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CAPÍTULO XXII
 



VARIOS de los síntomas del mal de Cecilia se acentuaron súbitamente al mismo tiempo que apareció uno nuevo, inquietador y penoso como el que más: consistía en opresión del pecho y dificultad para respirar.

Llamóse por el telégrafo al doctor Leiva Gayón; pero no calmada con esto la mortal inquietud de los habitantes de Guátima, se acordó ocurrir al doctor Vásquez Villa, facultativo que, acompañando á una hermana suya hidrópica que estaba temperando en San Rafael, permanecía allí casi de asiento.

Vásquez Villa era médico antiguo que, no por haber comenzado brillantemente su carrera, había dejado de aplicarse con perseverancia al estudio de las más flamantes doctrinas, sin mostrarse fanático parcial de lo viejo ni de lo nuevo. Su experiencia no consistía en la larga repetición de los diagnósticos y de los tratamientos con que se había estrenado, sino en la observación y comparación prolija de resultados. Entre sus colegas, su opinión era respetadísima.

Cuando este profesor hubo examinado á Cecilia é impuéstose en los antecedentes de su dolencia, escribió una receta y regresó á San Rafael ofreciendo volver apenas hubiese llegado el médico de cabecera, si éste convenía en que los dos conferenciaran.

Vino Leiva Gayón y se efectuó la conferencia. De ella resultaron dos cosas: un nuevo medicamento, de cuya aplicación los doctores anunciaron que podía haber consecuencias alarmantes, pero sólo en apariencia; y otro coloquio á que Leiva Gayón citó á Jorge. "Tengo, le dijo, que cumplir un penoso deber como médico y como amigo. Salgamos en achaque de ir de paseo y hablaremos fuera de la casa.

Del misterioso coloquio salió Jorge lleno de pena y de ansiedad. Hizo esfuerzos por ocultar su turbación; pero Da. Lucía y Da. Liboria la echaron de ver. Había manifestado anteriormente el propósito de permanecer en Guátima por algunos días más; pero ahora expuso que, habiéndosele acabado los cuellos y los puños limpios con que se había apercibido al salir de su casa, había resuelto partir al día siguiente con Leiva Gayón. Aseguraba que regresaría á Guátima muy en breve Decía todo esto con el embarazo y los titubeos propios de quien está fingiendo, sin estar avezado á hacerlo. Al otro día se marchó efectivamente con el médico.

El nuevo medicamento, sin producir los efectos alarmantes que se habían previsto, fue de asombrosa eficacia.

No sólo desaparecieron los síntomas que recientemente habían sobresaltado á la familia, sino que se atenuaron sensiblemente los antiguos.

A Cecilia le había hecho la más triste impresión el experimentar que no podía montar á caballo. Pablo quiso que se hiciese otra vez la prueba, y se hizo con el resultado más satisfactorio.

Habían pasado cuatro días desde aquel en que se ausentaran los dos huéspedes. Acababa de cerrar la noche del último, cuando se presentó un mozo de cordel con una carta para D. Jacobo. Este la abrió, y sin acabar de leerla,

-Lucía, gritó con no disimulada conmoción.

-¿ Has visto cosa igual?, le dijo, apenas llegó. Escúcha esta carta.

Y le leyó la en que Mr. Anderson, después de algunos exordios y rodeos, comunicaba que ciertas circunstancias graves é imprevistas hacían imprescindible la resolución de enviar á Jorge á Europa por tiempo cuya duración no podía por lo pronto fijarse.

Al compromiso contraído no se hacía referencia ninguna; pero harto decía aquel callar respecto de él.

Era manifiesto que los primeros párrafos de esta carta le habían sido dictados al señor Anderson. Si no campaba en ellos un castellano como el del Padre Miguel Mir estaban en un bogotano más bogotano que el que el padre de Jorge solía usar,

Pero las últimas líneas eran notoriamente parto de su ingenio y expresión genuina de sus sentimientos. En ellas, chapurrando el español y con el calor posible, trataba de dar á entender, ó bien que le desagradaba la resolución expuesta en la misiva ó bien que le desagradaba el que hubiera habido que tomarla. No se podía inferir con mediana certeza cuál de las dos cosas era la que estaba en su mente.

