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CAPITULO IX
EL TORO COLORADO

Al día siguiente de los rodeos fueron convidadas las señoras de |La Pradera por don Isidro a dar un paseo a caballo por las estancias y las sementeras de trigo y cebada. Media hora después del almuerzo ordenó que los caballos se pusiesen en torno de la piedra de montar, que era un cubo con un escalón de otra piedra más baja. Fernando tenía cogido de la rienda el zaino de Isabel; ésta subió a la piedra con la mayor ligereza y poniendo el pie en el estribo que Fernando le presentó, se quedó en esa actitud mientras que aquel pasó al lado opuesto a sostener el galápago por la horqueta; entonces ella subió al asiento y recibió las riendas de manos de su galán; los pliegues del anchuroso traje no habían quedado en la correspondiente colocación y al punto el joven los compuso con tanta destreza como no lo hubiera hecho Susana, la ayuda de cámara de Isabel.

Este capítulo de la urbanidad rural no lo renunciarían los jóvenes hacendados, aunque supiesen que en el instante de ejercerlo se estaba quemando la montonera.

Fernando se agachó, apretó la cincha y la sobrecincha, y se retiró a coger el caballo para Rosalía.

El bayo de Margarita era manso pero muy vivaracho, y Carlos gastó más tiempo que Fernando en componerle a aquella el traje y apretar las cinchas del galápago. Tal vez por haber quedado un poco apretadas las cinchas de los caballos de las señoritas rabiaban por emprender la marcha y tal vez por eso mismo tomaron la vanguardia en todo el paseo, o quién sabe si estos animales, sujetos a la vida monótona de las pesebreras, sentían ahora el aire de los campos y las afinidades simpáticas de la especie, al ver las yeguas, caballos y potros mordiendo a su gusto la yerba que crece espontáneamente en las sabanas.

Los caballos de las muchachas parecían estar orgullosos, al partir de las corralejas, por las hermosas beldades que los dominaban. No así el morcino de la tía Choma y el alazán de doña Josefa, que necesitaron de un recuerdo para dar los primeros pasos de su viaje: la edad apaga los espíritus en todas las especies, y se conformaban muy bien los genios de las dos señoras con el carácter de sus caballos.

No corría mucho viento y el cielo estaba despejado y puro, pues se andaba en el mes de julio, en que se disfruta en la sabana de unos días tan bellos como los de diciembre. Es el tiempo de ver las sementeras próximas a la cosecha, y por instinto nos alegramos de la abundancia de lo que nos mantiene la vida. Un paseo que se hace en el campo por las orillas de las sementeras y sobre esas alfombras de grama de nuestra sabana y en un caballo de paso blando y talla majestuosa, es una delicia, y mucho más si, como Carlos y Fernando, se hacen en compañía de una beldad.

Ellos se habían adelantado por acompañar a Margarita y a Isabel, cuyos caballos no podían contener.

Al descubrir las señoras el horizonte de trigo, de cien cargas de sembradura, meciéndose al dulce contacto del aire, tuvieron la sorpresa que Balboa al descubrir el océano Pacífico. No se llegaba al fin de la sementera, a pesar de que los caballos andaban a todo el paso; no pudiendo menos que sentirse abrigadas de una deliciosa poesía todas las personas del paseo. Dichosos los sabaneros de Bogotá que puedan pasear en familia sus sementeras en un tiempo en que la paz les asegure la propiedad de sus ganancias.

Al fin llegaron las unidas familias a la estancia de Los Alcaparros. De la pobreza combinada con el orden, el aseo y el buen gusto resultaba una pintura dotada de tierna melancolía al ver lo pintoresco de la pajiza choza cuya puerta principal estaba formada de bejucos y varas, y la que resguarda la salita era de cuero, y el piso natural que ostentaban el patio y el corredor, y los árboles indígenas de los contornos. Los tres alcaparros del patio y cuatro o cinco arbolocos piramidales de la orilla de la cerca le daban un aspecto raro a la estancia, que pasaba al orden de lo bello y de lo poético. Este golpe de vista tenía sus encantos como los puede tener una quinta o un soberbio palacio. Hay espíritus para los cuales tiene la humildad sus atractivos, cuando está retocada por la mano del aseo.

