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CAPÍTULO  IV
 



ERA ASUNTO | favorito de conversación y de encarecimientos en todas las casas de la familia de los Ibarzábales, la actividad de D. Leonardo y lo ímprobo y fatigoso de las tareas á que vivía dedicado.

No bien hubo empezado á acompañarlo en ellas, advirtió Pablo que su tío se movía efectiva­mente y se agitaba con exceso; pero al mismo tiempo echó de ver que aquel su afanar se pare­cía bastante al de la ardilla de la fábula.

El día siguiente al de la llegada, D. Leonar­do madrugó bastante, aunque se dio una ó dos horas de reposo sobre las que solía tomarse. En­tretúvose en dar vueltas por la casa y sus alrede­dores, y á eso de las seis toco á la puerta del cuarto de su sobrino, diciendo al mismo tiempo:

| Arriba, señorito D. Pablos! Sepa usted que uno que madrugó, una bolsa de plata se en­contró.

-Más madrugó el que la perdió, le contes­tó Pablo desde la puerta de la casa, á donde en ese punto llegaba viniendo del baño, con el pa­ñuelo que había usado á manera de tonelete, ex­tendido sobre el sombrero, y con la sábana sobre los hombros á guisa de capa.

| Hola! repuso el tío; conque te saliste sin que yo te sintiera! Así me gusta.

-Buenos días, tío. ¿ Durmió usted bien?

-Buenos y santos. Dormí bien. ¿ Y tú?

-Grandemente, tío.

-Hoy tenemos mucho que hacer. Desayú­nate mientras nos ensillan los caballos.

Después del desayuno, montaron.

El caballo que le tocó á Pablo era un bayo ahumado, flacucho, de piel lustrosa, de hocico pelado, orejas derramadas y ojos tristes. Tanto éste como el rucio mosqueado de D. Leonardo, de estampa casi igual á la del bayo, tenían por costumbre mirar al cielo siempre que sentían la acción de la rienda, y carecían de casi todas las prendas que hacen cómoda una cabalgadura.

Emprendieron marcha por una senda abier­ta en potreros de pasto de Pará, gramínea cuyos tallos hacen ángulo en cada nudo, se extienden extraordinariamente, y entretejiéndose y soste­niéndose unos á otros, se levantan del suelo y lo cubren, como el vellón cubre la piel de la oveja. Por aquella espesura, que no puede penetrarse sino por donde el trabajo de los hombres ó el trajinar del ganado haya abierto sendero, camina­ron tío y sobrino, sin ver durante largos ratos más que cielo y pasto.

Al llegar á un sitio algo despejado y en que el terreno empezaba á declinar, vio Pablo por entre unos ramajes muy ralos y á corta distancia, deste­llar la luz matutina con deslumbrante y trémulo resplandor, sobre una blanca superficie. Al perca­tarse nuestro viajero de que aquello era un jirón del Magdalena, alborozado y con el corazón pal­pitante, corrió á buscar punto de vista favorable para espaciar la suya de ribera á ribera. ¡ Qué conmoción la que experimentó delante de aque­lla masa de agua que, en medio de su silencio y su sosiego, daba la idea de un poder inconmensu­rable!

La margen inmediata era acantilada. Por el lado opuesto, el río bañaba una playa tendida y arenosa; más allá se extendía una llanura termina­da muy |á lo lejos por la azul y majestuosa cordille­ra. Ni la naturaleza ni la mano del hombre habían colocado en ese vasto y grandioso fondo del cua­dro objeto alguno que hiciera sombra al que ocu­paba su primer término; y, como para que nada distrajese la atención del espectador, ni aves ni embarcaciones interrumpían en esos momentos el sosiego y el augusto silencio del aire y de las aguas.

Pablo, embebecido en la contemplación de este espectáculo, dejó volar su espíritu de la pro­saica esfera en que la suerte lo tenía sujeto; y, como solía sucederle siempre que lo dejaba vagar por otra superior, dio con la imagen de Cecilia. Todo lo bello se asociaba en su alma á lo que para él era la belleza suprema.

Sacado de su arrobo por una chanzoneta de D. Leonardo, continuó andando discursivo y ta­citurno.

