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CAPÍTULO XXIII
 



ERA UNA noche de luna. La dulce y fiel amiga de los enamorados brillaba en el cielo con resplandor insólito. Durante el día, el sol parecía haber agotado su caudal de luz y de calor, y el cuerpo sentía sed de frescura.

D. Jacobo y su hermano jugaban tresillo con el médico. El Padre se había retirado á su apo­sento. Da. Liboria y Da. Lucía, después de haber cabeceado un poco, se habían rendido al sueño.

Nuestros dos amantes, sentados fuera del barandal del corredor, se repetían aquellos arrullos de inefable suavidad que son el eterno lenguaje del amor, siempre nuevos y siempre unos mis­mos.

Ya habían evocado, y no por primera vez los recuerdos de los sucesos (importantes sólo para ellos) en que los dos habían tenido parte, que habían influido en su suerte, y que habían dejado impresión en sus corazones.

-¡ Cuánta envidia te tengo!, dijo Cecilia á su primo.

-¿ Porqué?

-Porque me has amado siempre. ¡ Cuánta sería mi dicha si ahora pudiera decir: "yo he querido siempre á mi Pablo!"

-Tienes razón. Me siento satisfecho. ¡ Miro mi vida como tan bien empleada cuando consi­dero que te quise desde que fui capaz de querer

-¡ Y yo! ¡ Cuántos años perdí!…. Pero no. Yo te quería sin saberlo. Yo era una tonta, que ignoraba porqué sentía que algo me falta­ba…. que me faltaba todo cuando tú estabas ausente; que estando contigo todo me sonreía. Me parecías el mejor de los hombres, y como que no me atrevía á confesarme que en lo intimo de mi corazón te reputaba mío.

-¡Ah, si yo lo hubiera adivinado!

-Por eso, después de haberle ofrecido mi mano á otro, sentía celos con sólo pensar que tú pudieras querer á otra mujer.

-No te atormentes ya con esas ideas. El haber anhelado por tántos años sin esperanza el bien que he conseguido ahora, le ha dado un valor que tú no puedes imaginar. En pocos días he apurado la dicha que podría llenar siglos enteros.

-No, no podrá dejar de atormentarme la idea de haber perdido tánto tiempo que pudo ha­ber sido de indecible felicidad; y más me ator­menta la de que te hice padecer tánto. ¡Si tú pudieras sospechar siquiera qué gloria es para una mujer poder llamarse tuya!

Da. Liboria, que se había percatado de lo que ocurría entre Pablo y Cecilia, hablándole de ello a su marido, decía:

-Hum, esto estaba andando hacía años. Ahí está la causa de la resolución que tomó mi pobre hijita.

D. Leonardo, que era generoso y que ade­más gustaba de dar oídos á su generosidad para no mortificarse con rencillas, ni resquemores, ni resentimientos, estuvo muy lejos de participar del que había nacido en el pecho de su consorte, resentimiento que nunca se dio a conocer, si bien hubiera podido observarse que el cariño de Da. Liboria para con Pablo no fue desde entonces tan entrañable como había solido ser.

La salud de Cecilia estaba sujeta á alternati­vas. Cuando su estado lo permitía se la sacaba á pasear á pie á la hora de la tarde en que el sol estaba á punto de ocultarse.

En uno de estos paseos, yendo con Pablo, dio con el árbol en que, días antes, se habían visto esculpidas las iniciales C. I.

-¿ Conque quién sería, preguntó risueña, quién grabó esta C y esta 1?

-Pregúnta también quién grabó estas inicia­les queridas en mil otros árboles, aquí y en Las Palmas. ¡ Ah! ¡ si yo pudiera contarte todo lo que he hecho para dar cuerpo á mis recuerdos, y para desahogar los ímpetus de ternura que me rompían el pecho!

-¡Dios mío! ¿ Cuándo merecí yo ser ama­da de este modo?. ¿ Pero qué mujer pudie­ra merecerlo?