En el corredor de la casita había un telar para tejer ruanas, por el mismo estilo del que usaban los indios chibchas. Trescientos años de civilización colonial y cincuenta de civilización republicana no han podido dar todavía a los moradores de Cundinamarca los objetos industriales que puedan sustituir las tres piedras del fogón, los telares, el huso, las puertas de talanquera, los lavaderos de piedra y la piedra de moler de las cocinas de los pobres y de los ricos.

En el acto de acercarse las señoras salieron |ñua Petronila y Fulgencia a abrir la puerta de talanqueras, invitando a sus señoras a que se desmontasen. El gozo de las dos estancieras no tenía límites; sus maneras, dichos y ofrecimientos hacían conocer la sinceridad con que recibían la visita de alto tono.

Después que las señoras descansaron unos momentos en la salita, todas las jóvenes se salieron a revisar la cocina, los surcos de la sementera y el cogedero de agua. El interior de la sala no tenía de curioso sino el altar en el cual aparecía la Virgen de Chiquinquirá en un cajón cuadrado, con sus tablitas de abrir y cerrar y algunos adornos de talco y flores, plumas de pájaros y pequeñas. pinturas de santos y generales; el periódico titulado |La Bandera Tricolor estaba allí clavado con tachuelas amarillas, pero al revés, lo que indicaba el poco amor que le tenían a la lectura los arrendatarios de |El Olivo; había dos décimas en papel de lujo y con viñetas muy elegantes, festejando el cumpleaños de 53 y 54, que probaban que ésta contaba con un poeta que le cantase; al ver esto se hicieron del ojo Margarita y su vecina Isabel, y lo mismo al ver una cajita de costura, de caoba, que hacía una antítesis verdadera con la barbacoa de varitas de tuno y chusque, que servía de sofá, y con la anticuada mesa de cajón que estaba debajo del altar.

Con grande asombro reparó Fulgencia que Isabel estaba seria con ella y que rehusaba su vista, mientras que Margarita la cogía de las manos y la trataba como a una amiga. Margarita, José María, Fulgencia, Martín, Carlos, Fernando y Genara se criaron a un mismo tiempo en las haciendas, y en sus juegos y diversiones se trataban como hermanos, y juntos lloraban algunas veces la desgracia de alguno de los asociados.

-¿No se acuerda, le dijo Margarita a Fulgencia, cuando montábamos juntas en los montones de trigo con todos los muchachos?

-¿Como no?, mi señora.

-¡Ah tiempos!, ¿no, Fulgencia?

-Sí, mi señora.

-¡Lo que es el mundo!, dijo Margarita. Yo me cambiara de buena gana por ese entonces.

-¿Pero no vive muy dichosa?, mi señorita.

-No, Fulgencia. La riqueza no constituye siempre la dicha de este mundo; y cuando una es demasiado sensible no faltan pesares en la vida.

Doña Mercedes examinó con sumo cuidado el pequeño jardín de |ñua Petronila, en el que no había otra cosa que un grupo de plantas muy antiguas, sobre las que se hubiera fijado mucho más un botánico al ver un depósito completo de antigüedades. Allí estaba el lirio azul, la quina, la mano de león, la rosa de Castilla, la azucena blanca y la planta llamada flor de los indios; en el orden de claveles, había una mata de clavellina azotada, otra de clavel rosado de cinco hojitas o pétalos, otra de clavel encarnado; además alelí morado y algunas matas de fresas y frutas de Chile. Plantas modernas no había sino una zulia y unos novios que Isabel le había dado a Fulgencia.

Las plantas de positivo valor consistían en unos surcos de habas, papas de año y unas pocas matas de maíz.

