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CAPÍTULO XIII
 



LA PRIMERA visita de D. Jacobo y sus compañeras no alcanzó á una semana; pero desde ella se empezó á notar que, para la salud de Cecilia, era más provechoso residir en Guátima que en San Rafael. D. Leonardo se bañó en agua rosada al oírlo declarar: "Yo lo tenía dicho, afirmó. No hay clima ni aguas como los de Guátima. Y si este Jacobo no tuviera esa cabeza tan dura, ya habría dispuesto que Cecilia pasase aquí toda la temporada."

Por entonces, se trazaron excusas y se fijó día para el regreso. Como D. Leonardo y Da. Liboria instasen á fin de que éste se retardase, Da. Lucía alegó que Jorge había anunciado que llegaría á San Rafael en la tarde del mismo día en que habían resuelto dejar á Guátirna.

"Pues para cuando vuelva á ocurrir el caso, le dijo D. Leonardo, has de decirle á Jorge que esta casa es suya y que tendremos mucho gusto en recibirlo en ella."

Pablo acompañó á los viajeros. Desde que éstos habían venido á San Rafael había tomado firme resolución de abstenerse en su trató con Cecilia de toda palabra y de toda demostración que recordase lo que entre ellos había pasado. Su delicadeza le representaba como una especie de pérfido abuso el valerse de las buenas ocasiones que se le habían de presentar, sobre todo en Guátima, para desahogar de alguna manera sus sentimientos y para ganar terreno en los de su prima.

Pero en aquel viaje de Guátima á San Rafael, creyó indispensable quebrantar su propósito, si bien en materia levísima.

Emparejando con Cecilia, que iba muy adelante,

-Mira, le dijo, has de hacerme el favor de decirle á Jorge que yo, como mi tío Leonardo, tendré mucho gusto en que él venga á casa.

-Está bien : se lo diré.

-¿ Pero me prometes con toda formalidad cumplir este encargo?

-Te lo prometo muy seriamente. Y jamás podrás figurarte cuánto te agradezco esta fineza.

-Sí me lo figuro. Como esto te facilitará en algunas ocasiones el ver á Jorge….

-No, no es eso. Si te lo agradezco con toda mi alma es porque conozco que no te mueve sino el deseo de evitarme contrariedades.

-¿Y tiene algo de nuevo ó de particular que yo sienta ese deseo?

-Pero es que, en este caso, creo que tú te impones un sacrificio ó á lo menos un desagrado.

-Y aun cuando así fuese…. pero no: ¿No sabes tú que Jorge y yo somos los mejores amigos del mundo?

-Ni lo sospechaba.

-Pues sábelo. No nos hemos encontrado en tu casa, pero sí en otras partes, y hemos conversado como camaradas viejos.

En la punta de la lengua tuvo Cecilia alguna calurosa exclamación sobre la generosidad de los sentimientos de su primo; supo reprimirla, pero no supo dejar de supliría con una mirada elocuente.

Jorge no llegó aquel día á San Rafael. En cambio, llegó un telegrama suyo en que ponía por excusa del no cumplimiento de su promesa una indisposición de su madre.

El día siguiente al de su regreso, empezaron nuestros temperantes á recibir visitas de algunas personas indígenas (queremos decir naturales del pueblo ó avecindadas en él) y de dos ó tres |familias bogotanas que en él estaban mudando de aíres.

Presentóse una señora de las del pueblo acompañada de dos hijas. Era larga y flaca, de ojos muy claros, rubia y blanca; pero la acción del clima había dado á su tez un tinte pergaminoso. Las hijas tenían trazas de venir á ser, años andando, su vivo retrato. Traían el pelo suelto y se observaba que éste hacia su extremidad parecía ahumado y era más claro que hacia la raíz.

Como las que hacían y las que recibían la visita no se conocían recíprocamente, la conversación no se sostenía sino á pujos.

| |-¿ Cómo les |va yendo á ustedes en San Rafael?

-Bien. Es muy bonito

-¿Y se van reponiendo?

-Sí, señora. Esta niña, que es la que viene enferma, se ha empezado á mejorar.

-Este baño es muy bueno. Un jovencito que trajeron, hará como un año, enteramente tullido, se repuso tanto con los baños, que á los ocho días ya podía ir al río por sus pies

-Lo malo es que no hay buenos pozos en el río.

-Quién sabe. Ese pozo que llaman |de los patos dicen que se ha echado á perder.

| |-¿ Ustedes no se bañan?

-Sí, señora. Pero nosotras nos bañamos en una manita que está cerca de la casa.

Para ver de animar la conversación, se le ocurrió á Da. Lucía preguntar á las visitantes qué familias bogotanas habían conocido en el pueblo.

-Aquí hemos tenido mucha amistad, respondió la señora indígena, con las Garcías. Ustedes serán muy amigas de ellas ¿no?

