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CAPÍTULO XVII
 



TENEMOS ya en la ciudad á todos los per­sonajes de nuestra historia. A todos sin excepción, dado que Pablo ha venido á acompañar á su tía Liboria y á Modesta, y ha de­terminado aprovechar esa venida para entender en varias incumbencias.

No bien se hubo Pablo dejado ver en Bogotá cuando empezó á ser interrogado ó bromeado por amigos y conocidos acerca de su enlace con Modesta, del cual supo que se hablaba como de cosa notoria. No dejaba esto de ser para él bastante significativo; pero era tortas y pan pintado en comparación con lo que en último lugar llegó á sus oídos. Llegó á sus oídos que Da. Clemencia decía: "¿ No ven las picardías del tal Pablo? Ahí dicen que está comprometiendo á su prima Modesta y haciéndole creer que la quiere y que se casa con ella."

Lo que decía esta mala lengua lo repetían otras no muy buenas, anteponiéndole el inevita­ble |se dice.

Irritado Pablo, á la vez que harto de agitacio­nes interiores y de conflictos, resolvió hacer lué­go lo que con dejar pasar tiempo no había de evitarse.

-He resuelto casarme cuanto antes, dijo á su madre.

-Dios te bendiga, hijo de mi corazón, ¿ Ves cómo sólo tu madre era capaz de acertar con lo que te convenía?

A la mañana siguiente, Da. Mariana estrenó su hábito de Nuestra Señora del Carmen, que es­taba bien aparejadito tiempo hacía.

En la noche del mismo día en que participó su resolución á su madre, Pablo habló con Modesta.

 

-¿ Me das tu consentimiento para pedir tu mano?

Modesta se sorprendió y tardó un poco en contestar

-¿ Y tú crees que yo sea capaz de hacerte feliz?

|-¿ A quién no podrías tú hacer feliz? No podré gozar de un instante de calma mientras no me vea unido contigo.

-¿ De veras? Todo el bien á que aspiro es poder hacerte feliz.

-Te hablo con entera sinceridad. ¿ Porqué dudas?

-Porque yo no merezco ser tuya.

-Calla esa boca. ¡ Tú, tú, tan buena, tan sen­sible, tan cariñosa, no habías de merecer, no digo ser esposa mía, sino serlo del mejor de los hombres!

-El bueno eres tú. Pregúntalo á todos los que te conocen. No hay quien no se haga len­guas de ti.

| Aduladora! Dime más bien si me das el consentimiento que te pido.

-¿ No habías adivinado hace tiempo que yo no había de negártelo?

-Para prometérmelo, contaba con tu bondad angelical.

-¡Si yo pudiera expresarte bien todo lo que me hace sentir ese lenguaje tuyo!

En esta conferencia, como en todas las que los dos novios tuvieron de ahí en adelante, Pa­blo se abstuvo cuidadosamente de decirle á Mo­desta que la amaba.

Esforzóse siempre por no dejarle traslucir cuáles eran los móviles que lo impulsaban á unirse con ella y por dejarle anchura para suponer en él los sentimientos que más pudieran halagarla. Pero su honradez y su amor á la verdad lo hu­bieran hecho atragantarse con un |te amo, y la estimación y el tierno agradecimiento que profe­saba á su prima le hubieran hecho sentir como un desgarramiento del corazón al engañarla. Por lo demás, se juzgaba bastante fuerte para poder conducirse toda su vida como si por su esposa sintiese un amor igual al más acendrado y ardiente de cuantos se han sentido en el mundo.

El lector no se sorprenderá si le contamos que los futuros suegros no opusieron dificultad para que el asunto quedase arreglado.

Como se hubiese convenido en que la cele­bración del matrimonio se verificara dentro del término de tres meses, D. Leonardo dispuso que Pablo permaneciera en la ciudad casi continua­mente y que sólo diera en ese lapso dos ó tres vueltas por las haciendas. Añadió que él mismo daría otras si parecía necesario, á fin de que el novio pudiera atender á las prevenciones del matrimonio.

Petrica no era torpe ni perversa; pero care­cía, como carecemos todos, de la penetración ne­cesaria para analizar y calificar acertadamente los sentimientos propios. De aquí el que cierto des­pecho que excitó en ella la resistencia de su ami­ga á seguir sus consejos fuera tomado por ella misma como amargura ocasionada por la previ­sión de los males que aquélla se aparejaba con­sintiendo en enlazarse con su primo.