Da. Lucía rabió un poco, y atribuyendo el desaguisado á Da. Clemencia, la puso como ropa de Pascua.

-Es preciso, dijo D. Jacobo, enterar de esto á Cecilia.

-¿ Y si le hiciera mucha impresión?

-¿ Y no ha de saberlo alguna vez? Llámala,

-Pero á lo menos hay que darle la noticia con precauciones.

Con tantas como las que se usan para noticiarle á una madre la muerte de su hijo, se le comunicó á Cecilia el contenido de la carta.

Cecilia se quedó estupefacta y en silencio. Su madre vino á ella, y tomándole cariñosamente la cabeza entre las manos,

-No te aflijas, le dijo. No te aflijas, hijita; antes todos debemos alegrarnos: este procedimiento nos hace conocer á tiempo que ese…. . ese joven no te merecía.

-Pero, mamá, si no me aflijo.

-Es decir que….

-Es decir que yo no quería á Jorge.

-Francamente, francamente, terció D. Jacobo, no te faltaba razón. A mí también había dado el mocito en no gustarme.

-Es decir que ibas á casarte….    

-Iba á casarme porque tenía que cumplir mi palabra.

-¡ Pobrecita mi hija!

-¡ Pobrecita 1

-Pero ya.... ¡ bendito sea Dios!

-¡Bendito sea una y mil veces!

Pero á D. Jacobo no le salió del cuerpo el enojo. Irritábalo el atrevimiento de dejar desairada á su hija, á quien miraba como tesoro que nadie podía dejar de codiciar. Veíasele á menudo distraído y cogitabundo; y alguna exclamación que se le soltaba hacía patente cuál era el asunto de sus cavilaciones.

Apenas pudo desprenderse de sus padres, voló Cecilia en busca de Pablo y lo halló solo.

-Vén, le dijo, con voz agitadísima

Lo tomó de la mano y lo arrastró con fuerza hacia la salida de la casa.

-¿ A dónde me llevas?

-A la orilla de El Pozo.

Llamábase, por excelencia, El Pozo un sitio, treinta ó cuarenta pasos distante de la casa, en que las aguas del torrente, después de despeñarse con fragor de unas grandes piedras, se rebalsaba en un rellano de la cañada.

-¿ Estás loca? ¿ Al pozo á esta hora?

-Sí. Estoy loca, pero loca de alegría. Y apretaba el paso.

Cuando hubieron llegado al sitio en que el estrépito de las aguas podía cubrir la voz humana,

-Te he traído aquí, le dijo á su primo, porque quiero gritar, quiero desahogarme. Lo de Jorge se ha acabado.

-Cómo: explícate. No me atrevo á creerte.

-Papá acaba de leerme una carta del señor Anderson. Jorge se va para Europa.

-¿ Conque ya puedo decirte á boca llena que te quiero?

-Sí, sí. Dímelo y no te canses nunca de repetírmelo.

-¡ Cecilia mía!

Sí, tuya, tuya para siempre!

-¿ Y no oiré de tus labios la palabra que he esperado por tántos años?

-Pablo, Pablo mío, te quiero, te adoro con todas las fuerzas de mi alma. Ya no viviré sino para amarte y para repetírtelo.

Las estrellas, retemblando en el cielo y reflejándose triscadoras en las aguas del remanso ligeramente rizadas, parecían festejar con regocijo aquel desposorio secreto de dos almas.

-Vén, continuó Cecilia. Vámonos: pueden echarnos menos.

Y comenzaron á andar; pero, á la mitad del camino, Cecilia volvió á arrastrar á su amado hacia el borde del torrente.

-Vuélveme á decir que me quieres: necesito oírtelo otra vez.