-Las Garcías…. Las Garcías. . | |.. Nosotras como que no las conocemos....

-¿Cómo no han de conocerlas? Son tan sociables y de tánto humor. Vivieron en esta misma casa en que están ustedes, y aquí se reunían las familias y bailaban mucho.

La visita terminó sin que las dos niñas hubiesen desplegado los descoloridos labios.

Por la muestra se conoce el paño. Todas las visitas fueron como ésta; en todas se sintió el empacho que ocasiona el no saber con quién se está tratando; y después de todas, hubo que averiguar á la disimulada cómo se llamaban y dónde vivían los que las habían hecho.

Por las noches se reunían las familias bogotanas en casa de alguna de ellas; se cantaba y se bailaba cuando había quién tocara algún instrumento; y era de notarse que cuantos llegaban á tocar y á cantar, tocaban y cantaban después de protestar que se les había olvidado todo lo que sabían. Se jugaban juegos de prendas, en los cuales todo el conato de los jóvenes que concurrieran se dirigía á hacer que Cecilia fuese quien pagase prenda y cumpliese penitencia.

Cecilia era el encanto y el ornato de estas reuniones. Sus modales eran los más suaves. Siendo, aunque sencilla, exquisitamente culta, no daba en cara con su cultura á las personas que no la poseían sino en grado muy inferior. Su conversación fácil, ligera, y exenta hasta de los menores atisbos de vulgaridad, estaba siempre al alcance de los más romos, al propio tiempo que podía embelesar á los más refinados.

El propietario de la casa, atento siempre á festejar á sus inquilinos, les presentó una noche á tres músicos trashumantes que habían acabado de llegar del Tolima. Cantaban y tocaban tiple y bandola, ya rasgueando, ya de punteo. Recibióseles con agrado y ellos empezaron á dar muestras de su habilidad. Cantaban con afectados garganteos canciones que ellos reputaban más finas y urbanas que los populares bundes y bambucos. En los instrumentos ejecutaban con destreza piezas de baile y trozos de óperas y zarzuelas. El concierto que dieron hubiera sido agradable pero estos músicos de tiple; igual que todos sus congéneres, si sabían templar sus instrumentos, no sabían templar su comezón de tocar; y tocaron y tocaron sin tregua, tanto que, ya hacia el alba, los concurrentes, cansados de inventar y proferir expresiones de aprobación y de entusiasmo para el fin de cada pieza, oyeron sin chistar el de las diez ó doce postreras.

En el programa de las diversiones diarias entraba el paseo vespertino, y para él estaban citados todos los bogotanos presentes; pero siempre se malograba, porque el baño de las criadas impedía que la comida pudiera servirse antes del anochecer.

En el pueblo había banda de música, que se desencadenaba á cada triquitraque. Tocaba en la iglesia para solemnizar funciones; tocaba en las vísperas de los días de fiesta; tocaba para celebrar los aniversarios de las batallas y tocaba por todo.

Cierto día se presentaron en la casa de los señores Ibarzábales dos jovencitos del pueblo muy endomingados y peripuestos.

Antes de explicar el motivo de su visita, pasaron saliva á cántaros y se dirigieron incontables miradas con las que cada cual procuraba animar á su compañero á que prorrumpiese.

Por fin uno de ellos habló y dijo que iban comisionados por otros jóvenes á convidar á las señoras y al señor D. Jacobo á un baile que tenían dispuesto en obsequio suyo para esa misma noche. Protestaron que no se trataba de una función de etiqueta sino de una reunioncita casera.

No estando presente D. Jacobo, se les contestó que más tarde se les comunicaría la resolución que éste dictara.

Despidiéronse los comisionados repitiendo instancias para que no se fuese á dejar desairados á los invitantes; y se les aseguró que, si era posible, las señoras asistirían al baile con infinito gusto.

En consejo de familia se debatió el asunto, y tras largas y expresivas ponderaciones de la pereza que daba asistir á la función, y por lástima á los que se habían afanado por disponerla, se convino en asistir á ella.

El baile se dio en el edificio de la escuela. Las paredes estaban adornadas con festones de musgo; de las vigas del techo pendían una araña de cristal y dos de hoja de lata que, haciéndoles espaldas el sacristán, habían los bastoneros del baile sacado de la iglesia.

La concurrencia de invitados no era muy numerosa. Los curiosos, que al principio se habían contentado con mirar desde la calle por las ventanas y por las puertas, se fueron animando poco á poco á penetrar en el salón y lo ocuparon de manera que sólo podía bailarse en un círculo de cuatro pasos de diámetro.

Los pies de los danzantes, arrastrándose sobre los ladrillos desnudos, formaban un charrasqueo que seguía el compás de las piezas que se tocaban.

