CAPÍTULO XVII
TENEMOS ya en la ciudad á todos los personajes de nuestra
historia. A todos sin excepción, dado que Pablo ha venido á
acompañar á su tía Liboria y á Modesta, y ha determinado
aprovechar esa venida para entender en varias incumbencias.
No bien se hubo Pablo dejado ver en Bogotá cuando empezó á ser
interrogado ó bromeado por amigos y conocidos acerca de su enlace
con Modesta, del cual supo que se hablaba como de cosa notoria. No
dejaba esto de ser para él bastante significativo; pero era tortas
y pan pintado en comparación con lo que en último lugar llegó á sus
oídos. Llegó á sus oídos que Da. Clemencia decía: "¿ No ven las
picardías del tal Pablo? Ahí dicen que está comprometiendo á su
prima Modesta y haciéndole creer que la quiere y que se casa con
ella."
Lo que decía esta mala lengua lo repetían otras no muy buenas,
anteponiéndole el inevitable
|se dice.
Irritado Pablo, á la vez que harto de agitaciones interiores y
de conflictos, resolvió hacer luégo lo que con dejar pasar tiempo
no había de evitarse.
-He resuelto casarme cuanto antes, dijo á su madre.
-Dios te bendiga, hijo de mi corazón, ¿ Ves cómo sólo tu madre
era capaz de acertar con lo que te convenía?
A la mañana siguiente, Da. Mariana estrenó su hábito de Nuestra
Señora del Carmen, que estaba bien aparejadito tiempo hacía.
En la noche del mismo día en que participó su resolución á su
madre, Pablo habló con Modesta.
-¿ Me das tu consentimiento para pedir tu mano?
Modesta se sorprendió y tardó un poco en contestar
-¿ Y tú crees que yo sea capaz de hacerte feliz?
|-¿ A quién no podrías tú hacer feliz? No podré gozar de
un instante de calma mientras no me vea unido contigo.
-¿ De veras? Todo el bien á que aspiro es poder hacerte
feliz.
-Te hablo con entera sinceridad. ¿ Porqué dudas?
-Porque yo no merezco ser tuya.
-Calla esa boca. ¡ Tú, tú, tan buena, tan sensible, tan
cariñosa, no habías de merecer, no digo ser esposa mía, sino serlo
del mejor de los hombres!
-El bueno eres tú. Pregúntalo á todos los que te conocen. No hay
quien no se haga lenguas de ti.
|-¡ Aduladora! Dime más bien si me das el consentimiento
que te pido.
-¿ No habías adivinado hace tiempo que yo no había de
negártelo?
-Para prometérmelo, contaba con tu bondad angelical.
-¡Si yo pudiera expresarte bien todo lo que me hace sentir ese
lenguaje tuyo!
En esta conferencia, como en todas las que los dos novios
tuvieron de ahí en adelante, Pablo se abstuvo cuidadosamente de
decirle á Modesta que la amaba.
Esforzóse siempre por no dejarle traslucir cuáles eran los
móviles que lo impulsaban á unirse con ella y por dejarle anchura
para suponer en él los sentimientos que más pudieran halagarla.
Pero su honradez y su amor á la verdad lo hubieran hecho
atragantarse con un
|te amo, y la estimación y el tierno
agradecimiento que profesaba á su prima le hubieran hecho sentir
como un desgarramiento del corazón al engañarla. Por lo demás, se
juzgaba bastante fuerte para poder conducirse toda su vida como si
por su esposa sintiese un amor igual al más acendrado y ardiente de
cuantos se han sentido en el mundo.
El lector no se sorprenderá si le contamos que los futuros
suegros no opusieron dificultad para que el asunto quedase
arreglado.
Como se hubiese convenido en que la celebración del matrimonio
se verificara dentro del término de tres meses, D. Leonardo dispuso
que Pablo permaneciera en la ciudad casi continuamente y que sólo
diera en ese lapso dos ó tres vueltas por las haciendas. Añadió que
él mismo daría otras si parecía necesario, á fin de que el novio
pudiera atender á las prevenciones del matrimonio.
Petrica no era torpe ni perversa; pero carecía, como carecemos
todos, de la penetración necesaria para analizar y calificar
acertadamente los sentimientos propios. De aquí el que cierto
despecho que excitó en ella la resistencia de su amiga á seguir
sus consejos fuera tomado por ella misma como amargura ocasionada
por la previsión de los males que aquélla se aparejaba
consintiendo en enlazarse con su primo.