Volvieron á intrincarse en los espesos pastales, y á poco se hallaron en peligro de verse derroca­dos de sus caballos, que se pararon de tenazón, al encontrarse de súbito con un corpulento novillo que, sobresaltado también con la repentina apari­ción de los jinetes, se levantó de pronto de la cama de hierba en que dormitaba muellemente á la vera de la senda. Con la poblada cola se sacudió el animal la piel barcina y lustrosa; con unos ojos engastados en un cerco de color de fuego, dirigió una mirada llameante á los que habían venido á sacarlo de su somnolencia; y lentamente, pero rompiendo con empuje poderoso el enmarañado herbazal, se retiró del camino

La grande incumbencia que llevaba á D. Leonardo al paraje que fue término de la excur­sión, se reducía á ver en qué estado se hallaban los novillos, á los cuales, según informes de uno de los mayordomos, se les había curado la gusa­nera veinticuatro horas antes. Los halló ó creyó haberlos hallado, entre varios que estaban echa­dos á la sombra de un caucho coposísimo, en un sitio abierto y como sorrapeado en que se echaba de ver que los regalones habitantes de la dehesa gustaban de sestear.

Despachados de aquello, "ahora, dijo el tío, tenemos que ir al pueblo á practicar allí varias diligencias."

El pueblo á que se dirigían, que es aquél en cuya jurisdicción radica la hacienda, distaba mu­cho; y aunque, encaminándose á él, pasaron por las inmediaciones de la casa, no se detuvieron en ella.

En la primera de las calles de la población, topó D. Leonardo con dos individuos que, por su traza, parecían de la aristocracia, ó á lo menos de la burguesía de la parroquia.

-Ya le tengo dicho á usted, prorrumpió D. Leonardo, dirigiéndose al más joven, que usted se desacredita y se pierde juntándose con ese viejo.

-Eso mismo le diría yo, respondió éste, que era tan dicharachero corno su interlocutor, eso mismo le diría yo á ese caballero que viene con­tigo, si tuviera el honor de conocerlo.

-Es mi hermano mayor, y se llama D. Ca­talino.

-Ya te quisieras tú, para los días de fiesta, tener un hermano tan buen mozo.

Y encarándose con Pablo,

-Tenga usted la bondad, le dijo, de dispen­sar mis llanezas. Ya usted ve que con este zorro viejo no hay modo de hablar con seriedad.

-Nada hay que dispensar; y tengo mucho gusto en ponerme á disposición de usted.

La situación era embarazosa, y D. Leonar­do quiso por fin poner punto á sus genialidades.

-Realmente, dijo, éste no es sino mi so­brino Pablo, que ha venido á hacerse calentano. Mis hermanos son mucho más bizarros.

-Ya; como su señor hermano.

Tras otro poco de palique, continuaron an­dando. A la entrada de la plaza alcanzó á ver D. Leonardo á otro de sus amigotes, y le gritó:

| Cuidado, que andan matando perros!

Otra parada y otro cacho de conversación.

Llegaron á una tienda á comprar un candado para la puerta de un potrero, y un poco de cebadilla, por si se acababa la que había en la hacienda para curar gusaneras. Pasaron luégo á la oficina telegráfica á ver si había carta ó tele­grama que recibir. D. Leonardo inquirió si ya habrían regresado el Alcalde y otro sujeto á quie­nes había visto en Bogotá, y.... héteme ya ul­timadas todas las dependencias.

Pero no fue sino después de nuevas deten­ciones y conversaciones sobre si llovía ó si no llo­vía, sobre el precio del ganado gordo y el del flaco, y el de la carne; sobre el derecho de degüello y sobre todas las arruinadoras providen­cias de las autoridades, cuando D. Leonardo de­claró que urgía volver á la casa á almorzar para quedar expeditos y poder atender á otros asuntos.

Pero el regreso no se efectuó por el camino más corto, sino por otro que atravesaba un pa­raje en que había que ver si ciertos peones ha­bían afirmado unos rascaderos que estaban tam­baleándose.

En fin, á la una del día, llegaron á la casa. La cocinera, al verlos llegar, comenzó á trajinar con afán, y media hora después dio aviso de que el almuerzo estaba servido.

En tierra caliente parece no aderezarse ni servirse cada comida y cada almuerzo en virtud de un hábito invariable y arraigado, de un método seriamente establecido, sino como si cada uno de esos importantísimos actos fuera función extraordinaria y como si no se hubiera previsto que habría que ocuparse en él. Las amas de go­bierno y las cocineras de tierra caliente son las vírgenes necias, ó á lo menos las necias, del Evangelio.

