CAPÍTULO XV
EN ESOS mismos días recibió Modesta una carta de la prima Petrica,
carta de la cual trascribimos un par de fragmentos:
"Modestica mía, amiga y hermana de mi corazón,
"Tu cartica del día I8 me demuestra lo mucho que me quieres,
pero me hace comprender que tú te resistes á tener conmigo una
confianza tan grande como la que yo tengo contigo. Las confidencias
que me haces son casi las mismas que pudieras hacerle á una
extraña. ¿ No adviertes cuánto debe lastimarme esta reserva
tuya?
"Pero, á pesar de ella, trasluzco que va adelante aquello que
tánto me espanta.
"Por Dios, por Dios, queridita mía, no dejes sorprender tu
corazón. Ya sé que Pablo es caballero y que sus sentimientos son
los más nobles; pero es preciso que sepas que los más de los
desengaños que hemos visto lamentar no han sido causados por
canallas sino por personas que, si se hubiera tratado de cosas de
intereses ó de cualquier otro asunto, se habrían horrorizado de
parecer poco leales.
"Créeme, por Dios: tú no sabes lo que son la viudez anticipada y
el vacío que atormentan toda la vida á la infeliz que ha sido
víctima de un desengaño. Ya sabes que aludo á mí misma; y deberías
aprender de mí á ser franca y á tener confianza
"He ido muchas veces á tu casa á ver si los pajaritos y las
flores están bien cuidados; y he tenido muchas ocasiones de hablar
con Micaela. Mucho de lo que ella me cuenta me hace sospechar que
las atenciones con que Pablo ha empezado de golpe á favorecerte, no
se deben sino á maniobras de mi tía Mariana, que sin duda está
empeñada en que Pablo se case contigo"
Aquí hay que advertir que la Micaela mencionada era una antigua
criada de Da. Liboria, tan fiel y apegada á la familia como
entremetida y picotera.
Cualquiera que fuese el concepto que á Modesta le merecía el
juicio de su corresponsal, aquella carta y otras del propio tenor y
de la misma procedencia que recibió, no podían dejar de inquietarle
el ánimo y de disponerla á proceder como quien anda desconfiado y
receloso.
Merced á ello, creyó advertir que los obsequios y finezas de
Pablo para con ella, parecían como arreglados á un ceremonial,
mientras aquellos que dirigía á Cecilia eran, á su modo de ver,
arranques de cariño imprevistos é irresistibles. El lector, que
está más en autos que Modesta de lo que pasaba en el corazón de su
primo, echará de ver que ella no se engañaba.
Por aquellos mismos días recibió D. Jacobo una Carta de Jorge,
en la que, después de disculparse de la falta en que había
incurrido, comunicaba que, para desempeñar cierta comisión de su
padre, iba á hacer una correría por varios de los puertos del
Magdalena, y que de regreso para la Sabana llegaría á San Rafael y
haría la visita que tenía anunciada.
No habiéndosele aún hecho á Jorge la cortés invitación de D.
Leonardo para que viniese á Guátima, aquel aviso hacía
indispensable el volver á trasladarse al pueblo, cuando se fuera
acercando el día de la visita.
Tres ó cuatro faltaban para que aquél llegase, cuando una noche
en que la familia estaba reunida en el corredor de afuera, llegó un
peón trayendo una carta del Cura de San Rafael, en la que
participaba á D. Jacobo que Jorge acababa de llegar, traído en una
camilla y gravemente enfermo de fiebre, y que el mismo Cura,
conocedor de las relaciones que unían al enfermo con la familia, lo
había hecho alojar en a casa que ésta ocupaba.
Todos se quedaron atónitos y consternados al recibir esta nueva,
y todos, menos Pablo, empezaron á conferenciar sobre lo que debía
hacerse en aquella emergencia Pablo salió del corredor y, después
de haber permanecido afuera por algunos minutos, volvió y, con su
voz llena y vibrante, dijo:
-Todo está ya dispuesto para que mañana muy temprano se vayan
para San Rafael mi tío Jacobo, mi tía Lucía y Cecilia. Yo parto
ahora mismo á hacer todo lo que sea posible en favor de Jorge.
Felipe me acompañará, y á prevención, llevo dos mulas de
repuesto.