Y de aquí el que sus entremetimientos, cada vez más frecuentes,
en lo atañedero á dicho enlace, tuvieran a sus propios ojos el
carácter de pruebas de interés por la suerte de Modesta. Diose, con
tesón, á espiar las acciones y las palabras de Pablo, de sus
padres y de cuantos los rodeaban, y á aprovecharse de cuanto
pudiera ofrecer pruebas de lo que tánto se empeñaba en hacer
patente. En sus pláticas con su amiga, nunca dejaba de sacar á
lucir los argumentos de que ya se había servido, reforzados con los
nuevos que le iban ocurriendo.
Cecilia, que había observado en Guátima que el pasto espiritual
era allí muy escaso, había dejado pasar sin acudir al tribunal de
la penitencia toda la larga temporada de tierra caliente.
Trató de acudir á él. Su madre le declaró que no había de
ocurrir á otro confesor que al que ella le eligiera, y se entendió
con un sacerdote de toda su satisfacción, al cual previno con
instrucciones acerca del modo como había de habérselas con su
penitente en orden á lo del casorio.
Hízole presente que el compromiso era serio y antiguo; que las
dos familias interesadas lo estaban á más no poder en que aquél se
respetase; que, si llegara á romperse, padecería el buen nombre de
Cecilia; y, últimamente, que ésta, de tiempo atrás, se estaba
manifestando resfriada y poco deseosa de cumplir la promesa que
tenía hecha á su pretendiente.
El confesor, cuando se le presentó la ocasión, á fin de
complacer á la madre de su penitente, le tocó á ésta el punto,
aunque de un modo somero y con circunspección y mesura. Mas lo poco
que dijo bastó y sobró para que Cecilia se percatara de la maniobra
de su madre.
Era Cecilia la misma obediencia y la docilidad misma: su
voluntad no habría podido apartarse un ápice de la de sus padres;
pero su corazón, sin que ella se lo quisiera consentir, se
sublevó contra la autoridad que quería imponérsele y hacerse
árbitro de sus afectos. La especie de intriga empleada por su madre
le fue tanto más antipática cuanto era innecesaria; y concurrió con
otras circunstancias á producir resultados opuestos á los que con
ella se había esperado conseguir.
La fijación de época para el matrimonio de Pablo no llegó á
oídos de Cecilia sino al cabo de algunos días. Al saberla, los
confusos y mal definidos sentimientos que habían estado agitándola
se fundieron en uno que le hizo tomar una peregrina resolución.
Ordenó á una sirvienta fuese á la casa de Jorge y le dijera que
viniese á hablar con ella. Sólo veinticuatro horas faltaban para
una de las visitas reglamentarias de aquella semana; pero Cecilia
temió que con el trascurso de las horas se aflojara el impulso que
le prestaba energía. Y con tanta razón lo temía, que no bien hubo
salido la mensajera, salió ella al balcón á ver si podía detenerla.
En un pestañear, había contemplado que el paso que iba á dar era
atrevido y quizás indecoroso.
Pero una vez encarada con Jorge, que acudió al llamamiento, le
fue preciso, para motivarlo, cumplir su resolución.
-Tengo, le dijo, que exigirle una cosa.
-Ya usted sabe que mi voluntad es la suya.
-Bien. Per usted me preguntará qué es lo que me mueve á hacerle
la exigencia.
-Si usted quiere, me lo explica. Si no, podrá mantener en
reserva ese motivo.
-Pues bien: quiero que nuestro matrimonio se verifique dentro de
dos meses.
-Yo quería hacer á Europa pedido de algunas cosas que me faltan
; pero si usted lo exige...
-Sí: lo exijo.
-Corriente. Hoy mismo hablaré con papá y con mamá.
Da. Clemencia hizo objeciones fundadas en lo del pedido. Pero
las personas débiles que, cediendo á un ímpetu momentáneo, han
llegado á desplegar energía, si no tienen tiempo para reflexionar
y acobardarse, saben ser obstinadas. Cecilia se mantuvo en sus
trece.
Mr Ánderson dijo
-¿Dos meses? Dos meses no está un tiempo demasiado cerco. Me
parece muy bien
En Bogotá no se habla sino de un grande y fastuoso baile que va
á interrumpir la monotonía de la vida que suelen llevar los
habitantes de la capital.