Pablo, por el hilo de lo que vio y experimentó en el viaje y á su llegada á la hacienda, sacó el ovillo de las fatigas y austeridades á que tendría que sujetarse mientras viviera trabajando al lado de su tío. No era esto lo más á propósito para mitigarle á un enamorado las acerbidades de la ausencia y la incertidumbre; pero el aman­te de Cecilia, dotado de una entereza varonil de que no dan demasiados ejemplos los jóvenes criados en el regalo de la capital, de la contem­plación de tan melancólica perspectiva, sacó con denodado aliento la resolución de no desaprove­char sus sacrificios, teniendo presente cuál podía ser el premio á que podía aspirar.

En lo sucesivo, los dulces recuerdos de aque­llos años apacibilísimos que había pasado al lado de Cecilia, la imagen encantadora en que se re­creaba su fantasía, y la inefable ventura que co­lumbraba más allá de una vida de privaciones y de trabajo abrumador, le infundieron briosos ánimos y constancia inquebrantable.

La casa de Las Palmas era grande y antigua, y estaba cubierta de palma, que es la materia que en esa región su píe la teja. Pablo se puso á re­correrla y vio que era un laberinto de piezas grandes y pequeñas y de encrucijadas de pasa­dizos y corredores en que se perdió más de una vez. No habían procurado los que la levantaron hacerla fresca, sino disponiendo que cada una de las puertas y ventanas quedase encarada con otra. En los patios y en otras anexidades, crecían incul­tos y en mísero abandono, árboles y arbustos que habían sido plantados para embellecer el sitio, pero que, ahogados por la broza, no servían sino para entristecerlo y para proporcionar guaridas á las sabandijas de todo linaje,

Abrigados por esta maleza, se preservaban de la evaporación varios pozancos formados por la lluvia, viveros de gusarapos y de sapos y ranas que, con su aspérrimo croar, saturaban por las noches de tristeza aquella, de suyo, tan desapaci­ble habitación.

Los muebles eran escasísimos, y ellos y todas las puertas, ventanas y barandales, carecían de barniz y habían tomado el aspecto que los años y el continuo resobamiento suelen dar á la ma­dera desnuda.

Esta casa, en vez del poético atractivo que nunca falta á las moradas rústicas de otras regio­nes, tenía, corno las más de las casas de campo de ésta, algo de adusto y esquivo.

Lo único en que allí descansaba apacible­mente la vista, era una tupida enramada de jaz­mines que, en medio del patio principal, servía de albergue á la tinaja de fino barro en que se re­frescaba el agua, á la que Pablo acudió con fre­cuencia en los primeros días, atosigado como se hallaba por una sed devoradora.

D. Leonardo, ostentando, ya socarronamen­te, ya de otras maneras, la infalibilidad que, en concepto suyo, debía á una larga experiencia, empezó á hacer tomar parte á su sobrino en el manejo de sus negocios. Lo primero en que lo probó fue en escribir los asientos que le dictaba en lo que él llamaba su libro de cuentas. Este tenía ya emborronados muchísimos de sus folios. Allí se hallaban engarbulladas las noticias de lo que regaban las tarjas de los mayordomos con cuan­tas operaciones se verificaban y cuantos datos son imaginables: sumas que se recibían; sumas que se entregaban; cantidades que se debían ó que eran debidas; ventas y compras á plazo y al contado; obligaciones suscritas por deudores; adquisicio­nes y muertes de animales. Allí se asentaban en una misma columna los ingresos y las salidas. Tras una partida de ocho mil pesos en que se ha­bían vendido ochenta novillos, venía una de dos reales y medio que se adeudaban á un jornalero. Una obligación por doscientos pesos figuraba por doscientos pesos en dinero, y así seguía figuran­do aunque el deudor falleciera insolvente. Si á buena cuenta de otra de mil se recibían trescien­tos, quedaban campando los mil y los trescientos como crédito vivo y efectivo. Para liquidar una cuenta con Pedro, era forzoso buscar en todo el libro todos los renglones en que apareciera el nombre de Pedro, que era como buscar en un monte ciertas y determinadas hojas de las que hubieran caído en el curso de algunos años.

Por suerte, D. Leonardo estaba dotado de una memoria infinitamente más feliz que su mo­do de llevar cuentas. Seguro estaba que á él se le olvidara qué había dado, qué había recibido, y sobre todo, qué se le debía.

Pablo, aunque espeluznado al ver tantos de­litos de lesa contabilidad y de leso sentido co­mún, no se atrevió á los principios á hacer otra cosa que escribir y callar. Días andando, se aven­turó á hacerle á su tío algunas observaciones.