Y de aquí el que sus entremetimientos, cada vez más frecuentes, en lo atañedero á dicho en­lace, tuvieran a sus propios ojos el carácter de pruebas de interés por la suerte de Modesta. Diose, con tesón, á espiar las acciones y las pala­bras de Pablo, de sus padres y de cuantos los ro­deaban, y á aprovecharse de cuanto pudiera ofre­cer pruebas de lo que tánto se empeñaba en ha­cer patente. En sus pláticas con su amiga, nunca dejaba de sacar á lucir los argumentos de que ya se había servido, reforzados con los nuevos que le iban ocurriendo.

Cecilia, que había observado en Guátima que el pasto espiritual era allí muy escaso, había de­jado pasar sin acudir al tribunal de la penitencia toda la larga temporada de tierra caliente.

Trató de acudir á él. Su madre le declaró que no había de ocurrir á otro confesor que al que ella le eligiera, y se entendió con un sacer­dote de toda su satisfacción, al cual previno con instrucciones acerca del modo como había de ha­bérselas con su penitente en orden á lo del ca­sorio.

Hízole presente que el compromiso era serio y antiguo; que las dos familias interesadas lo es­taban á más no poder en que aquél se respetase; que, si llegara á romperse, padecería el buen nombre de Cecilia; y, últimamente, que ésta, de tiempo atrás, se estaba manifestando resfriada y poco deseosa de cumplir la promesa que tenía hecha á su pretendiente.

El confesor, cuando se le presentó la ocasión, á fin de complacer á la madre de su penitente, le tocó á ésta el punto, aunque de un modo somero y con circunspección y mesura. Mas lo poco que dijo bastó y sobró para que Cecilia se percatara de la maniobra de su madre.

Era Cecilia la misma obediencia y la docili­dad misma: su voluntad no habría podido apar­tarse un ápice de la de sus padres; pero su co­razón, sin que ella se lo quisiera consentir, se su­blevó contra la autoridad que quería imponérsele y hacerse árbitro de sus afectos. La especie de intriga empleada por su madre le fue tanto más antipática cuanto era innecesaria; y concurrió con otras circunstancias á producir resultados opues­tos á los que con ella se había esperado conse­guir.

La fijación de época para el matrimonio de Pablo no llegó á oídos de Cecilia sino al cabo de algunos días. Al saberla, los confusos y mal de­finidos sentimientos que habían estado agitándola se fundieron en uno que le hizo tomar una pere­grina resolución. Ordenó á una sirvienta fuese á la casa de Jorge y le dijera que viniese á hablar con ella. Sólo veinticuatro horas faltaban para una de las visitas reglamentarias de aquella semana; pero Cecilia temió que con el trascurso de las horas se aflojara el impulso que le presta­ba energía. Y con tanta razón lo temía, que no bien hubo salido la mensajera, salió ella al balcón á ver si podía detenerla. En un pestañear, había contemplado que el paso que iba á dar era atre­vido y quizás indecoroso.

Pero una vez encarada con Jorge, que acudió al llamamiento, le fue preciso, para motivarlo, cumplir su resolución.

-Tengo, le dijo, que exigirle una cosa.

-Ya usted sabe que mi voluntad es la suya.

-Bien. Per usted me preguntará qué es lo que me mueve á hacerle la exigencia.

-Si usted quiere, me lo explica. Si no, po­drá mantener en reserva ese motivo.

-Pues bien: quiero que nuestro matrimonio se verifique dentro de dos meses.

-Yo quería hacer á Europa pedido de algu­nas cosas que me faltan ; pero si usted lo exige...

-Sí: lo exijo.

-Corriente. Hoy mismo hablaré con papá y con mamá.

Da. Clemencia hizo objeciones fundadas en lo del pedido. Pero las personas débiles que, ce­diendo á un ímpetu momentáneo, han llegado á desplegar energía, si no tienen tiempo para re­flexionar y acobardarse, saben ser obstinadas. Ce­cilia se mantuvo en sus trece.

Mr Ánderson dijo

-¿Dos meses? Dos meses no está un tiempo demasiado cerco. Me parece muy bien

 

 

En Bogotá no se habla sino de un grande y fastuoso baile que va á interrumpir la monotonía de la vida que suelen llevar los habitantes de la capital.

