INDICE




CAPÍTULO XIV
 



EN CONTRA de lo que parecía natural, de los habitantes de Guátima los más maduros eran los que mejor saboreaban los regalos de aquella vida, Pablo y sus dos primas, preocupados con lo que atañía á sus afectos, tenían el espíritu en molesta tensión.

Pablo, cada vez que se hallaba reunido con Cecilia y con Modesta, se sentía forzado á estudiar sus propios actos y expresiones, sujetándose al plan que se había propuesto de no quitar á la segunda sus ilusiones, y de proceder respecto de la primera como si entre ellos nunca hubiesen mediado más relaciones que las del parentesco; pero al mismo tiempo no tenía corazón para hacer ó decir cosa que en lo mínimo desdijera del culto fervoroso que en su interior le tributaba.

En el fondo de todos nuestros sentimientos, se halla más ó menos disfrazado el culto del |yo. A pocas mujeres las enoja el verse amadas, y á la que sabe que lo es por un hombre á quien ella no ha de amar, la halaga el ser objeto de esa pasión y tal vez quiere gozar como una diosa demasiado excelsa, de acatamientos y homenajes que á nada la obligan.

Esto era acaso lo que pasaba con Cecilia, sin que ella, ni de mil leguas, pudiera analizar ni calificar acertadamente ciertos impulsos interiores que la movían.

Ello era que se sentía invenciblemente necesitada á observar la conducta recíproca de Modesta y Pablo. No cesaba de repetirse que á ella, la prometida de Jorge, nada le debía importar aquella conducta; avergonzada y severa con exceso, tachábase á sí misma de indiscreta, de envidiosa y de egoísta; rogaba á Dios con lágrimas que apartase de ella estas tentaciones pero algo que obraba tenazmente en su interior era más poderoso que su voluntad. Cuando sentía en su corazón un movimiento de despecho por haber presenciado alguna demostración cariñosa de Pablo para con Modesta, se preguntaba, irritada consigo misma, si tenía derecho para interponerse entre aquél cuyo amor había desdeñado y aquélla que, sin ofender á nadie y teniendo motivo para creerse amada, lo reclamaba para sí.

Modesta, á medida que se sentía más enamorada, recordaba más vivamente aquella escena que había hecho patente la afición de Pablo á Cecilia, y las amonestaciones de la oficiosa Petrica. Parecíale que, dada la frialdad de las relaciones de Cecilia con su novio, éstas no debían servir para desvanecer los recelos que, á pesar suyo, la inquietaban. Como Cecilia, condenaba sus propios sentimientos y vivía descontenta de sí misma; pero su virtud y su buen natural, si le bastaban para abstenerse cuidadosamente de toda manifestación de desagrado ó de desconfianza, no eran poderosos á ahogar en su nacimiento las sospechas y el desasosiego que, en circunstancias como aquéllas, no podían dejar de agitar el espíritu de una mujer que amaba, y á quien su amado no había hecho aún ninguna declaración.

Cecilia penetraba que lo que privaba á su alma de la antigua serenidad era el haber la caprichosa suerte traídola á ser testigo de las que, con razón o sin ella, reputaba finezas cambiadas entre Pablo y Modesta Ansiosa de recobrarla, propuso á sus padres que regresasen á San Rafael, añadiendo que, según le parecía, su salud no andaba peor allí que en Guátima, y haciendo valer el argumento de que allí se carecía de los recursos espirituales.

¡Tú que tal dijiste! D. Leonardo se puso hecho un basilisco. Las señoras y D. Jacobo, que estaban en Guátima muy bien hallados, hicieron llover demostraciones de que Cecilia estaba mejor en la hacienda que en cualquiera otra parte, y repitieron lo que ya otras veces habían dicho, á saber, que el Prelado de la Arquidiócesis y el Párroco de San Rafael les habían declarado que, una vez que iban á residir en una casa de campo, no por antojo, sino por la necesidad de procurar el restablecimiento de una enferma, estaban dispensados de oír misa los días festivos.

Por añadidura, D. Leonardo anunció que iba á sacar licencia para que en Guátima se dijese misa los días festivos, y á buscar sacerdote que fuera á celebrarla.

Cecilia, que no sabia porfiar, se vio reducida á renovar el propósito que cien veces hiciera de no pensar en lo que pudiese haber entre Pablo y Modesta. De ahí en adelante pensó con más frecuencia que nunca que no debía pensar en semejante cosa.

