CAPÍTULO XII
ANTES DE entrar en pormenores relativos á la vida que la familia de
D. Jacobo empezó á llevar en San Rafael, observemos lo que en esa
vida hubo de común con la de todos los temperantes sabaneros
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(I)
En las regiones cálidas se siente el sabanero como si él fuera
otro, como en otro mundo y en otra vida. Si de un golpe y en medio
segundo se viera trasladado á ella, se palparía con sobresalto y se
preguntaría si era que había muerto de repente y se hallaba ya en
el cielo, en el purgatorio ó en el infierno; y se creería habitador
de uno de estos tres lugares según fueran las sensaciones que
estuviera experimentando.
Trajes, alimentos, alojamiento, acento con que se habla, aspecto
de cuanto se ve, ruidos, olores, todo parece sustancialmente
diverso de cuanto se ha visto, oído, olido y sentido.
Todo lo que ocupaba el ánimo en la tierra fría, queda
borrado.
Las constantes é invariables preocupaciones son el calor, las
culebras y las sabandijas, y el baño. Un chusco dijo con razón que
á lo que se va á tierra caliente es á buscar fresco. Cada cual se
queja á toda hora del calor que está haciendo, como si el que haga
mucho fuera contra lo natural y contra lo que se debiera esperar.
No se da paz al termómetro; y, marque los grados que marcare,
siempre parece la temperatura exorbitantemente elevada. Se extraña
el hallar calientes las paredes, los muebles y cuanto se toca; y no
se puede sufrir la traspiración, que siempre está incitando á mudar
de ropa, y que no permite que en el traje haya el primor y la
limpieza apetecibles.
De la abundancia de bichos dañinos se tiene tal idea, que los
desconchados, rasguños y manchas de las paredes, así como las
arrugas de los vestidos, son siempre, á primera vista, alacranes,
salamanquesas, cientopiés ó peludas y horribles arañas. Alacranes
que pican y producen trastorno por veinticuatro mortales horas;
salamanquesas, que, ó se nos pegan á alguna parte del cuerpo y no
se desprenden de ella sino cogiéndolas con algo muy caliente, pero
que dejan una úlcera incurable, ó si caen en la tinaja, envenenan
el agua. Cientopiés, que se introducen por el oído chiticallando, y
se comen los sesos. Arañas que, con su picadura, pueden, desde
levantar una roncha, hasta quitar la vida.
En las primeras horas de la noche, se sacan asientos á la parte
exterior de la casa, se reclinan los respaldos contra la pared, y
en ellos se hace tertulia, disfrutando del fresco. Tal tertulia
pudiera ser siempre sabrosísima; pero viene indefectiblemente la
conversación sobre las culebras y sobre las demás alimañas dañinas,
á arrancar aspavientos y á imprimir en las fantasías imágenes
horripilantes. En una de esas tertulias oyó la familia de D. Jacobo
referir el caso, ocurrido en el propio San Rafael, de una muy
conocida señora bogotana que, habiendo dejado en una pieza á su
hijo, de dos años de edad, lo halló, al volver, jugando con una
gran taya que se le enroscaba y se le desenroscaba, enlazando el
cuerpo y los bracitos del infante. Contábase que la señora había
sabido dominar su horroroso espanto, y había aguardado con
paciencia heroica, aunque consumida por la angustia, á que la
culebra dejase espontáneamente su entretenimiento. Hablóse asimismo
de úlceras incurables causadas por la raya, habitadora de los
remansos de los ríos y de los arroyos, que clava su arpón en el pie
que la toca.
Jamás deja de observarse en aquellas tertulias que los bichos
menudos, tales como las chinches, los mosquitos y los zancudos, se
ceban de preferencia en los individuos que recientemente han venido
de la tierra fría.
Entre los insectos que llaman la atención del
|mosca, como
llaman en tierra caliente al sabanero, deben contarse las hormigas.
Raro es que piquen en el cuerpo; pero pican y pican con voraz
destemplanza en las vituallas, señaladamente en las de dulce. Son
la langosta de las despensas. En compensación, ofrecen grato
entretenimiento á quien observa sus costumbres, el orden que
guardan y la sumisión á sus leyes y á sus gobernantes, y la fuerza
y la destreza con que trasladan á los hormigueros los cadáveres de
animales que son para ellas más que lo que los elefantes son para
nosotros.
El baño se mira como complemento indispensable del placer ó el
recreo que ha de producir la mansión en tierra caliente, y de la
acción benéfica que el clima ha de ejercer sobre los enfermos. Esto
no admite duda; pero se diserta continuamente sobre las aguas ó
corrientes que se han de preferir; sobre qué pozo es el mejor del
río; sobre la hora á que conviene tomar el baño; sobre si lo más
higiénico es tomarlo refrescándose ó dejándose de refrescar, ó
tomarlo largo ó corto.
