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CAPITULO X
LA SIEGA

Estaban convidadas las dos familias aliadas para ir a la siega de trigo, que se practicaba a siete cuadras de distancia de las casas de |La Pradera.

Iba una mañana de las más despejadas del mes de agosto Fernando con las señoras de las dos haciendas; caminaban suavemente sobre la grama que los carros tenían aplastada en sus viajes del corte a la montonera, conduciendo los manojos de trigo. El canto de los peones hacía ecos dilatados en las lomas del oriente y todo era risueño, menos el semblante de Isabel, que no respondía sino con frialdad cuando Fernando le dirigía la palabra.

Este, acostumbrado a ver su sonrisa y a oír sus gratas contestaciones desde tiempo inmemorial, ardía en deseos por entrar en una explicación con Isabel; pero ésta no se apartaba un momento de doña Josefa y de Margarita.

Al fin llegaron las señoras al sitio donde trabajaban los peones de la cuadrilla de estancieros a la redonda. Era un espectáculo divertido ver cerca de ochenta peones, que pasando de norte a sur y de sur a norte, sobre una faja de la sementera de trigo, de una cuadra de ancho, quedaba ésta cortada, saliendo por el aire los manojos que botaban las amarradoras: los golpes de la hoz sonaban al compás del canto de la Gea, bajo los esfuerzos de los segadores encorvados, que formaban los pequeños montones, que recogían los cargueros inmediatamente.

El cortador, esto es, el peón que marcaba la línea del lado del corte, era el que entonaba el verso del canto, y toda la peonada respondía en coro |gea, gea, gea, con una vocería que atronaba los aires.

-¿Qué origen habrá tenido este canto?, preguntó la señora Jerónima a don Fernando.

-El canto, dijo Fernando, es la expresión del sentimiento: canta el amante sus penas o sus quejas en forma de una serenata; canta la marsellesa el atrevido parisiense al acercarse a las barricadas; canta el boga el |curulao, acompañándose con el golpe del canalete para animarse, conformando todos sus movimientos al son de su música; y cantan los segadores para entrar en entusiasmo, sin que deje de tener el amor alguna parte, porque estos mismos peones no cantan en los otros trabajos, por ejemplo, en la arada, cuando siguen lentamente los pasos de la yunta de bueyes, empuñando la puya con la mano izquierda y con la derecha la manija del arado hecho de un tronco de palo, por el estilo de los que ahora doscientos o trescientos años usaban los españoles.

-¿Y este canto y este modo de segar se usa en Europa, en los lugares en que cosechan el trigo?

-Muy variado, seguramente. La pintura y las relaciones que nos vienen de por allá nos dan idea del adelanto de los europeos en todas estas materias. Las artes mejoran los trabajos, y las gentes se modifican con el brillo de la civilización. Hoy el segador italiano está muy bien calzado, usa pantalón y chaqueta de pana o paño y un sombrero de paja italiana. La amarradora o respigadora de la Romanía tiene un jubón apretado, del cual le bajan las enaguas de zaraza, y sus pies están perfectamente calzados; lleva ceñida la cabeza con una banda o pañuelo que da la forma de una especie de turbante, adorno que se completa con el brillo de unos tantos alfileres.

-¡Qué diferencia de esta tierra!, exclamó doña Mercedes. José María lleva apenas camisa de |bogotana, o liencillo, pantalones de manta rayada y alpargatas de hilo y fique y unos zamarros viejos de piel de cabra y su sombrero de palma hecho en los pueblos de tierra caliente, y casi todos van por el estilo. ¿Y Fulgencia? Ella usa enaguas de frisa, camisa de bogotana, que hace veces de corpiño o de jubón, y lleva puesta la ruana de su segador, que es José María. Su sombrero es de trenza ancha de palma, o caña brava, y sus lindos pies no tienen ni aún alpargatas, que es el calzado más sencillo de los más de nuestros aldeanos; tiene los brazos cubiertos con unas mangas de género blanco, para evitar los raspones de las cañas y espigas de trigo: pero viven contentas y felices, según todas las apariencias. Fulgencia descuella entre todas las amarradoras, por la elegancia de su cuerpo y la brillantez de sus ojos. Sobre todo, las trenzas de su pelo son el mejor signo de la raza latina a que pertenece. La mayor parte de estos peones sabaneros del norte y oriente parecen lombardos o castellanos viejos.