Da. Mariana, sobresaltada al ver que Pablo iba á emprender el
viaje á hora tan desusada y estando la noche oscurísima, trató de
disuadirlo; Modesta se atrevió á apoyarla; pero D. Leonardo declaró
que lo que Pablo había dispuesto era lo único que podía disponerse,
y que el viaje que se proponía hacer era infinitamente menos
peligroso que el que habitualmente hacía al volver del cafetal.
En los momentos en que Pablo se estaba disponiendo para montar,
Cecilia buscó manera de verse con él á solas; la halló fácilmente;
pero, una vez encarada con su primo, no supo qué decirle, ó no se
atrevió á declararle lo que sentía. Cuando él partió, Cecilia lo
siguió con la vista y con el oído hasta que la oscuridad y la
distancia no le dejaron verlo ni sentir los pasos de las
cabalgaduras.
Pablo halló á Jorge asistido por el Cura y por algunas señoras
del pueblo, y en una situación que le pareció desesperada. Los
síntomas eran los de la fiebre perniciosa del Magdalena.
A tres leguas de distancia estaba una población en que residía
un médico reputado como el más práctico y más hábil para la
curación de la fiebre; Pablo pensó enviar á Felipe á llamarlo; pero
luégo discurrió que diligencia tan importante no debía confiarse á
nadie. Administró á Jorge una dosis de quinina mucho mayor que
otras que ya se le habían administrado, y se puso en camino seguido
de su paje y llevando las dos mulas que, con acertada previsión,
había traído de Guátima.
Ya había pasado la media noche cuando se puso á llamar á la
puerta del doctor. Costóle gran trabajo hacerse recibir de él;
expúsole el caso, pero no pudo reducirlo á que lo acompañara. Lo
que recabó de él fue que, después de oír la descripción del estado
del enfermo, le diera instrucciones sobre lo que se debía
practicar.
-Administre usted al enfermo otra dosis de quinina como la que
dice haberle dado. Si á las seis horas no se presenta la crisis,
está perdido.
-Doctor, respondió Pablo, usted me mata con ese pronóstico. Si
usted supiera…. No se trata simplemente de salvar una vida:
hay una cuestión, hay algo que no puedo explicar á usted en estos
momentos, que hace esta situación tan grave y tan delicada ¿
De veras, de veras, no quedará más recurso?
-¡ Ah, si yo pudiera ir! Pero es imposible. Mi mujer está en un
peligro poco menos grave que el de su enfermo Mire usted, si
esa fiebre no hace crisis con la quinina, la muerte es casi segura
…. No quedaría sino un arbitrio extremo y
arriesgadísimo
|
|-¿
Cuál, doctor?
-Una gran dosis de estricnina. Esto podría levantarle las
fuerzas, y quizás ….
|-¿ Usted en lugar mío echaría sobre sí la
responsabilidad…..?
-No lo sé…. Esa medicina hasta podría acelerar un
desenlace funesto.
-¡ Dios mío, qué perplejidad tan cruel! Pero dice usted que si
el mal resiste á la última dosis de quinina….
-Sí, sí: la muerte es inevitable.
-Pues bien: asumo la responsabilidad.
Pablo llegó solo á San Rafael. La mula del paje y las otras dos
se habían quedado por el camino medio muertas de fatiga.
Con ayuda de un termómetro de que el doctor lo había provisto,
se persuadió de que la fiebre de Jorge no había cedido. Además, su
postración parecía mayor.
Apresuróse á administrarle la nueva dosis de quinina, y se puso
á observar al enfermo sin quitar la vista del reloj.
¡ Con qué escrupuloso esmero, con qué latidos de su corazón,
espió todos los movimientos de Jorge! ¡ Con qué angustia y con qué
temblor de manos observó el termómetro después de aplicarlo una y
otra vez á la axila del enfermo!
Su perturbada imaginación le representaba á Cecilia acusándolo
de la muerte de su prometido, y á Da. Clemencia llamándolo asesino
de su hijo.
Iba viendo acercarse el término fatal, y se preguntaba, cada vez
mas acongojado, si merecería aquella acusación absteniéndose de
ocurrir á la peligrosa medicina, ó llevándola á los labios de
Jorge.