La familia de los Ibarzábales y la del señor Anderson están
invitadas y decididas á concurrir.
Las señoras mayores hubieran querido excusarse, señaladamente
Da. Mariana, que á pesar de haber visto colmada su más cara
esperanza, se siente bien aquejada de sus dolencias; pero no puede
resistir á la tentación de ir á regodearse viendo á su hijo
descollar y lucir en medio de la más selecta sociedad. Algo análogo
le pasa á la madre de Cecilia, y Da. Liboria se ve arrastrada por
el ejemplo de sus cuñadas.
Llega la fecha en que ha de verificarse la función. Y llega una
hora en que numerosos coches han acarreado la brillante
concurrencia, y en que, colmados ya los salones, los curiosos,
agolpados á la puerta de la casa, se despistojan por absorber y
asimilarse algo de lo que allá dentro se está gozando, por percibir
bien las sombras movedizas que se dibujan en las cortinas de las
ventanas, y por no dejar escapar ninguna nota de las que brotan de
la orquesta.
Cierto hechizo indescriptible se ha apoderado ya de los
concurrentes. Cada uno ha convenido consigo mismo en que, en
aquellas horas, no han de existir negocios, ni quehaceres, ni
preocupaciones, ni cuidados, ni pesares, ni porvenir oscuro. Hasta
para las envidias y los rencores ha de haber tregua.
En la vida ordinaria, los halagos para la imaginación y para
los sentidos se nos ofrecen aislados. Ahora nos deleita la
conversación amena; luégo la música; aquí la vista de las bellezas
naturales ó de las producidas por el arte, y la de la belleza
femenina; allá las viandas y los olores exquisitos.
En un baile se reúnen todas las seducciones, y cada una presta
más eficacia á las otras.
En aquél á que estamos asistiendo, el ambiente es luz, perfume
embriagador y susurro de conversaciones animadas, chispeantes y
ligeras, salpicadas de dulces confidencias y acaso de
ternezas.
Los grandes espejos, encamados unos á otros, se reproducen y
reproducen hasta una lontananza indeterminada las risueñas y
deslumbradoras imágenes que toman de los espléndidos salones.
En éstos, cada llama de bujía, no sólo contribuye á formar el
inmenso caudal de claridad, sino que parece una joya que embellece
el conjunto y que lo anima, como los ojos animan un semblante. Los
jardines han rendido larga cosecha, para que aquellos recintos se
rían y se inunden en aromas:
Las ricas y muelles alfombras, los muebles elegantes y de
maderas exquisitas, las pesadas cortinas, la porcelana, el
cristal, la plata, el bronce, la seda, todo lo más precioso que el
lujo aprovecha para deslumbrar, y el arte para crear sus
maravillas; todo allí sirve de adecuada decoración para el
espectáculo sin igual en que, poniéndose en juego afectos y
emociones no simulados, cada uno es actor y espectador á un tiempo
mismo.
Cecilia se lleva tras sí las miradas. Su larga ausencia de la
ciudad hace que se la mire como á estrella nueva de nuestro cielo.
Su larga permanencia en tierra cálida ha cubierto su semblante de
una palidez mate que realza sus encantos. Sobre los hombros,
divinamente modelados y por primera vez descubiertos, resaltan las
perfecciones de su rostro y de sus cabellos. Su traje blanco y
como de espuma de aire, no lleva otro adorno que un bejuquito por
la orilla del escote.
Modesta viste un traje de color de aurora, y según el voto de
muchos, debe contarse entre las mujeres que de mejor ornato sirven
á aquellos salones.
Da.
|
Clemencia lleva en la cabeza una diadema de
brillantes, y brillantes lleva en dondequiera que ha podido
acomodárselos. Su traje, de terciopelo verde-botella., deja
descubiertos el pecho y los hombros de marfil, que todavía dan
golpe; la nariz, un poco borbónica, y su mirada que, á fuerza de no
penetrar y de no ver obstáculos, se ha acostumbrado á ser serena é
imperiosa, comunica á su semblante algo de augusto.
Al encontrarse por primera vez la bizarra matrona con su futura
nuera,
-¡Qué linda estás, mi hijita, le dijo, pero qué mal vestida !
Mientras tú no pidas tus cosas á Europa….. ¡ Y ese
peinado!