 

Gabriel, el dueño del vecino cafetal de |Los Cayos, sabedor de que la familia de D. Leonardo había venido á residir en Guátima, se había apresurado desde el principio, á visitarla y á ofrecerle sus servicios. Sus visitas se repitieron y fueron por grados haciéndose más frecuentes; y no tardó en echarse de ver que Modesta lo había flechado. Modesta recibía sus atenciones con cortesano agasajo, pero nada hizo que pudiera infundirle al galán esperanzas de ser correspondido.

Pablo, al notar lo que pasaba, sintió como una ráfaga de contento: su fantasía le hizo vislumbrar en un instante la posibilidad de un evento que podía desembarazarlo; pero al punto refrenó aquel impulso como contrario á la obligación que le imponían el amor y el respeto que debía á su madre.

El vecino había intimado con él, y llegó el caso de que le hiciera confidencias:

-Usted habrá notado, dijo á Pablo cierto día en que iban caminando juntos hacia un pueblo vecino, usted habrá notado la impresión que me ha hecho su prima.

Pablo se cortó visiblemente y titubeó antes de responder, que sí había creído notarla.

Gabriel, sorprendido, continuó:

-Pero yo tal vez estoy cometiendo una gran tontería. Se me figura que usted ….

-No, no tema usted eso. Usted no debe en ese asunto consultar otra voluntad que la de Modesta y la de mis tíos.

-Quizás me dice usted eso por pura generosidad. Le ruego encarecidamente que me hable con entera franqueza.

-Con entera franqueza le he hablado á usted. Si usted ha advertido en mí alguna turbación, debe atribuirlo á que los asuntos de esa clase, cuando se trata de personas muy allegadas, no pueden ventilarse al principio sin cierto empacho.

-Está bien. ¿Y usted juzga que puedo abrigar esperanzas?

-Nada puedo presumir. Modesta es reservadísima.

| |-¿ No habrá algún compromiso anterior?

-Sobre eso sí puedo contestarle á usted asertivamente. Si hubiera algún compromiso, lo que se llama un compromiso, yo lo sabría, y nada sé…. Puedo decir más bien que sé que no lo ha habido.

-Algo es para mí haber adquirido conocimiento de esa circunstancia. Puede que pronto me anime á hacer mi proposición.

En Guátima se había hablado mucho sobre el proyecto de hacer un paseo á Ayamonte. Su ejecución se festinó, gracias al deseo de tener á Cecilia distraída y contenta, deseo que se había avivado desde que ella había dejado conocer el de trasladarse á otro punto. Llegó el día de emprenderlo. Las señoras mayores montaron en sus mulas, poseídas de miedo, pues habían oído ponderaciones de lo malo de las trochas por donde se subía al cafetal. Hízose lo que se pudo para infundirles ánimo y se dispuso que cada una llevase su espolique (vulgo, peón estribero).

Las sendas que hubieron de recorrerse aquel día eran una sucesión de escarpas pedregosas, de angosturas en que se rozaban las rodillas de los viajeros, de caminitos medio abiertos por entre arboledas y matorrales, en que era forzoso ir inclinándose sobre el cuello de la bestia, y defendiendo la cara con las manos; de angostas cornisas labradas en las vertientes de los cerros, y, últimamente, de puentecillos endebles improvisados sobre cañadas y sobre arroyos.

Da. Mariana no se cansó durante él viaje de hacer exclamaciones considerando la barbaridad que Pablo cometía transitando, como en efecto transitaba, casi todas las noches por aquellos senderos

|-¿ Qué diría Mariana, le observaba D. Leonardo á su hermano, si le hubiera tocado andar por aquí en tiempo de lluvia? Ya tú sabes que yo todavía me tiento y me hallo, y con todo y á pesar de que sé que mi mula Comadreja es capaz de subir por un chorro de agua, no pasaría este camino estando húmedo aunque supiera que el diablo se llevaba el cafetal.