Todos dan por asentado que con el baño se gana frescura, no sólo
para algún rato, sino para todas las horas del día y de la noche; y
no es raro ver personas que, acabando de salir del río, sostengan
esto último, soplando como ahogadas por el bochorno, abanicándose y
enjugándose el sudor.
A las orillas de los pozos es donde nacen las
|amistades de
tierra caliente, esto es, las relaciones, casi siempre
efímeras, que contraen unas con otras las familias bogotanas á
quienes reúne el acaso en una población de las de aquella tierra.
|Y entre los modos de cultivarlas, el más común es el que
consiste en convidarse recíprocamente las familias á tomar el baño
juntas.
Fuera de los tres asuntos mencionados, hay otros dos que, aunque
con menos insistencia, llaman la atención de los
|temperantes: la hamaca y el sueño. La hamaca es para unos
el
|non plus ultra de lo beatífico y voluptuoso; y para otros
el acabóse de lo mareante y casi de lo emético.
Del calor excesivo, de la abundancia de exhalaciones del suelo y
de las plantas y, sobre todo, de lo escaso de la altura sobre el
nivel del mar, se originan profundas alteraciones en el sér animal;
alteraciones benéficas y sabrosas para los individuos de cierta
complexión y de ciertas disposiciones naturales ó morbosas; pero
penosas y desfavorables para los de otras complexiones y
disposiciones.
Entre aquéllas deben contarse la casi perenne somnolencia que
sentimos en tierra caliente, y la dejadez y flojedad que hacen
apetecer el reposo y las posturas descansadas. De aquí el que los
temperantes se lamenten de no poder leer ni entretenerse en otra
ocupación sedentaria sin verse avasallados por el sueño.
Una semana haría que nuestros temperantes habían llegado á San
Rafael, cuando la noticia de una catástrofe terrorífica, acaecida
por el lado de Guátima y no muy lejos del pueblo, vino á esparcir
el espanto y la consternación entre sus habitantes.
Una descomunal avenida de agua y lodo había causado grandes
estragos y cubierto y arrastrado algunas viviendas.
Una mujer, moradora de una de éstas, había perecido de una
manera horrible y, á duras penas, se había salvado una criaturita
que tenía en los brazos.
Como para que la relación fuese más espeluznante, se daba visos
de cosa misteriosa ó sobrenatural á una parte del suceso. Decíase
que, sin que se hubiese podido saber de dónde había salido, alguien
á quien la anciana madre de la víctima, único testigo del hecho, no
se atrevía á considerar como simple mortal, había como volado por
sobre el torrente, había tomado en sus brazos al niño y colocádolo
en los de su abuela.
La infeliz madre no había podido ó querido aprovecharse del
auxilio del salvador de su hijo.
Al pasar el relato por las bocas de los habitantes de la
comarca, iba recibiendo retoques y adiciones que lo hacían cada vez
más interesante y más á propósito para amotinar los nervios.
Por entonces hubo de efectuarse la primera visita de D. Jacobo y
su familia á la hacienda de D. Leonardo.
Sin que faltase más que Pablo, estaban visitantes y visitados
reunidos en el corredor de afuera, cuando se presentó una campesina
vieja, trayendo en los brazos una criatura de cosa de dos años y un
canastico en que venían una gallina y algunos huevos. Ella, después
de saludar preguntó por Pablo; y, como se le hubiese contestado que
estaba ausente, dijo, dirigiéndose principalmente á D. Leonardo:
"Es que esta pobre criaturita venía á traerle esta cortedá á mi amo
Pablito."
Esto diciendo, se enjugó los ojos.
-¿ Y eso cómo es?, preguntó D. Leonardo. ¿ Porqué es la criatura
y no usted quien le trae ese regalo?
-Ay, mi amo D. Leonardo: este niño le debe la vida á mi amo
Pablito.
Rompió á llorar, y de cuando en cuando prorrumpía: "¡ Ay, mi
Paulita, mi hija de mi corazón!"
Todos los circunstantes se habían levantado y acercádose al
barandal del corredor, frente al cual se había detenido la
anciana.
-¿ Qué es? ¿ Qué es lo que le ha sucedido?, le preguntó Da.
Mariana.
-¡ Ay, mi señorita! Si sumerced supiera …. ¿Susmercedes no
han sabido lo que sucedió allá en la Quebrada de Iguacalí?
-¡Cómo! saltó Da. Lucía, ese niño fue el que....
