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CAPÍTULO III

HICIERON noche los viajeros en una posada en donde el más joven de ellos pudo adelantar bastante en el conoci­miento de las peculiaridades de la tierra caliente. Era la posada una casa de paja, ó, para hablar con propiedad, de palmicha, que daba indicios de haber sido construida á remiendos. En el frente de ella se veía un corredor empedrado, con su barandilla, en la que eran muchos más los ba­laústres que faltaban que los que existían. El ba­randal estaba mugriento y resobado; y las co­lumnas eran tales cual las había producido el monte más cercano. Por delante del corredor, una viga sostenida sobre estacones, impedía el acceso de las bestias á la casa. A un lado de ésta se extendía la ramada ó caballeriza en que se desmontaban los huéspedes, la cual estaba provista de una larga canoa en que se |servía el pasto.

Todo el tiempo que Pablo permaneció en aquella hospedería estuvo oyendo el golpe sonoro y acompasado del machete con que sobre el bor­de de la misma canoa se estaba siempre picando la caña ó el pasto |guinea

Por todas las partes de aquel edificio (si tal era) se difundía un olor indefinible y complejo, formado del del guarapo y el aguardiente que se expendían en la tienda, del del humo de la coci­na, del de los sudaderos y las enjalmas y del de los rastros que hacia la entrada de la casa se per­cibían de haberse estacionado por allí muchas bes­tias. Esta última circunstancia hacía abundar exorbitantemente los |moscos

Arrancaba de los dos extremos de la casa, y se extendía por la vera del camino, una cerca que cerraba la |manga en que se recibían á pasta­je las bestias de los huéspedes. Esta cerca, de aquellas que en algunas comarcas llevan el nom­bre de |cerca morena, se componía de troncos tuertos y desiguales, colocados horizontalmente, unos encima de otros, y encajados entre pares de estacones hincados en el suelo, á trechos de á cuatro ó seis pasos.

No bien se hubieron apeado Pablo y su tío, penetró éste en la tienda y llamó á la patrona, á quien él llamaba la Tusa

-Tusa, aquí están dos buenos mozos á quie­nes tienes que cuidar mucho.

-Sí, señor D. Leonardo, contestó la Tusa, alargándole á su interlocutor la mano estirada, después de haberla pasado por el delantal como para secársela, sí, señor, con mucho gusto. ¿ Y qué tal quedó mi señora Liboria?

-Fea y vieja como siempre

-¡ Qué patrón este, que siempre ha de estar chinchoseando con sus chuscadas. Si lo que le digo es que si quedó bien alentada.

-Mira, Tusa, que estamos perdiendo el tiempo. Ahí está llegando mucha gente, y hay que ver pronto cómo nos acomodas y qué nos das. Venimos con la barriga pegada al es­pinazo.

-No tenga cuidao, señor; dentren para adentro, y ahí veremos como se les cuida.

Al mismo tiempo que tío y sobrino llegaban á aquel parador, llegaban á pedir posada unos arrieros que subían hacia la Sabana llevando car­gas de cacao; y otros que bajaban llevando sal para un mercado de tierra caliente. Iban los primeros encabezados por el dueño de la recua, y los segundos por el caporal, caporal y dueño que aspiraban á ocupar los sitios en que mejor se podía pasar la noche. Se necesitó del ascendiente que el rico hacendado ejercía sobre la posadera y so­bre sus subalternos, para que á él y á Pablo se les dejara tomar posesión de la sala y de una pieza contigua.

En ésta guindó sum hamaca D. Leonardo, é hizo que Pablo guindara la suya en la sala, para lo cual hubo de trasladarse á un rincón la mesa en que habían de comer.

Los arrieros acarreadores de sal y de cacao acomodaron sus cargas y sus enjalmas en el co­rredor y en la |ramada, de manera que formaran nichos en que ellos mismos pudieran pasar la noche.

En tanto que se preparaba la comida, D. Leonardo, de pechos sobre el barandal, trabó conversación con el salinero y con el otro, pre­guntándoles acerca de los precios á que corrían, en los diferentes mercados, los artículos con que traficaban; haciendo comentarios y disquisicio­nes sobre las alzas y las bajas de aquellos precios, y | murmurando de las autoridades grandes y pe­queñas que, de una manera ó de otra, habían tenido la culpa del alza del precio de los renglones que ellos tenían que comprar, y de la baja del de los que vendían.

