INDICE




CAPÍTULO I



LA CASA de D. Jacobo Ibarzábal dominaba con su antiguo, larguísimo y pesado balcón verde buena parte de una de una de

las principales calles de la ciudad de Bogotá. El espacioso zagúan tenía pavimento de piedrecitas redondas, con sus labores hechas de vértebras de oveja, y con el número del año en que la casa había sido construida, señalado con el propio ma­terial. En las dos esquinas del zaguán que queda­ban á los lados de la puerta exterior, se veían dos á manera de poyos triangulares que remataban por la parte de arriba en plano inclinado; fábri­cas que había levantado la previsión del arqui­tecto para defender aquellas esquinas de los desa­guisados que en ellas pudieran cometerse si se las dejaba de forma tal, que sirvieran de escondite.

La puerta que comunicaba el zaguán con el primer corredor de la casa no se abría toda sino en ocasiones en que por ella hubiera de pasar algo demasiado voluminoso, como cama ó almofrej. Para los usos comunes, bastaba el gran postigo, el cual se cerraba ruidosamente cada vez que se le abría y se le dejaba en libertad, merced á la acción de una correa que se había lijado por un cabo, en la parte inferior del marco del por­tón, y cuyo otro extremo estaba atado á un zurroncito de cuero crudo que contenía una piedra bastante pesada.

En el ancho corredor á que esta puerta daba entrada, se veían cuatro macizas columnas mo­nolíticas que sostenían tres arcos.

Por la escalera podían, con toda comodidad, subir ó bajar cuatro personas de frente. El segun­do de sus tramos desembocaba en un corredor llamado |el corredor ancho, y así se le llamaba por antonomasia, pues los otros tres que caían al pa­tio nada tenían de angostos. Los antepechos de los corredores estaban formados de barandales que podían servir de mesas, y de balaústres que, igual que las columnas, delgadas hacia los ex­tremos y panzudas hacia su promedio, daban muestras de haber sido torneados en tiempo en que la madera no escaseaba ni era cara.

Las puertas de las piezas de la planta baja eran toscas y desiguales; y no muy iguales, aun­que trabajadas con más primor, las del piso alto, las cuales lucían molduras y tableros resaltantes.

Componían el interior de la casa otros dos patios grandes y cuadrilongos, cerrados por fá­brica más tosca y pesada que la de la parte ante­rior; y tras estos patios 'se extendía una huerta con su breval, sus cerezos, sus papayos y sus malvas.

Bien había menester esta casa ser, como era, de sólida estructura y de epidermis poco delica­da, pues todos los domingos, y otros días y ratos feriados, servía de estadio, como si dijéramos, para muy variados, estrepitosos y turbulentos juegos en que se ejercitaban hasta diez ó doce niños, algunos de ellos ya volantones, que allí se reunían habitualmente á aprovechar sus ocios. Pertenecían todos á la parentela del D. Jacobo; y todos, con excepción de Cecilia, preciosa niña, hija única del mismo, eran varoncitos.

Predominando, como predominaba, el sexo masculino, los divertimientos eran siempre del propio género. En determinadas épocas del año, privaba determinado juego. Hacia la cuaresma, el trompo se llevaba la preferencia; y se veía el suelo de los corredores lleno de círculos trazados con carbón ó con tierra blanca, dentro de cada uno de los cuales había de caer y de bailar el peón. En torno de él se colocaban los conten­dientes; aquél á quien tocaba |servir, arrollaba la cuerda al trompo; por el lado de la púa lo toma­ba entre los labios inflando los carrillos, como para impregnarlo de vaho; adelantaba el pie de­recho, echaba el cuerpo hacia atrás y lanzaba el trompo con fuerza y con cierto aire de petulan­cia; otro de los |trompistas, previas las mismas ceremonias, echaba su trompo, tirando á clavar la pila en el peón de su parte contraria, y era co­diciado triunfo hincarla en él y romperlo.

Por San Juan y San Pedro, venían los caba­llitos de San Juan, representados por cuellos y cabezas de caballo, hechos de recortes de paño de cualquier color, y adornados con jaquimones y otros arrequives de diferentes telas. Estos productos de la industria sastreril se enhastaban en palos (palos de escoba, por lo regular); y, llevan­do muy formalmente la rienda, cabalgaban en ellos los muchachos, y daban carreras, saltos, coces y corcovos, como unos energúmenos.

Por Julio y Agosto les llegaba su vez á las cometas; pero como éstas no podían tender su vuelo desde la casa, daban ocasión para paseos vespertinos al cerro, á San Diego ó á Fucha.

