y luégo prorrumpió:
-¡ Ay, hijo, hijo de mi alma, veo que vas á ser desgraciado!
.... ¡ y yo! ¡y yo!
|-¿ Usted porqué, mamá de mi vida?
Y arrojándose entre los brazos de su hijo, y llorando
tiernamente:
|-¿ Acaso crees, repuso con voz interrumpida por los
sollozos, que yo puedo no ser desgraciada, que puedo gozar de un
instante de tranquilidad viendo que tú no eres feliz? ¡ Ay!
¿Para qué fuiste á darle cabida á esa pasión?
-¡ Perdóneme, perdóneme usted, mamá! Esa pasión se adueñó de mí
sin que yo lo advirtiera.
|-¿ Porqué no fuiste franco con tu madre?
-Si le hubiera confiado eso á usted, lo habría hecho cuando ya
no había remedio. Yo no supe que era amor lo que sentía por Cecilia
sino cuando ya me era imposible dominar ese sentimiento.
-Me destrozas el alma….Mira, mil y mil enamorados han sido
inconstantes y han ahogado ó dejado enfriar su pasión: ¿porqué no
habrías de hacer tú lo que tántos han hecho?
-Conozco que no he de poder. Pero, por Dios, no se aflija usted.
Soy joven; le he tomado ley al trabajo; con el trabajo me distraeré
y podré vivir tranquilo.
-Eso no me consuela. En Dios, en Dios están todas mis
esperanzas. ¡ Cuánto voy á rogarle! Tú también pídele, pero pídele
con verdadera voluntad de ser escuchado, que te dé fuerzas para
vencer esa pasión.
La conferencia terminó con un largo abrazo, rociado con un
diluvio de lágrimas.
Hé aquí en lo que pararon las energías, las austeridades y las
negras intenciones de Da. Mariana.
¡Esto de ser madre es mucho cuento!
Otra medida diplomática de que echó mano D. Jacobo, fue la de
telegrafiarle á su hermano. "Yo soy franco, dijo. Voy á decirle á
Leonardo que conviene que antes con antes llame á Pablo." El
telegrama que le dirigió remataba en un
|escribiré por
correo. Por el correo envió efectivamente una carta en que
motivaba el telegrama y que empezaba así: "Mi querido Leonardo: ya
tú sabes que yo soy franco." Con esta diplomática medida le aparejó
á Pablo un sinfín de mortificaciones: de la relación de lo sucedido
sacó inagotable materia D. Leonardo para dar cordelejo a su sobrino
sin descanso y sin conmiseración.
¡ Cuántos y cuántos de aquéllos con quienes en el comercio de la
vida nos estamos codeando llevan hiel en el alma, ó alguna espina,
ó quizás un dardo, en el corazón!
Y con ser ello así, á casi todos se les ve la cara risueña,
jovial la fisonomía y plácido el continente; y se les ve ocuparse
en sus haciendas ó en sus entretenimientos favoritos, con aire de
sosiego y de satisfacción.
¡Y gracias á Dios que así sucede! Si todos hubiéramos de estar
echando á la calle nuestros enojos, nuestras zozobras, nuestras
tristezas y nuestra morriña, cada cual, para procurarse un poco de
alivio y esparcimiento, tendría que acudir á los cementerios ó á lo
más repuesto de los bosques.
No es, por tanto, de extrañarse que pocos días después de
aquéllos en que acaeció lo referido en este capítulo y en el final
del precedente, encontremos á Pablo otra vez con las manos metidas
hasta los codos en las empresas de D. Leonardo, y dado á sus faenas
en alma y cuerpo, de manera que nadie hubiera podido adivinar que
su espíritu era asiento de todas las tristezas y su imaginación una
fragua en que se forjaban las más lúgubres imágenes.
En tierra caliente está otra vez; pero no allá en las abrasadas
márgenes del Magdalena, sino en la
|hacienda de cañas que
posee su tío en donde las faldas de la cordillera van á espirar
bañadas por las aguas del Bogotá.