Cada bailarín sacaba á bailar á su pareja, bailaba bien ó mal, en silencio, con devoción, y atento únicamente á los movimientos de sus pies. Concluida la pieza, acompañaba á la señora hasta que ésta encontraba asiento, le daba las gracias, salía al corredor, se cubría la cabeza, con el pañuelo y encendía cigarrillo. Mientras no se bailaba, las señoras permanecían clavadas en sus asientos, y sólo interrumpía el silencio que entre ellas reinaba uno que otro resoplido y una que otra exclamación sobre el calor que hacía, el cual era verdaderamente intolerable, lo mismo que lo denso y lo pesado del ambiente.

Cierta familia, de las bogotanas, dispuso un paseo á cierto sitio muy pintoresco de las orillas del Bogotá, en el que se había de tomar un piscolabis. A él concurrieron los demás bogotanos y varias personas de San Rafael. Quien lo había dispuesto ignoraba cuál era la distancia que de San Rafael separaba el sitio elegido para el piquete (I) | distancia que no podía recorrerse en menos de tres horas. Así fue que aquello, más que paseo, fue viaje laborioso. Pero todos los paseantes dieron sus fatigas por bien empleadas al contemplar la apacibilidad del paraje y al disfrutar del rústico banquete, en el que, entre todos los manjares, se llevaron la palma las gallinas asadas. Con la gallina gorda de tierra caliente se prepara un plato infinitamente más delicado y gustoso que cuantos se aderezan para los convites de tono, con elementos costosos y exquisitos.

Lo premioso del apetito, de que habían hecho larga provisión, no permitió sino á muy pocos de los convidados disfrutar de las dulzuras del baño, el que, en aquel lugar, ofrece atractivo muy señalado.

El río se extiende por una playa cubierta de guijas menudas y de vivos colores, y hacia el promedio de su anchura deja en seco varias islas en que luce la más viciosa vegetación.

A la izquierda del río se levantan pendientes cubiertas de pasto de color tierno. A la derecha se extiende una vasta playa, soberbiamente adornada con árboles gigantescos, á la sombra de los cuales se sirvió la refacción.

Las ceibas, con su tronco de perfil arqueado, con su cintura inmediata al arranque de las extendidas y frondosas ramas, y con sus raíces planas como tablas, que sacan de canto fuera de la tierra, constituyen uno de los principales ornatos de aquella vega encantadora. Al pie de varias de ellas, algunas mujeres, en fogoncillos provisionales, freían empanadas de masa de maíz, que vendían á los transeúntes.

El regreso fue calamitoso. Como todo lo que se hizo aquel día se empezó tarde, tarde también se pensó en volver á San Rafael.

Al bajar una cuesta, por camino un poco áspero y estrecho, nuestros paseantes alcanzaron una recua numerosa. Los capataces de la expedición dispusieron que se aguijara á las cabalgaduras á fin de rebasar de la parte del sendero ocupada por la recua. De los esfuerzos que se hicieron para conseguirlo, resultó que los cabalgantes quedaron mezclados y confundidos con las bestias de carga. Estas, al bajar con gran empuje, amenazaban atropellar á la gente; y hasta hubo quien recibiera sosquines de los tercios y se viera en riesgo de ser derribado.

Varias de las señoras gritaban asustadísimas, y sus compañeros pugnaban por defenderlas; pero, como para hacerlo se detenían, detenían á las acémilas que bajaban en pos de ellos, y así se aumentaban el peligro y la confusión. Estos no cesaron sino cuando se hubo llegado á una explanadita, en la que se dejó á la recua adelantarse por buen trecho.

Para colmo de males, ya entrada la noche, empezó á llover y á relampaguear y tronar, como muchas de aquellas damas no habían oído ni visto tronar y relampaguear; y todas temblaban y rezaban á más y mejor.

Cuando los paseantes iban llegando al pueblo, estaban tocando las ánimas, pero los fúnebres tañidos fueron escuchados como regocijado anuncio de que iban á cesar los trabajos.

Las señoras Ibarzábales habían observado, desde su llegada á San Rafael, que la iglesia y el culto se hallaban algo abandonados; y, con la ayuda de otras de las temperantes, se dieron á asear la iglesia, barriéndola, quitando el polvo de los altares y las imágenes y lavando todo lo lavable. Se empeñaron en proveerla de varios paramentos y en adornarla para las fiestas. Cecilia, que se pintaba sola para las labores mujeriles, se puso á bordar purificadores y corporales.

En la tarea de conseguir musgos, ramas y flores silvestres, ayudaba una boba que á todas horas acudía á la puerta de la casa. Era ésta de edad indefinible, andaba cubierta de andrajos, llevaba desgreñada una melena rubia, y estereotipada en el semblante una sonrisa, con la que parecía siempre estar dando á entender algo de lo que sus defectuosísimos órganos vocales no alcanzaban á expresar.

