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CAPÍTULO XI
 



MÁS QUE las enfadosas dilaciones, inquietaban á Da. Lucía y a D. Jacobo e citas alteraciones en la salud de su hija. La principal de ellas consistía en tinos dolores en las piernas que, á los comienzos, calificaban los médicos de dolores nerviosos. Este dictamen era sustentado por todas las mujeres que disertaban sobre el caso, las cuales sacaban á colación casos análogos á granel y porfiaban por que á Cecilia se le aplicasen los mismos remedios cuya eficacia habían experimentado los pacientes que mencionaban.

Alternaban los remedios caseros con los prescritos por los médicos. Unas veces parecían provechosos los primeros y otras los últimos. Los dolores crecían y menguaban, pero no se alcanzaba la curación completa. Por suerte, el médico de la casa y otros á quienes se consultó, habían declarado que el mal no era de gravedad, y lo mismo hacían cuantos "trataban del particular, afirmando que aquello era |un mal que andaba y anunciando que, con el próximo cambio de estación ó con el simple trascurso del tiempo, Cecilia recobraría la salud.

Pablo, dejando á su madre bastante restablecida y consolada, merced á las inocentes trazas de que se había valido para hacerle olvidar cuánto le repugnaba á él la idea del enlace con Modesta, hubo de ausentarse nuevamente.

Partió de la ciudad llevando como espina clavada en el pecho la idea del conflicto en que había de hallarse si, como no era dudoso que aconteciera, su madre lo apuraba para que diese pasos serios á fin de hacer efectivo el soñado matrimonio

Grande había sido siempre su sumisión al querer de su madre, pero ahora eran más poderosos que nunca los motivos para mostrársele dócil.

Aguardaba, y tal vez para dentro de poco tiempo, hallarse frente á frente con el tremebundo dilema que su conciencia le proponía: |Tratarás formalmente de casarte con Modesta, o matarás á tu madre.

Las cartas que siguió recibiendo de Da. Mariana no eran á propósito para tranquilizarlo ni para hacerle mirar como remoto el peligro que lo hacia temblar. Entre efusiones de cariño, cada vez más arrebatado, Da. Mariana le dejaba traslucir á su hijo la esperanza que parecía ser el hilo de que pendía su existencia.

No queremos pasar en silencio un hecho, al parecer, baladí, que ocurrió algunos días después de la partida de Pablo. Vino el cumpleaños de Modesta; y Da. Mariana no pudo conformarse con que ella no recibiera algún obsequio de su hijo. Mandó hacer un hermoso ramillete, ató á él una tarjeta de visita de las de Pablo, y lo envió á Modesta, haciendo ánimo de comunicar á Pablo lo que había hecho. Luégo se olvidó de escribírselo.

Desde el principio de la dolencia de Cecilia, los particulares que discurrían sobre ella y que daban consejos para su curación, habían apuntado la idea de que la enferma debía ser trasladada á tierra caliente, reforzando el consejo con relaciones de verdaderos milagros efectuados por la mudanza de temperamento. Los médicos, aburridos de probar tratamientos terapéuticos, vinieron á opinar como aquellos particulares y á prescribir formalmente la traslación de Cecilia á alguno de los pueblos de clima cálido. El pueblo que se eligió fue aquél en cuya jurisdicción radica Guátima, por ser muy sano, por haber en él un baño de virtud muy probada contra dolores de todo linaje y por distar sólo una legua de las posesiones de D. Leonardo. Esta útima circunstancia fue mirada como muy favorable, pues hacía aguardar, y con razón, muchas conveniencias para Cecilia y para sus padres, los cuales, como era de cajón, habían de acompañarla.

El único entre los nacidos á quien Da. Mariana le abría su pecho era el P. Velásquez, grande amigo de todos los Ibarzábales.

