CAPÍTULO XIX
LA INQUIETA y traviesa Petrica ha bailado poco; y menos habría
bailado si ciertas almas compasivas no hubieran intrigado á fin
de reducir á algunos galanes á invitarla. Las horas libres las ha
empleado en huronear á contento. No se le había escapado aquel
buscarse con los ojos, de Cecilia y Pablo; y sobre ello le había
llamado la atención á Modesta, la que, fastidiada con su
oficiosidad, la había escuchado y respondido con desabrimiento.
Picada con esto, se propuso no dejar pasar aquella noche sin darle
en cara á Modesta con alguna prueba inconcusa de la verdad de sus
asertos.
Observó cómo Pablo y Cecilia se habían retraído á aquel rincón
del saloncito, y muy á la disimulada se mezcló por un rato con los
que lo ocupaban. No pudo percibir sino palabras sueltas é
inconexas de las proferidas por los primos; pero notó el ademán de
ellos y el juego de sus fisonomías, que hablaban clara y aun
elocuentemente. De allí voló en busca de Modesta y le dijo:
-Tú me tendrás por entremetida, y sabe Dios si por envidiosa;
pero como no puedo conformarme con verte atada con un compromiso
que ha de hacerte infeliz, te ruego que vengas conmigo y veas por
tus propios ojos lo que no has querido creerme.
Pálida, temblorosa y llena de espanto imaginando lo que deseaba
y temía ver, siguió á Petra hasta un aposento desde el cual, sin
ser vista, podía fijar los ojos en la escena para ella tan
horrible y odiosa. La suerte la hizo llegar en el instante en que
Pablo tomaba furtivamente la mano de Cecilia, al mismo tiempo que
derramaba su alma en una apasionada declaración.
Petra, que adivinaba lo que estaba pasando en el pecho de su
prima, la condujo á otra habitación en que podía estar sola. Allí,
comprimiendo con violencia los latidos de su corazón y el llanto
que acudía á sus ojos, trató Modesta de prepararse para tornar á
mezclarse con la concurrencia. Turbósele la vista y sintió que iba
á desmayarse; pero, con esfuerzo inaudito de su voluntad, logró
quedar dueña de sí y de sus movimientos.
Pablo ha advertido con pena que ha dejado pasar mucho tiempo sin
atender á Modesta. Y su pena se apura con la consideración de que
lo que acaba de pasar entre él y Cecilia es una cruel ofensa que,
aunque sin que estuviera en su mano evitarlo, ha irrogado á su
prometida. La busca para invitarla á bailar con él la pieza que se
va á tocar, que puede ser la postrera, y la encuentra cuando ella
acaba de salir del aposento en que se había retirado.
-No quiero bailar, le dice ella: preferiría, hablar contigo en
lugar en que no se nos interrumpiera. Pablo la siguió sobresaltado
con aquellos preliminares.
Su cólera y todos los tumultuosos sentimientos que agitaban á
Modesta habrían estallado destempladamente si la dificultad de
hallar sitio adecuado para hablar en reserva, y el encuentro con
personas que tuvieron algo que decirle á ella ó á su compañero, no
la hubieran forzado á contener sus ímpetus. Hubo tiempo para que la
mirada dulce y penetrante de Pablo ejerciera sobre ella el
acostumbrado prestigio, y para que sus cristianos sentimientos
prevalecieran sobre los instintos que estaban á punto de
arrebatarla.
Cuando se hubieron instalado en una pieza en que de nadie podían
ser oídos,
-He querido, le dijo Modesta á Pablo, con voz balbuciente, he
querido que nos veamos a solas para perdonarte.
|-¡ Para perdonarme! ¿ Qué quieres decir? ¿ Qué falta he
cometido?
-Escúchame. Durante muchos años, te fui indiferente. Te me
acercaste por complacer á tu madre; me inspiraste una pasión que tú
no sentías…. que no pochas sentir cuando tu corazón abrigaba
la que ha reinado en él desde que eras niño, la que reina todavía.
Por amor á tu madre y por compasión hacia mí resolviste
sacrificarte
-No sigas, no sigas, que me destrozas el alma. No sé qué
apariencias te engañan.
-No estoy engañada. ¿ No habré yo notado con amargura que tú te
has abstenido siempre con estudio de dirigirme una palabra de amor?
