CAPÍTULO XX
PABLO PENSÓ ausentarse de Bogotá sin dilación. Quería huir de
Cecilia. Cada pensamiento que iba dirigido á ella, le parecía
sacrílega ofensa con que agraviaba á la magnánima mujer á quien él
había sacrificado; y erróneamente se imaginaba que la distancia
había ahora de borrar de su corazón la imagen adorada.
Cuando anunció á D. Leonardo su partida,
-No te vayas todavía, le dijo éste necesito que estés aquí
cuatro días más. Al cabo de ellos lo tomó consigo y lo condujo á
una Notaría. El Notario, al ver entrar al tío y al sobrino, dijo al
primero:
-La escritura está lista, ¿ quiere usted que la leamos?
-Sí, señor.
Y empezó á leer una escritura. Pablo, que oyó los preliminares,
en los que se declaraba que él mismo había
|parecido
presente, se sorprendió y no sabia qué pensar. Pero más
sorprendido y aun aturdido se sintió cuando se hubo hecho cargo
del meollo de aquel documento: en él se declaraba que D. Leonardo
le hacía donación
|ínter vivos de la hacienda de Ayamonte.
Mientras se estuvo leyendo, estuvo Pablo conmovido y su semblante
mudando de color. Cuando el Notario, terminada la lectura, fijó en
el otorgante y en su compañero una mirada que quería decir:
|¿esto está en regla?, D. Leonardo manifestó que no tenía
reparo que hacer; se acercó á la mesa y firmó. El tabelión le
ofreció la pluma á Pablo; pero éste, llamando aparte á su tío, le
dijo en voz baja:
-Tío, esto no puede ser.
|-¡ Cómo que no puede ser? ¿ Qué trabajo te cuesta echar
ahí una firma para declarar que aceptas ?
-Es que no debo aceptar. Lo que usted ha hecho por mí es ya
demasiado.
-Yo sé lo que hago. Firma, firma y despachémonos
-Es preciso que hablemos.
Y dirigiéndose al Notario,
-Tenga usted la bondad, dijo, de suspender esto.
E invitando á su tío con el ademán, marchó resueltamente hacia
la calle ; los dos entraron en un zaguán inmediato y Pablo
continuó:
-Usted se propone hacerme un gran bien; pero le aseguro á usted
que, admitiéndolo, me sentiría tan abrumado y tan confundido, que
para mí se convertiría en tormento.
-¿Es decir que te sería desagradable mirarte obligado para
conmigo como para con un extraño?
-¡Ah, tío, eso no, eso no!
-No he resuelto esto á tontas y á locas. A ti te debo el aumento
de mi fortuna. Ayamonte es un producto de tu trabajo…. Pero
no vayas á pensar que se trata de un pago. Esta es una muestra de
cariño.
-Las que usted me ha dado son ya demasiadas.
-¿ Y tu madre? Mañana en todo el día estiro yo la pata, y quién
diablos va á saber qué sucede….
|- Ah, y ahora me
ocurre…. eso es… eso es. Si tú rehusas, otorgo una
escritura á favor de Mariana.
-Obedeceré, pues. Al cabo, las cosas quedan como están. Usted
siempre será dueño de todo.
-Allá veremos.
Pablo firmó la escritura.
Lo que más urgía visitar era la hacienda del Magdalena.
Allá ha pasado ya Pablo unas cuantas semanas pugnando, aunque
en vano, mediante un trabajo abrumador, por divertir su mente de
las ideas que pertinazmente la asediaban y por ahogar en su pecho
la pasión que lo devoraba.
Muchas amarguras había saboreado Pablo; pero aún no conocía la
del remordimiento. "Ya que estaba resuelto, se decía, a unirme con
Modesta, no he debido flaquear: he debido apartarme valerosamente
de Cecilia. Creyendo hacer un noble sacrificio, lo que he hecho ha
sido, gracias á mi debilidad, labrar la desgracia de aquélla por
quien iba á hacerlo."
Si las tareas propias de quien gobernaba la hacienda le dejaban
vagar, montaba y, mezclado con los vaqueros, trabajaba como ellos.
El era el primero que enlazaba el novillo engusanado ó el muleto ó
la yegua cerrera que había que atusar, el primero que alcanzaba á
la res arisca para atajarla. Los
|marchantes que venían á
hacer negocios, lo encontraban frecuentemente á caballo, con el un
extremo del rejo de enlazar asegurado á la cabeza de la silla y el
otro á los cuernos de un animal bravío; ó lo veía coleando un toro
ó esquivando con destreza la embestida del que acababa de
levantarse suelto.
Su paje Felipe, que lo había acompañado en sus viajes á Bogotá y
que se había quedado lelo viéndolo con el traje de baile,
contemplándolo en el potrero ó en la corraleja, con su corrosca de
alta copa y ancha ala, sin más atavíos que la camisa listada, los
zamarros y los alpargates, les decía á los vaqueros:
-¿ Pero quién va á creer que éste sea el mismo patrón Pablito
que en Bogotá parece una imagen?