En el baile, el ritmo de la música penetra los músculos y se
sustituye á la voluntad. Así, los cuerpos de los que valsan, giran
como arrebatados por una fuerza invisible y extraña sobre olas
melodiosas. Ese raudo girar es un placer que no divierte de los
otros que lo acompañan.
En los salones que hemos probado á describir, se mezclan los
trajes blancos con los de colores vivos, y el conjunto de las
parejas que bailan semeja torbellinos de nieve que arrastran
flores.
Jorge brilla por lo correcto de su traje y atavío. Lleva cuello
alto y cerrado, una flor grande al ojal, y los extremos de la
corbata prendidos con alfileres, cada uno de los cuales remata en
una perla. En su pechera no se descubre más que un botón, formado
de tres piedras.
Acaso hará memoria el lector de que, en cierto cumpleaños de
Modesta, Da. Mariana le había enviado un ramillete, dándole á
entender que era obsequio de Pablo.
Al principio del baile, yendo aquélla de bracero con Pablo, dio
con un ramillete magnífico que le llamó la atención, se detuvo á
mirarlo, y, mostrándole á su acompañante cierta flor rara y
preciosa,
-Mira, le dijo, yo no había visto otra flor como ésta sino en el
ramillete que tú me mandaste el día de mi cumpleaños.
-¿ Qué ramillete?, preguntó Pablo sorprendido y sin advertir
que cometía una sandez.
-¿ No lo recuerdas?
-Ah (repuso Pablo, sin caer en la cuenta de que acababa de
hacerla cerrada) sin duda fue que mi mamá….
-Eso fue, dijo Modesta con sequedad y con el rostro
encendido.
Ella había venido al baile esperando pasar horas muy agradables.
Pero el incidente del ramillete, que confirmaba cruelmente las
sospechas sugeridas por Petrica, quedó clavado en su pecho como
aguda espina.
Sin embargo, por momentos, podía más con ella la eficacia
embriagadora de cuanto la rodeaba.
Poco después, estaba valsando con Pablo. En. los ratos en que,
asida la una al brazo del otro, descansaban, se cruzaban entre
ellos algunas palabras. En uno de esos intervalos, quedaron cerca
de una pareja de enamorados que notoriamente estaban arrullándose
con ternura. Pablo y Modesta la miraron y en seguida se miraron
sonriéndose.
-¿Cómo es posible, dijo Modesta, que tú nunca hayas pronunciado
la palabra que tánto encanta á los que se quieren ? Dicen que la
dicha suprema consiste en amarse y estárselo repitiendo.
-Tú no te atreverías á decirme eso si creyeras serme
indiferente.
-Sabes responderme, pero no sabes dejarme contenta. ¿Porqué no
profieres esa palabra?
-No sé: tal vez la repugnancia á lo que lleva visos de
romanticismo.
-¿ Y será romanticismo declararme que sientes lo que es
indispensable que sientas para que nuestra unión sea prenda de
felicidad?
-Perdóname, perdóname que sea como soy. Ya sabes que para mí el
bien supremo consiste en hacerte feliz á ti.
-Eso pudieras decirlo por generosidad ó por otros motivos.
|-¡ Por otros motivos!
Al llegar aquí, el movimiento general los arrastró y el diálogo
quedó interrumpido.
Jorge pone con Cecilia la primera cuadrilla, llevando en la mano
el clac, con su monograma de plata pegado al ala.
Pablo y Modesta hacen frente á Jorge y Cecilia. Esta, que
aquella noche no ha visto á su primo sino de lejos, se fija con
agradable sorpresa en las ventajas que le procuran el traje de
etiqueta y el esmerado aliño. El frac, más ajustado á la cintura
que los sacos de que usa habitualmente, deja apreciar lo robusto
del pecho y de los hombros, sobre los cuales la cabeza se asienta
graciosamente, y los bien delineados contornos de aquel cuerpo de
esbelteza nerviosa y fuerte, s6lido sin tosquedad y erguido sin
tiesura.
El cabello, negro y echado hacia atrás, deja ver la frente
despejada y morena, pero menos bronceada por el sol que el resto de
las facciones. Su barba abundante, crespa y sedosa, se destaca
bizarramente sobre la blanca pechera.