Esta noche misma tuve el arrojo de reclamarla y tú buscaste efugios
para negármela.
|-¿ Y lo que he hecho? ¿ No te he ofrecido consagrarte mi
vida?
-Eso es muy diferente. Te conozco y sé que estas dispuesto á
sacrificar otro afecto, á vencer repugnancias y á dedicarte por
toda tu vida á hacerme feliz. Es decir, quieres, á costa de tu
propia felicidad, mantenerme eternamente en el dulce engaño en que
me has tenido. Pero yo no quiero sino tu amor.
-¡ Angel, ángel, delante de quien yo debería vivir de
rodillas!
-Mira, Pablo: preferiría mil veces verme cercada de privaciones
y de tono género de males, y, si pudiera suponerse, hasta
maltratada por ti, pero sabiendo que me amabas, á esa felicidad que
tú me ofreces, á esa felicidad que no había de consistir en saber
que tu corazón me pertenecía.
-Dame, dame ese perdón generoso que me has ofrecido; pero dame
también una prueba de que me lo das con toda tu alma.
|-¿ Qué prueba?
-La de no rechazarme. ¿ Quién podría vivir algunos días al lado
de un ángel como tú sin entregarle su corazón?
-No, no acepto tu sacrificio.
-Tén compasión de mí. Sábe que me condenas á un remordimiento
eterno.
Modesta sentía que iban á faltarle las fuerzas; temía desmayarse
y darse en espectáculo á la turba indiferente; pero sobre todo
temía los desfallecimientos de su corazón. Conocía que mientras
tuviera delante á Pablo y estuviera oyendo su voz, su resolución
podía flaquear.
Se levantó con enérgico esfuerzo, y, sin atender á Pablo, que
desesperadamente trataba de detenerla, corrió á perderse entre los
grupos de concurrentes
Algunos minutos después, Pablo que, devorado por la angustia, y
decidido á hacer nuevos esfuerzos para combatir la resolución de
Modesta, se pone á buscarla, la ve retirarse acompañada de D.
Leonardo y Da. Liboria.
Nada le quedaba ya que hacer en aquella casa, y suponiendo que
su madre quería también marcharse á la suya, la buscó por los
salones, y averiguando su paradero, supo que se había sentido
indispuesta y que las señoras de la casa la habían conducido á una
alcoba.
Aquellos polvos habían traído estos lodos. No era posible que
los sandwichs, los helados y el champaña dejasen de hacer de las
suyas en un organismo delicado y habituado á la dieta y á un
régimen riguroso. Da. Mariana se había sentido trastornada por los
perfumes y cl olor de las flores. A los desvanecimientos de cabeza
habían seguido las náuseas; á estas novedades había seguido el
miedo de verse acometida de sus opresiones y palpitaciones ; y,
con pensar en ellas, se las produjo ; con todo este cúmulo de
síntomas, sintió miedo de morirse; y con el miedo de morirse, le
entraron el frío y el temblor de miembros.
Entre los concurrentes había médicos, y dos ó tres de ellos la
habían visto y habían declarado que aquello no era grave, pero que
era necesario que la paciente reposase en una cama por algunas
horas.
Y así aconteció que Pablo, el convidado cine, hacia el remate de
la función, era sin duda el menos divertido y alegre de todos,
asistió al cotillón y estuvo como alelado, viendo pasar figuras
que en su cerebro calenturiento tomaban la forma y los aires de
visiones de aquéllas que se presentan en las pesadillas. Tuvo que
permanecer en la casa más que todos; que presenciar los trajines de
los que buscaban sus abrigos y sus sombreros, y los de los maridos
que trataban de reunirse con sus mujeres, los de las mujeres que
buscaban a sus maridos, los de los padres y madres que buscaban á
sus hijas, y los de las hijas y hermanas que buscaban á sus
hermanas y á sus padres. Si su espíritu hubiera estado para
observaciones, habría hecho la de que los convidados, después de
haber estado tan complacidos y tan á gusto, una vez decididos á
retirarse, mostraban un afán como el que agita al preso cuando
oye que se le van á abrir las puertas de la cárcel.
Salen los músicos y salen los criados que, con su frac y sus
guantes blancos, han mangoneado en el buffet; dan algunos
revoloteos y van á acostarse las gentes de la casa, y todo queda
en silencio.