Entre los individuos que continuamente se estaban viendo, merece particular mención el doctor Olañeta, sujeto que nadie sabía de dónde había venido, ni para dónde iba ni de qué vivía. El doctor Olañeta, al decir de él mismo, era médico homeópata é hidrópata y poseedor de secretos de los indios del Andaquí, y de las hierbas con que éstos curaban todas las enfermedades, inclusive las incurables. Conocía las contras para mordeduras de culebras, y métodos para destruir hormigueros. En San Rafael no había dado pruebas de sus habilidades, pues ni enfermo ni hormiguero alguno se había puesto en sus manos. En sus palabras y en su porte había algo de misterioso, y hasta su atalaje era singular. No dejaba traslucir sus opiniones acerca de punto alguno, y tenía un modo de callar con el que manifestaba claramente que, sobre cualquier asunto de que ~se tratase, él podría, si quisiera, decir cosas que, si las dijera, dejarían suspensos a sus oyentes.

D. Leonardo, que visitaba frecuentemente á sus hermanos, reiteraba sus instancias para que ellos y Cecilia se trasladaran de nuevo á Guátima. La observación ya hecha de que este clima le era á Cecilia más propicio que el del pueblo, vino á dar vigor á aquellas instancias; cedióse al cabo, y la familia volvió á la hacienda con ánimo de residir en ella más largamente que la primera vez.

El clima enervante que disponía al voluptuoso abandono; el tiempo, que estaba sereno y apacible; la ilimitada libertad de que se gozaba allí, sin trabas sociales de ningún linaje y sin preocupación por el día siguiente; el baño, que estaba á la mano y que era delicioso; el espectáculo que ofrecían las variadas labores de la hacienda, todo conspiraba allí para hacer paradisíaca la vida.

Necesario es haber vivido en tierra caliente para penetrar cuánta poesía encierra la naturaleza para una alma contemplativa, especialmente en la noche. De los encantos que ofrece la noche no se puede disfrutar ampliamente en las comarcas en que el frío atormenta y apareja quebrantos en la salud.

Nuestros temperantes pasaban las primeras horas de la noche reunidos en el corredor que se extendía por el frente de la casa sobre el camino que la comunicaba con la vía pública. Este corredor, bastante largo y amplio, tenía, más que el resto de la vivienda, olor y semblante de cosa antigua y agradablemente rústica. Era el punto de reunión favorito de los habitantes de la casa, y aquél á donde maquinalmente se dirigían y en que hacían mansión cuando no los llamaba á otro sitio algún menester. Llamábasele por excelencia |el corredor de afuera, si bien D. Leonardo no lo apellidaba |sino e lmentidero.

Allí, las conversaciones nocturnas eran animadas y ruidosas ó lánguidas é intermitentes, según las disposiciones de los tertulianos.

Al canto de las aves y á los demás alegres rumores del día, sucedían, en esa plácida hora, otros rumores dulcemente melancólicos. Las chicharras, los grillos y mil otros tenues insectos daban testimonio de la poderosa vitalidad que es el distintivo de las regiones cálidas.

De gargantas micróbicas, de tiples, tenores y sopranos liliputienses; de pitos y flautines capilares, salían silbidos cuasi-musicales, sutiles y prolongados en interminables calderones; píos y trinos de aves microscópicas; semifusas sacadas de imperceptibles campanillas de cristal; martilleos sobre calderos como dedales; notas sobreagudísimas, repetidas, y seguidas luégo de un silbido sin fin, ó un silbido larguísimo, seguido de notas sueltas. Y, como para que estos sonidos más ó menos argentinos ó metálicos parecieran por comparación melodiosos, con ellos alternaba de cuando en cuando otro como el rechinar de dos maderos que se luden, ó el áspero croar de los sapos y de las ranas.

Una atenta observación hacia patente que no era un vano prurito de hacer ruido lo que ponía en acción las diminutas gargantas: como en el confuso bullicio que se levanta de entre una muchedumbre, no hay palabra que no se dirija á algún oído señalado, cada vocecilla de aquéllas va encaminada á alguno; cada una es un reclamo y una cita, ó un |allá voy con que se la corresponde.

Había aún otro ruido arrullador y apacible.

Un arroyo caudaloso que corre á pocos pasos de la casa y que viene despeñándose, hace sentir, al conmover el aire de la cuenca profunda por donde baja, un rimbombo grave y continuo del cual se destaca el rumor variable y más agudo de las aguas que chocan con las piedras del escabroso lecho, que saltan sobre ellas desatándose en gotas y en menudos chorros y que bruscamente se paran y vuelven á juntar sus tumultuosos raudales.

 

(I) |Piquete. Ligera refacción que se toma por regalo. A veces, por atenuación, se da el nombre de |piquete á una comida abundante á que se convida á algunas personas.

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