Entre el confín superior de la |hacienda de cañas y el inferior del nuevo cafetal, se extienden vastos y muy quebrados terrenos. Como se van desvaneciendo dos colores de los que se reúnen en una pintura, sin que pueda determinarse dónde empieza y dónde acaba cada uno, en aquellos sitios van desapareciendo gradualmente las señales del cultivo y empezando á mostrarse los vestigios de la ruda é indómita vegetación cíe la montaña Allí se ostentan las adustas bellezas de lo agreste y primitivo entremezcladas con las más geniales y risueñas de los espacios cultivados.

Al transitar por un laberinto de cerros, nuestras viajeras encantadas se mostraban unas a otras las que para ellas eran ignoradas maravillas. Sobre faldas de suave y dilatada pendiente, se levantaban conos agudos ó truncados; crestas de colinas, ya barbudas, ya rasas, se dibujaban sobre nubes de plata, ó sobre otras eminencias lejanas, ó sobre copos de niebla que se asentaban á su espalda.

Desde lo alto de una sierra divisaron un como campo undoso, crespo y aterciopelado de verde claro, formado por las copas de una espesa arboleda.

Como para que más resaltase el alegre matiz de los taludes cubiertos de maizales, de pasto oriental, de pará, ó de guinea, de cuando en cuando se ofrecían á la vista colinas descarnadas en que vegetaban pobremente algunos arbustos tiesos y macilentos, sembradas de piedras redondas que remedaban granos nacidos en una cara enfermiza.

Las recortaduras de las cumbres inmediatas representaban á trechos grotescos perfiles de rostros humanos, escalones, almenas y dientes de sierra; y á trechos ondeaban suavemente. Así iban á tocar con las dilatadas curvas de la azul y remota cordillera que cerraba el panorama.

En el fondo de algunas cañadas, las guaduas mecían sus airosos plumajes. Elevábanse majestuosos en otros sitios el cedro, el nogal, el roble y el patadegallo, que debe su nombre á la forma de sus raíces; el dinde, el botundo, el ocobo, que se cubre de flores como violetas; el caucho y el guásimo, que sostienen su copa, no sobre un solo tronco, sino sobre haces de ellos; la palmicha, que pudiera llamarse mata de abanicos; y las |vividoras palmas, que se las apuestan en cuanto á gallardía con todos los demás hijos de la tierra.

La luz de la mañana, derrochada en una atmósfera de maravillosa diafanidad, perfilaba netamente las figuras, así las de los montes lejanos, como las de las hojas más menudas que se iban tocando con la mano.

Gabriel, que ha sido convidado al paseo por D. Leonardo, llega al cafetal al mismo tiempo que los demás paseantes. Acude á ayudar á las señoras á bajar de las cabalgaduras; y como buen conocedor de la aguja de marear, no hostiga á Modesta con porfiados galanteos. Reparte sus atenciones entre todas las damas, y va en seguida á darles conversación á D. Jacobo y á D. Leonardo, que forman corro aparte. Enredaron conversación sobre los asuntos que de continuo alimentan la de los cafeteros: la gota ó enfermedad de la planta; precios del artículo en los mercados extranjeros fundamentos para la esperanza cíe que no bajen impuestos extranjeros y nacionales; cosechas en el Brasil; consumo y producción ; camino que deba elegirse para sacar el café á los puertos del Magdalena; si los árboles deben podarse ó no; si se debe adoptar tal máquina ó tal aparato de los conocidos, ó si más bien se debe aguardar el resultado de un invento que está haciendo cierto inventor que nunca ha acabado de inventar nada; si se ha de exportar el fruto trillado ó en pergamino; si se ha de preferir la tahona á la trilladora ó ésta á aquélla y si es buena ó mala aquélla, que trilla y pule el grano; qué árboles han de preferirse para el |sombrío, silos cámbulos, los muches ó los guamitos. Vinieron en seguida los lamentos sobre la escasez de brazos y la subida de los jornales, con la relación hecha por Gabriel de las diligencias, casi siempre infructuosas, que había hecho para traer peones de Boyacá, y la de las trazas empleadas por los competidores para sonsacarle los que había conseguido; vinieron asimismo las discusiones sobre la excelencia comparativa de las estufas |Górdon, Mejía, Zanetti y |Guardiola. Por de contado, le tocó su turno á la cuestión batallona de si las letras sobre el extranjero han de subir, ó de bajar ó de mantenerse en su sér actual.