-Aunque se nota en algunos la mezcla de indios, y en muy pocos la de negros, dijo Margarita. Vean una amarradora, que no tiene mezcla de blanco: india pura ¡y qué bonita! Aquella del sombrero nuevo.

-María Cogua, contestó Fernando; la hija del sargento Cogua, el indio de Engativá, que viene por tiempos a componerme las zanjas. Después de haber poseído terrenos por la herencia de sus mayores, hoy no tiene un palmo de tierra donde pararse y vive en una choza de mendigos sujeto a todos los rigores del feudalismo, que ejercen con crueldad algunos de los hacendados.

-Yo no sé qué especie de simpatías tengo por esta raza, dijo Margarita. Los indios ejercen en toda la América del Sur lo más delicado de las artes, dicen que son los mejores soldados, proveen a los mercados con los renglones más exquisitos y tienen la cualidad de amar sus tradiciones al través del velo que las oculta, lo que a mi ver es una verdad.

-Resulta del paralelo de los trabajadores italianos con los cundinamarqueses una diferencia enorme.

-El hecho es que allá siegan y aquí también segamos, dijo Fernando.

-¿Y cantan?, preguntó doña Josefa.

-Cantan sus canciones populares. Un amigo mío, italiano de nación, que me ha hablado de las siegas de Lombardía, me ha enseñado algunos de los versitos que cantan los segadores.

Las señoras continuaban mirando las operaciones de la cuadrilla y Margarita le preguntó a Fernando cómo era el mecanismo o la dirección de los trabajos.

De este modo, dijo Fernando: don Isidro es el director o jefe supremo, que manda en todas las operaciones; Carlos es el segundo; el mayordomo es el comandante particular de la cuadrilla. Para segar un llano sembrado de trigo, se parte o divide una tabla del ancho de una cuadra, con un camino que marca un segador de un lado a otro del trigal, segando una línea de tres cuartas de ancho. Luego entra la cuadrilla segando la tabla por caminos transversales de un lado a otro. En esta cuadrilla entran veinte partidores, abriendo cada uno un camino de tres cuartas de ancho, que deja segado a más de una cuarta de rastrojo. Entre partido y partidor va quedando una faja de media vara de ancha de trigo sin segar y estas fajas las siegan los cabuyeros, que son muchachos y algunas veces mujeres. Luego van veinte amarradoras levantando las manadas del trigo segado y amarrándolas con diez y seis o veinte cañas del mismo trigo segado, operación que saben ejecutar con una ligereza que admira. Después van esas seis respigadoras que ustedes ven, recogiendo las espigas que se desvían; los manojos los recogen seis muchachos y los llevan a un sitio donde se hace una gavilla o montón pequeño, de una estructura ingeniosa, dejando las espigas resguardadas de la humedad para el caso en que llueva y después el trigo de estas gavillas se conduce en tres o cuatro carros a la montonera.

-Es prodigiosa la maniobra, dijo doña Josefa. El número de ochenta trabajadores, la belleza de algunas de las peonas, la destreza con que se trabaja, la complicación de las maniobras, el canto, la alegría, la esperanza cumplida de una corta siembra, todo esto hace de la siega un trabajo delicioso.

-Agreguen ustedes, dijo Fernando, que las siegas son el teatro completo de los coqueteos y de las galanterías de los estancieros: son las fiestas de los aldeanos. El horizonte en los meses de julio y agosto es hermoso; sin que las lluvias vengan a contristar el ánimo de los estancieros; las reuniones excitan la fraternidad y la buena armonía entre los sexos y la paga de los jornales completa los motivos del bienestar, siendo todo dicha para los patrones y los peones.