Ya había consultado el caso con el Cura y con todos los que
acompañaban al enfermo, y nadie había osado compartir con él la
tremenda responsabilidad, dándole consejo.
Trascurrieron los 360 minutos, sin que asomara una
esperanza.
Cuando iba corriendo el siguiente, Pablo ya no se sintió
preocupado por la perplejidad que lo atosigara, ahora lo que le
ocurrió y lo que lo llenó de mortal afán fue la idea de que por su
cobardía se estaba perdiendo un tiempo precioso; y, echándose en
cara el haber perdido tinos instantes, introdujo en la boca de su
rival lo que nadie podía saber si era la vida ó la muerte.
Veinte minutos después Jorge empezó a moverse y á poco se
incorporó en la cama y dirigió á todos lados una mirada incierta,
pero no dio muestras de conocer á los que lo rodeaban. Tornó á
tenderse y á cortos intervalos trataba de volverse á incorporar,
demostrando cada vez mas fuerzas. De cuando en cuando, se agitaba
con ligeros sacudimientos en los brazos y las piernas.
Cuando, dos horas después de haber amanecido, llegaron á San
Rafael D. Jacobo, su mujer y su hija, el enfermo pudo conocerlos. A
cosa de las diez de la mañana, el termómetro patentizaba el
descenso de la fiebre, y al mediodía pudo considerarse asegurada la
curación. Da. Lucía no se apartaba de la cabecera del enfermo y,
contestando á sus preguntas, lo iba enterando de lo que había
pasado.
Entretanto, el Cura les refería á los demás de la familia, en
una pieza distante de la del enfermo, los sucesos de aquella noche
y se hacía lenguas de la actividad y del valor de Pablo. Sin acabar
de oír su relato, Cecilia había salido y buscado un sitio repuesto
para no dejar conocer su agitación. Sentíase poseída de una lástima
ternísima por Jorge, del horror que le inspiraba la idea de que
hubiera muerto, y de un sentimiento por Pablo que ella calificaba
de gratitud, pero que era demasiado vivo y ardiente para no ser más
que gratitud.
Por la mañana, Pablo había espiado el momento en que se abriera
la oficina telegráfica y había comunicado á una persona discreta y
amiga de Mr. Anderson lo que había ocurrido con Jorge.
A las nueve de la noche, llegó el inglés, triturado por la
larguísima jornada y llevando consigo al doctor Leiva Gayón, médico
de su casa, profesor de la más moderna escuela. Era éste uno de los
que, en Bogotá, habían tenido á su cargo la curación de Cecilia y
de los que habían aconsejado su traslación á tierra caliente.
Este facultativo aplaudió el tratamiento aconsejado por su
colega y mucho más la valentía y decisión de Pablo, á quien, según
él, se debía la salvación de Jorge
Enterado Mr. Anderson de todo lo ocurrido é incurriendo en el
mayor enternecimiento que cabía en su alma británica, dio á Pablo
un violento apretón de manos y le dijo: "My very dear, D. Pablo,
usted ha estado un salvador de mi hijo Jorge. Yo soy muy
enteramente agradecido á usted."
Muy enteramente agradecido estaba; pero estaba más enteramente
magullado por la violenta jornada. Por lo cual y por el deseo de
acompañar á Jorge en el principio de su convalecencia, determinó
prolongar por algunos días su mansión en San Rafael. Aficionóse al
baño en el río, á pesar de que de él solía volver con el cuerpo
cuajado de unas garrapatitas que lo atosigaban y de que no se veía
libre sino con la aplicación de unturas.
Cuatro ó seis días había pasado allí, cuando empezó á sentir
dolor en cierto punto de una pierna. Tras el dolor vino la
hinchazón y tras una y otra cosa vino fiebre y notable
malestar.
El doctor Leiva Gayón hizo cuanto estaba en su mano, ó por mejor
decir, en su cabeza, para calificar aquella dolencia; pero su saber
no se manifestó sino en que á la hinchazón la llamaba
|tumefacción ó
|absceso
Este crecía, crecía el dolor y subía la fiebre. El facultativo
recetaba tópicos y sedativos; pero todo era inútil. Parecíale á
veces que debía sajar el tumor, pero no acababa de resolverse á
sacar el bisturí.
Ya el paciente, la familia de D. Jacobo, y el médico mismo
habían entrado en cuidado.