El lavadero de Fulgencia era un pozo dimanado de un arroyo muy pequeño, que bajaba por una cañada de las lomas cercanas; hacían de él un ameno sitio el poleo y la yerbabuena que lo rodeaban, como también las floridas ramas de un extenso alcaparro, que lo cubría todo con su sombra que abarcaba el espacio de diez y ocho o veinte varas de circunferencia.

Todo lo pasearon, todo lo vieron las señoras y recibieron fresas de la India, curubas y mazorcas, que a porfía les regalaban las estancieras.

Las señoras habían hecho llevar pañolones y la ropa necesaria a Los Alcaparros, para bañarse en la quebrada que distaba muy poco de la casa de Fulgencia; así fue que después de la visita salieron y se bañaron deliciosamente, porque el día estaba caluroso y el agua provocaba.

Isabel, cobijada con su pañolón colorado y con el pelo suelto, volvía para la choza, en medio de Margarita y Rosalía, yendo adelante doña Josefa y doña Mercedes; Carlos y Fernando, que estaban a caballo dando vuelta al potrero, al verlas se vinieron hacia ellas. El último traía la cabeza inclinada y parecía meditar. Mucho antes de llegar a las señoras salió de su éxtasis, herido como por un rayo, al contemplar aquella rara belleza en esa actitud tan encantadora y con los cabellos flotantes.

Mandaron a la hacienda por la comida, y cuando ésta se terminó, ya tarde, montaron todos para volverse a |El Olivo.

Después que salieron de Los Alcaparros las dos familias pasaron por el frente de otras estancias y se volvieron para la hacienda por otro lado.

Fernando se había desmontado para levantar del suelo uno de los guantes de Isabel, que se le había caído y al cogerlo le llamó la atención la pequeñez y la finura de la mano que lo usaba; se quedó contemplándolo, como el naturalista que descubre la flor de una planta nueva; se lo acercó a los labios y lo miraba por un lado y otro, cuando de repente fue sorprendido por un grito repentino y por el tropel de los caballos que se lanzaron a correr como espantados por un trueno; no tardó en ver al toro |Colorado de los Destierros que salía bramando por un zanjón orillado de algunas matas de chilco, trotando detrás del grupo de gente.

Al espantarse el caballo de Isabel, ésta no se pudo tener y vino al suelo; el toro, al ver el pañolón colorado se lanzó hacia él, y al buscar Isabel una mata de altamisa para refugiarse, se cayó, enredada en el traje, acercándose tanto al toro |Colorado que alcanzó a pisarle el vestido, sin que pudieran evitarlo los jinetes, que volvieron sobre sus pasos con una ligereza increíble.

-¡Madre mía y señora de las Mercedes!, gritó la desconsolada madre.

-¡Ay!, gritaron muchos de los otros y hubo quienes cerrasen los ojos para no mirar por el aire el virginal cuerpo de Isabel.

Ella abriendo los brazos, volvió la cara con ambas rodillas en tierra; su boca besó hacia el toro, el que en ese momento vio el vestido, a tiempo que una especie de vapor salía de sus esponjadas narices.

-¡Se ha salvado!, gritó la madre.

¡Está libre!, dijeron los hacendados.

Pero ¿qué bendición ha libertado esta criatura de los cuernos del feroz |Colorado de los Destierros, o de los infiernos?... El rejo de enlazar, este prodigio de la industria de los vaqueros de la Nueva Granada.

Desde que Fernando vio lo que pasaba, partió a toda la carrera, sacando el rejo de debajo del arzón y formando el chambuque; desde treinta pasos de distancia le tiró el lazo al toro y lo dejó enlazado de los cuernos, y amarrando a la cabeza de la silla y sujetando para atrás el caballo, quedó el toro clavado de hocicos, como adorando la divinidad de |El Olivo.