Probada la ineficacia de aquel trabajo con que quebrantaba su
cuerpo para ver de cambiar de sufrimiento, y recordando que debía
hacer una cobranza en una población distante y para él desconocida,
Pablo resolvió encaminarse á ella, aguardando que un viaje tuviera
la virtud que sus otras labores no habían tenido.
Tocóle hacer aquella excursión por una comarca árida y
desolada.
En ella, el viajero que, abrasado por el sol, va soñando
despierto con manantiales cristalinos, con refrigerantes baños y
con harturas de bebidas frescas, encuentra tal cual arroyito de
agua caliente y de superficie mate que ocupa un cauce negruzco de
piedras desiguales y retostadas por los soles de muchos siglos, y
resbala por el pie de ellas sin ruido ni movimiento perceptible.
Aquello parece, más que arroyo, una sucesión de pozancos de agua
estancada.
A la hora en que el sol extrema sus rigores, llegó Pablo á un
pueblo en que los techos y las paredes de las casas están formados
de palma y parecen aguardar una chispa imperceptible para arder
como pólvora; y en que sus habitantes parecen no tener sino la
porción de vida indispensable para aguardar horas en que se pueda
vivir.
La tétrica soledad y la vista de aquellas calles que llorarían
si el fuego que las abrasa permitiera secretar lágrimas,
procuraron á Pablo cierto bienestar indefinible que los sitios
amenos y las risueñas perspectivas no le habían procurado.
Hay situaciones en que necesitarnos que lo que nos rodea guarde
armonía y congruencia con los sentimientos que nos dominan.
A la villa menos distante de Las Palmas, que es importante y
populosa, solía Pablo trasladarse los sábados y en ella pernoctaba
alojado en la casa que poseía D. Leonardo.
Por la noche, sacaba un asiento y lo reclinaba contra la pared
exterior de la casa, que daba á la plaza principal, y allí oía los
cantos de las gentes del pueblo, sencillos, acordados y melodiosos,
é impregnados de dulce melancolía. A ratos tomaba la hamaca en la
sala de la casa, sin cerrar las puertas, y ora dormitaba, ora
seguía escuchando los sabrosos cantares.
¡ Oh noches de tierra caliente! El que no ha disfrutado de
vuestros encantos en suave entorpecimiento del alma y de los
sentidos y llevando en la mente una imagen querida, no conoce el
más inefable de los halagos con que la generosa naturaleza sabe
mimar a sus hijos.
En ellas y bajo su mágico influjo, Pablo, libre pasajeramente de
negras é importunas memorias, dejaba volar su alma por los espacios
en que nacen los sueños y recomenzaba las horas que había pasado
al lado de Cecilia; en ellas se le presentaba sonriente su imagen,
de cuyos labios salían palabras de indecible dulzura, que lo hacían
palpitar de esperanza. ¡ Pero con qué celeridad resurgían sus
negras ideas, y qué bruscamente el sentimiento de las realidades lo
hacía descender de la región de las lindas quimeras, y tornaba el
poético y melancólico arrobamiento en amargura y en tristeza
mortal!
Cecilia, dominada por el deseo de no faltar al baile, había
ocultado que los síntomas de su dolencia, no sólo habían
reaparecido, sino se habían complicado con otros nuevos. Pero,
pasado el baile, nada le ocultó á su médico. Este, cada vez más
admirado al ver la pertinacia con que aquella enfermedad resistía á
todos los tratamientos, y después de haber probado por algunos días
y sin éxito alguno otro nuevo, propuso á D. Jacobo que se
convocase una junta de médicos. A ella concurrieron muchas de
nuestras notabilidades; y, como de costumbre, se examinó con
acuciosidad á la paciente, se conferenció en reserva, y se adoptó
un plan curativo. A las preguntas de los deudos de la paciente
acerca de la naturaleza de la enfermedad, dieron algunas
respuestas vagas, como la de que, para hacer diagnóstico y
pronóstico ciertos, era preciso aguardar á que el mal se
desarrollara más. Otros, manifestando atender especialmente á la
debilidad y el abatimiento que á veces se habían observado en
Cecilia, hablaron de anemia y de dispepsia. Otros, dijeron que
ciertos síntomas parecían denunciar el reumatismo crónico otros
mencionaron el histerismo y todos soltaron términos técnicos, tales
como
|hiperestesia, anestesia y otros aun más revesados y
peregrinos.
Impuestos los facultativos por su colega el doctor Leiva Gayón
en el antecedente de que Cecilia había recobrado casi enteramente
la salud en la hacienda de su tío, todos unánimemente opinaron que
se la debía trasladar allá.
Noticioso de lo cual D. Leonardo, tomó la empresa por suya y en
un periquete tuvo arreglado el viaje.
D. Jacobo hizo una objeción. Yo soy franco, dijo á su hermano.
En la temporada que pasó, nos mantuviste á mi familia y á mí.