El segador saca la medida de chicha de su amarradora, al repartir la comida del mediodía; la amarradora lleva puesta la ruana de su segador, y el pronombre posesivo |mi parece que asegura el derecho de galantería en una bella pareja; porque el segador dice |mi amarradora, la amarradora |mi segador. Los domingos convidan los estancieros a sus compañeros y siegan sus pequeños trigales, no escaseándose los licores de uso. Por la noche da baile el estanciero a los peones convidados. Repito que las siegas son las fiestas de los estancieros de la sabana.

-Y de las siegas resultan los casamientos, agregó doña Josefa, en tono de mucha seguridad. Verán ustedes cómo de esas hermosas sabaneras se casan tres o cuatro dentro de seis meses o más antes. La obediencia de las hijas a los padres, la atención que ponen a las pláticas curales, la sujeción a la casa paterna, la repugnancia con que se miran las uniones ilícitas en las estancias, todo esto contribuye a que se casen las muchachas, y sus matrimonios sean felices. Lo sano del clima y la ventaja de las buenas costumbres nos dan los admirables casos de tener diez o doce hijos reunidos, en una sola estancia, muchos de los matrimonios de los arrendatarios de las haciendas.

El sol estaba ardiente, y las señoras se entraron al toldo que habían preparado los peones para repartir las raciones. La mullida grama las esperaba, como la mejor alfombra que pudiera desearse. Poco después llegó la cuadrilla de los forasteros, que venía del otro extremo del trigal; todos estos eran peones del pueblo de Suesca, al noroeste de la sabana; indios puros eran la mayor parte y sus trajes demostraban una rigurosa pobreza. Fueron levantando platos del suelo y retirándose a formar pequeños corrillos, teniendo la yerba por único mantel. El almuerzo no era otra cosa que mazamorra con carne y papas y dos platos eran la ración de cada jornalero.

Las dos criadas que habían ido con las señoras, extendieron sobre un mantel de alemanisco las ricas y variadas onces, de los canastos que llevaban preparados. Horchatas, dulces, leche, carne seca, bizcochos y pan: esto era el refresco. Las señoras, Fernando y don Isidro tomaron lo que mejor les agradó, sentados en su corrillo aristocrático; Carlos tomó su contingente desde a caballo, y luego que acabó, sacó un gran cuaderno y comenzó a llamar uno por uno a los peones, poniendo una rayita a los que contestaban "presente".

La cuadrilla de los del país ya estaba despachada de almuerzo.

Después de retirarse la cuadrilla de forasteros, las familias unidas se volvieron en dirección a |El Olivo, oyendo de lejos la vocería de la gea, el crujir de los carros y algunos gritos de los jefes al dar órdenes.

Fernando se unió a Isabel, que se había atrasado por lavarse las manos en el chorro de agua que cruzaba por el llano; ésta tuvo tiempo de oír de boca de Fernando las sentidas quejas por la seriedad con que lo estaba tratando.

-Temo, Isabel, que la declaración que le hice a usted en los alisos de la orilla del río de |La Pradera no haya sido bien acogida por causa de alguno de los visitadores.

-¿Qué visitadores?, dijo Isabel, sin levantar los ojos del suelo.

-Alguno de tantos, pues que ya no hay un solo día sin que no haya visitas en la hacienda de don Isidro. |El Olivo se ha vuelto la Meca de la sabana.

-¿Luego es a mí sola a quien visitan?

-A usted sola, porque antes no llegaban de Bogotá o la sabana sino algunos amigos o parientes de don Isidro. En las haciendas sucede con las muchachas lo que en las huertas con los cerezos, a los cuales no se acerca ni una sola avecilla hasta tanto que no están cargados de fruto. Antes de que usted y Margarita estuviesen en sus diez y seis, y Justina y Rosalía en sus quince o sus catorce, no había visitas. A mí lo que me admira es que usted no se canse de oír los repetidos floreos de los visitadores.

-¿Y a mí por qué van a decirme nada?

-Porque a las buenas mozas no se las visita para admirar sus perfecciones en silencio, como a las colecciones de ricas pinturas.

