INDICE




 

CAPITULO VII
LAS VUELTAS QUE DA EL MUNDO

Fernando, al volver del colegio, encontró multitud de reformas que lo dejaron admirado: un tramo de la casa, que daba al patio una vista sombría y desagradable, había sido variado; habíanle puesto a la sala dos ventanas más y el papel estaba reformado; en los potreros halló que las divisiones eran distintas y los cuadros de las huertas de otro modo; gastó mucho tiempo en recorrer los sitios en donde estuvieron los molinos de agua y los pabellones de los curubos. Y, ¡quién lo creyera! le fue muy sensible la quitada de un cerezo, cuyas ramas habían sostenido una especie de rotonda en donde celebraban sus asambleas principales todos los muchachos de las haciendas; halló enteramente transformado a su amigo Carlos. Se había propuesto éste desempeñar a don Gaspar y al efecto tomó por su cuenta algunos de los negocios; trabajaba como un desesperado y esta decisión dependía seguramente del arrepentimiento de sus malos pasos en Bogotá. Estaba requemado por el sol y su traje era estrambótico: usaba unos zamarros muy anchos, de cuero de oso, una chaqueta color de avellana, de un corte sumamente anticuado; el sombrero era de |cosca o |a la cosca (de la misma calidad del que usaba ñor Juan Bautista, el concertado mayor y encargado de ordeñar las vacas); sus espuelas de fierro eran tan grandes que a veces le estorbaban el libre uso de las piernas; la zurriaga que manejaba era un tronco grueso de palo de guayacán; las riendas del freno de su caballo no le cabían en la mano; el rejo de enlazar tenía veinte brazadas de largo; en una palabra, Carlos era el Robinson de los hacendados.

No fueron tan grandes los pecados que cometiera en Bogotá como fue de excesiva la penitencia que se impuso. Se levantaba a las tres de la mañana y aunque la escarcha fuera abundante, o los barriales cubriesen los callejones, asistía desde antes de amanecer a la recogida de los bueyes para la arada o de las yeguas para la trilla y donde había que barbear un muleto o sujetar una yegua era el primero que estaba en el puesto. La barra, la horqueta y el azadón eran juguetes en sus manos, y en lo tocante al ayuno se las hubiera apostado a San Francisco de Asís, porque había días que se desayunaba a las seis de la mañana y comía a las seis de la noche.

No se había reservado de su mala o buena vida pasada sino la diversión de los gallos, para lo que tenía destinado un rato los domingos, pues había establecido las peleas en la parroquia, apostando en reunión de algunos buenos vecinos; comenzaba también a criar perros de cacería, de que nunca hizo uso hasta que volvió Fernando. Sin embargo de su escrupulosidad en los trabajos, Carlos era generoso con los peones, les pagaba con puntualidad y los trataba muy bien. Verdadero amigo de la humanidad, su nombre era bendecido por todos los necesitados.

Las relaciones de Carlos y Fernando eran de amigos, vecinos y condiscípulos y aunque no pertenecían a un mismo partido político, se trataban con la mayor confianza.

Las visitas de |El Olivo y |La Pradera le causaron sumo cuidado a Fernando. Antes de entrar al colegio no llegaban a |El Olivo sino los compradores de muletos o ganado y uno que otro pariente; pero ahora no había día de la semana que no fuera una visita. Manifestó a Carlos su sorpresa y éste la encontró muy fundada, ambos se propusieron sacar el diario de una semana y el resultado fue el siguiente:

| DIARIO DE LAS VISITAS DE LA HACIENDA

| DE "EL OLIVO"

| 1853 - JULIO

Lunes -Don Serafín de Olivos - A preguntar el precio de muletos. Almorzó y se fue pronto.

Martes - Don Eustorgio Belalcázares - A preguntar si estaría en |El olivo un toro que se la había salido de su hacienda. Tomó chocolate.

Miércoles - Don Agamenón Hurtado - A llevar memorias de don Eulogio, de su señora y de su hija Carmelina.

Jueves - Don Eulogio Arellano - A encargar una ama para un chiquillo. No tomó nada.

Viernes - Don Emilio de Pauco y Bernal - A pedir posada porque la tarde se puso nublada y su casa quedaba lejos. Tomó café, y dio las gracias con mucho afecto, ofreciéndose a toda la familia.