-Mira, Cecilia mía, cuando yo estaba au­sente de ti me cercaban una soledad y un vacío que nada podía llenar. Cada segundo del tiem­po que pasaba lejos de ti era para mi un siglo; cada línea de la distancia que nos separaba era como un montón de leguas. Mis labios empaña­ban tu retrato, y más de una vez tuve que valer­me de arbitrios raros para hacerme con uno nuevo.

El doctor Leiva Gayón había estado ausente de Guátima por algunas semanas. El día de su regreso encontró allí al doctor Vásquez Villa, y al avistarse con él,

-Ahora sí he traído, le dijo, el folleto de que le había hablado á usted. Esto diciendo, puso en sus manos un cuaderno de forro amarillo. El doctor Vásquez Villa, lo hojeó un poco y dijo:

-Ajá. Es una monografía…. Y aquí está descrito el caso de aquella señora…. Yo tuve mu­cho conocimiento de ese caso.

El Padre Velásquez, que venía dirigiéndose hacia los dos profesores y que había alcanzado á oír la palabra monografía, dijo, al dar la mano al médico joven:

-Monografía: esto será una descripción de los monos de que van á descender los futuros médicos.

-Y los futuros curas.

-Este doctor Leiva Gayón, continuó el Pa­dre, dirigiéndose al otro físico, es un librepensa­dor empedernido. Estoy catequizándolo y no pierdo la esperanza de que se confiese con­migo.

El doctor Vásquez Villa seguía aquella con­versación, como acostumbraba seguir todas las del mismo linaje, con una sonrisita muy bellaca al propio tiempo que alegre y bondadosa.

-¿ Y sabe usted, preguntó al religioso, quié­nes fueron los que imbuyeron á Leiva Gayón en las doctrinas heterodoxas? Los jesuitas. Pregún­tele usted si no fue con ellos con quienes estudió filosofía.

-Padre, intervino el médico joven, no se deje usted engañar. Este doctor, que parece un san­to, es un volterianote de siete suelas.

-Pues veremos, concluyó el Padre, si á él también se le puede convertir. Tales cosas se ven todos los días.

En aquél, Cecilia se hallaba muy postrada y abatida. Pablo, por ver de distraerla, le movió la siempre embelesadora conversación sobre sus comunes recuerdos y logró levantarle un poco el ánimo. Cecilia, después de ponderar la fortuna que había tenido de quedar libre de su com­promiso,

-Este, añadió, ha sido un milagro que me ha hecho Nuestra Señora. Nuestra Señora me ha alcanzado siempre lo que le he pedido.

-Entonces, dijo Pablo, pídele para mí una cosa que quiero.

-Está bien Y, siendo para ti, se la pediré con más fervor El domingo es una fiesta de la Virgen: si puedo levantarme temprano, ese día comulgo, y ofrezco la comunión por eso que tú deseas…. y ahora se me ocurre que si tú me acompañaras….

-Con mil amores.

-¡ Ay! ¡ qué dicha! ¡Comulgar juntos!…. Pero yo quisiera saber cuál es esa cosa que va­mos á pedir.

-No te la digo; no conviene decírtela.

-Es que, si yo supiera qué es lo que voy á pedir, pediría con más fervor.

-Pídela con el mayor que puedas, sabiendo que vale para mí más que la vida….tanto como tu amor.

Cecilia se halló el domingo en disposición de comulgar.

Una pieza situada al extremo del corredor de afuera había sido aparejada para oratorio.

En aquella mañana, mucha gente rústica ocu­paba el corredor, desde el cual se descubría el improvisado altar. Habían tomado puesto den­tro del oratorio las señoras, Pablo, y D. Jacobo, que ayudaba la misa.

Cuando el Padre subió al altar con las vesti­duras sacerdotales, después de haber anunciado que iba á acercarse al ara divina y purificádose por medio de la confesión hecha á Dios y á los Santos para prepararse á celebrar los augustos misterios, se sintió cómo aquel recinto, simple y común habitación de mortales y de pecadores, se convertía en santuario, en lugar terrible, en casa de Dios. No interrumpían el silencio dentro de él sino las palabras del sacerdote. De afuera venían el rumor sordo y solemne del torrente y el canto de las aves que, ahora más que otras veces, parecía voz con que la naturaleza glorifica á su Hacedor.

