CAPITULO VI
LOS ESTUDIOS
Don Gaspar y don Isidro resolvieron poner sus dos hijos mayores
en el colegio del señor Estrada. Fernando tenía quince años cabales
y Carlos andaba muy cerca de los catorce.
La falta que hicieron los primogénitos en los primeros días fue
una cosa tan notable, como si la muerte misma los hubiese
arrebatado. Las dos madres lloraban al ver los sitios favoritos de
sus juegos; los hermanos y las hermanitas abandonaron los paseos
acostumbrados, las criadas suspiraban al ver los asientos vacíos a
la hora de la comida; los chinos y concertados recordaban a los
amitos todos los días al tiempo de la ordeñadura y recogida de las
vacas; las estancieras los preguntaban; en una palabra, las
haciendas estaban como de luto. Isabel, sobre todo, estaba muy
taciturna.
Fernando había dejado su rejo de enlazar colgado en un clavo en
el cuarto de don Gaspar, y siempre que doña Mercedes lo veía
rodaban las lágrimas de sus ojos maternales.
El día 3 de enero de 1853 llegaron a Bogotá los dos viajeros de
las haciendas. Se desmontaron en la casa de don Eulogio. Poco
después Carlos y Fernando fueron colocados en el colegio,
quedándose aquél de externo y alojado en la casa del mismo don
Eulogio.
Fernando estuvo a pique de enfermar de nostalgia desde la
primera noche que pasó en el colegio. Figúrese nuestro lector qué
golpe sería para un muchacho del campo el encierro repentino en un
castillo, donde por la fuerza tenía que oír los gritos de los
estudiantes en vez del balido de las ovejas y de los terneros; de
un muchacho que no veía sino paredes en vez del grandioso horizonte
de la sabana; que no respiraba sino los miasmas de los caños
impuros en vez de los aires que recorren las sementeras y los
prados. El primer suspiro de su corazón fue por doña Mercedes, por
Isabel el segundo y el tercero por su rejo de enlazar. La primera
noche se desveló por entero, cosa que nunca le había sucedido; veía
las huertas, los molinos de agua, los pabellones de los curubos, y
a Isabel con sus miradas suaves y penetrantes a la vez. Un colegial
forastero es un desterrado que cambia de repente su patria, sus
costumbres, sus afectos. Dichosos los que con la adquisición de las
ciencias resarcen sus inmensos sacrificios y los de sus
familias.
Fernando sabía algo de aritmética y de gramática desde antes de
ir al colegio. No carecía de inteligencia y de aplicación, pero la
multitud de materias lo tenía confundido: gracias a que sus libros
elementales, que eran compendiosos y claros, le auxiliaban su
memoria para no perderse en el escándalo de las ciencias. No
alcanzaba a cumplir muy bien en los primeros días con todas su
lecciones; su constante pensamiento en el rejo de enlazar, y los
juegos con Isabel y los otros muchachos lo tenían apocado, tanto
que los estudiantes se burlaban de él y lo molestaban más de lo que
era justo.
Un día contestó Fernando con aspereza las burlas que le hacía un
estudiante, éste lo regaló con varios apodos, entre otros, con el
de brusco, orejón, patán; Fernando le dio un bofetón; el
condiscípulo aunque no era esforzado, tenía mucha práctica en el
pugilato, y pronto se armó una buena pelea; la sangre asomaba de
una y otra parte, y si no hubiera aparecido un pasante, la cosa
hubiera sido muy seria, porque el bogotano estaba encendido en
cólera, y Fernando, con suficiente fuerza, no se acobardaba; fuera
de esto, tenía instrucciones secretas de don Gaspar para no ser
moderado, instrucciones que éste le comunicó al director del
colegio en su carta de dirección: "Tiene mi hijo el
defecto de ser un tanto inmoderado; le suplico a usted le corrija
este vicio".
Poco a poco se fue haciendo tratable el estudiante de
|La
Pradera, y parecía que iba olvidando el rejo, el caballo y las
recogidas, pero la imagen de Isabel no lo abandonaba en sus
estudios.
Carlos no tuvo que sufrir mucho; alojado en la casa de don
Eulogio, tenía distracciones en las idas y venidas al colegio, y
aún en la misma casa, en la cual simpatizó mucho con Carmelina, la
hija de don Eulogio, con la cual comenzaron a tratarse muy pronto
con toda franqueza, fuera de que Avelina, la criada que corría con
la barredura y compostura de los cuartos, lo trataba con muchas
distinciones: era ésta una de esas criadas bonitas de Bogotá, que
aprenden la coquetería por imitación y por arte.