Contrastaban singularmente en la recién sembrada roza el fúnebre aspecto que le daban las señales de la destrucción que por sobre ella había pasado, los enormes troncos medio carbonizados; otros de árboles que, picados por el hacha, se habían desplomado desgarrándose; árboles que retoñaban hacia el promedio de su altura y levantaban de ahí palos secos y muertos; otros troncos que, privados de ramas y follaje, sacaban de la tierra raíces como zarpas y se agarraban desesperadamente á la tierra, como ancianos que, aunque faltos ya de esperanzas, se asen a la vida con todas sus fuerzas; piedras ennegrecidas por el fuego; palos gigantescos que descansan echados y han de aguardar por largos años su disolución, un suelo negruzco formado de carbones y de ramiza chamuscada; contrastaban, decimos, todas estas cosas, que podían recordar un campo de batalla con sus heridos y sus muertos insepultos, con la juventud, la frescura y la vitalidad representadas por los arbolillos de café, por los rarísimos que el hacha había respetado á fin de que sirviesen de |sombrío; por otros nuevos que para lo mismo se habían plantado, y por el maíz que, sembrado entre el café, erguía ya su espiga |y agitaba sus sonoras y gallardas hojas.

La contemplación de este contraste y la del soberbio panorama que se presentaba, y acaso la idea de que aquel sitio predicaba la excelencia de las varoniles prendas de Pablo, exaltaron el alma sensible, poética y contemplativa de Modesta. Ella sabía muy bien que mostrarse romántica sería ridículo; mas no tuvo el valor de guardar para sí sus impresiones. Aun más que reservarlas, le habría repugnado comunicarlas á quien, en su sentir, no fuera capaz de participar de ellas. Así, después de haber permanecido en largo y mudo arrobamiento, reuniéndose con Pablo, "ésta es, le dijo, la perspectiva que tú me habías pintado: la pintaste muy bien ; pero me parece todavía mejor de lo que me la había figurado."

-¿ Cómo habrá, continuó, quien no crea en Dios y quien no piense en el cielo, viendo esto tan hermoso?

-Por desgracia, repuso Pablo, la costumbre de ver estas cosas les quita el prestigio.

-¿ Aun para la gente educada?

-La mayor parte de la gente educada, á lo menos la mayor parte de la masculina, no ve en lo que á ti te parece tan capaz de levantar el espíritu, sino elementos de que la industria puede aprovecharse, y fenómenos que no significan nada, si no contribuyen á lo que se llama la obra de la producción.

| | De cuántas cosas deliciosas se priva esa gente!

|-¿ Sabes qué es lo primero que dice un hombre de negocios al llegar por primera vez al Salto de Tequendama?-; Qué chorro tan famoso para mover una rueda hidráulica!

Y como la vista de Modesta se hubiese detenido en un grupo de trabajadores,

-Y esta pobre gente, dijo, esta pobre gente que no disfruta como nosotros de la lectura, de los espectáculos y de tántas otras diversiones ¿ tampoco gozará viendo estas hermosuras tan grandes?

-Tampoco Esa gente no estima la ventaja de poder contemplarlas, más que tú y yo la de tener aire que respirar.

Detúvose la joven y girando lentamente se recreó en el panorama entero. Admiró la luz intensa que penetraba las inconmensurables profundidades del cielo; el amplísimo horizonte cerrado por montañas azules y gigantescas y las maravillas con que Flora engalanaba el primer término del grandioso cuadro.

Que allí no más, exclamó señalando hacia Bogotá, á unas pocas leguas de distancia, pasen tántos la vida entre paredes sin sospechar siquiera que tienen tan á la mano algo que vale más que la ópera, más que las corridas de toros y que todo lo que allá buscan para esparcirse!

En tanto que Modesta y Pablo seguían su conversación, Cecilia, olvidada ese día de su dolencia, y seguida de lejos por su madre y sus tías, mariposeaba alegremente por la vera del terreno cultivado, atraída por la belleza de las flores |y de las plantas que iba encontrando

-Mamá, decía, venga y verá qué enredadera tan linda. ¡ Si pudiéramos llevar á casa la semilla ó unos pies…. Pero esta otra de las trompeticas moradas….        Esta sí que es preciosa!…..

Vengan, vengan todas. ¡Esto es una maravilla! Miren ese árbol con hojas de dos clases, unas grandes y redondas y otras chiquitas y de figura de corazón, y todo cubierto de florecitas blancas.