Ni flores, ni profusión de luces, ni imponente acompañamiento de ministros. Ni hacen vibrar el aire melodías sagradas, ni lo carga el humo del incienso. No obstante, parece allí inundado el es­pacio de un flúido que, embargando las poten­cias, ahuyenta los pensamientos profanos e in­funde reverencial sobrecogimiento.

Abstraído de todo lo de la tierra y embe­bido en místico trato con la Divinidad, el Padre Velásquez no parece ser el mismo humilde reli­gioso á quien, momentos antes, todos trataran con familiar llaneza.

Los pobres campesinos atienden á los sacros ritos con recogimiento y con aquella fe de los ignorantes que, ante el Dios que escruta los co­razones, vale por muchas virtudes.

Hasta el joven médico, que, únicamente por acatamiento á los que lo hospedan, asiste á la misa, siente dominada su orgullosa incredulidad.

Cuando el celebrante, vuelto hacia el pueblo, expuso entre sus dedos la sagrada Forma y em­pezó á recitar la oración con que el cristiano se prepara por medio de la humildad y de la fe á la participación de los divinos Misterios, Cecilia, auxiliada por su madre, se arrodilló cerca del al­tar, y Pablo se colocó á su lado.

Jamás almas de amantes se confundieron en unión más inefable que la que se consumó entre aquéllas en el acto de hacer úno su pensamiento y úna su voluntad en Aquel que es el Amor.

Después de la misa, Cecilia insistió en inqui­rir qué era lo que Pablo deseaba alcanzar.

-Hazme el favor, le dijo éste, de no empe­ñarte en eso. Me lastimas el corazón poniéndome en el caso de negarte una cosa.

-Está bien, repuso Cecilia dando señales de un enojo infantil, más poderoso á derretir el corazón de su amante que todas las ternezas; yo estaba envanecida presumiendo que entre los dos no podía haber nada reservado. Ahora ya sabré á qué atenerme.

Pablo no pudo resistir.

-Lo que he querido que pidas es que tú sa­nes y que tu enfermedad se me pase a mí.

-Entonces no me quieres. Tú sabes que para mí tú estás antes que mi salud, que mi feli­cidad, que mi vida, como para ti yo estoy antes que todo.

-Mira, no puedo pensar sin desesperación que esta felicidad tan grande que Dios nos ha concedido está amargada por esa tu dolencia; y creo firmemente que, si yo fuera el enfermo, no me acordaría de ella y seríamos tan dichosos como sí no existiese. Tu amor no me la dejaría sentir.

Da. Mariana había escrito á Pablo y dádole el consentimiento que de ella había solicitado, condimentado con reflexiones sobre las cosas pasa­das, y rebozado con amonestaciones y consejos.

Pablo había departido con sus tíos sobre el asunto, y ya parecía no depender sino de su vo­luntad y de la de Cecilia la fijación del día de su matrimonio.

Pero antes que le hubiera tocado aquel punto, los médicos le manifestaron deseo de tener con él una entrevista muy reservada.

-Para que la entrevista lo sea absolutamen­te, respondió, hoy montaremos el doctor Leiva Gayón y yo é iremos hasta San Rafael á acom­pañar al doctor Vásquez Villa.

Los médicos vinieron en ello. Partieron á la caída de la tarde, y cuando se habían alejado de la casa, Leiva Gayón dijo á Pablo:

-Hemos creído deber nuestro imponer á la familia en lo que juzgamos acerca del estado de nuestra enferma. No hemos tenido valor para afligir á los señores padres de ella, y hemos creí­do que usted es el individuo de la familia á quien debemos hablarle con toda claridad.

Pablo, lívido y demudado, no tuvo ánimo para preguntar nada; pero el médico, que no po­día ya retroceder, se le acercó mucho y, en voz baja, le dijo unas pocas palabras.

Pablo detuvo de pronto su mula, y parecía que iba á caer. Sus compañeros se le acercaron en ademán de ir á sostenerlo. Preguntáronle que sentía; pero él no dio respuesta.