Entre las ventajas temporales á que este religioso había renunciado al pronunciar sus votos, debían contarse las que su buena cara y su apostura hubieran podido proporcionarle. Su tez era fresca y sus ojos brillantes, igual que los de todos los hombres de vida inmaculada. Su continente era grave y reposado y con su mirada dominaba y atraía. Su trato tenía el hechizo particular que raras veces falta á los hombres de su estado, inteligentes y cultos. Jamás se mostraba propagandista ni daba á conocer en la conversación sus piadosos sentimientos; pero, aun tratando de cosas indiferentes y aun festivas, disponía los ánimos a gustar de las cosas divinas.

Este sacerdote había aconsejado á Da. Mariana que, puesto que al matrimonio de Cecilia se le iban dando largas, y más de lo regular, aguardase con paciencia hasta ver si, como era muy factible, las partes interesadas se desajustaban, caso en el cual debería dejarse que Pablo proveyese á su propia felicidad como mejor pudiera.

Si Da. Mariana no se hubiese sentido impulsada por otro móvil que por el anhelo de que su hijo no viviese torturado por aquel amor sin esperanzas, acaso habría seguido el atinado dictamen del eclesiástico; pero continuó emperrada en el propio, y vamos á explicar el porqué: allá en los repliegues de su corazón, había nacido muy endeble y muy á las calladas un sentimiento que, sin que ella quisiese consentirlo, se había arraigado y robustecido.

El desvío de Cecilia y el no haber sus padres sabido estimar la fortuna que había querido entrárseles por sus puertas, ofendía á Da. Mariana y la humillaba, y excitaba en su pecho el deseo de que su hermano, su cuñada y Cecilia viesen á Pablo casado con quien, según su particular criterio, valía por todos títulos más que la misma Cecilia.

Dados estos antecedentes, nadie habrá de maravillarse al saber que Da. Mariana se sobresaltó terriblemente al oír que Cecilia iba á pasar algún tiempo en las cercanías del domicilio de Pablo, cosa que reputó peligrosísima para su proyecto favorito. Bien echó de ver que habían de llover ocasiones para que los dos primos se hallaran mano á mano y para que Pablo multiplicase sus atenciones para con Cecilia.

A fin de hallarse á la mano para poder |atajar pollos, como ella misma se lo decía soliloqueando, Da. Mariana deliberó declarar que también sería de la partida para acompañar á sus hermanos y á ver si el clima cálido le procuraba alivio en sus dolencias.

D. Leonardo y Pablo se enteraron de la determinación de que vamos tratando. El primero escribió á su hermano D. Jacobo instándole para que llevase á Cecilia, no á otro lugar que á Guátima, cuyo clima y cuyas aguas eran los de más probadas virtudes salutíferas entre cuantos podían hallarse en toda la redondez de Cundinamarca.

"Lucía y yo, contestó D. Jacobo, te hemos agradecido mucho la invitación que nos haces; pero, yo soy franco: si fuéramos á residir en tu casa, tú te empeñarías en hacer todos los gastos, y eso no sería corriente. Tampoco querrías consentir en que yo los hiciera y te mantuviera á ti y mantuviera á Pablo.

"Conque siempre nos iremos á permanecer en San Rafael, como lo han ordenado los médicos; pero con frecuencia iremos á Guátima á comerte medio lado."

En el mismo punto en que se hubo recibido la contestación de D. Jacobo, su hermano y su sobrino se dieron con grande ahinco y echando mano para ello de muchos de los oficiales y peones que estaban trabajando en los edificios de Ayamonte, á hacer reparaciones en la casa.

Para que los lectores se hagan cargo de la urgencia con que las reclamaba, haremos de ella una ligera descripción.

La sala era espaciosa; en los ladrillos desnudos del pavimento y en las paredes y la tosca bóveda, enlucidos con cal, resonaban los pasos y la voz, como resuenan en todo aposento desprovisto ó escasamente provisto de muebles. En las paredes campeaban cuatro estampas, en que el tiempo había apagado los colores y dado al fondo color de humo. En cada testero y en cada costado había una puerta; faltaban ventanas; pero, aunque las cuatro puertas estuviesen cerradas, entraba bastante luz por los agujeros que habían dado paso á la llave y á los clavos en época en que había habido cerraduras.