Pablo, que se hallaba fatigado y con los pies adoloridos, se
tendió en un sofá; pero, lejos de poder conciliar el sueño, se
sintió como ahogado: la tormenta que le agitaba el pecho lo
necesitaba al movimiento. Levantóse y se puso á vagar por los ya
desiertos salones. El remordimiento de que á Modesta se le había
manifestado temeroso, empezaba ya á lacerarle las entrañas. Y no
pensaba únicamente en la triste suerte que le aparejara á
Modesta: representábase también á aquel tío que era para él segundo
y generoso padre, participando de su aflicción; y á su propia madre
llorando la ruina de sus esperanzas y acaso sucumbiendo á su
pesadumbre. Con estas desconsoladoras imágenes é ideas batallaba
en su pecho la pasión que, sin haber nunca dejado de arder en él,
se había encendido más aquella noche en que, en expresiones y en
miradas de dulzura infinita, había creído hallar la realización de
sus esperanzas.
Ay! Pero ¿ de qué serviría verse amado si de Cecilia lo separaba
un compromiso que ella no había de atreverse á quebrantar ?
La hora y el sitio contribuían á anegar en tristeza aquella alma
combatida y atribulada. Tristes son siempre los rastros que deja lo
que pasa para no volver.
La luz opaca del alba se confundía con la ya inútil de algunas
bujías que llameaban soñolientas entre los fanales de las arañas y
de los candelabros.
Pablo, con su ligero vestido de etiqueta, siente la
destemplanza del aire áspero y sutil que penetra por las ventanas
entreabiertas.
Por ellas entran, viniendo de la calle, rumores extraños á lo
que en aquellas estancias acaba de pasar. Los últimos silbidos del
sereno; pasos de alguna mujer ó de algún viejo que han madrugado
para ir á misa, y de una que otra persona que acude al mercado;
toses carrasqueñas de algún tahur trasnochado y enronquecido; los
toques de campanas de las iglesias vecinas; los primeros gorjeos de
los gorriones.
En algunos aposentos se siente todavía la atmósfera caldeada y
espesada por las luces y por la respiración y las exhalaciones de
muchos cuerpos agitados, por los perfumes que allí se evaporaron
y por el aroma de las que poco antes fueron flores y ya no son
sino imágenes del deleite gozado.
Los asientos están tibios y en desorden. Por los suelos se ven
flores y jirones de encajes y de telas pisoteadas; alfombras y
muebles deslucidos por el chorreo de las bujías. Los atriles
desordenados y los instrumentos músicos ya mudos y como
cansados.
Todo allí parece haber envejecido y marchitádose en breves
horas: todo, hasta el aire, la luz y el cristal, parece ajado y
empañado.
Pablo siente sed, y se dirige al buffet. Las mesas están
cubiertas de migajas y mendrugos, de botellas y garrafas
destapadas, de tapones inutilizados, de copas y vasos con heces de
bebidas. En los manteles se descubren manchas de vino.
Nunca se hace tan palpable la inanidad de los placeres mundanos
como cuando se comparan los vestigios que ellos dejan, con el
aparato con que la riqueza se esfuerza por producirlos.
Para aspirar por un instante su aroma, se destriza una flor que
formó la naturaleza haciendo funcionar largamente á todos los
elementos. Del mismo modo, para gozar un breve espacio de los
encantos de una fiesta, se trastorna y se despule lo que, con
dilatados afanes, se había allegado y dispuesto para satisfacción
del gusto y regalo de la vista.
En enfadosa espera estuvo Pablo hasta que, ya bien alto el sol,
condujo á su madre á su casa.
Ella lo obligó á acostarse, le mulló la cama y lo abrigó como lo
hiciera veinte años antes.
Pero, en vez de dejarlo reposar tranquilamente, dos ó tres
horas después interrumpió su sueno.
-Levántate, hijito, le dijo con voz temblorosa y quebrada
Pablo, trabajado por las emociones y luchas de pocas horas
antes,
-¿ Qué hay, mamá? preguntó ansiosamente y se puso á disponerse
con afán para salir de su aposento.
-Lo que hay es que Modesta nos ha dejado.…
Aquí los sollozos la interrumpieron.
-¡Cómo, mamá!, ¿ qué quiere decir eso?
-Que Modesta está en el Noviciado de las Hermanas de la
Caridad.
Pablo se sintió anonadado. Su delicada conciencia formuló una
acusación neta y terrible.