Cayeron en seguida sobre el |Colorado los rejos de Carlos y don Isidro y picando los caballos separaron al monstruo como unos diez o veinte pasos, y luego, con auxilio de don Gaspar, lo condujeron a un pequeña corraleja, llamada la Jaula, que es el Gibraltar de las corralejas de la hacienda.

Fernando fue el primero que levantó en sus brazos a Isabel. Doña Mercedes y Margarita acudieron en seguida, ¿pero a qué? A ver exánime a la amiga y a la hija: tenía Isabel la boca entreabierta, los ojos cerrados y sus facciones teñidas con los colores de la muerte.

Arrodilladas las señoras sobre la grama le soltaban los broches del vestido, mientras que Fernando corría por algunos remedios a la casa, que distaba tres cuadras a lo sumo del angustioso teatro en que pasaba la escena.

-¡Vive!, dijo éste al volver, pulsando los movimientos de su corazón.

-¡Hija mía!, exclamó doña Josefa; ¿me oyes?... ¿me sientes?...

Ya iban a conducirla en peso para la casa cuando se movió la preciosa Isabel y buscando algún objeto con sus ojos, se fijó en Fernando, que estaba delante de ella y le tenía el brazo cogido. Se quejó en seguida y derramó algunas lágrimas: había sufrido el golpe de su caída y el espanto que le causó el toro; no se sabía cuál era el punto céntrico de su mal y cuando se le administró una dosis homeopática que trajo Fernando de la casa, recuperó por entero el uso de la palabra y se sentó, apoyada del brazo de su misma madre.

Entonces se convencieron todos de que su accidente había sido causado por el susto del inminente peligro en que se halló; Isabel se impuso bien pronto de que su existencia se la debía por segunda ocasión al rejo de enlazar.

Cuando se prepararon todos para partir, Isabel declaró su voluntad de seguir a pie; Fernando la acompañó llevando su caballo cogido de la rienda: darle el brazo no era punto de mera política, era más que un deber, puesto que ella había perdido la mayor parte de sus fuerzas y con trabajo podía caminar; la misma blandura de la yerba era un obstáculo para poder ver un paso, por el declive imperceptible que mediaba desde el llano hasta las casas.

Se estaba sustituyendo a la luz del crepúsculo la plateada luz de la luna, y asomaba ya con todo su esplendoroso brillo sobre las lomas del oriente. Isabel guardaba un profundo silencio, hasta que por fin, con voz débil y conmovida por una profunda emoción, dijo:

-Ya debo a usted la vida por dos ocasiones, Fernando.

-Al rejo de enlazar, contestó éste con viveza.

-A su amistad, Fernando, a su cariño; yo nunca olvidaré que le debo mi vida.

-Hay deberes que son de pura humanidad; usted a quien debe su vida únicamente es a la Providencia divina.

-Y ¿no ha sido providencial la presencia de usted a la hora del peligro?

-Puede ser que entre los dos haya algo de providencial y misterioso; yo le hablaría de mis augurios, pero los momentos no son oportunos.

La sombra de los dos viajeros se confundía con la de los viejos sauces, que la luna extendía sobre el camino, al propio tiempo que pisaban la sombra misma de los edificios. La parte de los muros que estaba privada de la luz tenía mucho de sombrío e imponente para una imaginación aterrada por el espanto. Los perros de cacería latían adentro por la llegada de la primera gente, con aullidos lúgubres y funestos. Isabel se estremeció, y horrorizada, al parecer, profirió estas palabras:

-¡Dios mío!, ¿por qué sucederán las escenas de temor a los tiernos e inocentes juegos de la vida pasada?...

-Pero usted se ha salvado: debe usted estar contenta en vez de afligirse con imágenes aterradoras.

-Las sombras que enlutan mi corazón tienen más de aflictivas que los riesgos del toro |Colorado. He tenido que soportar en este día la presencia de un objeto que me humilla y abate... ¡Oh! ¡la persona de que Yo menos esperaba!... ¡Y ya no hay para mí en estos edificios, ni en estas huertas, ni mucho menos en los campos la dulce quietud de que, feliz en otros tiempos disfrutaba!...