Ahora no lo consiento: si vamos á Guátima, yo he de hacer los
gastos de la casa. Los dos viejos eran cabezudos y porfiaban á más
y mejor. Al cabo defirieron á lo que decidieran sus mujeres, y
ellas arreglaron el asunto á su amaño y á satisfacción de ambas
partes. La pobre Da. Liboria, que seguía inconsolable, debía
acompañar á su marido y á sus hermanos esta vez como la
primera.
El asunto de la misa de los días festivos estaba desempatado de
antemano. La licencia del Superior eclesiástico se había obtenido,
y hasta se contaba con un capellán fijo.
Hacía algún tiempo que al Padre Velásquez no le permitía su mala
salud residir en Bogotá ni en su Sabana. Ya dando misiones, ya
desempeñando temporariamente algún curato, hacia mansión en tierra
caliente.
A él ocurrió Da. Lucía, y él prometió acompañarla en Guátima
por el tiempo que su presencia fuese necesaria.
Bien advertirá el lector que el estado de Cecilia y su regreso
á Guátima entrañaban un nuevo aplazamiento de su matrimonio.
Acababa de pasar una estación lluviosa, y las tierras de Guátima
y de sus alrededores, refrescadas y fecundizadas, parecían estar
estrenando pomposas galas. Brisas inconstantes agitaban los
follajes ; y en los oídos de Cécilia sonaban sus susurros como
voces amigas que le daban la bienvenida.
Para Pablo, que ya había regresado del Magdalena, y no menos
para Cecilia, la situación había cambiado, pero no era menos
difícil. El primero amaba con más ardor que nunca. Por momentos,
al recordar su última conversación con Cecilia en la noche del
baile, se sentía alentado por halagüeñas esperanzas; mas entre él y
Cecilia surgía Jorge como obstáculo invencible. Por otra parte, su
conciencia, con sobra de rigor, le representaba como tina especie
de felonía el aprovecharse de la libertad en que lo dejaba el
noble proceder de su otra prima.
El primero de estos obstáculos se le presentaba también á
Cecilia cuando se entregaba á dulces meditaciones. Ella ya no veía
en su novio sino un estorbo para su dicha.
La indiferencia ó desdén que por ella había manifestado Pablo al
pretender á Modesta, y esto cuando Cecilia le había dado señaladas
pruebas de cariño, la hacían mimarse como empeñada en un combate en
que, según se lo dictaba el amor propio, sería vergonzosa y
humillante la derrota. Y no hacía mucha falta el que el amor
propio tomara cartas en el asunto. Las prendas de su primo; lo
interesante que lo hacía el sacrificio que otra mujer había
consumado por él, el recuerdo de la coacción que se había tratado
de ejercer sobre ella, coacción que no podía dejar de obrar en
sentido contrario del fin con que se le había empleado, todo había
servido para encender en su pecho una pasión tan vehemente como la
que ella había inspirado. La que creía haber sentido por Jorge, si
había sido pasión, era ya como la luz de una bujía que arde en un
sitio iluminado por el sol, y bien poco le faltaba para quedar
convertida en antipatía.
Pero hay que repetirlo: Cecilia y Pablo no sabían ser enérgicos
sino para refrenar sus sentimientos cuando chocaban con una
voluntad que tuvieran que respetar.
Empero, si callan los labios de los dos amantes, sus almas
están en comunicación, y no faltan ocasiones en que inevitablemente
se le revelan al uno los sentimientos del otro.
Cada noche, Pablo al volver á la casa, adivina que Cecilia,
oculta en un sitio que domina la senda por donde él debe venir,
espía su llegada.
Pablo profesa singular cariño á su paje Felipe, y estima y
quiere, entre todos los objetos que le pertenecen, un caballo
castaño que, según él mismo pretende, lo conoce y le obedece.
Cecilia se desvive por que Felipe goce de todos los regalos que
comporta su condición de criado, y cuida con esmero de que el
castaño esté á cuerpo de rey, y lo acaricia con una especie de
ternura.
Cierto día, van los dos con los demás de la casa, de paseo por
entre un arbolado no distante de ella, se detienen á descansar, y
Da. Lucía repara en unas letras que están esculpidas en la corteza
de un árbol, una
|C y una
|I, y pregunta quién las
habrá grabado.
Pablo, colorado como achiote, responde que eso parece estar ahí
desde tiempo muy antiguo.
-Así debe de ser, repuso Da. Lucía, pues en mis tiempos ya era
cosa vieja, y hasta había caído en desuso, eso de grabar iniciales
en los árboles.
Cuando los demás hubieron echado á andar, Cecilia, que estaba
también con el rostro encendido, miró a su primo y ambos se rieron
con una risa más elocuente que el más expresivo razonamiento.
En épocas anteriores, si los dos primos estaban solos
conversando y así eran vistos por otra persona, Cecilia no lo
notaba siquiera; ahora, si tal cosa llegaba á acontecer, se le
ponían la frente y las mejillas como una grana.