Domingo - Don Serapio Alarcón y don Arquímedes Uribe, a cazar patos en las lagunas de |La Pradera y palomas silvestres en las montoneras de |El Olivo. Entraron a guarecerse del sol y tomaron leche y bizcochos.

Pero lo que más causó asombro a Fernando fue ver a Isabel, que, de quince años y medio, estaba en el apogeo de su hermosura. Esto era para él más que prodigioso: era un encanto, una delicia; delante de ella quedaba como extasiado, casi se volvía loco. No le iba en zaga Rosalía, de catorce años y medio; y en |La Pradera ostentaban sus gracias Justina y Margarita, como la luz que arrojan los diamantes puestos encima de un tocador. No les faltaba razón a muchos de los visitadores de las haciendas. ¿No visitan los viajeros el Salto, el Puente de Pandi y la cueva de Tuluní? ¿Qué prodigios de beldad más asombrosos que las hijas de don Gaspar y don Isidro? No faltaron quienes anunciasen en las fondas, en las esquinas y atrios de Bogotá, la existencia de nuevas bellezas en la sabana. Isabel y Margarita pasaban por su lustro de hermosura y eran preconizadas por los poetas y pintores. Sus retratos eran vistos con avidez y en un periódico se publicaron unos versos en honor de la diosa de |El Olivo, nada exagerados por cierto.

Margarita había aprendido dibujo y música en el colegio, Isabel tocaba guitarra, Carlos bandola y Fernando clarinete y los domingos, día en que se reunían los vecinos, había baile en una de las dos haciendas, hasta las once o doce, que se retiraban a sus respectivas casas.

Los chinos habían crecido a la par de sus amos y eran ya mocetones de toda cuenta; maestros en las artes de torear, enlazar, jinetear, eran de los que pedían campo en los bailes de las ventas y las estancias. José María estaba colorado, gordo, alto de cuerpo y ágil como un gamo; Martín era Su Orestes; Felipe y Salomón eran ya peones de todo trabajo y estos y Fulgencia eran para Fernando personajes interesantes, porque se habían criado con él y habían merecido sus dádivas, sus caricias y agasajos y todos juntos se habían ejercitado en los primeros juegos de la infancia.

Genara, Fulgencia, Casimira y Simona, estaban inconocibles; se habían desarrollado casi de repente como las flores de la sabana después de un invierno. Fulgencia era de una estatura recta y elevada como una palmera; su andar era imponente y en sus modales se descubría el tipo español de sus parientes; sus rosados colores, sus ojos negros y muy vivos, su pelo muy abundante y enteramente negro, su pie pequeño, su cara ovalada y sus torneados brazos mostraban ser de la raza de los conquistadores, aunque la llamaban la china, así como no dejan de ser vástagos españoles la mayor parte de los estancieros del nordeste de la sabana, aunque los llaman indios los mestizos de algunos lugares, por no tomarse la pena de observar su barba, su pelo y sus facciones características. Fulgencia estaba reconocida por la arrendataria más bonita de todas las haciendas circunvecinas.

Notó Fernando, después de su vuelta de Bogotá, que Isabel y Margarita se habían aficionado a leer novelas sentimentales; un día se lo hizo notar a doña Mercedes para que las corrigiera; porque así como el baile es una delicia para la mujer, no solamente por el ejercicio que hace, sino porque se presta maravillosamente a la expansión, a la comunicación, a la aproximación de dos grandes secciones de la humanidad, que buscan la unión como dos cuerpos atraídos por el imán, porque cada pareja presenta una escena de amor al compás de las armonías y al brillo de una iluminación que deslumbra; asimismo suelen encontrar las señoritas novelas que les halagan el corazón y las extasían con el buen estilo, la trama y los contrastes; ignorando, si puede decirse así, el veneno que encierran esos malos libros.

Había noches que Margarita se acostaba la última de todos los de la familia, por estar leyendo una de estas novelas.

Observado esto por Carlos, se quiso abrogar el derecho de prohibir en su casa los libros que se figuró pudieran ofender al pudor, al recato y alterar la quietud de sus hermanas.

¿Qué suplen, les decía, con leer libros que encienden las pasiones, que quitan la quietud, que hacen conocer secretos que no necesitan saber?