En cierta ocasión en que, por haberse embro­llado desacostumbradamente una cuenta que era urgentísimo aclarar, se patentizó la perversidad del sistema adoptado por D. Leonardo, le dijo su sobrino:

-Si á usted no le pareciera mal, tal vez se podrían llevar estas cuentas de modo que en el momento que se ofreciera saber el estado de al­guna……    

| Hola ! interrumpió el tío; ya me quieres venir con las modas y con esas sus partidas dobles Esos son enredos que han inventado ahora para confundir á la gente.

-No, tío: no es eso precisamente, ni yo se­ría capaz de….

-Nada. Dejémonos de embolismos. Que |caja á caja, y que |caja á varios, y que |varios á caja, y que |varios á  varios…. | ¿ Quién diantre |va á saber quiénes son esos |varios?

-Si usted consintiera en que hiciéramos un ensayo….

-Nada, nada. Y luégo aquello de las obliga­ciones por pagar y las obligaciones por cobrar, como si todas las obligaciones no fueran para co­brarlas y para pagarlas. Y el saldo, y el balance, y el demonio que te lleve si me vuelves con esos embelecos.

Pablo aguantó esta andanada; pero sin dejar de hacer en el fementido libro los asientos que se le dictaban, tomó otro que halló en blanco, y em­pezó á abrir unas cuentas corrientes, tales como las que le había visto llevar á su tío D. Jacobo.

D. Leonardo oliscó la cosa y rezongó bas­tante; pero, sin que él mismo lo advirtiese, se fue acostumbrando á estar á lo que decidiera |el libro del dotor Sábelotodo, que así llamaba al de Pablo; y día llegó en que el maremágnum y pan­demónium aquel quedó arrumbado y entregado á la voracidad de las cucarachas

Ha trascurrido un año; un año que Pablo ha pasado sin ver á Cecilia y sin recibir de ella otras nuevas que las que recibe de los demás pa­rientes. A muertos y á idos no hay amigos.

Da. Mariana ha escrito á su hijo por todos los correos y por cuantos conductos se le han pre­sentado; pero en sus cartas no se ha hecho mención de Cecilia, ni ellas se han compuesto más que de consejos é instrucciones nimiamente pro­lijos encaminados no sólo á apartarlo de los ma­los caminos, sino también, y muy especialmente, á señalarle la conducta que ha de observar para con su tío y en el desempeño de las tareas á que está dedicado, respecto de las cuales le ha dado reglas precisas y menudas, como si las conociera por sus cabales, pero de las que se ha formado la idea más extravagante.

Era Pablo hijo único y paño de lágrimas de la afligida viuda; desde la infancia lo habían ador­nado las prendas más amables, y había sabido corresponder al ardiente cariño de su madre. No era, por tanto, de extrañar que ésta lo amara con pasión ciega y violenta

En cierta época, lo había colocado en un co­legio como alumno interno, recomendándolo con encarecimiento á los superiores, á los catedráti­cos y hasta al portero. Al colocarlo, había sen­tido corno si le arrancaran el corazón, y no ha­bía consentido en apartarlo de sí sino por haber reputado indispensable este sacrificio para evitar que su hijo se echara á perder con el callejeo y las malas compañías.

Empero, mientras Pablo estuvo recluido, su madre hizo lo imposible para estar viéndolo á menudo; y, si en tres ó cuatro días eso no le era dable, pasaba y repasaba por la puerta del colegio, como pasa un enamorado por el pie de las paredes que le roban la vista del objeto de sus ansías.

De aquel establecimiento lo retiró al ver que, en una distribución de premios, no se le adjudi­caron todos los de más valía. Determinó que si­guiera estudiando como externo, proponiéndose acompañarlo ella misma por la calle, siempre que fuera á su colegio ó que volviera de él; y á sus hermanos les costó triunfo apartarla de éste úl­timo, tan descabellado propósito.

Da. Mariana cifraba su orgullo en que su hijo no tuviera defecto ni incurriese en yerro alguno. No envaneciéndose de ninguna prenda de su propia persona, aspiraba á poder mostrar á su hijo con la satisfacción con que aquella Cornelia, madre de los Gracos, mostraba á los suyos.

Y, á fin de ver cumplido su anhelo, preten­día intervenir en las acciones y dirigir los pensa­mientos y los sentimientos de Pablo, lo mismo ahora que éste se hallaba lejos de ella y en capaci­dad de pensar con su propia cabeza, que cuando lo mecía sobre sus rodillas y que cuando lo en­señaba á persignarse.