La víctima rescatada fue recibida con aplausos por las señoras y las criadas, cruzándose las luces por toda la casa. No se quedó ni Cupido que no se presentase a darle los parabienes por su salvación.

-El fiel compañero de mi infancia también viene a saludarme; no ha variado en su amistad.

Subió Isabel las escaleras después que hubo acariciado a su fiel perro y se reclinó en un canapé de la sala, temblando de afecciones y oprimido su corazón por la inquietud, que no parecía proveniente de los riesgos porque había pasado. Margarita recordaba haberla visto como petrificada desde que vio los objetos que adornaban la sala de los Alcaparros.

No fue al comedor Isabel, y las familias refrescaron en un estado de silencio, que no correspondía con el gusto por la salvación de Isabel, sino con la imagen de sus peligros. Los hombres aplaudieron a su modo la prontitud del lazo de Fernando, la ejecución y la eficacia; y hallaron nuevos motivos para elogiar todas las inauditas ventajas del rejo de enlazar, de que todos eran apasionados.

La familia de |La Pradera se fue como a eso de las nueve con aquella melancolía con que se apartan en el campo las familias para no volverse a ver en una o dos semanas. Retumbaban los cascos de los caballos, yendo todos en el más profundo silencio; la noche estaba serena y no se percibían más que las cercas del lado y una luz muy distante, proveniente de la iluminación de la sala de |La Pradera, que se veía por una de las ventanas, al través de los bastidores de vidrio: una calma profunda reinaba en la naturaleza; Fernando tenía varios motivos para ir pensativo: la embestida del toro le hacía erizar los cabellos.

-¡Oh!, ¡si por desgracia le hubiera errado el lazo!... ¡Si el rejo se hubiera reventado!... ¡Si el caballo hubiera aflojado!... Estas reflexiones lo hacían estremecer.

La salvación de Isabel era un portento que ponía de relieve sus méritos para con ella. Pero ¿esa otra desgracia que acosaba a Isabel? Pero ¿esas sombras más aflictivas para el corazón de ésta que los cuernos del toro? ¿Haber presenciado ella un objeto que la humillaba y la abatía?...

-¿Qué significa todo esto?, decía Fernando, pero tan pasito que sus compañeros nada alcanzaban a oír.

Estas cavilaciones tenían a Fernando tan absorto en sí mismo, que no le había quedado ni ánimo para dirigir las riendas de su caballo, ni para saber la parte del camino en que se hallaba, cuando sonó como la descarga de una batería, el aullido de los perros pintados, haciendo un eco concentrado en los multiplicados recintos de las casas de la hacienda.

Fue bulliciosa la llegada como la ocupación de una plaza por un ejército numeroso.

Esa noche no durmió Fernando. Entre las palabras misteriosas de Isabel, se le habían fijado en la imaginación aquellas de: "¡la persona que yo menos esperaba!". Al amanecer hizo ensillar su caballo para ir al potrero a contar el ganado de ceba, no pudiéndosele apartar del pensamiento ni por un instante las frases ya citadas.

Volvamos a |El Olivo.

Isabel tampoco pudo dormir hasta pasada la medianoche; estaba aterrada, y mandó que no le apagasen la vela. A eso de la una de la mañana se despertó doña Josefa, al oírla hablar, soñando o delirando.

-¡Defiéndeme!, decía Isabel. ¡Le debo la vida!... ¿Pero mi quietud?... ¡Hay!... ¡Una rival! ¡Cuándo yo me lo hubiera figurado!...

-¿Qué es, Isabel? ¿Sueña usted con el toro?, le dijo la cariñosa madre; no tema usted... ¿Quiere que yo la acompañe?

Se pasó doña Josefa a la cama de su hija; mandó que trajesen agua y apagada la vela, durmió Isabel hasta dos horas seguidas.