A Guátima había llegado la noticia del conflicto. Da. Mariana
escribió á D. Jacobo haciéndole presente que urgía tratar de que
Mr. Anderson se bautizara y se preparara para la muerte, y
aconsejándole que lo hiciese conferenciar con el señor Cura.
A tal extremidad habían llegado las cosas cuando á cierto vecino
del pueblo, ya enterado del caso, se le ocurrió preguntar si el
señor Anderson, cuando iba al baño, andaba sin precaución y con las
piernas desnudas por entre los matorrales de la orilla del río.
Informado de que así lo había hecho, declaró rotundamente que lo
que tenía era un
|nuche. El médico se sonrió desdeñosamente
al oír este nombre, que no figuraba en el largo catálogo que él
conocía de las enfermedades que afligen al pobre género humano.
Pero la opinión de este vecino fue decididamente confirmada por la
de muchos otros, y hubo de tomarse la resolución de seguir el
consejo que todos los opinantes daban, de extraer el bicho por el
método conocido y aplicado en todas las tierras plagadas de nuches,
que son las de temperatura no muy alta en que abundan malezas.
El paciente, no sin repugnancia, se allanó á sufrir la operación
aconsejada. Llamóse para que la ejecutase á un indio sabanero muy
bruto que había trabajado en trapiches y cafetales y era reputado
insigne extirpador de nuches.
Este dispuso que, unas horas antes de la operación, se aplicase
á la parte enferma un apósito de cabos de cigarro mascados,
confección que él mismo se prestó gustosísimo á preparar.
Llegó el momento, el operador, empleando los dos pulgares y no
sabemos cuántos caballos de fuerza, apretó el tumor como para
oprimirlo. Pero antes que se viera el resultado, Mr. Anderson,
fulminando denuestos en inglés y repitiendo con gran vehemencia una
interjección castellana asaz castiza, aunque mal pronunciada, le
asió fuertemente las manos al indio, con lo que la maniobra quedó
sin efecto.
Se instaba al enfermo que se dejara operar, pero él le decía á
D. Jacobo:
-No, no, no operación. Yo mejor aguardo que el
|mucha se
muere de su edad.
-De mi edad! exclamó D. Jacobo, muerto de risa.
-No, intervino Leiva Gayón, pudiendo apenas contener la suya. Lo
que Mr. Anderson quiere decir es que prefiere aguardar á que el
bicho se muera naturalmente; es decir, que se muera de viejo.
-¿Y antonces, terció el indio, pa qué jue el chicote mascao ? Ai
han de ver que el nuche está muerto.
El enfermo se resistía obstinadamente á volver á ponerse en
manos del indio; pero á D. Jacobo se le ocurrió decirle:
-¡
|
|
Inglés y tan cobarde!
-Inglés tan cobarde, no; inglés tan cobarde, no, exclamó el
enfermo, y llamó al sayón y le ofreció la pierna, sin dejar de
repetir :
|inglés tan cobarde, no.
Pero ahora la lucha hubo de ser con el indio.
-Pus yo con tua verdá les digo á sumercedes que lo que es á un
gúey ú á un perro, con perdón de sumercedes, sí le sé sacar el
nuche. Ai está mi amo Torcuatro, que asiste en el propio pueblo,
que lo diga. Yo lestao trabajando tres ú dos años y yo he sio,
aunque me pese el decirlo, el que lé esnuchao siempre el ganao.
Prigúnteles sumercedes sino esnucho en menitos un güey anque esté
empredao dende la cabeza hasta las patas, y mas que los nuches
estén ya tamaños como mi deito chiquito y llenos de pelos. Pero á
los patrones como sumercedes sí me da á yo como miedo é
manosiarlos, y tal
|vez pueso jue que no hice harta
juerza.
El marrullero indio se hizo de rogar, y no cedió al cabo sino al
ofrecimiento de una buena gratificación.
La cosa tuvo éxito satisfactorio. Con el nuevo apretón, por la
misma parte de la piel en que fuera depositada la cresa origen del
endemoniado gusano, salió éste inanimado aunque entero, dejando un
agujerito de que manó algo de sangre.
La curación quedó consumada con la extirpación de lo que era
causa del mal; y Mr. Anderson, sin tornar á bañarse en el río, tomó
la vuelta de la capital.