A falta de juegos |propios del tiempo (como se dice en Liturgia), se echaba mano de otros. Siendo los rapaces aquellos unos |sportmen en agraz, gustaban infinito de jugar al toro; y en las épocas en que en el teatro público estaba dando funciones una compañía de equitadores ó de fu­námbulos, no se veía otra cosa en la casa de D. Jacobo que maromas, columpios, trapecios, ba­lancines, saltos más ó menos mortales, desco­yuntamientos, volteretas y toda suerte de suertes ó de tentativas acrobáticas.

No hay para qué decir que en los años en que en la casa de D. Jacobo solía haber esos be­lenes, sobrevino una revolución de las de nuestro repertorio. Entonces los chicos optaron por la carrera militar, y quedó turbada no sólo la paz pública, sino también la poquísima que la bulli­ciosa lechigada dejaba reinar en aquella casa. Or­ganizábanse en ella cuerpos regulares, con sus jefes, oficiales y clases; con sus morriones y cha­rreteras de papel; con sus cajas de guerra y sus cornetas; y con las armas que suministraba, no el furor, sino el hipo de contrahacer todo lo que por fuera se les veía ejecutar á los cuerpos del Ejército. Se montaba guardia, se echaba á la es­palda á las criadas, y aun á otras potencias neu­trales, se reclutaba, y hasta se arrestaba por quí­tame allá esas pajas.

Cuando se armaba la gorda era cuando lle­gaba el |casus belli. Entonces funcionaban las lan­zas de hoja de lata, los sables de estaño, los te­rrones, los proyectiles que se hallaban en la pe­sebrera, y á veces hasta los puños limpios.

El que en aquella casa se consintiesen tanto jaleo y tanta zambra, podría dar á entender que D. Jacobo era hombre paciente y contemplador; pero no había tales carneros: D. Jacobo era egoistón y sobrado amigo de sus comodidades.

Padecía de jaqueca, y el día que lo aqueja­ba se ponía indigesto y desabrido. Era tesonudo y entrañablemente apasionado por su propia opi­nión; y sólo se daba á partido cuando se le hacia creer que el dictamen á que se le trataba de in­clinar había sido suyo.

Su estampa distaba mucho de ser de las que cautivan á los niños. Era alto y enjuto. Reco­giendo los párpados, miraba por debajo de los espejuelos, con unos ojos negros sombreados por cejas que le habían crecido desmedidamente y que eran entrecanas, como las patillas y los bigotes. Cuando levantaba la cabeza para mirar á sus interlocutores, echaba hacia afuera el labio inferior, lo que daba á su fisonomía una expresión desde­ñosa ó altanera.

Explicaban la rara mansedumbre con que toleraba los estrepitosos desahogos de los mucha­chos, el hallarse sus aposentos en sitio muy re­puesto é independiente, y el ciego cariño que profesaba á su hija, fruto de su matrimonio en que se habían concentrado sus afectos paternales, pues muchos otros hijos que había tenido habían fallecido en edad temprana.

Da. Lucía, que sólo tenía voluntad para que­rer lo que quisiera su marido, á quien miraba como un oráculo, soportaba la bulla de muy buen grado por más que á veces la mareara más que medianamente.

Pero, tiempo andando, D. Jacobo llegó á no­tar que, gracias á lo muy masculino y tosco de to­dos aquellos |sports, como debemos llamarlos ahora, Cecilia, que entre sus primos se hallaba tan en mi­noría, iba adquiriendo modales hombrunos y or­dinarios. Consultó el caso con su mujer, y los dos, ocurriendo á no sabemos qué arbitrios, lograron que se aboliera la costumbre establecida entre sus deudos, de enviar sus niños á diablear en su casa.

Cecilia empezó á echar de menos á sus pri­mos, y los días de fiesta, se enfurruñaba, sin que para distraerla valiera mandarla á paseo, ni el procurarla entretenimientos sedentarios.

Entre los dichos primos se contaba á Pablo, bello muchacho, tres ó cuatro años mayor que Cecilia, muy amable y de modales suavísimos.

A D. Jacobo y Da. Lucía les ocurrió hacer excepción en favor de este sobrino, para ver de tener á Cecilia distraída y satisfecha; rogaron á su madre que siguiera enviándoselo como antes, y tuvieron el gusto de ver que habían andado acertados al dar aquel paso.

Pablo, que cuando las recreaciones tumul­tuosas se mostraba ágil, despabilado é intrépido, probó ser capaz de tomar parte, sin repugnancia y con gracia y habilidad, en entretenimientos propios de una niña. Imaginaba situaciones, lan­ces y sucesos de familia que interrumpiesen la monotonía de la existencia de las muñecas; emi­tía acertados pareceres sobre los trajes y los ajua­res de éstas, y hasta solía darse buena mano en la fabricación y arreglo de sus habitaciones y sus muebles.