La familia de los Ibarzábales y la del señor Anderson están invitadas y decididas á concurrir.

Las señoras mayores hubieran querido excu­sarse, señaladamente Da. Mariana, que á pesar de haber visto colmada su más cara esperanza, se siente bien aquejada de sus dolencias; pero no puede resistir á la tentación de ir á regodearse viendo á su hijo descollar y lucir en medio de la más selecta sociedad. Algo análogo le pasa á la madre de Cecilia, y Da. Liboria se ve arrastrada por el ejemplo de sus cuñadas.

Llega la fecha en que ha de verificarse la fun­ción. Y llega una hora en que numerosos coches han acarreado la brillante concurrencia, y en que, colmados ya los salones, los curiosos, agolpados á la puerta de la casa, se despistojan por absor­ber y asimilarse algo de lo que allá dentro se está gozando, por percibir bien las sombras mo­vedizas que se dibujan en las cortinas de las ven­tanas, y por no dejar escapar ninguna nota de las que brotan de la orquesta.

Cierto hechizo indescriptible se ha apoderado ya de los concurrentes. Cada uno ha convenido consigo mismo en que, en aquellas horas, no han de existir negocios, ni quehaceres, ni preocupa­ciones, ni cuidados, ni pesares, ni porvenir oscuro. Hasta para las envidias y los rencores ha de ha­ber tregua.

En la vida ordinaria, los halagos para la ima­ginación y para los sentidos se nos ofrecen aisla­dos. Ahora nos deleita la conversación amena; luégo la música; aquí la vista de las bellezas na­turales ó de las producidas por el arte, y la de la belleza femenina; allá las viandas y los olores exquisitos.

En un baile se reúnen todas las seducciones, y cada una presta más eficacia á las otras.

En aquél á que estamos asistiendo, el am­biente es luz, perfume embriagador y susurro de conversaciones animadas, chispeantes y ligeras, salpicadas de dulces confidencias y acaso de ter­nezas.

Los grandes espejos, encamados unos á otros, se reproducen y reproducen hasta una lontanan­za indeterminada las risueñas y deslumbradoras imágenes que toman de los espléndidos salones.

En éstos, cada llama de bujía, no sólo con­tribuye á formar el inmenso caudal de claridad, sino que parece una joya que embellece el con­junto y que lo anima, como los ojos animan un semblante. Los jardines han rendido larga cose­cha, para que aquellos recintos se rían y se inun­den en aromas:

Las ricas y muelles alfombras, los muebles elegantes y de maderas exquisitas, las pesadas cor­tinas, la porcelana, el cristal, la plata, el bronce, la seda, todo lo más precioso que el lujo aprove­cha para deslumbrar, y el arte para crear sus ma­ravillas; todo allí sirve de adecuada decoración para el espectáculo sin igual en que, poniéndose en juego afectos y emociones no simulados, cada uno es actor y espectador á un tiempo mismo.

Cecilia se lleva tras sí las miradas. Su larga ausencia de la ciudad hace que se la mire como á estrella nueva de nuestro cielo. Su larga per­manencia en tierra cálida ha cubierto su semblan­te de una palidez mate que realza sus encantos. Sobre los hombros, divinamente modelados y por primera vez descubiertos, resaltan las perfec­ciones de su rostro y de sus cabellos. Su traje blanco y como de espuma de aire, no lleva otro adorno que un bejuquito por la orilla del escote.

Modesta viste un traje de color de aurora, y según el voto de muchos, debe contarse entre las mujeres que de mejor ornato sirven á aquellos salones.

Da. | Clemencia lleva en la cabeza una diadema de brillantes, y brillantes lleva en dondequiera que ha podido acomodárselos. Su traje, de ter­ciopelo verde-botella., deja descubiertos el pecho y los hombros de marfil, que todavía dan golpe; la nariz, un poco borbónica, y su mirada que, á fuerza de no penetrar y de no ver obstáculos, se ha acostumbrado á ser serena é imperiosa, comu­nica á su semblante algo de augusto.

Al encontrarse por primera vez la bizarra ma­trona con su futura nuera,

-¡Qué linda estás, mi hijita, le dijo, pero qué mal vestida ! Mientras tú no pidas tus cosas á Europa…..        ¡ Y ese peinado!