En un ángulo se veía un escaparate dado de ocre, en otro una mesa de nogal, y contra las paredes, dos escaños con balaústres torneados. Por ahí andaban también seis ú ocho taburetes forrados en vaqueta, á los que el uso había dado lustre y ciertos tonos oscuros. De dos de las vigas del techo pendían los lazos de que se suspendía la hamaca cada vez que debía funcionar.

A un lado de la sala estaba el cuarto que servía de escritorio y de alcoba de Pablo, en el que á duras penas cabían la cama, un taburete, una mesa en que reposaban el recado de escribir, los libros de cuentas, el frasco de la tinta, cajitas que habían contenido plumas de acero, el revólver, algunos números de periódicos y otros de una revista agrícola que trataban del cultivo de la caña, y de los cuales Pablo no había podido sacar más reglas aplicables á nuestra agricultura que las que de tiempo inmemorial conocían todos los trapicheros.

Debajo dé la mesa, cubiertos de polvo, de telarañas y de cadáveres de polillas, y visitados á menudo por las cucarachas, se encontraban algunos instrumentos de carpintería, un rollo de alambre, clavos, tornillos, candados sin llave, y varios tarros de hoja de lata, botes, botellas y cajitas que contenían ó habían contenido remedios para los animales, y otras varias Sustancias.

De estacas fijadas en las paredes colgaban piezas de vestir, y el sombrero dominguero de Pablo.

Frontera á este cuarto se encontraba la alcoba de D. Leonardo, casi tan espaciosa y aun más escueta que la sala.

De comedor hacía veces el extremo de un corredor cerrado por el lado que miraba al patio, con una reja de listones de palo, en la que se enmarañaba una enredadera descuidada, semillero de orugas peludas, de aquéllas que llamamos |churruscos.

Formaban patio, por una banda, la cocina y las piezas de los criados; y por otras dos, dos crujías de piezas, abandonadas hacía muchas navidades y algo ruinosas.

Reparar y adecentar esta parte de la casa fue lo que se propusieron D. Leonardo y su sobrino, y tan buena mano se dieron en su empresa y en la de amueblar las habitaciones recién reparadas, que á ambas habían dado cima antes de que sus parientes emprendieran el viaje á San Rafael.

Pero D. Leonardo pensó que, una vez que aquéllos habían de hacer sus paseos á Guátima, era forzoso introducir en el servicio doméstico radicalísimas reformas. Conferenció con Pablo sobre el particular, y ambos se sintieron muy atados. En diez leguas á la redonda no se habrían podido hallar dos hombres tan poco comineros como Pablo y su tío. La cocinera de Guátima no sabía sazonar por lo fino; y á malas penas aderezaba guisotes y fritangas cuando había que obsequiar á algún huésped.

En tal emergencia, hubo de tomarse el partido de escribir á Da. Liboria invitándola para que, con Modesta y con su servidumbre, fuera á pasar en la hacienda el tiempo que D. Jacobo y sus compañeras habían de pasar en San Rafael.

Poco gustaban la mujer y la hija de D. Leonardo de vivir en aquel retiro, en el cual echaban menos todas sus comodidades y en que, faltaba totalmente el pasto espiritual. Pero, visto lo apurado del caso y echando pelillos á la mar, aceptaron la invitación, y, acompañándolas en el viaje D. Leonardo, se trasladaron á Guátima antes que la familia de D. Jacobo á San Rafael. Esta providencia le dio por el gusto á Da. Mariana, haciéndole esperar felicísimos resultados de que Modesta fuese á vivir bajo el mismo techo que Pablo.

 

En la Boca del Monte, se han apeado de los carruajes D. Jacobo, su mujer, su hija, su hermana y Jorge, que ha venido en el coche de su mamá, trayendo en él á Da. Lucía y á Cecilia, y que ha tomado la vuelta de la capital.

Pablo ha venido á traer las cabalgaduras en que ha de continuarse el viaje. Ni él ni D. Leonardo han consentido en que se haga uso de otras que de las suyas. Pablo ha llegado con ruana; pero, después de saludar á sus parientes,. se despoja de- ella, aunque corre un remusgo helado y cargado de niebla, y toma parte activamente en la tarea de ensillar las bestias de las señoras.