-Sí, mi señora, Ya la creciente se lo iba á llevar cuando mi amo
Pablito
¿ Porqué, en este punto, la mirada de Modesta, enturbiada por
las lágrimas, se encontró con la mirada de Cecilia, anegada también
en llanto de ternura?
¿ Era que cada una quería saber si la otra hacía suya la gloria
de aquella acción heroica?
Decídanlo los que sepan penetrar mejor que nosotros en las
profundidades del corazón femenino. Nosotros sólo sabemos decir que
ese incidente fue la primera prueba que pudo notarse de que entre
las dos primas había algo que no había habido antes.
El llanto ahogaba á la viejecita, y ella tardó en serenarse.
Todos se miraban unos á otros, atónitos, mudos y
enternecidos.
Las criadas habían olfateado que algo curioso estaba pasando
allí, y habían acudido.
Una de ellas fue quien rompió el silencio
-Con razón, dijo, con razón la ropa de mi amo Pablo resultó á
ese otro día como si la hubieran batido entre harto barro.
Todas las mujeres sollozaban. D Jacobo y D. Leonardo se paseaban
á lo largo del corredor, y de cuando en cuando se paraban y
hablaban en voz baja.
Se obligó á la abuelita á quedarse en Guátima hasta el día
siguiente. Todos á competencia la ajonjeaban y procuraban traerla
en palmas.
Exprimirles datos históricos á los jeroglíficos egipcios, á los
códices apolillados y á las figurillas que los indígenas americanos
dejaron estampadas en piedras toscas, no es más laborioso que
formarse idea de un suceso con las noticias que acerca de él se
reciben de boca de una persona rústica é ignorante. La persona
ignorante y rústica, al narrar lo que ha presenciado, no acierta
dar razón más que de sus propias impresiones de la parte que ella
misma ha tenido en el suceso Aquí lo subjetivo se lleva de calles á
lo objetivo. La tal persona pone todo su conato en infundir en sus
oyentes, á fuerza de ponderar y de repetir, las mismas impresiones
que ella ha recibido, y no se cura ni de exponer antecedentes, ni
del enlace, ni del orden de los hechos.
Esto pudo observarse muy bien en la ocasión á que nos vamos
refiriendo
Todos los habitantes de la casa de D. Leonardo, ansiosos de
conocer los pormenores y circunstancias de lo acontecido en
Iguacalí, una vez que vieron ya un poco calmada á la abuelita,
hicieron llover preguntas sobre ella, sin poderle sacar más que
exclamaciones sobre el susto y la congoja que ella había padecido,
ó noticia de lo que ella misma había hablado y tratado de hacer.
Para que, aunque imperfectamente, satisficiese la curiosidad de sus
oyentes, fue preciso rogarle que no hablase sino para dar
respuestas ceñidas y categóricas á las preguntas que se le
hicieran; y, así y todo, aunque ella tenía voluntad de complacer,
costó Dios y ayuda sacar en limpio lo que se deseaba averiguar. De
los datos que se le pudieron arrancar y de los que luégo se le
arrancaron á Pablo, resultó la descripción completa del suceso.
La Quebrada de Iguacalí es un torrente bastante caudaloso que
corre por el fondo de una cañada. En uno de los declives que la
forman, y á corta distancia de la corriente, se hallaban tres ó
cuatro casas y estancias de gentes pobres, y entre ellas, la de
Paula.
Notóse cierto día que el torrente había dejado de correr; y,
averiguada la causa, se supo que, arriba y en la boca inferior de
una hondonada extensa, parte de un cerro se había derrumbado sobre
el cauce y lo había obstruido.
Amedrentados los habitantes de las tres ó cuatro casas, y
previendo la catástrofe que era inevitable, habían liado sus
bártulos y emigrado presurosamente.
Paula, que tenía un hijo pequeñito, había hecho lo que sus
vecinos. Pero en la tarde del tercero de los días en que se estaba
aguardando el siniestro, como se viese apremiada por la necesidad y
recordase que había dejado unas yucas en estado de sacarse de la
tierra, volvió á la estancia, llevando al niño y acompañada de su
madre, y a muy gran priesa se puso á recoger las yucas.
Sintióse, confusamente primero, y unos segundos después,
distinto y amenazador y cada instante más cercano, un estruendo
espantable y cavernoso. La madre de Paula, que estaba á alguna
distancia de la casa recogiendo leña menuda, dio voces á la hija
llamándola afanosamente. Paula, despavorida, entró á la casa á
sacar al niño, á quien había acostado en un
|chinchorro, y
antes
|
que ella lograra alejarse, se vio como una montaña
negra que venía dando tumbos estruendosos y hacía estremecer la
tierra. El turbión bajaba arramblando con los ramajes, los pedrones
y los árboles que descuajaba de las orillas. Llegar
|
|y
colmar el cauce, y desbordarse y rodear la casa, todo fue uno.