-Y suponiendo que así sea, ¿luego usted piensa que yo les hago caso a sus boberas?

-¿Y qué boberas dicen?

-Por lo pronto no me acuerdo, pero Margarita lleva un diario de las que nos han dicho.

-Pero hay un visitador cuyas conversaciones deben ser para usted muy agradables.

-Lo dirá usted por don Arquímedes Uribe.

-Exacto. El visitador eterno, lo mismo que don Serapio, que no falta ni una sola semana.

-Ellos no vienen sino por matar patos y palomas silvestres y llegan por descansar un rato, a la sombra.

-Don Serapio, que podía estar rezando y no pensando en muchachas. ¿No vio usted cómo se nos metieron en los rodeos, sin rejo de enlazar y sin ser convidados por nadie? Y que se van entrando como las espigas por la manga arriba; ¡cuando hasta se dieron sus trazas porque los convidásemos al baile! Esto es lo que se llama tener pechuga. Y como encuentran quienes les oigan sus tonterías...

-Entonces ¿qué es lo que usted se figura?

-¿Yo?... nada...

-Son temeridades las suyas.

-Tal vez... Esos versos que el visitador ha publicado en elogio de la vida del campo y de una de sus divinidades... eso no es nada... Y que los mandó inmediatamente que salió el periódico.

-Eso es porque le manda todos los periódicos a papá.

-¿Y qué le parecieron los versos?

-Bonitos...

-¡Sublimes!, diga usted. Se divisa la esperanza como en fanal de un puerto seguro para la nave que viene escapando de la tormenta: tres veces se lee en esos versos la palabra |esperanza.

-Muy bien; que sigan, pues, adelante las visitas. Yo le había ofrecido a usted mi mano, lo que usted no ha tomado en consideración, ocupado como está su pensamiento por las visitas, no hay duda; pero si no está libre su voluntad para poder aceptar...

-Tan libre como lo más. Es que esto tiene mucho que pensar y que meditar.

-¿Pensar y meditar?... El amor no se discute sino que se siente y nada más; el amor no es negocio; hablo del amor verdadero, de esa llama que se enciende una vez sola en la vida y que combinada con otra llama pura forman el nudo sagrado del himeneo.

-Ahí está el mal, dijo Isabel. No piensan los hombres en el sacrificio que van a hacer, y las pobres mujeres son las que sufren las consecuencias.

-¿Por qué, Isabel?

-Porque pasado el tiempo del fervor y la decisión se van a tributar las ofrendas de su corazón a divinidades extrañas y los juramentos y las protestas y la poesía, todo se olvida.

-¿Cómo, Isabel? ¿Qué es lo que usted dice?

-Lo que se ve todos los días...

-¿Qué cosa?

-El desdén que sigue después de pasado poco tiempo del casamiento y la diosa, la reina, la señora pospuesta y burlada. ¿No ha oído usted repetir con pertinacia, con mofa y hasta con ironía la palabra mi señora a muchos de los casados que tratan a sus esposas con menosprecio? Yo me río muchas veces, porque |mi señora quiere decir |mi |esclava en el sentido verdadero. Y todo esto consiste en que no se piensa en lo que se va a hacer. Y si antes de casarse palpa una la burla... y el desprecio...

A Isabel se le llenaron los ojos de agua y trató de alargar el paso, pero Fernando, comprendiendo en el instante, que ella lo amaba y que tendría alguna queja contra él, la detuvo con repetidas súplicas, diciéndole:

-Comprendo, Isabel, que usted tiene algunas quejas de mí. La he visto muy seria y como no me remuerde la conciencia, le suplico que me diga si es que le han dicho alguna cosa.

-No, Fernando, no me han dicho nada; es que yo misma lo he visto.

-¿Qué, Isabel? ¿Qué puede haber visto usted?

-Pues he visto visitas; pero como es inocente todo lo que los hombres hacen...

-¿Visitas?... ¿En dónde?... ¿Cómo?...

-En la misma hacienda.

-¿A quién?

-No se haga el disimulado. Es mejor que no hablemos de eso ahora.