Da. | Mariana y Da. Lucía apenas pueden atender más que al miedo que las posee de que la mula que les toque no sea bien mansita, y cuando se le ha mostrado á cada una la que debe montar, no se atreven á quitarles los ojos para descubrir si dan muestras de malas intenciones, y hacen preguntas á Pablo y á los mozos que lo han acompañado sobre las probabilidades que hay de que aquellos animales no las derroquen. Para Cecilia ha traído Pablo un caballo de buena estampa, un poco vivo y muy avezado á transitar por caminos escabrosos.

Al montar las señoras y las criadas, alternan las exclamaciones de miedo con las invocaciones á los Santos.

Las mismas viajeras se santiguan devotamente al ir á hundirse en el que para ellas es abismo pavoroso. La niebla no les deja descubrir el camino á más de veinte pasos, y así cada escabrosidad que se presenta y cada nuevo escalón que hay que bajar, ocasiona una sorpresa.

Da. Mariana se ha quedado un poco atrás, y de golpe llama con voz trémula á su hijo. Este, que va delante y que monta una mulita pequeña y muy avispada, la revuelve rápidamente, y, para acortar el camino, la hace trepar por una escarpa. Este rasgo de atrevimiento les arranca un ¡ |Jesús! á Da. Lucía y á las criadas.

Da. Mariana ha llamado á Pablo porque le parece que el galápago se le va hacia un lado. Pablo se desmonta, se cerciora de que la montura va bien, tranquiliza á su madre y vuelve á montar. Digamos de una vez que lo del ladeo del galápago fue causa de desazón y de detenciones durante todo el viaje.

El cual terminó felizmente en el pueblo que hemos llamado y seguiremos llamando San Rafael. No se nos objete que en Cundinamarca no hay población de ese nombre. Bien lo sabemos; pero bautizamos así al pueblo de nuestra historia, porque, por justos respetos, como suele decirse en casos análogos al presente, no queremos darle su verdadero nombre.

Pero mucho será que el advertido lector no adivine cuál es, si fija la atención en los siguientes rasgos de su fisonomía.

El piso de las calles |in puribus naturalibus, es decir, sin capa artificial que cubra la tierra, salvo en uno que otro sitio en que hay un angosto pavimento de piedras desiguales y lustrosas. En las calles vegetan algunas matas de higuerilla, y cubren á partes el piso el abrojo y el escobo; pero en vez del lozano verdor y el aire de juventud de la vegetación del campo circunvecino, estas plantas se muestran siempre mustias y medio agostadas.

Pocos edificios cubiertos de teja. Entre estos pocos, la casa municipal y el hotel, que, aunque mal que bien, están prestando sus servicios hace algunos años, no están terminados. Ambos tienen de piso alto el tramo que da á la calle, y ese piso alto está solado con tablas mal ajustadas por entre cuyas junturas (ó más bien, disyunciones) se puede ver lo que pasa en la planta baja. En la casa municipal habrá alguna vez balcón, pues ahí están anunciándolo los canes sobre que ha de descansar cuando lo construyan. Para enlucir el edificio se aguarda que se le haya dado la última mano. Así en la casa municipal como en el hotel, el corredor del piso alto tiene un extremo inconcluso.

Los techos empalmichados de la generalidad de las casas, se parecen á la cabeza de un hombre que se ha asentado con el cepillo empapado en agua algunas partes del cabello.

En la plaza se ven dos almacenes en que se venden mercancías, y uno de ellos es al mismo tiempo la botica.

En la principal calle, que es parte de un camino nacional, el billar brinda con honesta recreación á los desocupados; una tienda de licores, esto es, de brandy y de buen aguardiente; y otra de aguardiente, mistela y guarapo brindan también con recreación. Esto en la parte central.

En uno de los extremos y formando ángulo con la calle principal, está la |calle caliente, con abundancia de tiendas en que se hace un comercio todavía más recreativo.