Había escrito D. Leonardo á Pablo que, al dejar la capital, no
se encaminara á su antigua residencia sino á Guátima, que así se
llama la dicha hacienda. Anunciábale que él mismo se trasladaría á
ella y que en ella lo aguardaría
Hacía tiempo que D. Leonardo deseaba que Pablo tomara parte en
la administración de esta finca, y que abrigaba la idea (que á
nadie le habría declarado por todo el oro del mundo) de que, bajo
el gobierno de Pablo, se habían de realizar allí reformas
importantísimas.
No sabemos cuánto se habría tardado en satisfacer aquel deseo si
no hubiera recibido, como recibió, la infausta nueva de que el
mayordomo de Guátima había imitado en parte á aquel otro mayordomo
de que se habla en el capítulo XVI del Evangelio de San Lucas.
Ciertamente, no había hecho sustituir á las obligaciones existentes
otras de menos valor; pero, después de haber efectuado algunos
cobros, las había afufado, sin dejar noticias del dinero
percibido.
La ramada está cubierta de teja, y es cuadrilonga. Por su centro
corre de uno á otro extremo, y por un caño descubierto á partes, el
jugo que los tres cilindros del trapiche de madera, girando con
áspero y quejumbroso rechinar, extraen de las cañas oprimiéndolas
cruelmente y reduciéndolas á manojos de hilachas despreciables. La
mujer que ofrece su alimento al monstruo, lo introduce por una como
palmeta agujereada que se llama guarda-mano y que merece bien este
nombre.
Cabalmente uno de los muchachos que con gritos, silbidos y
azotazos van arreando los dos pares de mulas que, uncidas á los
extremos opuestos del mayal, giran dando movimiento á la máquina,
es manquito por haber metido caña en ocasión en que el guarda-mano
no estaba ocupando su lugar.
En el extremo de la ramada opuesto al que ocupan la máquina y
|el paseo de las mulas, hierve un piélago de miel en
|fondos ó calderas de cobre con falcas Ique aumentan la
cabida é impiden el desbordamiento del borbotante líquido. Por
junto á los bordes andan mozos con la
|cusbira(2) descachazando
(3)
|
y pasando á un receptáculo las
espumas y superfluidades del caldo y trasegando éste con el
r
|emillón (4)
, del primer fondo á otro en que se
perfecciona la cocción de la miel.
La hornilla que está debajo de las calderas devora activamente
el bagazo y la leña con que la alimenta un peón que suda á ríos y
que no lleva más vestido que los calzones. A un lado de la hornilla
se ve una espita por donde, á su debido tiempo y cuando la miel ha
dado punto, se extrae la que ha de trasegarse á los zurrones que
traen los compradores y la que el mayordomo reparte entre los
jornaleros, sirviéndose de una totuma como de unidad de medida. Por
el buitrón (5) se escapa en negros copos el humo, cuyo olor,
mezclado con el del vapor de la miel que hierve y con el del bagazo
y el caldo de la caña, forma el olor característico del trapiche.
De cuando en cuando llegan y se introducen en la ramada ó se paran
junto á la hornilla, las mulas que, en angarillas, traen
provisiones para los dos voraces monstruos, el trapiche y la
hornilla; la caña viene oprimiéndoles á las portadoras no sólo el
lomo sino también los cuadriles y la cabeza.
Amén de los peones que se ocupan en lo que queda apuntado,
trabajan otros trasladando el bagazo á la bagacera, edificio en que
se deposita el que ha de ir á la hornilla, y que, corriendo
paralelamente á la ramada, limita el patio por uno de sus lados,
así como un grupo irregular de ranchos destinados para vivienda y
cocina de los peones cierra el del lado contrario.
Por ahí divagan ó están echados muchachos barrigones en cueros y
peones aciguatados y enfermos. Y divagan también harto más animados
y activos, las hormigas, las abejas, los abejones y las avispas,
haciendo su agosto en todas las partes del edificio, del mobiliario
y de los aparatos que están embadurnados de miel.