Al día siguiente llegó Fernando de visita a |El Olivo y fue convidado por sus amigos para la operación de llevar al potrero de ceba el toro |Colorado, lo que se hizo incorporando al Supremo de los Destierros con ganado manso y arreando la tropa entre Carlos, Fernando y José María.

En la sabana de Bogotá se ejecutan las maniobras de recogidas y conducciones de ganado, aunque sea bravo, entre dos o tres vaqueros, al contrario de lo que sucede en las sabanas de Mariquita o Neiva, en donde se necesitan de treinta o cuarenta, debido a la topografía del terreno y a la mayor bravura de los animales.

Cuando estuvo el hatajo en el corral del potrero de ceba, enlazó José María el toro |Colorado de los cuernos, Fernando de una pata y estando tirantes los dos rejos, lo cogió Carlos del rabo y de dos tirones lo puso en el suelo. Bramaba el esforzado animal como un león y del suelo salía una densa polvareda al fuerte soplido que daba con las narices, la cual se iba a juntar con el humo que de los rejos salía a la frotación contra los bramaderos. Carlos le pasó el rabo por medio de las piernas y le fijó las rodillas sobre los cuadriles, teniendo asida fuertemente la presa y entonces le aflojó Fernando su rejo para manearlo. José María también aflojó el suyo, porque era sabido que Carlos no lo dejaba levantar y alzándole una de las manos se la puso encima del cuerno.

Habían llevado un serrucho y Fernando le despuntó los cuernos al que tantos sustos había causado en |El Olivo y las estancias.

Al volverse Fernando a |La Pradera, únicamente acompañado de su concertado José María, éste le dijo con rubor y con cierto embarazo que era muy contrario a su genio:

-¿Mi amo?...

-¿Qué hay?, le dijo Fernando.

-Yo le quería decir a sumerced...

-¿Y por qué no me dices?

-Pues era... que...

-¿Me has matado algún caballo, por fortuna?

-No es sino que le voy a avisar a sumerced que me voy para Ambalema a trabajar.

-¿No me puedes aguantar? o no te pago bien tu trabajo; qué quieres, ¿ir a morirte antes de tiempo?

-No es sino que como quería casarme con la moza |Lugencia...

-¿Y ya no quieres?

-Pues como sumerced también la quiere...

-¿A Fulgencia?

-Sí, mi amo: a la niña |Lugencia.

-¿De dónde han sacado ese cuento?

-De lo que sumerced la visita y de lo que ella ha dado en ponerse maja. Nada menos que el viernes pasado se estuvo sumerced como tres horas donde la niña |Lugencia y sumerced andaba en el cisne por más señas y con la ruana parda que se pone sumerced para las cacerías.

Fernando paró el caballo por medio minuto, meditó, y dirigiéndose después a su concertado le dijo:

-¡Hombre! Hay una incógnita en este negociado... Yo estaba en Bogotá el viernes, y el que ha visitado a Fulgencia ha sido Carlos, en mi caballo, que se lo había prestado, y él tiene ruanas como las mías; y es esto: Carlos trajo de Bogotá un gallo muy bueno, y se lo puso a cuidar a Fulgencia y no puede pasarse tres días sin visitarlo. Quiere más a los gallos que a los perros de cacería, que es cuanto se puede decir. Carlos le hace sus regalías a Fulgencia por el cuido del gallo, y por eso te parece que se ha puesto maja; pero eso no es nada. Así es que no hay motivo para dejar el casamiento por lo que hace a mí y si lo tienes bien pensado...

-Sí, mi amo, porque ella me quiere y yo también la quiero y para no andar que por aquí ni por allí, lo mejores que nos pongamos en estado de Dios.

-¡Pues, hombre! Ve lo que se te ofrezca; por moneda no lo dejes. Y dile a ñuá Petronila que haga un buen baile, que yo le daré con qué.

-Dios se lo pague, mi amo Fernando: asimismo yo le seré correspondido.

Fernando se desmontó en |La Pradera y se entró a su pieza.

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