Paula, en su fuga, alcanzó á trepar con la querida carga á la cima
de una gran piedra poco distante de la casa y colocada en sitio más
alto.
La avenida circundó al punto la piedra y formó entre ésta y la
orilla un brazo de agua negra, cenagosa y pestilente. Este brazo
tendría unos ocho pasos de anchura.
Pablo, que aquella tarde andaba por esos alrededores atendiendo
á alguna de sus incumbencias, había oído el estruendo y, aguijado
por la curiosidad, á todo el correr de su cabalgadura, había venido
á colocarse sobre un morro que dominaba la cañada. Apenas llegó á
ese sitio, se presentó á su vista la horrenda y lastimosa escena;
corrió hacia el teatro de ella; saltó de su mula, asió un gran palo
y, sirviéndose de él como de un báculo, se metió, denodado, en la
formidable corriente y, luchando con ella, llegó al pie de la
piedra. Más recia fue la lucha que hubo de sostener con la infeliz
Paula, que pretendía asírsele y ser salvada junto con su hijo. El
retronar de los rabiosos turbiones no permitía que aquella mujer
oyese las instancias con que Pablo trataba dé reducirla á que le
entregase el niño y á que aguardara su vuelta; difícil sería
explicar cómo, pero ello fue que Pablo logró al cabo apoderarse de
la criatura, llevando á la cual volvió á la orilla.
De nuevo iba á arrostrar la furia del tremendo raudal, cuando se
vio que, con ímpetu sañudo y rugir pavoroso, persiguiéndose y
alcanzándose como los copos de humo que brotan de una hoguera,
rollos inmensos venían precipitándose unos sobre otros.
Sin duda las aguas, represadas y comprimidas, no habían hecho
antes más que desbordarse por sobre su dique, y ahora lo habían ya
sacado de su base y arrollado, y en fiero tumulto pugnaban por
lanzarse todas de una vez, cañada abajo.
La piedra en que Paula estaba refugiada quedó cubierta en un
instante; y un instante después, dominando el estampido
ensordecedor de la catarata, rasgó el aire un alarido
lastimero.
A los últimos resplandores del Ocaso, las masas líquidas y
fuliginosas que venían despeñándose daban reflejos broncíneos que
llevaban á colmo lo tétrico de aquel escenario.
La mísera anciana, antes de apartarse de él, dirigió una larga y
ansiosa mirada hacia el monstruo rugiente que había devorado á su
hija. ¿ Era que quería desasirse de una vez de alguna loca
esperanza abrigada todavía por su corazón de madre, ó era que con
los ojos dirigía un amarguísimo y último adiós?
Cecilia y Modesta cuidaron de no asistir á la escena á que,
según lo preveían, había de dar ocasión la llegada de Pablo. Cada
una temía no poder ocultar en presencia de la otra las emociones
que habían de agitarla en esa coyuntura. Cuando Pablo hubo llegado,
su madre y sus dos tías se le colgaron del cuello. Una vez enterado
del porqué de esta demostración que lo había dejado suspenso,
declaró que la cosa no prestaba motivo para tales extremos; y, sin
atisbo de afectación, hizo por rebajar el mérito de su hazaña. De
ella nada refirió espontáneamente, sólo á poder de preguntas se le
hizo conversar sobre el caso durante la comida y de sobremesa.
Cuando Pablo se hubo retirado,
-Yo soy franco, observó D. Jacobo: en nuestra familia ha habido
siempre hombres de valer, pero ninguno como Pablo. Bien había yo
dicho desde que este muchacho tuvo uso de razón, que él había de
ser la perla y la honra de nuestra casa.
-Ah, terció D. Leonardo, es que aquí en tierra caliente es donde
los hombres se hacen hombres.
-Mucho te debo á ti y mucho te debe él, dijo enternecida Da.
Mariana. ¡ Cómo te bendecirá su padre desde el cielo!
-Vaya, Da. Marianita, no hay que …….
Y ¡ caso pasmoso! al viejo se le anudó la voz y se le aguaron
los ojos, cosa que verosímilmente no había ocurrido jamás.
|
(I)
|
En español
|peninsular, la palabra
|temperante
|
no tiene la acepci6n en que aquí esta
empleada y en que por necesidad la usamos los colombianos. Con ella
designamos al individuo que, residiendo habitualmente en una
comarca de cierto clima, sale de temporada á otra de clima
diferente.
|