-¡ Angel mío, luz de mi vida! ¡ Cuánto te amo!

-¿ Me lo seguirás repitiendo esta noche siempre que podamos hablar sin que nos oigan?

-Esta noche y siempre. ¿ Y tú?

-Siempre, siempre.

Partieron, pero en el camino, no cesaron las dulces protestas, que nada perdían por ser proferidas en voz baja.

D. Jacobo y su mujer se sentían muy ofendidos con Jorge y con sus padres. Aquella misma noche se abrió discusión sobre los términos en que había de contestarse la carta. Rechazábase todo lo que llevase trazas de moderación. Cada ponderación que hacía uno de los consortes de la indignidad de la familia de Jorge exacerbaba más al otro, y las ponderaciones se sucedían sin tregua, y sin tregua las modificaciones propuestas al proyecto de contestación.

Según la resolución que D. Jacobo llevaba al irse á la cama, la carta para Mr. Anderson había de ser un brulote, un metrallazo. Yo he sido siempre, decía, claro como el agua, ¿ y había en esta ocasión de andarme en chiquitas?

A la mañana siguiente, Cecilia dijo á su padre:

-Papá, yo creo que á ese señor no hay que darle á entender que su carta nos ha anonadado. Eso sería una vergüenza, y vergüenza tanto mayor cuanto la cosa es menos cierta.

-¿ Sabes que tienes razón?

-Y que yo querría que al señor Anderson, que ha sido tan bondadoso para conmigo y que seguramente no ha tenido la culpa de lo que ha pasado, no se le mortificara sino lo menos posible.

-Ah, pero es indispensable hacerle ver de algún modo á esa gente lo malo de su proceder.

En fin, tras nuevas discusiones y después de haberse escrito y rasgado varios borradores, se vino á adoptar la siguiente fórmula:

"Muy señor mío:

"Con mucho placer he recibido la favorecida de usted y me he enterado de su contenido.

"Todos los de esta su casa, deseamos vivamente que su hijo de usted se acomode mucho en Europa.

"Tengo el honor de suscribirme, etc."

El mismo día en que se hubo ultimado este asunto, echándole el brazo por sobre los hombros y tuteándola, como en determinadas ocasiones solía hacerlo, dijo Pablo á Da. Lucía:

-Tiita, si supieras cuánto te quiero! ¡ si lo supieras

-¡Hola! ¿ Porqué estás tan zalamero?

-Porque tengo algo que pedirte.

-Lo que yo me figuraba.

-¿Qué era lo que te figurabas, lo que tengo que pedirte ó que, si estaba zalamero, era porque tenía que pedirte algo?

-Lo segundo.

-¿ Y lo primero no te lo figuras?

-¡ Qué voy á figurármelo!

-¿ No te acuerdas de los tiempos en que yo iba á tu casa á jugar con Cecilia?

-Sí: bien me acuerdo.

-¿ Y de un escándalo que hubo en tu casa un día que iba pasando una procesión?

-Sí. Tonto! ¡ Qué buenos ratos me hiciste pasar!

-¡ Conque ya te figuras qué es lo que voy á pedirte?

-¡ Hum! ¡ Tan pronto! ¿ Cuando el otro apenas acaba de retirarse?

-¿Y tenemos que guardarle luto?…. Y, á propósito, recibe mi más cumplido pésame.

-¿Porqué?

-Porque no te saliste con ser consuegra de Clemita.

-¡Ay! ¡Ni me digas!

-¿Conque sí?

-Quien sabe. Hay que hablarlo con tu tío y con Cecilia.

-Es muy justo…. Y mira, hazme el favor de empeñarte con ella para que consienta.

-i Bribonazo!, le respondió Da. Lucía atizándole un pellizco.

-¡ Caramba, que te has vuelto intratable desde que perdiste la esperanza de enconsuegrar con Clemita!

Otro pellizco.

-¿Y qué dirá mi tío Jacobo?

-Pregúntaselo tú.

-Con él   sí no me atrevo.