Su ademán y sus movimientos sueltos y nunca estudiados, denotan
la fe en las propias fuerzas y el hábito de mandar y verse
obedecido
Cecilia, que desde los principios se ha mostrado alegre y llena
de animación, sufre el hechizo de cuanto la rodea. El movimiento;
la multitud de semblantes risueños y afables, que cuadra con la de
objetos y trajes preciosos que recrean la vista y halagan el gusto;
las ondas de armonía que agitan el aire; los perfumes y el aroma
de las flores; el esplendor de las luces que, atravesando millares
de prismas, arrojan destellos en que los colores del iris brillan
en toda su vividez y su pureza, todo, todo penetra en el alma
virgen de Cecilia, que se deja ganar por aquellos hechizos que
seducen y embriagan.
Todo en torno, todo en los ámbitos de la ciudad está ya
sepultado en sueño, tinieblas y silencio, cuando, para aquella
mansión del placer y de los pomposos alardes del lujo, llegan horas
en que nadie topa con una cara, siquiera sea la que la víspera
fuera la más desconocida, sin ver en ella la de un amigo en que se
desvanecen las líneas que suelen separar las edades y las
categorías; en que todo es bullicio y amable confusión. El
contagio de la alegría ha cundido por dondequiera.
Jorge, que no tiene muy buena cabeza que digamos, ha apurado
varias copas de champaña y se ha convertido en un bullebulle locuaz
y decidor. Por desdicha, no es el chiste el dón que la naturaleza
le ha otorgado más largamente, ni sus donaires son de la mejor ley.
Ha dado en andar recorriendo los salones llevando de brazo á
Cecilia y presentándola á todo el mundo como novia suya. Para las
presentaciones y para los gracejos prefiere hablar en inglés ó en
francés siempre que le parece que puede ser entendido. Por contera,
ha dado en requestar á Cecilia con arrumacos y zalamerías.
Mr. Anderson está también de bellísimo humor. Habíale cobrado
mucha ley á Pablo desde que
|estuvo un salvador de su hijo
Jorge, y Da. Mariana, por concomitancia, gozaba de las
simpatías y de las graciosas amabilidades del inglés.
Este, durante el baile, se constituyó
|cavaliere servente
suyo; y con obsequiosidad y obstinación que, en circunstancias
ordinarias, eran muy ajenas á su índole, se empeñó en llevarla de
bracero á recorrer salones y corredores. Si la dama se le ponía
roncera,
-Nosotros, le decía, no hemos ido á esta casa sino por
paranda.
Dos ó tres veces la condujo al buffet. Da. Mariana, temerosa de
que el golosear le hiciera daño, rehusaba lo que le ofrecía; pero
él porfiaba:
-Yo he leído que Hipo-crátes, el padre de la medicina, dijo que
es propio que se volvamos de tiempo á tiempo un poquita locos.
Ello fue que obligó á Da.
|
Mariana á comer sandwichs y
otras golosinas, á tomar helados y á beber madera y champaña.
Cecilia, invitada á bailar por un extraño, se le pierde á Jorge,
cosa que á ella no le pesa, pues ya le cargan sus ternezas y sus
bulliciosas y poliglotas expansiones.
Ella y Pablo se han seguido con la vista cuanto les ha sido
dable. Lo han hecho sin querer hacerlo; pero sus ojos se han
sentido atraídos irresistiblemente, y justamente porque se
buscaban sin reflexión se miraban sin disimulo.
Solo y cogitabundo estaba Pablo, inclinado sobre el barandal de
un corredor y sintiendo cómo la alegría de los demás aquilataba su
tristeza, cuando Cecilia, que salía sola del tocador de las
señoras, pasó por junto á él y, dándole un golpecito en el hombro
con el abanico,
|
|-¿
Qué tienes?, le preguntó.
Pablo, para no detenerla en el corredor, le ofreció el brazo y
los dos siguieron andando.
-¿ Que qué tengo? No tengo nada.
-Algo tienes: estás melancólico y preocupado. Vamos á buscar
dónde sentarnos.
Un saloncito de aquellos en que se bailaba se hallaba junto al
lugar de la orquesta. Mientras sonaba la música y se bailaba, era
fácil conversar en él con tanta reserva como en un yermo. A él
vinieron á dar Pablo y Cecilia, y se sentaron en un rincón. Ni en
medio del bosque más desierto hubieran podido encontrar sitio tan
adecuado para una conversación íntima y confidencial. Estaban tan
acompañados como lo exigía el decoro, y aun mucho más; pero se
sentían seguros de que nadie había de fijar la atención en
ellos.