El |menu de la comida, |menu que, por de contado, no estuvo sino en la mente de quien la hizo y de los que la consumieron, tenía bien po­cos números : caldo; |viudo ó |cocido, compuesto de carne salada, plátano verde, yuca y batata, grosero y pálido remedo del puchero de la Sabana pan de maíz y guarapo.

Una hora después de la comida, tío y so­brino tomaron sus hamacas. El primero hacia mecer la suya, y el segundo, mientras bregaba por acomodarse, oía el crujidito acompasado que hacía uno de los lazos al ludir con la viga en que estaba asegurado.

Algo más tarde, gritó D. Leonardo:

-Mi dotor D. Pablos, usted como que no ha podido dormir. ¿ Qué ruido ha sido ese?

-Que me he caído de la hamaca.

-Ya, la tomaría á lo largo.

-He tratado de tomarla de todas maneras, y he sudado buscando postura. Cuando me hube dormitado un poco, vine al suelo.

-Ya irá usted aprendiendo á dormir en ha­maca.

-Creo, tío, que nunca llegaré á aprender á colocar la cabeza.

Pablo dobló la hamaca, y, empleándola á gui­sa de almohada, se acostó sobre una cama de cuero (vulgo, |cuja) que había en su pieza.

Al cabo de otras dos horas, nueva interpe­lación de D. Leonardo:

| Caballero D. Pablitos! ¿ Qué otra tripa se le ha torcido? ¿ Porqué ha encendido la vela?

-Es que estoy abrasándome y lleno de ronchas… y de algo de que me hace cosquillas por todo el cuerpo.

| Ah! Es que mis paisanos son muy aten­tos: apenas llega un forastero, se presentan á darle la bienvenida.

|-¿ Y qué paisanos son esos?

-Chinches, chiribicos, pitos  

-¡Ah! pero aquí no hay animal ninguno:

he registrado minuciosamente la ropa y la cama |y no he visto uno solo.

| Qué habías de ver! Esos animalitos son muy vergonzosos. Hombre, no te queda más ar­bitrio que volver á la hamaca.

Cuidado si el tío tenía quebradizo el sueño! Cuando Pablo volvió á encender la vela, no obs­tante que lo hizo con mucha precaución.

-¡Caracoles! exclamó. Este bogotanito tan delicadito y tan melindrosito no va á dejarme pegar los ojos.

-Tío, perdone usted. Es que en la paja hace un ruido de mil demonios, y del techo están cayéndome encima no sé qué cosas.

-Sí. Y usted estará pensando, como las madamitas bogotanas que vienen por acá, que en el techo silban culebras y que caen alacranes que al dar en el suelo suenan como camándulas; y que, en presentándose una culebra ó un alacrán, precisamente ha de presentarse el compañero.

-No, señor, nada de eso pienso; pero ello es que los ruidos no me dejan dormir.

-Los ratones, hombre, los ratones; y á fe que ésos sí abundan entre la palmicha de estos techos. Se las han estado apostando contigo para no dejarme dormir.

La tienda estaba comunicada con la sala, y hasta la media noche estuvieron tocando á su puerta y llamando para que |fueran á |despachar, algunos viajeros retardados; y otros, demasiado madrugadores, hicieron otro tanto de la media noche para adelante.

Item más, algunas gentes, que se habían alo­jado en lo interior de la casa, salían á menudo hacia el camino, pasando por la sala; dejaban abiertas las puertas, tropezaban con la hamaca, y de lo que menos se curaban era de guardarles el sueño á los huéspedes.

Los arrieros que se habían acomodado en el corredor, conversaron más que durmieron, y se pusieron en pie y á meter hulla mucho antes del amanecer, para dar providencia de recoger sus mulas, aparejarlas y cargarlas.

Nuestros viajeros emprendieron su jornada, que había de ser larga y laboriosa.