-¡ Malhaya el nene tan encogidito!

-Dámele siquiera una puntada.

Dada ésta, D. Jacobo llamó á Pablo y le dijo:

-¿ Eso que piensas, lo piensas para dentro de poco?

-Para cuando usted y mi tía lo dispongan.

-Yo soy franco. No es bien visto que dos que van á casarse estén viviendo bajo un mismo techo, y - - -

-Así es. ¿ Le parece á usted que en el ínterin me vaya á residir en Las Palmas?

-No; no es eso. Lo que iba á decirte era que lo más pronto seria lo más político.

-Y es lo que más deseo.

-¿ Le has escrito á Mariana?

-Sí, señor; pero no me ha contestado todavía.

-Cuando te conteste, volveremos á hablar.

-Tío, no sé cómo explicarle á usted mi agradecimiento.

El doctor Leiva Gayón estaba en Guátima, y por procurar esparcimiento á él y al Padre Velásquez, dispuso Pablo un paseo en que debían ir á admirar las bellezas de cierto trozo del camino que más directamente conduce de Guátima á la Sabana.

Parecía el paseo muy largo para que Cecilia pudiese hacerlo todo á caballo, y Pablo dispuso que hasta cierto sitio fuera conducida en silla de manos, y que montara á caballo cuando se llegase á la parte más pintoresca del camino.

Los contrafuertes de la una serranía, al espirar, forman senos en que vienen á encajarse los de la opuesta. Por entre ellos, corre el Bogotá en rápido descenso, torrentoso y precipitado. Sus aguas van estrellándose sin tregua: apenas han doblado un recodo, chocan con un espolón que las fuerza á cambiar bruscamente de rumbo.

En aquellos parajes ha quedado consignada la historia de un cataclismo. Las aguas, al abrirse paso, lucharon con gigantes; les arrancaron las carnes y las arrebataron, y dejaron á partes desnudos los esqueletos.

Unas rocas rodaron violentamente, otras se mantuvieron firmes. De ahí el desorden y la confusión en que yacen. Unas permanecieron cubiertas de tierra ó la han visto acumularse sobre ellas grano á grano en el curso de siglos, y se ven vestidas por la vegetación. Otras ocupan grandes espacios áridos, desnudos y escabrosos.

Las ondas del río levantan su rugido sempiterno, sin que se aplaque el coraje que las agita al chocar con las rocas y los pedrones que, habiendo resistido á su empuje allá cuando se labraron sin cauce, siguen, un siglo tras otro, oponiéndose á su paso. Parecen á veces dragones de melena blanca que, encelados, se persiguiesen.

El Padre Velásquez y el médico acostumbraban disputar medio de veras y medio de broma.

-Estas rocas son muy viejas, Padre Velásquez.

-¿Qué edad les calcula usted ?

-No puede precisarse; miles…. tal vez millones de siglos.

-¿ Y la especie humana?

-También es muy vieja. También cuenta de veinte mil años arriba…. ¡ Qué digo veinte mil… Sesenta mil, ochenta mil, qué sé yo.

-Ajá. ¿ Usted también admitirá lo del progreso indefinido?

-Por de contado.

-Pues, admitiendo esas dos teorías, hay que admitir, ó que los hombres somos mucho más topos de lo que parecemos, ó que ya los médicos han tenido tiempo sobrado para aprender a. reponer los corazones y los hígados dañados.

-A la ciencia le falta mucho menos de lo que usted piensa para llegar allá.

Mientras el Padre y el médico seguían demostrándose las discrepancias de sus opiniones, Pablo y Cecilia, andando juntos adelante ó atrás de sus compañeros, se demostraban la conformidad de sus sentimientos.

-¿ Qué fue, preguntó la segunda al primero, lo que estuviste conversando con mamá y después con papá?

-Con mi tía estuve conversando varias cosas, Hablámos de Da. Clemita.

-¿ Y no más?

-Sí: le hablé de otra… así…. así por el estilo de Da. Clema.