El doctor Leiva Gayón permaneció por algunos días en San Rafael
y durante ellos se aplicó á examinar el estado de Cecilia; pareció
sorprendido de que su dolencia hubiese resistido á los
tratamientos, que se habían empleado y á la acción de la tierra
caliente; prescribió un nueva régimen, y en vista de los datos que
se le suministraron, confirmó el parecer de los que opinaban que á
la enferma le convenía más el clima de Guátima que el de San
Rafael. Además, siendo, no sólo médico de la casa, sino amigo
íntimo de la familia de Anderson, ofreció, al ir á regresar á
Bogotá, que dentro de poco volvería á ver á la novia de su
amigo.
La convalescencia de éste fue larga y penosa, y durante ella
Cecilia desempeñó para con él oficios de solícita enfermera.
Da. Clemencia, noticiosa de todo lo que había pasado, solía
decir: "Con razón nunca me ha entrado el tal Pablo: ¿ se ha visto
hombre tan bárbaro como ese, que va á poner á mi hijo en manos de
un mediquín de pueblo y á darle él mismo esa toma de estricnina?
¡Hasta pudo haberlo envenenado!"
Ha pasado tiempo. D. Leonardo y Pablo han lado una vuelta por
Las Palmas. Jorge, sano y sonrosadito ya como una manzana, está en
su casa. Guátima ha recibido de nuevo a sus antiguos huéspedes, y
allí miden las tranquilas horas, amén de los sones del cuerno que
convoca á los peones para el almuerzo y para la comida, los
pacíficos entretenimientos y ejercicios que desde el principio de
la temporada fueran acostumbrados.
La cadena que ataba á Pablo, bastante fuerte desde los
principios, vino á hacerse más inquebrantable, merced á dos
acontecimientos.
Gabriel, que infatigablemente, aunque con rara discreción y
delicadeza, había seguido cortejando á Modesta, pidió por fin su
mano. D. Leonardo y su mujer defirieron á lo que ella decidiese
acerca del particular y recibieron de su hija el encargo de
contestar á su pretendiente que estimaba como quien más sus
relevantes prendas y que se tendría por muy honrada en seguir
llamándose amiga suya; pero que no se sentía inclinada á
corresponder al honor que él quería dispensarle. Como D. Leonardo
habló del asunto con el desparpajo con que los trataba todos, Pablo
quedó enterado de lo que había ocurrido. Las muestras de
preferencia que Modesta estaba dándole hacía ya bastante tiempo no
le dejaban duda de que los nones echados por su prima se debían al
cariño que ésta le profesaba.
"Ahora, se decía, ahora que Modesta ha rehusado un enlace á
todas luces ventajosísimo, por tenerme entregado su afecto, yo si
no la tomara por esposa, cometería una crueldad de que no me siento
capaz, y tal que, si la cometiera, me atarazaría el alma toda mi
vida aunque me fuera dable disfrutarla al lado de Cecilia."
Una noche lóbrega y borrascosa en que de todas las cañadas subía
el bramar de los torrentes formados ó acrecentados por una lluvia
inclemente, le retentó su mal á Da. Mariana. Cayó primero en
desmayo, y cuando hubo vuelto, sintió opresión y palpitaciones en
el pecho y empezó á tiritar como los que padecen el frío de las
tercianas.
Llena de temor y de congoja, rogó que inmediatamente se enviase
al pueblo por el Cura y, si era posible, por un médico. Era de todo
punto imposible complacerla, y fue preciso engañarla asegurándole
que ya habían partido mensajeros á cumplir con sus órdenes.
Hallándose en aquel lastimoso estado, manifestó deseo de hablar
reservadamente con D. Leonardo y con Da. Liboria.
-Hermanos de mi alma, les dijo con voz anhelosa, cuando se vio
sola con ellos, conozco que voy á morirme y que no puedo llegar al
día de mañana. Para morir tranquila, necesito desahogar con ustedes
la pena que más me oprime. Mí idea fija, la esperanza que me ha
hecho soportable la vida desde que me comencé á ver enferma y
separada de mi hijo, ha sido la de que éste se case con Modesta. No
puedo explicarles á ustedes, hallándome en esta apretura, cuántos
motivos tengo para anhelarlo. Básteme repetir que de la seguridad
de que eso se realice depende que yo pueda morir tranquila.