En el baile, el ritmo de la música penetra los músculos y se sustituye á la voluntad. Así, los cuerpos de los que valsan, giran como arrebata­dos por una fuerza invisible y extraña sobre olas melodiosas. Ese raudo girar es un placer que no divierte de los otros que lo acompañan.

En los salones que hemos probado á descri­bir, se mezclan los trajes blancos con los de colo­res vivos, y el conjunto de las parejas que bailan semeja torbellinos de nieve que arrastran flores.

Jorge brilla por lo correcto de su traje y ata­vío. Lleva cuello alto y cerrado, una flor grande al ojal, y los extremos de la corbata prendidos con alfileres, cada uno de los cuales remata en una perla. En su pechera no se descubre más que un botón, formado de tres piedras.

Acaso hará memoria el lector de que, en cier­to cumpleaños de Modesta, Da. Mariana le había enviado un ramillete, dándole á entender que era obsequio de Pablo.

Al principio del baile, yendo aquélla de bra­cero con Pablo, dio con un ramillete magnífico que le llamó la atención, se detuvo á mirarlo, y, mostrándole á su acompañante cierta flor rara y preciosa,

-Mira, le dijo, yo no había visto otra flor como ésta sino en el ramillete que tú me man­daste el día de mi cumpleaños.

-¿ Qué ramillete?, preguntó Pablo sorpren­dido y sin advertir que cometía una sandez.

-¿ No lo recuerdas?

-Ah (repuso Pablo, sin caer en la cuenta de que acababa de hacerla cerrada) sin duda fue que mi mamá….    

-Eso fue, dijo Modesta con sequedad y con el rostro encendido.

Ella había venido al baile esperando pasar horas muy agradables. Pero el incidente del ramillete, que confirmaba cruelmente las sospechas sugeridas por Petrica, quedó clavado en su pecho como aguda espina.

Sin embargo, por momentos, podía más con ella la eficacia embriagadora de cuanto la ro­deaba.

Poco después, estaba valsando con Pablo. En. los ratos en que, asida la una al brazo del otro, descansaban, se cruzaban entre ellos algunas pa­labras. En uno de esos intervalos, quedaron cer­ca de una pareja de enamorados que notoria­mente estaban arrullándose con ternura. Pablo y Modesta la miraron y en seguida se miraron sonriéndose.

-¿Cómo es posible, dijo Modesta, que tú nun­ca hayas pronunciado la palabra que tánto encanta á los que se quieren ? Dicen que la dicha suprema consiste en amarse y estárselo repitiendo.

-Tú no te atreverías á decirme eso si creye­ras serme indiferente.

-Sabes responderme, pero no sabes dejarme contenta. ¿Porqué no profieres esa palabra?

-No sé: tal vez la repugnancia á lo que lleva visos de romanticismo.

-¿ Y será romanticismo declararme que sien­tes lo que es indispensable que sientas para que nuestra unión sea prenda de felicidad?

-Perdóname, perdóname que sea como soy. Ya sabes que para mí el bien supremo consiste en hacerte feliz á ti.

-Eso pudieras decirlo por generosidad ó por otros motivos.

| Por otros motivos!

Al llegar aquí, el movimiento general los arras­tró y el diálogo quedó interrumpido.

Jorge pone con Cecilia la primera cuadrilla, llevando en la mano el clac, con su monograma de plata pegado al ala.

Pablo y Modesta hacen frente á Jorge y Ce­cilia. Esta, que aquella noche no ha visto á su primo sino de lejos, se fija con agradable sor­presa en las ventajas que le procuran el traje de etiqueta y el esmerado aliño. El frac, más ajusta­do á la cintura que los sacos de que usa habitual­mente, deja apreciar lo robusto del pecho y de los hombros, sobre los cuales la cabeza se asienta graciosamente, y los bien delineados contornos de aquel cuerpo de esbelteza nerviosa y fuerte, s6lido sin tosquedad y erguido sin tiesura.

El cabello, negro y echado hacia atrás, deja ver la frente despejada y morena, pero menos bronceada por el sol que el resto de las facciones. Su barba abundante, crespa y sedosa, se destaca bizarramente sobre la blanca pechera.