Las calles y la plaza, solitarias y silenciosas los días de trabajo que no sean de mercado. Se perciben únicamente rumor de reyertas en el Juzgado; pasos de uno que otro de los señores y señoritos del pueblo que recorren alguna calle con aire de quien va á diligencia urgente, pero que no van sino á volver; silbidos ó gritos con que los granujas arrean á los burros que llevan á las casas barriles de agua y les ayudan en su labor cargando ellos mismos los |túmbilos llenos; las boladas que se dan en el billar; los rebuznos, gruñidos y cacareos que dan de cuando en cuando los burros, los cerdos y las gallinas, respectivamente.

El silencio y la inmovilidad se extreman á las horas en que el sol abruma y enerva más implacablemente á los vivientes. Quien se aventura á recorrer una de las calles á esas horas, si comete la indiscreción de mirar por las siempre abiertas puertas y ventanas hacia las habitaciones, ve siempre á sus moradores, más ó menos adormilados, en sus hamacas ó en sus |chinchorros. | Para no faltar á la puntualidad, observaremos que en la calle caliente sí no falta bulla de personas que hablan á la vez, aun á la hora en que el sol inflama el aire más brutalmente.

La casa en que se alojan los señores Ibarzábales tiene, como todas las mejores del pueblo, su corredor sobre la calle. A este corredor da la puerta de la sala. A un lado de ésta se halla la tienda con su estantería, la que está haciendo oficio de despensa. En el patio, en el que campean un guásimo, dos totumos y un amago de jardín en que, ahogadas por el escobo y el abrojo y perseguidas por las hormigas, desfallecen algunas matas de buenas-tardes, de caracuchos y de habanos, y un emparrado ya ruinoso. Dicha patio está medio dividido del de las casas contiguas por una cerca de listones de guadua en que los burros y los cerdos han abierto más de un portillo. Allí, en amor y compaña con las gallinas, buscan su sustento los gallinazos, aves que, á juzgar por su mansedumbre y por la familiaridad con que se las han con los hombres, deben de estar tan protegidas por las costumbres como los ibis en Egipto, los ratones en la India y los perros en Constantinopla.

Merced á los buenos oficios de D. Leonardo, que era muy conocido y respetado en San Rafael, se hicieron sus hermanos, á fuerza de préstamos, con los muebles indispensables; si bien, para que las criadas pudieran no dormir en el suelo, hubo que hacer construir |cañizos, esto es, barbacoas de cañabrava. El propietario de la casa aguardó en ella á sus inquilinos, se la hizo pasear, les advirtió que había cuidado de tenerles tinaja llena de agua, y que lo tenían á su disposición para todo lo que se ofreciera.

Cecilia, que nunca había puesto los pies fuera de la Sabana, tuvo ocasión de ver y conocer varias cosas.

Vio calentanas cabalgando á horcajadas en sillas masculinas.

Conoció calentanos con sombrero |marranero de alta copa y con el ala arriscada por delante ó por detrás; con la ruana doblada y llevada al hombro; con las faldas de la camisa blanca, rosada ó azul, pendientes fuera del pantalón; con el cuchillo envainado |y ceñido al cinto; con |quimbas, con carate de diversos matices y con su apéndice en la parte anterior del cuello.

A ellos y á las calentanas los oyó producirse con el dejo y las prolongaciones de vocales propios de quien ya no tiene aliento para hablar; y con cierta blandura de expresión que no dejan aunque estén maldiciendo ó dándose á los demonios.

El día siguiente al de la llegada era festivo. Cecilia, en la misa, pudo observar á las calentanas, que, ya con traje de fula azul oscura, ya con faldas de colores vivos y con pañolones blancos, encarnados ó de azul celeste que en la iglesia, y sólo en la iglesia, les cubre la cabeza, se echan aíre en la mejilla sacudiendo el borde del pañolón. Pudo observar asimismo lo escaso del recogimiento con que cumplían el primer mandamiento de la Iglesia y el estrepitoso fervor con que al |Sanctus hicieron sonar una descarga cerrada de golpes de pechos.

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