Fernando no leía sino de noche, porque todo el día lo gastaba en sus ocupaciones del campo. Sus viajes a Bogotá eran muy raros y a la parroquia no iba sino algunos domingos, volviéndose luego que pasaba la misa. Cada dos días visitaba la familia de |El Olivo, así como visitaba cada dos días su amigo Carlos la casa de |La Pradera. Vio Fernando lo adelantado que estaba Carlos en el arte de arrojar el lazo, pero aquél se aplicó tanto que pronto le sobrepujó. El buen enlazador se forma con el ejercicio diario: |Nulla dies sine lineas: ningún día sin echar el lazo. En la juventud sabanera es la enlazadura como el trompo, la pelota y la coca en los muchachos; como la baraja y los dados en los tahúres, una pasión. Los sabaneros no montan nunca sin llevar el rejo puesto debajo de la coraza de la silla: lo llevan a Bogotá cuando van a hacerse cortar el pelo o a pagar en algunas de las oficinas del gobierno el grande tributo a que están sujetos.

Tomó Fernando una afición extraordinaria a los perros y a los caballos: entre él y su amigo Carlos pusieron una docena de perros pintados, con los cuales iban al páramo a cazar venados, llevando de pajes o escuderos a Martín y José María, montados en muy buenos caballos. En las cacerías se juntaban con jóvenes de otras haciendas y de Bogotá; estas reuniones son muy ponderadas por lo alegres y más que todo por la abundancia de chistes y ocurrencias admirables. Los sirvientes o concertados de las haciendas aprenden de estas reuniones ciertas nociones, usos, costumbres que se ignoran en las chozas de las estancias y que mejor sería no aprenderlas jamás. De las clases altas sale la corrupción que pervierte las buenas costumbres de los pobres. Por eso los criados y muchachos de los cazadores no ignoran las perversidades de las grandes ciudades, cuyos secretos le son familiares y componen el objeto de las conversaciones en las posadas o caminos. Por esta razón se dice que los muchachos de las haciendas que han sido o son cazadores de venados, son |cuadrados, esto es, toreadores, enlazadores jinetes y, sobre todo, tunantes.

Ya llevaba Fernando algunos meses de estar en |La Pradera, echándose de ver lo mucho que había cambiado por la edad y la estada en el colegio. Sin embargo de que su modestia era grande, no dejaba de tener algunas molestias por su amor a la justicia, dos cualidades pronosticadas por el frenologista, las cuales estaban en absoluta contradicción. En Carlos sucedía lo contrario, porque su pasión por la guerra parece que estaba en pugna con sus principios radicales y humanitarios que procuraba poner en práctica en el gobierno que ejercía al lado de don Gaspar. Según la historia de estos dos hacendados, vamos a ver lo que puede la educación y lo que pueden las pasiones secundarias al lado de la pasión predominante indicada en los órganos del individuo.

La familia de |El Olivo visitaba un domingo |La Pradera y al segundo se pagaban la visita. Uno de estos domingos estaban reunidas las dos familias en |La Pradera y después de pasear todas las huertas y jardines, se bajaron a un declive a la orilla del río, por la alameda de nogales, sauces y raques que cubría el camino. Rosas de todas las clases conocidas adornaban los dos costados y el cielo era un techado completo formado por las ramas de los árboles y de los bejucos de los curubos, de suerte que el paseo era delicioso. Estaba a la orilla del río un corral de cerdos, con sus respectivas ramadas y cerca había un antiguo horno de chircal, circundado de varias flores silvestres.

Los chinos se dispersaron, unos a coger flores de curubo para chupar la miel que encierran; otros a sacar de la tierra los taches, que son unas raíces o tubérculos cristalinos, de menos de una pulgada de largos, que se hallan precisamente a la raíz de una plantica, que pertenece a los asideros y que no pasa del tamaño de cinco pulgadas; la gente grande se deleita con la vista del río, sobre cuya mansa superficie asomaba de cuando en cuando una chinita pitaguaya, especie de gallinita acuátil, de colores muy vivos y de ágiles movimientos.