-En el Noviciado, siguió Da. Mariana, y, conteniendo apenas los
sollozos, prorrumpió en quejas contra su hijo que, según ella lo
adivinaba, era la causa de aquel quebranto.
Ya un poco calmada, refirió que Da. Liboria y D. Leonardo
estaban en mortal aflicción y que la primera, en arranques de
cólera, achacaba á Pablo la desgracia de la hija y de los padres.
Para ella, el paso que había dado Modesta no era sino un ciego
arrebato de desesperación que no podía atribuirse sino á malos
procederes de Pablo.
Este procuró desimpresionar á su madre pero en la perturbación
en que ambos se encontraban, no era dable entrar en las dilatadas
explicaciones que habían de sincerar al hijo ante la madre.
Unas señoras, amigas de ésta, entraron á darle pésames por el
suceso que atribulaba á la familia ; y Pablo, retraído en su
cuarto, pudo reflexionar, tomar una resolución extrema y ponerla
por obra.
Sentóse delante de su mesa y escribió á D. Leonardo, la carta
siguiente:
"Mi querido tío,
"La noticia de lo que ha pasado esta mañana me ha herido como un
rayo. Sé que mi tía Liboria me hace inculpaciones, é ignoro si
usted me juzga como ella. Dadas las circunstancias, y sobre todo
la hora, en que ha sobrevenido esta novedad, hay apariencias que
harán mirar como justas aquellas inculpaciones, y yo no espero
poder sincerarme. Se trata de cosas íntimas que se supondrá haber
pasado entre dos personas.
"En tal conflicto, mi conciencia me impone el deber de renunciar
á los favores que usted y mi tía, con tánto cariño y tánta
generosidad, han estado dispensándome por muchos años, sin
merecimiento mío.
"Con el corazón hecho pedazos, me separo de usted, rogándole
que, sean cuales fueren los sentimientos que usted abrigue hoy
para conmigo, admita las expresiones de un reconocimiento que no se
borraría de mi corazón en toda mi vida, aunque usted llegara á
mostrarse tan riguroso para conmigo, cuanto hasta ahora se ha
mostrado indulgente y bondadoso.
"Mi última súplica á usted será la de que, si usted me juzga con
menos severidad que mi tía, tenga la bondad de defenderme ó
siquiera de mitigar el enojo que, según se me asegura, manifiesta
contra mí.
Su siempre amantísimo sobrino,
"PABLO."
No dejó de pensar Pablo que dar este paso era condenarse á la
pobreza; ni dejó de ocurrirle la reflexión de que, destituido de
recursos, no podía abrigar esperanzas de hacer suya á Cecilia,
aunque, por circunstancias que no podían preverse, llegaran á
estar libres su mano y su corazón. El mismo estaba ajeno de que en
su pecho se albergase esa esperanza, que no vino á hacérsele
sensible sino por el hecho de desvanecerse.
La hora de la comida y algunas otras pasaron sin que ni Pablo ni
su madre saliesen de un hosco silencio. Las explicaciones que aquél
podía dar se resumían en esta acusación que un hijo respetuoso no
podía arrojar á la cara de su madre: "Usted me forzó á entrar por
un camino en que tarde ó temprano se había de tropezar con el
desengaño y la desgracia."
A las ocho de la noche se oyó tocar á la puerta. Da. Mariana y
Pablo aguardaron ver entrar algún extraño, y, por cierto, no les
halagaba la idea de tener que dar tregua á sus melancólicas
cavilaciones y que entrar en triviales comentarios sobre el hecho
que traía conmovida á la familia de los Ibarzábales.
La sorpresa fue indecible cuando se les presentó D. Leonardo; y
no fue menor, aunque sí infinitamente más agradable, cuando él
abrazó con efusión á su sobrino y á su hermana.
Traía una carta, y, sin tomar asiento, se acercó á la luz y
dijo:
-Voy á leerles lo que me ha escrito mi hija.
Y fue á leer, pero se le anudó la garganta y rompió á
llorar.
¡ Quién podría dar idea de lo que sintió Pablo al ver por
primera vez enternecido á aquel hombre que, además de ser fuerte,
había afectado toda su vida la más varonil entereza y truhanesco
desenfado!