-No seas boba, le contestó Da. Liboria, las hojitas y las flores no son del árbol sino de una enredadera que lo ha vestido. Es como si yo me emperifollara con un traje tuyo.

Nuevas exclamaciones y nuevos comentarios al topar con un bejuco que, habiendo nacido en la axila de un árbol, había bajado, echado raíces en la tierra y vuelto á trepar.

-Este bejuco, dijo Cecilia, ha nacido dos veces.

-Y ha nacido la segunda, repuso Da. Liboria, sin haberse muerto.

Yo me figuraba, observó después Cecilia, que un cafetal era como una huerta muy cuidada; y nada: aquí, por ejemplo, donde estamos, no se ven los arbolitos en hilera, ni el piso está despejado.

-Aquí, le dijo su madre, los palos y las piedras no han permitido que se formen hileras. Vén á este otro lado y verás.

| Qué cosa tan divina!, exclamó Cecilia, al situarse en un costado del cafetal, desde el que se extendía la vista por calles rectas, formadas por las matas de café, y al observar que estas mismas formaban otras calles que cortaban oblicuamente á las primeras.

¡ Pero este suelo!, prosiguió. Mi tío y Pablo no hablan de otra cosa que de la deshierba. Que no hay peones para que deshierben; que esta semana ha costado la deshierba tanto más cuanto; que se pongan más peones á desherbar; que la deshierba por aquí; que la deshierba por allí. y ya ven cómo está esto hecho un basurero.

Cecilia llamó á un mayordomo que, por orden de Pablo, iba siguiendo á las señoras, por lo que pudiera ofrecerse.

|-¿ Qué son, le preguntó, esas como pelotas que están prendidas á aquellos árboles?

-Son avisperos.

| |-¿ Y se comen ?

| Qué se van á comer, mi señorita! Antes hay que tenerles mucho miedo, porque esas avispas son bravísimas

-Pues yo no conocía más avisperos que unos como merengues ordinarios, que por cierto son muy sabrosos…. ¿ Y aquellas como mochilas que cuelgan de esos otros árboles?

-Esos son los nidos de los pájaros muchileros.

Y dígame, ¿ porqué con tanto desherbar, el suelo está lleno de hojarasca y de ramas secas? ¿ Porqué no se llevan bien lejos toda esa basura?

-Es que cuando se deshierba se deja todo ese desperdicio al pie de las matas de café porque dicen que ese es buen abono para la tierra.

-Pues cuando se deshierba el patio de casa luégo se barre y queda como una plata.

Las criadas, entre las cuales había dos muchachas sabaneras muy avispadas y de buenos palmitos, se habían quedado atrás y detenídose en estancias situadas abajo de la roza. Habiendo sido muy mimadas por los mozos de la hacienda que subían y por los dueños de las labranzas, pudieron forrajear á contento, y llevaban grueso botín de mangos, madroños, pomarrosas, guamas, guayabas, platanitos y naranjas. Hechas unos cuernos de la abundancia, se presentaron á las señoras y excitaron en Cecilia el deseo de visitar aquellos lugares

Sirvióse el almuerzo á la margen del arroyo rumoroso que cruzaba la plantación y bajo un emparrado natural formado por un grupo de árboles que entretejían sus ramas; la cura, el plátano, la yuca y la mazorca que figuraron sobre los manteles, pasaron sin intervalo del lugar de su nacimiento al fogón en que se aderezaron.

Durante el almuerzo, cayó sobre el maizal inmediato, alegrando el aire con sus garrulerías, una bandada de pericos contrabandistas, de los que eligen para su residencia las lindes de la tierra caliente y la fría, á fin de refugiarse en la una cuando se ven muy perseguidos en la otra. De allí se les hizo huir, y entonces pasaron por el aire dibujando su sombra sobre el suelo de la roza.

Atravesando gran parte del cafetal, se dirigieron nuestros paseantes después del almuerzo al edificio que se estaba levantando; y, de camino, vieron las viviendas que iban convirtiendo aquellos parajes en una especie de colonia. Unas, ya habitadas, y hechas de guadua y barro, dejaban á la vista los listones, que parecían costillas de un animal desollado. De otras no había aún sino el esqueleto. Unas estaban cubiertas de palmicha y otras de astilla de roble.