Al mes de hallarse en Bogotá, ya conocía Carlos todas las
riberas del San Francisco, la Huerta de Jaime, los pozos de Fucha y
el Boquerón, y había trepado a las alturas de Monserrate y de La
Peña y sostenido los duelos a puñadas en la plazuela de San Diego.
En todas estas excursiones se hizo muy amigo de Ceferino Castillo,
que tenía de todas pintas en la sociedad bogotana, porque era
artesano, como joyero; estudiante, como alumno de una clase de
francés privada; comerciante, como corredor de anillos y piedras;
tahúr, como gallero y tresillero.
El acudiente de nuestros dos estudiantes, que era exagerado en
la política y muy enemigo de las trabas sociales y de los sistemas
prohibitivos, había dejado a Carlos en su entera libertad. Este era
liberal como don Isidro su padre, y como toda la familia, menos
doña Josefa, que en secreto era conservadora, sin darlo a entender
a nadie.
Fernando salía a comer los domingos a la casa del acudiente, y
cuando ya estudiaba derecho público y constitucional, que fue muy
pronto, tuvo que sufrir algunas veces, pues don Eulogio le
suscitaba cuestiones de política, y le sostenía proposiciones que
estaban en contradicción con las suyas. Había ocasiones que eran
muy fuertes los debates, porque se acordaba Fernando de las
instrucciones secretas de don Gaspar, y se proponía no dejarse
vencer.
Don Eulogio sostenía todas las máximas de Bentham, de Luis
Blanc, de Proudhon, de Víctor Hugo y las que se enseñaban en la
escuela republicana de Bogotá y en la sociedad democrática, acerca
de la propiedad, de la autoridad, del derecho de insurrección,
etc.
Ceferino regaló a Carlos un pollo giro, negro, de la raza de los
perijaes y lo instruyó en la estrategia y la disciplina de la
profesión de los galleros, de suerte que pronto se aficionó el
estudiante a las peleas de gallos, con una pasión tan grande que
olvidó el caballo, el rejo y los placeres del campo.
Puso al giro junto de la ventana de su cuarto, y el canto y los
aleteos de la madrugada, cuando los oía, lo llenaban de placer. No
le sucedía lo mismo a doña Elvira, la esposa de don Eulogio, la
cual se desvelaba con el ruido, y se molestaba cuando entraba
Ceferino a carear el gallo, suplicándole a Carlos que lo sacase de
la casa, como también una gallina fina que había puesto en el
corral.
Carlos era de un genio de lo más dócil que pueda darse. Dio
parte a Ceferino de la novedad, y este buen amigo le puso el gallo
a cuidar en casa de una mujer llamada Plácida Conserva, esposa de
un herrero que había quedado medio demente a causa de una herida de
bala que tuvo en la cabeza en la guerra del año de 40; dio a cuidar
la gallina a una bondadosa joven, que vivía justamente debajo del
cuarto de Carlos, en una estrecha tienda. Esta mujer se llamaba la
Radical, o la Gólgota; era bien parecida y se vestía con lujo y
buen gusto. Cuidaba muy bien la gallina porque justamente era sola
y no tenía más animales que un par de palomas y un loro, y a ella
no le molestaba el alboroto, aunque se aumentó el cacareo, porque
se propuso imitar el loro a la gallina, y a eso de las nueve se
comenzaba el dúo que duraba hasta las doce o la una, aumentado con
el canto de otro gallo fino, que estaba amarrado cerca de una
puerta, ruido que aunque disonaba a la señora en extremo, le valía
la cantidad de ocho pesos que le pagaban las buenas inquilinas.
Carlos tenía mucha memoria, y con poco trabajo podía cumplir con
las clases a que asistía; y por otra parte, era muy simpático, y
sus pequeñas faltas no eran reprendidas con rigor.
La mujer del artesano que le cuidaba los gallos a Ceferino,
tenía una hija a quien llamaban María, pero le agregaban el
sobrenombre de Conservera o Conservista, por llamarse Conserva la
madre, seguramente por lo muy adicta al partido conservador.
María era descalza, pero tenía gusto en vestirse con aseo y con
gracia, según el traje de su clase. Usaba camisón de zaraza o
enaguas de bayeta azul, mantilla de paño y un sombrero muy fino de
jipijapa. Era la Conserva sumamente cariñosa con las personas que
la trataban, y su voz delicada, sus ojos vivos y penetrantes, sus
colores de un carmín delicado y su talle recto y bien conformado,
llamaban por todas partes las miradas de curiosidad, si no eran de
amor. Ello es que María nunca llegaba a la casa sin que la hubiesen
regalado con alguna galantería los cachacos o personas de quienes
no esperaba tantos honores, pero ella, según parecía, no estaba
orgullosa por las atenciones de que era objeto.