Hace oficio de pesebrera un gran cobertizo en que de una canoa
comen cogollo de caña las mulas de relevo. Otras de éstas gulusmean
desperdicios junto á los guayabos, naranjos, guásimos y totumos que
amenizan el sitio, ó aguardan pacientemente y con las orejas caídas
que les toque su turno; pero todas se entretienen en espantar con
la cola y con sacudimientos de cabeza y orejas los insectos que las
hostigan, ó con penoso esfuerzo levantan una pierna y se la muerden
para librarla de una hormiga importuna.
La puerta del cercado en que se hallan las fábricas y aparatos
que hemos enumerado, gira á menudo con trabajo, imitando, al
rechinar, los sonidos que un mal aprendiz de corneta saca de su
instrumento al registrarlo.
El suelo está cubierto de matas empolvadas de escobo y de
abrojo; de bagazo, de desperdicios de la leña, de estiércol de las
mulas y de fragmentos de enseres de barro, de madera ó de
cuero.
Como la molienda tenía que hacerse en sesión permanente, sobre
todo cuando la caña amenazaba pasarse y cuando había subido el
precio de la miel, era común que el trabajo no se interrumpiese por
la noche. Grato es para quien lo presencia por primera vez, sentir
interrumpido el sueño de que goza en su hamaca, por el rechinar del
mayal y de las mazas del trapiche, por el restallar del zurriago y
por los gritos con que se aviva á las mulas; por la charla de los
peones y por sus cantos, cantos muy diferentes de los que en la
capital se dan como imitaciones de los del trapiche, pero
agradables é impregnados de dulce melancolía, como todos los de la
gente rústica de nuestra tierra.
Animan también la escena las luciérnagas y los cocuyos que
entretejen los rastros de luz que al volar van dejando, y cuyo
resplandor compite con el de las velas con que se iluminan
diferentes puntos de la ramada.
Así como en Las Palmas todo era discurrir sobre el precio de los
ganados y de la carne, sobre los mercados en que convendría
expender las reses gordas y tomar ganado flaco, y sobre el derecho
de degüello, en Guátima se platicaba sin tregua sobre el precio de
la miel en diferentes plazas y sobre las causas de las alzas y las
bajas de ese precio.
Tal es, amén de la casa de habitación de los patrones, edificio
poco más
|confortable que los otros y situado á 50 pasos del
trapiche, el teatro en que Pablo debía seguir ejerciendo su
actividad y en que D. Leonardo pensaba, sin querer pensarlo, que su
sobrino había de consumar reformas como las que allá en Las Palmas
estaban dando testimonio de su idoneidad para las empresas
campestres.
Pero las reformas por las cuales este establecimiento estaba
clamando eran harto más costosas y radicales que las llevadas á
cabo en el otro. Al trapiche, primitivo en demasía, imperfectísimo
y dispendioso, movido por las mulas, había que sustituir el
trapiche movido por el agua, y compuesto de piezas de hierro.
A las primeras puntadas que dio Pablo sobre la necesidad de tan
estupenda innovación, D. Leonardo echó pestes; pero esto no impidió
que con su tácita aquiescencia, Pablo resolviera dar pasos á fin de
que se encargasen al extranjero la máquina y los útiles necesarios
para la empresa; ni obstó para que diera orden de ir acopiando
materiales para el nuevo edificio que había de levantarse.
Una circunstancia desgraciada estuvo á punto de hacer fracasar
el proyecto, desanimando á D. Leonardo y aun haciéndole temer que
para la industria mielera hubiera sonado la última hora.
Anuncióse que de hacia el Valle del Cauca empezaba á extenderse
la langosta.
Por algunas semanas, se estuvieron solicitando con ansiedad y
recibiéndose noticias del curso que tomaba aquella plaga
exterminadora, y al fin empezaron á verse bandadas de los
maldecidos insectos. No pasaba día en que no se oyeran
descripciones desconsoladoras de los estragos que venían causando,
ni sin que pareciesen aumentarse extraordinariamente las nubes de
langosta que atravesaban el aire.