Ninguno de los tres actores de aquella escena pudo dar cabo á
la lectura de la carta. La tomaba uno, leía algunas líneas, y
cuando la emoción lo ahogaba y las lágrimas le velaban los ojos,
la pasaba á otro.
Hé aquí la carta:
"Amadísimos padres,
"Para mí ha sido cruelísimo afligirlos á ustedes dando el paso
que acabo de dar. Lo que yo misma estoy sintiendo me da la medida
de lo que estarán sintiendo la madre y el padre más amantes. He
rogado mucho á Nuestro Señor que les dé fuerzas para resistir el
golpe que, para cumplir con su santísima voluntad, les he aparejado
yo misma, y que á todos tres nos dé conformidad para saborear sin
quejarnos la amargura de esta separación.
"Mi pena es tal, que sin la gracia de Dios yo no podría
soportarla; y la acibara más el temor de que mi resolución se
atribuya á cierta causa,
"Este temor es el de que, habiendo yo estado dispuesta á
casarme, al verme tomar súbitamente la resolución de renunciar al
mundo, juzgue alguien que ésta ha sido un acto de despecho.
"Estoy escribiendo en la pieza de la Madre Superiora, delante de
una imagen de Cristo crucificado que se halla en su mesa: delante
de ella, y cuando estoy determinada firmemente á consagrarme sin
reserva al servicio de mi Redentor, no me atrevería
|á
mentir. Pues bien, les aseguro á ustedes que aquél con quien debía
unirme ha hecho por mí cuanto podía esperarse del más generoso y
el mejor de los hombres: en cuanto hubiera dependido de él, mi vida
en el siglo habría sido la más feliz.
"En lo humano, no deseo sino que ustedes sigan queriendo
|á Pablo como lo han querido hasta ahora, y más si fuere
posible.
"Ustedes no han podido olvidar que, desde hace mucho tiempo, yo
me había sentido llamada por Dios á servirle en el estado más
perfecto. Jamás ha callado por entero la voz con que se ha servido
llamarme, ni mi conciencia ha estado enteramente tranquila cuando
la he desoído para pensar en dichas terrenas
"Nuestro Señor se ha dignado procurarme luz especial para que
conozca que la felicidad para que he nacido no es aquélla con que
me brindaba el mundo.
"Esta es una merced señaladísima, y el despreciarla sería
ofender gravemente á Dios. Para corresponder á ella, tengo que
hacer un sacrificio muy grande; pero es proporcionada á él la
gracia que el Señor me ofrece para cumplirlo.
"De ustedes también exige un sacrificio, y también los
fortalecerá con su gracia. Bendigamos al Señor, que nos ha
brindado un medio de purificarnos y de santificarnos. Yo le ruego
que, si mi sacrificio y las obras santas á que voy á dedicarme han
de ser aceptos á sus divinos ojos, mi escaso mérito redunde sobre
mis amadísimos padres y sobre todos los miembros de nuestra
familia.
"Para uno, sobre todo, para aquél que quiso consagrarme su vida,
espero que sean manantial eterno de bendiciones.
|" En estos momentos voy á vestir el traje de las
postulantes. Quedaré separada del mundo; pero, en Nuestro Señor
Jesucristo, quedaré unida de un modo más perfecto á aquéllos á
|
quienes he amado. Ojalá que con mis oraciones les pueda ser
más útil en el claustro que lo hubiera sido en el siglo.
"Concluyo, querido papá y querida mamá, pidiéndoles la
bendición para su hija…."
Después de la lectura de la carta, tuvieron poco vagar los
sollozos y los suspiros.
D. Leonardo, al ir á despedirse, y sacando del bolsillo la carta
de Pablo,
-En cuanto á esta carta, dijo, aquí está mi contestación.
Y la aplicó á la luz y se la vio arder.
-
|¿ Y mi tía? dijo Pablo.
-Tu tía quería venir conmigo, pero la trasnochada y estas cosas
de hoy la tienen muy quebrantadita. Yo no la dejé venir y….
|
¡ qué diablos! estuvo bueno que no viniera: para moquear y
hacer pucheros, bastábamos tres.
No terminaremos este capítulo sin hacer saber al lector que
Modesta no pudo vestir el nuevo traje tan pronto como lo había
anunciado. Su vigor corporal no alcanzó hasta donde alcanzó su
valor. No bien hubo despachado la carta, se vio acometida de un
accidente que la tuvo postrada por uno ó dos días.