No se notaba a primera vista si la corriente era para el oriente o el ocaso y sus cristalinas aguas dejaban descubrir el fondo y lo que en él descansaba. La grama, la plegadera y el poleo adornaban los barrancos altos y la bijuacá los sitios bajos, donde se venía a confundir el prado con las aguas del río. Algunos alisos y chilcos se elevaban en la orilla, desde donde descendía en ocasiones un paparote a sacar con el pico alguna mariposa o escarabajo, que luchaba en la superficie del agua con los horrores de la muerte, para volver a comérselo escondido entre las ramas.

El lavadero de la casa se hallaba cubierto por un aliso, y circundado por unas matas de rosa, lo cual, con el piso cubierto de plegadera, que lo rodeaba por la parte de la pequeña ribera, le daba una vista encantadora. En este sitio se habían sentado Fernando e Isabel y después de un silencio de varios segundos, dijo Fernando:

-Son indescifrables las vueltas que da el mundo.

-¿Por qué?, le preguntó Isabel.

-Lo digo por las variaciones que encuentro a cada momento en esta hacienda y la de |El Olivo. En menos de dos años que me hallé ausente hay cosas que son enteramente desconocidas.

-Hay cosas que varían sin remedio, pero otras son permanentes. ¿Esta corriente, por ejemplo, no era así de oriente a poniente, como antes de que usted se fuese para el colegio?

-¡Oh, sí, pero hay variaciones de que estoy muy afligido.

-¿Cómo cuáles?, Fernando.

-Como la de usted, Isabel, que ya no es la misma.

-¿Por qué?, Fernando.

-Porque muchas veces ni aún permite que me acerque a usted, Isabel. Está seria, incomprensible y es seguramente que ya no valgo para usted lo que antes.

-¡No, Fernando! Lo mismo, lo mismo; yo lo estimo como siempre. -Eso no es cierto; no hallo ya la misma confianza que reinaba entre nosotros y con esto ha cambiado el universo para mí. Y si el motivo son las visitas de |El Olivo...

-No diga eso, Fernando; las visitas, ¿por qué?

-Porque alguno de los visitantes habrá cautivado su corazón.

-Nada de eso.

-Pero usted ha variado.

-No es sino que la edad y los usos y costumbres de la sociedad han puesto una valla entre los dos. Yo también me lamento de que hayan pasado esos felices tiempos de la infancia, en que todos juntos nos divertíamos en estos campos y huertos, sin pensar en otra dicha posible que en la del círculo de las haciendas y sin anhelar otra sociedad que la nuestra; pero la edad ha corrido un velo, separándonos de ese feliz pasado que ya no volverá.

-Pero nos queda un consuelo. El sentimiento que une los corazones definitivamente, viniendo a ser un lazo permitido y bien mirado en la sociedad y de una intensidad más valiosa que las caricias de la infancia. Tal sentimiento es un fuego que abrasa mi corazón. La amo a usted y la amo con mi primer amor, porque a nadie he querido antes de usted, ni habrá jamás en el mundo otra criatura a quien yo pueda querer.

Isabel se puso muy colorada y miró hacia los grupos de la familia, temerosa de que hubiesen notado estas palabras. Sintió una extraordinaria emoción y calló, metiendo la mano en el agua para sacar un escarabajo que navegaba sobre una hojita de aliso, próximo a perecer.

-Pero si usted, continuó Fernando en el mismo tono de profunda ternura que antes, si usted no llega a concebir por mí el mismo grado de cariño que yo le profeso; si usted ha variado en mi ausencia, como lo temo, entonces mi fatal suerte está decidida.

-Fernando, yo no puedo decirle desde cuándo lo aprecio: sólo sé que nos hemos criado juntos y que lo quiero como a un hermano. Ignoro cómo se pueda querer más; pero sí le aseguro que no hay otra persona a quien yo le tenga más cariño, ni podrá haberla jamás.

Justina y Margarita se acercaron a lavarse las manos en el mismo sitio del río donde estaban Isabel y Fernando; poco después las familias regresaron a las casas. Hubo un pequeño baile esa noche, después de un famoso refresco y en sus intermedios no cesó Fernando de dirigir a Isabel sus obsequios y manifestaciones del modo más expresivo.

A las doce se fue la familia de |El Olivo. Isabel se quedó meditabunda y hasta le llegó a consultar a su querida madre, pues que no sentía por Fernando más impulso que el de un cariño fraternal.

anterior | índice | siguiente