El edificio, formado de machones de calicanto, se estaba construyendo con bastante primor artístico. La cubierta era de palastro, y sobre las dos vertientes de ella, descollaban simétricamente cuatro bohardas que permitían utilizar los desvanes.

Esta vistosa fábrica se destacaba vigorosamente sobre el fondo oscuro de una colina recién sembrada; y contrastaba por su aspecto de obra de arte con el silvestre y rudo conjunto de objetos que la rodeaban. Sobre aquella colina seguían escalonándose otras eminencias, hasta la que llegaba á confundirse con el cielo, siempre por ese lado, nebuloso y amenazador. Hacia él dirigían á menudo inquietas miradas las señoras mayores, temerosas de que viniese á aguarles el gusto una lluvia intempestiva.

Todos los de la partida iban recorriendo las diferentes partes del edificio, siguiendo á D. Leonardo.

Este, al ir acercándose á una puertecilla que se veía al extremo de una crujía del piso alto, "Aquí es, dijo, la celda del hermano Fr. Pablo." Oyendo lo cual, éste, con cierto sobresalto que no pudo encubrir, se desasió del brazo de Modesta, á quien iba acompañando, pasó delante de los que le precedían y entró á su cuarto con manifiesta intención de ocultar algo de lo que en él se encontraba.

Entretanto, Modesta decía:

-Ajá, este es el cuartico de que Pablo me había hablado. No me figuraba que tan pronto hubiera yo de venir á conocerlo.

Al oír esto, Cecilia acortó el pasó, afectó mirar con indiferencia aquella habitación, y estuvo por algún rato mucho menos jovial y expansiva que en el resto de la jornada.

Da. Mariana, al ver aquel como camarote, exclamó: ¡Pobre mi hijo!, y se puso á quitar arrugas de las mantas de la cama, á sacudir el polvo y á colocar simétricamente los objetos que había sobre la mesa.

En el punto en que todos estaban montando para tomar la vuelta de Guátima, la cocinera de los peones, que era una mulata vejancona y muy desenfadada, y que tenía fijos los ojos en el grupo de las señoras,

-¡ Pero cómo se parece, exclamó, cómo se parece esta niña á la mona que tiene el amito Pablo allá arriba!

¿ Cuál era la niña que se parecía á la |mona que Pablo tenía en su cuarto?

Tal fue el problema que preocupó á Cecilia y á Modesta en el resto de aquel día y probablemente en el curso de muchos otros.

De vuelta para Guátima, después del almuerzo, se detuvieron nuestros expedicionarios en varias de las estancias en que las fámulas habían hecho su agosto.

Al recorrer los senderitos que las cruzaban, Cecilia iba encontrando bandadas de mariposas multicolores, que revoloteaban en los sitios por donde corrían hilos de agua y en aquellos en que el último aguacero había formado charquitos. De cuando en cuando daba, ora ligeros gritos de horror al ver un lagarto que atravesaba el camino o una iguana pegada á un árbol, ora otros de placer al ver una ardilla que, luciendo su grande y airosa cola, subía ágil y velozmente á los árboles y bajaba, sin darse momento de reposo. En otros espacios, el suelo se veía cubierto con las flores rojas-amarillentas de los cámbulos, que no por haber engalanado profusamente el suelo como para una procesión, dejaban de verse cubiertos con su pomposo ropaje.

En ciertas estancias, los árboles de la platanera parecían estar mostrando, engreídos, sus frutos agrupándose y constriñéndose en los pingües racimos. Cada uno de estos árboles erguía ufano sus estupendas hojas, sanas las tinas, convertidas otras por el viento en flecos vistosos, al mismo tiempo que dejaba pender sobre su tallo las ya muertas y desgarradas.

Cecilia se acordó al verlas, de cierto pelete relamido que solía acudir á su casa y que se acicalaba muy orondo con los arreos nuevos que le regalaban, sin despojarse de los guiñapos viejos y dejándolos á la vista.

La |bellísima, enredándose en las cercas, justificaba su nombre. Otra planta mostraba unas preciosas campanillas. Cecilia la oyó nombrar y dijo para sí:

 

"La flor de batatilla,

La flor sencilla, la modesta flor."

 

La palma de mararay ó corozo, lucía en su alta copa los rojos racimos que tánto tientan á los muchachos y que burlan su codicia amenazándolos con los recios pinchos de que está armada.

anterior | índice | siguiente