-¡No, no, Isabel! Usted debe decírmelo todo, si no quiere llenar mi corazón de amargura.

-Lo he visto a usted, con el anteojo, visitando ala señorita Fulgencia.

-¿A mí?...

-A usted, ahora ocho días: por más señas andaba en el caballo cisne.

-¡No, Isabel! Hay una equivocación en esto y la advierto por una casualidad. José María me ha dicho lo mismo y quería irse para Ambalema, creyendo que yo visitaba a su novia. Me dijo que me había visto ese mismo día que usted dice, montado en el caballo cisne, llegar a Los Alcaparros y visitar a Fulgencia: pero no ha sido sino Carlos que andaba en mi caballo y con una ruana muy parecida a la mía.

-Lo creo, Fernando y le suplico que me perdone un juicio temerario. Le confieso que estuve muy sentida con usted. No pude prescindir del dolor que me agobiaba; yo no sé qué sería; aborrecía a Fulgencia, cuando en toda mi vida la he querido tanto: he sufrido mucho, Fernando, se lo confieso; he sufrido como no hay idea.

-El anteojo tiene la culpa, dijo Fernando, para consolar a su amada. Es engañoso y es necesario tener un poco de cuidado en lo sucesivo.

-Pero siento que Carlos se humille hasta el extremo de visitar una triste arrendataria. No me disgusta que sea popular y amigo del pobre; pero no tanto como para visitar con frecuencia a las hijas del pueblo.

-Eso también tiene sus explicaciones. ¿No sabe usted que Carlos trajo de Bogotá un gallo giro, cuando se vino? ¿y que ha continuado criando gallos de la misma raza?

-Es verdad.

-Pues esos gallos los ha distribuido en algunas estancias y en la de Fulgencia tiene el giro negro y lo visita con frecuencia y cuando tiene que carear algún gallo nuevo, lo va a hacer con el veterano, que tantas batallas ha ganado en Bogotá y en la parroquia.

Pasaban las dos familias por frente a la montonera, que estaba a dos cuadras de la casa de |El Olivo y Fernando les hizo el convite para ver las maniobras.

Había carros que llegaban cargados de manojos de trigo y carros que se volvían desocupados; había grandes pilas de trigo en desorden, como también montones ya formados; estaban los operarios comenzando un montón y acabando otro; el primero era de dos varas de alto y lo construían entre dos fabricantes: uno echaba y colocaba manojos en el centro y el otro ponía los de la periferia de un cono, de cinco varas de diámetro, uno en pos de otro y apretaba con la rodilla. El segundo montón, que estaba para concluirse, tenía diez varas de alto, y el operario, que era uno solo, recibía los manojos que del suelo le lanzaban y los colocaba también en círculo, disminuyendo la periferia para cerrar en punta.

Estos montones piramidales de manojos de trigo, como si fuesen ladrillos, son muy ingeniosos, pues que economizan un edificio de cincuenta varas en cuadro, para guardar el trigo y pueden durar tres o cuatro años si se quiere, teniendo la ventaja de preservar el trigo de mojarse o dañarse, al mismo tiempo que queda expuesto al aire libre en todo el campo. La lluvia no humedece sino la parte del manojo por donde se ha cortado, esto es, la parte opuesta a las espigas.

Las señoras estuvieron muy divertidas en la montonera. Veían levantarse un pueblo entero de almacenes improvisados, cerca del grupo de casas de la hacienda y un pueblo que valía por lo menos veintitrés mil pesos. Si los trigos de la sabana de Bogotá no estuviesen sujetos a la epidemia del polvillo, las montoneras permanecerían dos o tres años sin poderse trillar; pero sucede por lo regular que el hacendado que coge dos cosechas buenas sufre una epidemia en que pierde mucho de lo adquirido.

Al fin regresaron a |La Pradera todos los convidados; poco después llegó don Isidro agobiado por el sol y con alguna inquietud por las operaciones que se ejecutaban ese día; sirvieron la comida, en la que hubo mucha animación y a las seis se retiraron las señoras a su hacienda de |El Olivo.

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