Hallándose dotado de imaginativa, de espí­ritu de observación y del dón de imitar, encanta­ba á su prima cuando á ella se le antojaba que jugaran á las visitas. Pablo desempeñaba en ellas á la perfección el papel que le tocaba, ya fuese el de médico, ya el de un caballero que iba á dar pésames ó plácemes; ya el de un galán ó preten­diente; ya el de un individuo muy necesitado que solicitaba socorro.

D.     Jacobo y Da. Lucía estaban que no cabían en sí de satisfacción contemplando cómo, á tan poca costa, habían logrado contentar á su niña y verla siempre hecha unas pascuas.

Y así estuvieron por bastante tiempo. En la debida sazón, pusieron á Cecilia en la escuela. Pablo era muchas veces quien la llevaba y la traía; y era comunísimo que le repasara las lec­ciones; pues, como era natural, se hallaba mucho más adelantado en sus estudios. Más tarde, Ce­cilia despuntó como bordadora; y Pablo, que habla salido aventajado en el dibujo, le suminis­traba los que había menester, y dirigía á veces la ejecución de las obras que demandaban arte y particular esmero.

Ya Pablo había llegado á los diez y siete años y Cecilia á los catorce, sin que aquél se hu­biese curado de examinar ni de definir ciertos sentimientos que en su pecho había hecho nacer aquel trato tan constante y tan íntimo con su pri­ma. Si se le hubiera preguntado cuáles eran, con toda ingenuidad habría contestado que no podían ser otros que los que cualquier herma­no abriga para con una hermana; aunque, para ser enteramente sincero, habría tenido que explicar que no eran en rigor los de |cualquier hermano, sino los de un hermano que no vivía ni respiraba sino para su hermana.

Era de notarse que, mientras que sus con­discípulos y camaradas sentían, al decir de ellos mismos, cierta inclinación á algunas de las chicas que veían ó que trataban, Pablo nunca llegó á mirar en mujer que no fuese Cecilia, más que un individuo de la especie humana que llevaba faldas como pudiera llevar pantalones.

La cuestión era harto más sencilla respecto de Cecilia. Su desarrollo no había sido precoz. Por una fortuna que rarísima vez favorece á las muchachas de nuestra tierra, su corazón era, á los catorce años, corazón tan de niña como el que le latía en el pecho en su primera infancia. Pablo era para ella un primo querido, y un camarada de cuya compañía gustaba, como antes había gusta­do de la de sus muñecas y de la de todo lo que la había entretenido en los años de su niñez.

No podía pasar mucho tiempo sin que su primo, sin necesidad de meterse en análisis ni en honduras sicológicas, echara de ver que lo que en su corazón había nacido, crecido y echado raíces, era ni más ni menos que lo que se llama amor.

Aquel afecto que Cecilia le inspiraba era tan natural, se había desenvuelto tan á la sorda, ha­bía estado tan exento de contradicciones y de turbulencias, existía tan desinteresado y tan des­cuidado del porvenir, que no era extraño que ar­diese sin dar á conocer su naturaleza verdadera.

D. Jacobo y otros de los Ibarzábales eran muy ricos. No así su hermana Da. Mariana, viuda de D. Alejo Ferrer y madre de Pablo. Una re­volución y varias especulaciones aventuradas ha­bían dado al traste con el caudal de D. Alejo y con gran parte del de su mujer.

A costa de esfuerzos y sacrificios, logró ésta que su hijo estudiara por algunos años; pero al cabo, cuando ya él iba estando abocado al docto­razgo, y cuando más esperanzas abrigaban sus profesores de sacar de él un jurista de primera nota, faltaron los recursos necesarios para hacer que coronara su carrera; y hubo de pensarse en que Pablo abrazara una profesión que pudiera producir lucro inmediato, ó que de cualquier ma­nera comenzase á trabajar.

Tras luengos debates, y consultas, y tanteos y perplejidades, se vino á acordar en consejo de familia que Pablo fuera á desempeñar el cargo de administrador auxiliar de las haciendas que D. Leonardo Ibarzábal, el más acaudalado de sus tíos, poseía y manejaba en tierra caliente.

Por lo pronto, se miró esta colocación como interina y supletoria. No ignoraban los que to­maron esta determinación que cuando un mozo que se halla en punto de abrazar carrera es admi­tido á tomar parte en tareas ó en empresas que ya están marchando encabezadas y dirigidas por el interesado en ellas, tal admisión no suele ser más que un expediente provisional á que se ocu­rre para que el dicho mozo no permanezca inac­tivo mientras se ve si se le presenta alguna colo­cación que notoria y positivamente le convenga.