-¿ Y ella qué contestó?

-Contestó, entre otras cosas, dos pellizcos. Todavía me duelen.

-¿ Y papá?

-Tu papá me llamó para aconsejarme que, cualquier disparate que yo hubiera de hacer, lo hiciera pronto.

-Pues yo te digo que mejor es que no hagas disparates.

-Está bien.

Siguiendo su camino por las faldas á cuyo pie corre el Bogotá, vieron cómo por un largo trecho se deslizaba por entre dos taludes planos, sin hallar recodos y sin tropezar más que con las desigualdades del fondo y los costados de su lecho. Aunque menos impetuosos y arrebatados en aquella parte, se veía á sus raudales saltar por encima de enormes cantos y formar, al caer, pabellones cristalinos guarnecidos de espuma; ó partirse en dos al dar con un pedrón, para volver á juntarse violenta y ruidosamente.

Los paseantes se apearon para tomar un tentetieso en una choza nueva, limpia y risueña, al rededor de la cual se extendía un sembrado de maíz y yucas.

Los dueños de casa acogieron respetuosa y afablemente á sus huéspedes. Aquéllos eran dos muchachos recién casados, de graciosa y simpática fisonomía, calentano él, y ella sabanera.

El marido estaba aquejado de una herida causada en un pie por una estaca.

La mujer lo estaba curando; la operación le arrancaba ayes al paciente, y su enfermera trataba de infundirle paciencia hablándole con el acento y los halagos de madre que mima al hijo pequeñuelo.

Cecilia y Pablo, al apartar la vista de esa escena, se miraron, y las mejillas de la primera se tiñeron de carmín.

-¡Cuánta envidia le tengo á ese muchacho!, dijo Pablo.

-¿ Querrías estar herido ?

-Sí, con tal que tuviera una enfermera como ésa.

-¿ Así, como ésa?

-Quiero decir una tan cariñosa como ésa y que fuera…. que fuera una enfermera mía.

-¿ Y no esperas tenerla?

-¿ A ti qué te parece? ¿ Será locura mía el esperarlo?

-Tal vez no.

-Pues voy á procurar herirme pronto…. pero no: mejor será buscar primero la enfermera.

-Sí, porque si no, cuando ya estés cojo, no puedes salir á buscarla.

Terminada la curación y ya fuera del aposento, preguntó Cecilia á Petronila (que así se llamaba la mujer):

-¿ Y usted está contenta ? ¿ Es feliz?

-Sí, mi señorita: él me trata muy bien.

-¿ Y tienen todo lo necesario?

-Pues como tenemos la estancia, que nos cuesta poco….y como él es tan trabajador….

Al regreso, como el médico hubiese reparado en un mico que estaba diableando á la puerta de otra choza, dijo al Padre Velásquez:

-Ahora recuerdo que le debo á usted la explicación de que, haciendo tántos millares de siglos que empezó á aparecer sobre la tierra el género humano, el progreso no haya pasado todavía de ciertos límites.

-Sí, ya adivino la explicación. Para que los monos lleguen á trasformarse en hombres, se necesita un lapso muy regular.

-Es claro: se necesitan muchos siglos.

-El darwinismo me parece muy racional. Lo que no me explico es qué están haciendo esos imbéciles monos que de monos se han quedado y que desde que tenemos descripciones de ellos, esto es, desde hace más de dos mil años, no empiezan á perder rabo ni á echar más caletre que el que tuvieron desde el principio.

-Ah, pero esté usted seguro de que la evolución tarde ó temprano ha de verificarse.

-Y otra cosa: los micos de la familia de ese que acabamos de ver, que se parecen al hombre no mucho menos que el gorila, el chimpancé y el orangután, ¿ también han de ser origen de hombrecitos liliputienses?

-¿ Qué sabemos?

-Vaya. Pues con esto y con el progreso indefinido, podremos tener, andando el tiempo, descendientes de este mico que puedan ser insignes médicos.

-Y curas.

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