Su ademán y sus movimientos sueltos y nunca estudiados, denotan la fe en las propias fuerzas y el hábito de mandar y verse obe­decido

Cecilia, que desde los principios se ha mos­trado alegre y llena de animación, sufre el hechi­zo de cuanto la rodea. El movimiento; la multi­tud de semblantes risueños y afables, que cuadra con la de objetos y trajes preciosos que recrean la vista y halagan el gusto; las ondas de armo­nía que agitan el aire; los perfumes y el aroma de las flores; el esplendor de las luces que, atra­vesando millares de prismas, arrojan destellos en que los colores del iris brillan en toda su vividez y su pureza, todo, todo penetra en el alma virgen de Cecilia, que se deja ganar por aquellos hechi­zos que seducen y embriagan.

Todo en torno, todo en los ámbitos de la ciu­dad está ya sepultado en sueño, tinieblas y silencio, cuando, para aquella mansión del placer y de los pomposos alardes del lujo, llegan horas en que nadie topa con una cara, siquiera sea la que la víspera fuera la más desconocida, sin ver en ella la de un amigo en que se desvanecen las líneas que suelen separar las edades y las categorías; en que todo es bullicio y amable confusión. El con­tagio de la alegría ha cundido por dondequiera.

Jorge, que no tiene muy buena cabeza que digamos, ha apurado varias copas de champaña y se ha convertido en un bullebulle locuaz y de­cidor. Por desdicha, no es el chiste el dón que la naturaleza le ha otorgado más largamente, ni sus donaires son de la mejor ley. Ha dado en andar recorriendo los salones llevando de brazo á Cecilia y presentándola á todo el mundo como novia suya. Para las presentaciones y para los gracejos prefiere hablar en inglés ó en francés siempre que le parece que puede ser entendido. Por contera, ha dado en requestar á Cecilia con arrumacos y zalamerías.

Mr. Anderson está también de bellísimo hu­mor. Habíale cobrado mucha ley á Pablo desde que |estuvo un salvador de su hijo Jorge, y Da. Ma­riana, por concomitancia, gozaba de las simpatías y de las graciosas amabilidades del inglés.

Este, durante el baile, se constituyó |cavaliere servente suyo; y con obsequiosidad y obstina­ción que, en circunstancias ordinarias, eran muy ajenas á su índole, se empeñó en llevarla de bra­cero á recorrer salones y corredores. Si la dama se le ponía roncera,

-Nosotros, le decía, no hemos ido á esta casa sino por paranda.

Dos ó tres veces la condujo al buffet. Da. Mariana, temerosa de que el golosear le hiciera daño, rehusaba lo que le ofrecía; pero él porfiaba:

-Yo he leído que Hipo-crátes, el padre de la medicina, dijo que es propio que se volvamos de tiempo á tiempo un poquita locos.

Ello fue que obligó á Da. | Mariana á comer sandwichs y otras golosinas, á tomar helados y á beber madera y champaña.

Cecilia, invitada á bailar por un extraño, se le pierde á Jorge, cosa que á ella no le pesa, pues ya le cargan sus ternezas y sus bulliciosas y poliglotas expansiones.

Ella y Pablo se han seguido con la vista cuan­to les ha sido dable. Lo han hecho sin querer hacerlo; pero sus ojos se han sentido atraídos irresistiblemente, y justamente porque se busca­ban sin reflexión se miraban sin disimulo.

Solo y cogitabundo estaba Pablo, inclinado sobre el barandal de un corredor y sintiendo cómo la alegría de los demás aquilataba su tristeza, cuan­do Cecilia, que salía sola del tocador de las seño­ras, pasó por junto á él y, dándole un golpecito en el hombro con el abanico,

| |-¿ Qué tienes?, le preguntó.

Pablo, para no detenerla en el corredor, le ofreció el brazo y los dos siguieron andando.

-¿ Que qué tengo? No tengo nada.

-Algo tienes: estás melancólico y preocu­pado. Vamos á buscar dónde sentarnos.

Un saloncito de aquellos en que se bailaba se hallaba junto al lugar de la orquesta. Mientras sonaba la música y se bailaba, era fácil conversar en él con tanta reserva como en un yermo. A él vinieron á dar Pablo y Cecilia, y se sentaron en un rincón. Ni en medio del bosque más de­sierto hubieran podido encontrar sitio tan ade­cuado para una conversación íntima y confiden­cial. Estaban tan acompañados como lo exigía el decoro, y aun mucho más; pero se sentían seguros de que nadie había de fijar la atención en ellos.