Leiva Gayón observó que lo racional era que él y Pablo no pasaran de aquel punto y regre­sasen á Guátima, Pablo siguió al doctor sin chis­tar. El otro doctor los acompañó hasta un sitio inmediato á la casa; allí volvió bridas y empren­dió de nuevo su camino hacia San Rafael.

Ya en aquélla, Leiva Gayón llamó al Padre Velásquez para que procurara infundirle á Pablo valor y resignación.

La tarea del Padre no fue difícil: Pablo había aprendido, enfrenando sus propios afectos du­rante lo más de su vida, á ser dueño de sí.

Sin embargo, todas las horas de aquella acia­ga noche fueron para él de cruel agitación.

Al día siguiente, tras una larga consulta con el médico y con el Padre Velásquez, desempeñó para con su tío Jacobo la obligación que para con él habían desempeñado los médicos.

El pobre anciano, como herido de rayo, ape­nas volvió á desplegar sus labios. Sin embargo, dos ó tres veces dijo con expresión de acerbo en­cono y soliloquiando: "¡ Conque Jorge lo supo antes que todos!" Desde aquel día se le vio sin cesar pasearse taciturno á lo largo del corre­dor, con las manos atrás y con los ojos en el sue­lo. Se le consultaba á menudo sobre ciertas pro­videncias que era indispensable tomar. El parecía no poder entender sino con dificultad, y sólo contestaba:

-Ahí está Pablo: que él disponga

Como la niebla solía después de una lluvia caer sobre aquella casa y cubrirla y penetrar en los aposentos, se había asentado sobre ella una negra, pesada y ominosa nube de tristeza. D. Leo­nardo, su mujer y Da. Lucía leían en los semblan­tes de los demás la sentencia que no dejaba es­peranzas.

En vano el primero fingía dar rienda á su buen humor y se chungueaba, ya con el Padre, á quien repetía que á los padres hay que oírles la misa y sacarles el cuerpo , ya con los médicos, á quienes nunca llamaba sino los matasanos; ya con su mujer y su hermana, á quienes llamaba las viejas;  ya con Cecilia, cuyas dolencias tra­taba (aunque otra le quedaba en el cuerpo) de dengues de niña mimada.

Pablo eligió hora y momento oportunos; se revistió de serenidad; compuso su semblante y entabló coloquio con Cecilia.

-Amor mío, le dijo, mucho hemos llorado el tiempo que hemos perdido. ¿ Porqué seguimos perdiéndolo de otro modo?       Mis tíos y mamá consienten en nuestra unión y dejan á nues­tro arbitrio señalar el día que ha de ser el mejor  de mi vida.

-No. No quiero oírte hablar de eso.

-¿ Qué es esto, ángel mío ? Cuándo yo es­peraba verte en el colmo de la dicha y apresu­rarte á coronar mis esperanzas!

-No, no.

-Pero entonces me has engañado. Tú no me quieres.

-~ Que no te quiero! Escúchame. Cuando miro dentro mí, me asalta una inquietud terri­ble, algo como un remordimiento. Te adoro como sólo debe adorarse á Dios.

-Dios no condena un afecto como el nuéstro.

-Pero es que en todo mi sér no hallo más que amor a ti      amor cada vez más ciego y más encendido…. y sin embargo, te digo que no me hables de eso de que empezabas á hablarme.

-Harás que me vuelva loco si no me expli­cas esa resolución que me confunde y me anonada.

-Pablo de mi vida, mi pecho no ha guarda­do hasta ahora secreto que tú no le arranques.

Hoy siento que tendré valor para guardar el que quieres descubrir…. Pablo, Pablo, nosotros no nacimos para ser felices en este mundo.

Viéndola su amante lastimosamente conmo­vida, guardó silencio y la dejó sola.

Refirióle á Da. Lucía lo que había pasado. Ella rogó también á su hija que le explicase su cruel proceder, pero sus ruegos fueron inútiles.

El Padre Velásquez, confidente y consolador de todas aquellas almas atribuladas, no cesaba de confortarlas. Exhortando y aconsejando con un­ción cristiana, logró tener á raya y tal vez con­vertir en resignación meritoria, sentimientos exal­tados y violentos, no distantes de la desespe­ración

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