Lo probable era que sucediese lo que es común en casos semejantes: que en las haciendas fuese un par de individuos, en lugar de ser un individuo solo, quien diera una orden, ó presen­ciase una faena, ó ajustase un negocio, ó cabal­gase para recorrer las posesiones, ó apuntase un gasto ó un ingreso.

Todo esto se miró y se remiró; pero esta precaria colocación se tuvo (y muy bien tenida fue) por preferible á cualquier destinillo oficial ó no oficial que fuera dable conseguirle á Pablo, en el cual pudiera petrificarse para toda su vida, sin otra esperanza que la de ir tirando hasta que los achaques ó los años dieran con él en un hospital.

A Pablo, que era por su índole agencioso y emprendedor, le armó la determinación en el punto en que le fue comunicada; mas, cuando hubo recapacitado un poco y advertido que ella lo condenaba á vivir lejos de su prima, se amu­rrió por extremo y conoció que le habría petado más cualquier otro partido que se hubiera toma­do, siempre que fuera tal, que no lo alejara de Cecilia.

Pero, por muy viva que hubiera sido su re­pugnancia á la determinación que se tomó sin darle voz ni voto en las deliberaciones, nunca ha­bría dejado de abrazar el partido que se le pro­puso. Hallábase dotado, como luégo se echó de ver, de inapeable energía para el trabajo, para el combate con los obstáculos materiales, para hacer cara á las penalidades y á los peligros, y para te­ner á raya sus propios apetitos; mas su genial benevolencia y el hábito que su madre le hizo contraer de someter su voluntad á la ajena, lo hacían incapaz de resistir al querer de los que ejercían autoridad sobre él, y aun de contrariar ú | ocasionar mortificaciones á los más extraños. Gracias á tales disposiciones, pudo observarse en él, durante toda su vida, una condescendencia que rayaba en debilidad y que en más de una ocasión lo expuso á quebrantos y sinsabores.

Como era natural, Cecilia oyó con senti­miento la noticia de que Pablo debía ausentarse y quizá por largo tiempo.

Según iba acercándose el día en que Pablo había de partir, iba él viendo con claridad dentro de sí mismo, y á medida que iba descubriendo cuál era la naturaleza del sentimiento que su prima le inspiraba, ese mismo sentimiento, que se había desenvuelto tan á sus anchas, iba encendiéndose con lo que lo contrariaba. Pablo ya le daba su ver­dadero nombre, y allá conversando consigo, le agregaba todos los epítetos que la exaltación y la poesía han inventado para el amor.

Hasta la víspera de la partida, Pablo y Ce­cilia sintieron cierto embarazo para hablar uno con otro acerca de su próxima separación; y ni siquie­ra tocaron punto alguno relacionado con ella. Esto sucedió no obstante que el primero menu­deó más que de costumbre sus visitas á la casa de su tío Jacobo.

Pero la noche que precedió al día de la mar­cha, fue preciso romper el silencio.

-Tú sí sabes, le dijo Pablo á Cecilia, que mañana me voy. ¿ No es así?

-Si, contestó Cecilia, y se le aguaron los ojos.

-Y sabes también que puedo no volver en mucho tiempo.

-Sí-y se cubrió los ojos con el pañuelo.

-Di: ¿ me pensarás, te acordarás de mí si­quiera algunas veces?

Cecilia, que había hecho algún esfuerzo para reportarse, le contestó:

-¿Cómo no he de acordarme de ti? ¡ Cuánta falta vas á hacerme!

-¿Y conoces cuánta es la que tú vas á hacer­me á mi?

-¡Pobre Pablo! ¡Tan solo que vas á estar allá!

-Mucho más que lo que tú te figuras.

-Procura que sepamos de ti siquiera todas las semanas.

-Creo que, muchas á lo menos, me será fácil. Entiendo que he de pasar lo más del tiempo | cerca de los pueblos en que hay oficina de correos y estación telegráfica. Tú haz cuanto puedas por que de ti y de mis tíos tenga yo noti­cias con la mayor frecuencia.

-Por supuesto. Mañana vienes á despedir­te; ¿no es así?

-Mi tío Leonardo quiere que madruguemos mucho.

-De modo que….esta noche….

Y la voz se le anudó en la garganta.

-Sí: esta es ya la despedida.

Pablo no hubiera podido decir más, porque á él también le habría faltado la voz.

El último adiós se lo dieron en presencia de

D.   Jacobo y de Da. Lucía.

-Adiós, Cecilia.

-Adiós, Pablo. ¡Que te vaya, muy bien!

índice | siguiente