-Mucho deseaba hablar contigo, dijo Cecilia á su primo. A todas las personas de nuestra fa­milia les has dado parte de tu matrimonio, sólo á mí me has excluido. ¿ Es que quieres romper conmigo? ¿ Qué te he hecho yo?

En esta última pregunta no había querido Cecilia poner más alma que en las expresiones que le habían antecedido; pero, sin que ella lo intentara, y gracias á la dulzura de su voz y á la habitual suavidad de sus modales, parecía llevar el acento de tierna y amorosa queja. Pablo, que la oyó como tal, se sintió conmovido hasta lo íntimo de su sér.

-¿ Qué hubieras podido hacerme tú?, repu­so Pablo con voz temblorosa y acariciadora. Y aunque me hubieras agraviado, continuó, aunque me hubieras abofeteado, yo habría besado la mano que me ofendía.

Después de una pausa, prosiguió:

-Te aseguro que, si no te he hablado de aquello, ha sido por una causa tal, que si la cono­cieras te reirías de mí ó me tendrías compasión.

-No, no me reiría de ti : eso lo sabes muy bien. ¿ Te humillaría el que yo te tuviera com­pasión?

-No.

-Entonces, si tu silencio no nace de algo que pueda ofenderme, ¿ porqué no me hablas con franqueza?

-¿ No te basta saber que mi reserva no nace de falta de cariño ni de falta de confianza?

-No, no, no.

-Es que… es que hablar contigo de lo que quieres saber no es lo mismo que hablar de eso con cualquiera otra persona. No puedo ven­cer el empacho

-Está bien te admito esa excusa con tal que me contestes ahora: ¿ Estás contento? ¿ Es­peras ser feliz?

-Ya tú sabes que nadie en el mundo puede ser feliz.

-No te me vengas con teologías. Tú sabes que eso no es contestar á mi pregunta.

-Por Dios, no me obligues á responderte.

-¡ Ah! ¡ bueno, bueno! Ya sé lo que quería saber. Si te casaras con esperanza de ser feliz, no tendrías reparo en decírmelo. Pero dime: ¿cómo has podido contraer ese compromiso? Tú no has obrado con libertad.

| |-¿ Y quién hubiera podido forzarme?

-Mira, Pablo, todo se sabe. Ha habido quien te espíe y quien averigüe muchas cosas, y quien converse de ellas.

Pablo dirigió á Cecilia una mirada tristísima.

| | Pobre Pablo!, dijo ella.

-Esta es la segunda vez que te oigo decir ¡ Pobre Pablo! ¡ Qué triste estaba yo la primera vez que lo dijiste, ¡ pero quién pudiera volver á esos tiempos!

| |-¿ Te acuerdas de una conversación que tu­vimos cuando viniste de Las Palmas?

-¿ Cómo hubiera podido olvidarla?

-En ella te di á entender que quería que nunca se desmintiera la franqueza que había rei­nado entre los dos: yo siempre he contado con que tú habías de querer lo mismo.

-¿ Y lo dudas?

-Esta noche me has hecho dudarlo. Para ponerte á prueba, voy á hacerte otra pregunta:

¿ De quién era el retrato que tenias en tu cuartico de tablas, allá en Ayamonte?

-¿ Quién te dijo que yo tenía retrato ?

|-¿ No te digo que todo se sabe? Lo que no pude descubrir fue de quién era la fotografía.

-Aquella era, dijo Pablo, tomándole una mano a su prima y apretándola por un instante, aquella era la misma imagen que, para gloria mía, ha estado impresa en mi corazón desde que tú y y yo éramos niños.

Y viendo que la música estaba á punto de ce­sar, que Jorge iba acercándose- y que tendría que interrumpirse aquella conversación, dijo rápida­mente y en voz muy baja:

-Cecilia mía, voy á casarme. Dedicaré mi vida á hacer feliz á mi esposa; pero mi primer amor será el último.

Jorge, si no se hubiera detenido unos instantes cerca de la puerta, habría podido notar en Cecilia las señales de una profunda emoción. Venía siem­pre jovialísimo y chancerísimo, y dijo á Pablo

-Hombre, Pablo, usted está cortejando á mi novia. Mañana le mando mis padrinos.

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