-Vaya, vaya, dijo D. Leonardo, déjate de pensar en que vas á
morirte. Mira, con sólo haberte distraído unos momentos hablando
con nosotros, te has mejorado sensiblemente. Dios ha de darte
tiempo de sobra para que podamos tratar con sosiego de la suerte de
nuestros muchachos.
-Por mi parte, intervino Da. Liboria, ¿ qué puede haber que no
haga por tenerte contenta? Ahora, cálmate y procura dormir.
-Ya sé lo buenos que son todos mis hermanos para conmigo. ¡ Dios
los bendiga!
Después de una pausa,
-Ya ustedes habrán notado, añadió, que Modesta y Pablo
manifiestan estar muy inclinados á la unión que yo deseo. Pablo
nada tiene, pero creo que sabe trabajar y tal vez ….
-No te esfuerces por decirnos lo que ya sabemos, repuso D.
Leonardo. Pablo es para mi como un hijo; más que un hijo, si
cupiera en lo posible ser más que hijo.
Estas palabras fueron cordial eficacísimo. La enferma no tardó
en dormirse. Todo el patatús había sido efecto de una
indigestión.
Pasajera había sido aquella novedad; mas para Pablo tuvo serias
consecuencias. Habituado como estaba, á esforzarse por no oír lo
que de él se estuviera hablando, ya fuera agradable, ya
desagradable, se empeñó en no percibir una palabra de la
conversación aquella
|in articulo mortis, ni de otras á que
ésta dio margen. ¿ Pero qué valía su delicado proceder contra el
hipo de bromear y de desembucharlo todo que aquejaba á D. Leonardo?
El parlero tío empezó á decir como para sí, pero de modo que Pablo
pudiese oírlo: Siempre tendremos en la familia religiosos que nos
encomienden á Dios.… Religiosos de los de á dos en
celda."
Estas chanzonetas y otras por el mismo arte, le hacían patente á
Pablo que su tío acogía gustoso la idea de su enlace con Modesta, y
discurría: "Ya, si rehusara tal enlace, no sólo abreviaría los días
de mi madre y despedazaría el corazón de Modesta, que tánto me
quiere, sino que dejaría desairado y burlado al que tan
generosamente hace para mí veces de padre.
No hay para qué decir que Da. Liboria pensaba como su marido. El
matrimonio con Pablo daba al traste con el proyecto de Modesta de
hacerse religiosa, proyecto que con tánto horror había mirado
siempre su madre.
Pocos días después, se hallaban Pablo y Modesta en un extremo
del corredor que daba al camino, mientras, en el otro extremo, D.
Leonardo conferenciaba con un tolimense muy bien portado, espigado
y airoso que había venido con la pretensión de comprar la hacienda
de Las Palmas.
Cuando el tolimense quiso marcharse, D. Leonardo le instó que lo
acompañara á comer, añadiendo: "Comeremos más y comeremos menos."
El invitado se excusó cortésmente, se despidió, se puso el sombrero
de alta copa y de funda blanca y los zamarros de tela encauchada,
recogió el cabestro de su mula, que estaba atada á una de las
columnas del corredor, le deshizo las arrugas á la sábana que
cubría el asiento del galápago, se terció al hombro la ruana blanca
doblada, montó y partió taloneando la mula, la que salió coleando y
á trote largo.
Pero no había andado cincuenta pasos cuando el tolimense se
volvió; y sin desmontarse dijo á
|
D. Leonardo:
-Conque quedamos en eso: usted medita mi propuesta; y dentro de
algunos días, cuando yo regrese de Bogotá, paso por aquí y volvemos
á hablar.
-Lo dicho, respondió D. Leonardo. Ya no me gusta meterme en
negocios de importancia. La cosa ya no les interesa sino á estos
muchachos.
Diciendo estas palabras señalaba á Pablo y á Modesta.
-Más tarde, prosiguió, más tarde, tal vez podrá usted hablar con
Pablo, y no es difícil que lleguen á entenderse.
Con esto, ¿qué duda podía ya quedarle á Pablo de que su tío daba
por cosa arreglada su matrimonio con Modesta?