Y llegó día en que la calamidad cayó sobre Guátima y sobre los
predios circunvecinos. Millones de millones de aquellos enemigos
tan débiles y tan fáciles de aniquilar si se toma en cuenta lo que
es cada uno de ellos, tan pujantes, tan indestructibles y tan
invencibles reunidos en legiones, se asentaron sobre el suelo y
sobre los árboles, y los matorrales, y los cuadros de caña (6)y
los techos de las casas.
El color verde iba desapareciendo de aquellos campos, y el
pajizo pardusco de los insectos invasores daba un solo tinte á casi
toda la superficie de la región que ocupara.
En las plantaciones de caña y de maíz, y en dondequiera que
abundaban los vegetales que prefiere la langosta, se percibía el
rumor continuo que formaba al despojar á los árboles y arbustos de
su follaje y á la tierra de sus hierbas. Oíanse también dar en el
suelo corno apretada llovizna los residuos de la rápida digestión
de los insectos.
|-
Como se anda atravesando arenales ó lodazales espesísimos y
profundos, se marchaba por los caminos y por las heredades
hundiéndose en la gruesa capa viviente que los cubría.
Cuando una bandada había devorado todo lo que había producido la
tierra en el espacio en que se había asentado, se levantaba y no
dejaba más vestigios de vegetación que raíces y troncos
desnudos.
El pobre labriego que libraba en los productos de su labranza la
vida de su familia, vigilaba con cuidado, y al ver que la nube
viviente iba á proyectar su sombra siniestra sobre su heredad,
reunía la familia, y con la ayuda de toda ella, hasta con la del
infante que la madre llevaba en los brazos, el cual, con los
chillidos en que el susto lo hacía prorrumpir, no era el auxiliar
menos poderoso, declaraba guerra á los condenados insectos, guerra
en que las armas eran gritos y golpes sacudidos sobre tarros de
hoja de lata, sobre tambores y panderos improvisados, y á veces
detonaciones de armas de fuego y de cohetes.
Las más de las veces, la langosta hacía orejas de mercader y
caía, impávida, sobre el sembrado que tentaba su voracidad; otras
veces se espantaba con el estrépito, y entonces, encima de la
estancia, se veía un como desgarrón ó agujero en la nube, que se
abría un poco al pasar por encima de la labranza y volvía á
cerrarse algo más adelante.
Desconsolado á vista del desastre, D. Leonardo discurría que el
negocio de la miel estaba arruinado para siempre, y que por de
contado no había que pensar en hacer gastos para reformar el
trapiche. Pablo, haciéndole presente á su tío que en regiones en
que de muy antiguo se ha visto aparecer y desaparecer
periódicamente la langosta, jamás ha perecido una industria; y que
las plantas desnudadas por los insectos pimpollecen
|y
vegetan más vigorosamente que nunca, recabó la aprobación de sus
proyectos. Para ver de llevarlos á cabo, hubo de tomar la
resolución de trasladarse á la capital, donde había que formular
convenientemente el pedido de la maquinaria y que consultar con
personas competentes sobre la manera de hacerlo y sobre la clase de
aparatos que debiera preferirse. Hizo este viaje sin tomar el
camino derecho, y recorriendo establecimientos de aquéllos en que
se molía la caña por métodos modernos y perfeccionados, á fin de
hacer sobre éstos un estudio práctico.
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(I)
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Falca. Listón de madera, á modo de duela. Estas piezas
suplementarias son á veces de otra materia.
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(2)
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Cusbira. Espumadera.
|
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(3)
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Descachazar. Espumar.
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(4)
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Remillón. Especie de cucharón toaso y grande.
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(5)
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Buitrón
|. Chimenea ó cañón de ladrillo que sale fuera
|del tejado.
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(6)
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Cuadros. Porciones en que está dividida la plantación de caña
y la de café Cada cuadro tiene en la comarca en que está situada
Guátima, unas 1,666 varas cuadradas. En otras comarcas tiene más y
en otras menos.
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