En una mula que con las desmayadas ore­jas iba llevando el compás de sus movimientos; con las piernas pendientes y sin apoyar los pies en los estribos; desmadejado y en actitud harto menos gallarda que la que á los comienzos del viaje había procurado conservar, iba Pablo de­jando atrás los últimos contrafuertes de la cordi­llera, cuando su vista asombrada se extendió li­bremente por el magnífico y dilatado valle del Magdalena. Había llovido algunas horas antes, y de la inmensa llanura se levantaban á trechos, y señalando el curso de los ríos, copos de vapores, blancos y fulgurantes por donde recibían los ra­yos del sol, y opacos y negruzcos por el lado contrario.

Cerraban la planicie por el Oeste y por el Mediodía montañas de azul claro, en cotejo con las cuales las que limitan la Sabana no son sino humildes cadenas de colinas; las capas altas de la atmósfera lucían maravillosa diafanidad; y la luz parecía penetrar en las profundidades del cielo, acercando y haciendo perceptibles los obje­tos más lejanos.

Pablo, absorto en la contemplación de cua­dro tan grandioso, nuevo para él, era insensible á la fatiga y al agobio que en un viajero novel debía producir aquel sol de fuego que parece he­cho para animar constituciones más recias y vi­gorosas que las de los habitantes de la Sabana.

|Y sólo esta contemplación lo distraía de sus melancólicas imaginaciones, pues su compañero, bien que se preciara de ser sobrado fuerte para resistir á todas las inclemencias y rigores del cli­ma, iba cabizbajo y dejativo, sin ánimo para tor­nar á su festivo chachareo.

Dos famosas haciendas poseía D. Leonardo. La destinada á la ceba de ganado llamada |Las Palmas, radica en la margen izquierda del Mag­dalena.

Al tercero ó cuarto día después de su salida, llegaron tío y sobrino á la orilla del gran río. La noche había cerrado ya, hosca y tempestuosa. Pablo empezaba á conocer lo que es el trueno en aquella región abierta en que el aire, ora por su densidad, ora por estar caldeado, ora por hallarse cargado de vapores, vibra, rasgado por el rayo, con retumbos dilatados y amenazadores que po­nen miedo en los pechos de los más fuertes, y más aún en los de aquéllos que sólo han presen­ciado las tempestades, comparativamente ligeras y benignas, de la Sabana.

D. Leonardo, arrimándose al casucho de los barqueros, ordenó á éstos que, con tres luégos, se dispusieran á pasarlo con Pablo y con las mon­turas. Ellos se mostraron recelosos y ronceros de pasar el río en noche tan lóbrega; y la prudencia aconsejaba, en efecto, no hacerlo hasta que amane­ciese, aunque los viajeros tuvieran que pasar una pésima noche en la ruin posada que los |paseros les ofrecían; pero D. Leonardo reputaba indis­pensable para el buen manejo de la hacienda y de los negocios el tomarse para él, no el menor trabajo que demandara, sino el más duro y pesa­do; y reprendiéndoles á los bogas su desidia y su cobardía, los obligó á complacerlo.

Temeridad sería asegurar que Pablo hubiese emprendido con ánimo plenamente sereno aque­lla navegación nocturna y medrosa; pero afirma­mos que, si sintió miedo, supo no dejarlo traslucir.

En tanto que la barqueta iba surcando el río, la vista de Pablo, en el corto radio á que alcanzaba, descubría una superficie escamosa; de cada una de las menudas ondas, no se veía sino el lado por donde reflejaba la claridad difusa y fuliginosa que descendía de un cielo sin luna y sin estrellas, ó el resplandor del rayo, que la teñía de un rojo cobrizo.

Desembarcaron con felicidad, y muy poco después se desmontaron en la casa de |Las Palmas.

Aquejaba á Pablo el molimiento que, en el camino, no le habían dejado sentir los diferentes objetos en que su ánimo había permanecido ab­sorto.

Pero, sacando fuerzas de flaqueza, se guardó de darlo á conocer. Su tío, aparentando también fortaleza y desembarazo en los movimientos, hizo por disimular el cansancio; pero á poco, y sin aguardar que se sirviese una comida que, más que comida, había de ser cena, tomó la hamaca |y se quedó dormido.

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