Habiendo penetrado que el porvenir de Pa­blo dependía de que no perdiese la posición que ocupaba al lado de D. Leonardo, refrenaba los impulsos que la movían á solicitar que se le per­mitiera venir á visitarla, imaginando que eso po­día perjudicarle en el ánimo del tío y que su au­sencia de la hacienda originaría trastornos en los trabajos á que debía atender.

D. Leonardo adivinaba que su sobrino haría con mucho gusto una excursión á Bogotá, aun­que ignorase qué era lo que podía hacérsela más apetecible; muchas veces había estado á punto de disponer que la hiciese, ya solo, ya acompa­ñándolo á él en alguna de las que hizo, pero nunca había faltado motivo para retardarla.

Quien hubiera visitado la hacienda en los días en que Pablo vino á ella, y hubiera tornado á verla doce meses después, habría advertido con agrado y admiración los cambios que en ella se habían efectuado.

D. Leonardo monta todos los días, pero sólo á las horas en que el sol va asomando por el Oriente ó en aquéllas en que se avecina al Oca­so; y durante la calurosa siesta, se le ve repanti­gado en una mecedora, en un corredor que mira al Norte, refrescado por enredaderas, y desde el cual se goza de la perspectiva de un campo sal­picado de palmeras orgullosas, y al que por un lado sirven de linde unos montecillos de perfil elegantísimo.

Allí fuma, lee y conversa D. Leonardo, ó goza pasivamente y en beatífica somnolencia de las sa­brosuras de una buena digestión.

Todavía se entera de cuanto pasa y de cuan­to se hace, y regaña, y llama gente; y hace pre­guntas y da órdenes; pero las cosas han mar­chado tan bien en las semanas que ha pasado en Bogotá y en ocasiones en que, por jugar tresillo, se ha propasado á quedarse á dormir en el pue­blo, como cuando ha estado presente.

¡ Dios nos librara de darle á entender que su sobrino es realmente quien maneja los intereses Él mismo es á su propio juicio el alma de todo, y nunca ha hablado sino en primera persona tra­tando de lo que se hace y de las reformas que se han introducido; mas la verdad es que él |reina pero no gobierna.

Cada cual se pone sus mandatos sobre la cabeza, como si fueran reales cédulas; mas el man­dato se obedece pero no se cumple, si no con­viene cumplirlo.

Pablo, sin procurar de manera alguna impo­nérsele á su tío, llevándole el humor y mostrán­dosele sumiso y complaciente, por un generoso instinto y poniendo en ejercicio sus facultades, ha conseguido lo que seguramente no habría alcanzado el peor intencionado y más sutil camas­trón echando mano (le ingeniosas arterías. Se le ha hecho necesario á su tío; lo ha aliviado del trabajo con que quizás estaba acortándose la vida, y ha hecho prosperar sus intereses.

La casa salta de limpia y de risueña, no obs­tante que las reparaciones no han consistido sino en blanquearla y pintarla, y en suprimirle pare­des, tabiques, pretiles, y cobertizos caducos que la afeaban y no servían sino de estorbo. De la especie de agreste espesura que la cercaba, la invadía y limitaba la vista en redondo, no quedan sino árboles y arbustos que, podados y desembarazados de marañas y broza, lucen su gen­tileza y convidan con su sombra

Las reformas introducidas en la hacienda y en el modo de gobernarla no han sido más que las que la experiencia aconsejó al principio y probó ser convenientes cuando se hubieron consu­mado.

De cinco ó seis mayordomos que consumían caballos haraganeando y ateniéndose cada cual á que sus colegas harían lo que él dejaba de ha­cer, sólo han quedado dos, y sus funciones están bien deslindadas. Estos, así como los vaqueros, los jornaleros y los vecinos que acuden á la ha­cienda á ventilar asuntos, prefieren entenderse con el |Patrón Pablitos, á habérselas con D. Leo­nardo; y, en tales casos, éste declina su fuero con la majestad con que un soberano comete á sus ministros el despacho de los negocios.

Y lo bueno es que el tío Leonardo no desaprovecha las ocasiones de dar cantaleta á su sobrino con lo que llama su inexperiencia y, en­tre chanza y veras, le echa la culpa de lo adverso que sucede. Pablo, de ánimo demasiado largo para ofenderse con estas flaquezas, se ríe de ellas allá en sus adentros; recibe deferentemente las lecciones que, con aire de suficiencia, le da su tío, y no le enturbia la satisfacción de atribuirse todos los aciertos.

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