A Carlos le gustó María desde el día que le llevó el gallo; esta
no se quedó mal pagada de aquél, y como el estudiante tenía que ver
su gallo, sus visitas eran frecuentes. María era muy cariñosa y
Carlos jocoso y alegre, y con esta base de afinidades no tardaron
en confundirse las ideas y sentimientos de dos corazones
simpáticos, de suerte que a los pocos días se trataban como si se
hubiesen conocido de años atrás. Los cuidados de María por el gallo
eran infinitos, y la gratitud del dueño no tenía igual.
Cuando se acercaba el tiempo de echar la pelea del giro negro,
las visitas de Carlos se hicieron más frecuentes, y los cuidados
con el gallo eran como los esmeros que tienen con los jefes los
próceres de una revolución, o los generales que intentando ganar
una batalla, los agasajan llenándolos de consoladoras
esperanzas.
Carlos llevaba llenos los bolsillos de arroz cocido, papas,
queso y bizcochuelos de canela para cuidar su gallo. Lo limpiaba,
lo acariciaba, le enderezaba las plumas, y cada tercer día lo
careaba con otro gallo, a cuyo espectáculo se hallaba siempre
presente María, aunque estuviese ocupada, repartiendo sus ansiosas
miradas entre Carlos y el gallo, y Carlos no quitaba sus ojos del
gallo sino para fijarlos en María, cada día más agradecido de los
cuidados que tenía por su gallo.
Tal vez esta pasión por la pelea de los gallos era un impulso
que le venía de su propia organización, porque el frenologista
había tentado un hueso en la cabeza de Carlos que indicaba guerra,
y por el contrario, se había notado humanidad, dulzura, jovialidad
y cariño en el carácter del joven hacendado. Tal vez sucedió que se
realizase la verdad del pronóstico en ese anhelo furibundo por la
riña de gallos, y de ver con indiferencia correr su sangre, después
de las caricias más extremadas, como ven con gusto la sangre del
pueblo los revolucionarios de profesión.
Al fin se llegó el día de la riña, y se fue Carlos a la gallera
llevándole María hasta la puerta el giro negro, debajo de su fina
mantilla.
No tiene la gallera de Bogotá la fachada que debiera para ser un
establecimiento de tanta magnitud. El primer patio es tan humilde
como lo puede ser el de una casatienda. En el tercero es donde está
el circo en que los gallos se matan como los granadinos, para que
sus amos ganen las apuestas. El famoso patio es una rotunda de diez
varas de diámetro; tiene un orden de galerías en el piso general, y
otro en el piso alto; está adornado por ventanas más que
suficientes para dar toda la claridad que se necesita para ver las
peleas, en las cuales se dice que suele haber trampas más finas que
las que se ponen en juego en las guerras civiles.
Inexplicable era el ruido que había en el patio cuando entró
Carlos con su amigo Ceferino, que era el gran maestre de la pelea.
El cacareo de los gallos, ansiosos de aniquilar a sus rivales, los
gritos de los galleros, el continuo movimiento de la gente, todo
esto aturdía los sentidos, hasta tanto que sonó una campana y se
despejó el patio para dar lugar a una riña: era la del giro de
Carlos con un canaguay de un campesino. Los directores tenían sus
gallos en brazos, les examinaban las navajuelas, les pasaban las
manos por la espalda, y parecía que les decían se portasen con
honor hasta derramar la última gota de sangre.
Por fortuna se alcanzaban a oír estas palabras:
-¿A cuál van?
-Voy al canaguay.
-Voy al giro.
-¿Dan gabela?
-Recibo gabela.
-Cinco a cuatro.
-¡Ganan las gabelas!
-Van con siete onzas.
-¡ Está
|casado!
-¡Silencio!
-¡Soltaron los gallos!
-El giro cantó con orgullo.
-¡El canaguay atacó!
-¡Escapó el giro!
-El que primero prenda.
-¡Prendió el giro!
-¡Está herido el canaguay!
-¡Doy gabela y voy al giro!
-¡Voy al canaguay!
-¡Ambos están heridos!
-¿Dudan?
-Le dio en cinco chorros.
-Pide careo.
-¡Pica el vivo!
Ganó el giro, sucediendo lo que en las batallas, en que se
juegan todas las ganancias anexas al poder supremo y al entusiasmo
de la opinión privada. El vencedor salió con una herida en el buche
y otra muy leve en un muslo. Carlos ganó tres onzas de oro, y se
fue, junto con Ceferino, que hacía de cirujano, a llevar el gallo
para curarlo.
Cuando llegaron a la tienda, María lloró al contemplar al giro
todo desplumado y en tan lamentable estado, lleno de sangre desde
la cabeza hasta los pies. Pronto trajo esta un platón de agua
tibia, paños y vendajes, una aguja e hilo para coser las heridas.