-Mucho deseaba hablar contigo, dijo Cecilia á su primo. A todas
las personas de nuestra familia les has dado parte de tu
matrimonio, sólo á mí me has excluido. ¿ Es que quieres romper
conmigo? ¿ Qué te he hecho yo?
En esta última pregunta no había querido Cecilia poner más alma
que en las expresiones que le habían antecedido; pero, sin que ella
lo intentara, y gracias á la dulzura de su voz y á la habitual
suavidad de sus modales, parecía llevar el acento de tierna y
amorosa queja. Pablo, que la oyó como tal, se sintió conmovido
hasta lo íntimo de su sér.
-¿ Qué hubieras podido hacerme tú?, repuso Pablo con voz
temblorosa y acariciadora. Y aunque me hubieras agraviado,
continuó, aunque me hubieras abofeteado, yo habría besado la mano
que me ofendía.
Después de una pausa, prosiguió:
-Te aseguro que, si no te he hablado de aquello, ha sido por una
causa tal, que si la conocieras te reirías de mí ó me tendrías
compasión.
-No, no me reiría de ti : eso lo sabes muy bien. ¿ Te humillaría
el que yo te tuviera compasión?
-No.
-Entonces, si tu silencio no nace de algo que pueda ofenderme, ¿
porqué no me hablas con franqueza?
-¿ No te basta saber que mi reserva no nace de falta de cariño
ni de falta de confianza?
-No, no, no.
-Es que… es que hablar contigo de lo que quieres saber no
es lo mismo que hablar de eso con cualquiera otra persona. No puedo
vencer el empacho
-Está bien te admito esa excusa con tal que me contestes ahora:
¿ Estás contento? ¿ Esperas ser feliz?
-Ya tú sabes que nadie en el mundo puede ser feliz.
-No te me vengas con teologías. Tú sabes que eso no es contestar
á mi pregunta.
-Por Dios, no me obligues á responderte.
-¡ Ah! ¡ bueno, bueno! Ya sé lo que quería saber. Si te casaras
con esperanza de ser feliz, no tendrías reparo en decírmelo. Pero
dime: ¿cómo has podido contraer ese compromiso? Tú no has obrado
con libertad.
|
|-¿
Y quién hubiera podido forzarme?
-Mira, Pablo, todo se sabe. Ha habido quien te espíe y quien
averigüe muchas cosas, y quien converse de ellas.
Pablo dirigió á Cecilia una mirada tristísima.
-¡
|
|
Pobre Pablo!, dijo ella.
-Esta es la segunda vez que te oigo decir ¡ Pobre Pablo! ¡ Qué
triste estaba yo la primera vez que lo dijiste, ¡ pero quién
pudiera volver á esos tiempos!
|
|-¿
Te acuerdas de una conversación que tuvimos
cuando viniste de Las Palmas?
-¿ Cómo hubiera podido olvidarla?
-En ella te di á entender que quería que nunca se desmintiera la
franqueza que había reinado entre los dos: yo siempre he contado
con que tú habías de querer lo mismo.
-¿ Y lo dudas?
-Esta noche me has hecho dudarlo. Para ponerte á prueba, voy á
hacerte otra pregunta:
¿ De quién era el retrato que tenias en tu cuartico de tablas,
allá en Ayamonte?
-¿ Quién te dijo que yo tenía retrato ?
|-¿ No te digo que todo se sabe? Lo que no pude descubrir
fue de quién era la fotografía.
-Aquella era, dijo Pablo, tomándole una mano a su prima y
apretándola por un instante, aquella era la misma imagen que, para
gloria mía, ha estado impresa en mi corazón desde que tú y y yo
éramos niños.
Y viendo que la música estaba á punto de cesar, que Jorge iba
acercándose- y que tendría que interrumpirse aquella conversación,
dijo rápidamente y en voz muy baja:
-Cecilia mía, voy á casarme. Dedicaré mi vida á hacer feliz á mi
esposa; pero mi primer amor será el último.
Jorge, si no se hubiera detenido unos instantes cerca de la
puerta, habría podido notar en Cecilia las señales de una profunda
emoción. Venía siempre jovialísimo y chancerísimo, y dijo á
Pablo
-Hombre, Pablo, usted está cortejando á mi novia. Mañana le
mando mis padrinos.