Ceferino hizo la curación, y dio todas las órdenes del caso,
dejando al enfermo con el pico amarrado para que no fuese a
cantar.
Al despedirse los dos de la enfermera, volvióse Carlos y le
regaló una onza de oro, la que ella se resistía a recibir, pero que
a fuerza de instancias al fin admitió, a condición de que no lo
supiese don Ceferino; luego salió a la calle y les dijo a los dos
galleros que precisamente los esperaba esa noche para que
asistieran a un bailecito casero de mucha confianza.
A las nueve llegó Carlos al baile dado por María Conserva,
porque había tenido que ir con Mauricio Estévez a una tertulia del
alto tono, a donde había sido invitado y era muy bien recibido.
Carlos llegó tarde, como íbamos diciendo, y se quedó encantado
de ver las hermosuras allí reunidas y la variedad asombrosa de los
trajes. No conoció a ninguna de las señoritas en los primeros
momentos a causa de la sorpresa, pero poco a poco ya reconoció a su
vecina, y aunque no pudo conocer a las otras convidadas, la
Conserva le dijo que todas eran de su mayor confianza. Con los
hombres si no simpatizó mucho, y al principio no dejó de tener
algún recelo: había estudiantes, oficiales, empleados y un
reverendo padre del convento de..., el cual, aunque estaba muy bien
disfrazado con un pañuelo blanco en la cabeza, y ruana colorada
puesta por el revés, no por eso dejaba de ser conocido. Las ideas
del reverendo eran de progreso, y todos lo tenían en la opinión de
un buen muchacho.
No faltó el correspondiente licor, porque María se hallaba esa
noche con fondos, y el baile se prolongó hasta las cuatro de la
mañana. Pocos son los bailes en que no haya celos y rivalidades,
pudiéndose decir que el baile es un certamen de amor, aunque es
verdad que en el alto tono se manejan las cosas con política y
mucha cautela.
En el baile de María se excedieron los rivales hasta el punto de
amenazar con el garrote, por haber entrado unos cachacos muy
entonados a querer dominar la situación; pero se les opusieron dos
artesanos y los sacaron a pescozones hasta el patio; Carlos dio al
padre un fuerte golpe por equivocación, y éste, que era mucho más
entendido en lo del pugilato que en decir misa, le compuso el bulto
en menos tiempo del que se necesita para pasarse las manos por los
ojos, dejándole una ligera descalabradura en la cabeza; visto lo
cual por un capitán sacó la espada y puso las cosas en orden.
A Carlos le gustó el denuedo del padre, y lo hizo su amigo para
lo sucesivo, pues que convenían muy bien en ideas políticas y
religiosas.
Habiendo terminado el baile, Carlos no creyó conveniente ir a su
casa a tan avanzada hora, y le pidió posada a María.
Ya llevaba Carlos tres ocasiones de no haber estado en su casa a
la hora acostumbrada, y doña Eulalia le hizo comprender a su esposo
la gravedad de la falta, por lo cual fue reconvenido Carlos por don
Eulogio.
Se llegaron los certámenes. Las familias de los estudiantes de
|El Olivo y
|La Pradera vinieron a la capital para
asistir a esta interesante función. Al examinar a los dos
estudiantes, Carlos se lució mucho menos que Fernando, pero lo
clasificaron en el mismo grado, no obstante que este último había
estado ocho meses seguidos encerrado en su colegio, y estudiando
con toda formalidad.
Al fin del año se concedió un mes de asueto a los estudiantes, y
los de
|El Olivo y
|La Pradera lo supieron
aprovechar como era justo. Fernando desenvolvió su rejo de enlazar
en el instante que llegó a la hacienda. Los caballos no descansaban
un solo momento; los cuidados de los padres se redoblaron, y todo
volvió a recuperar la dicha de los días primitivos; Fulgencia,
Genara, y en general todos los chinos y concertados les habían dado
la bienvenida a los amitos, y varios otros hacendados mandaron el
recado de los parabienes a las señoras. Pero en medio de sus
glorias, Fernando sentía una falta, y era la franqueza de Isabel,
que se había disminuido, según le parecía, y esto lo llenaba de
amargura. Carlos disfrutó del asueto mucho mejor que su amado
condiscípulo, porque él no se volvió a acordar ni de Carmelina, ni
de Avelina, ni de la Conserva, ni de la Gólgota.
Fernando volvió a seguir como interno, y Carlos como externo;
pero don Eulogio llamó a este último a su cuarto y le dijo:
-Voy a hacerle a usted cuatro prohibiciones, si es que usted
quiere vivir en mi casa, y son las siguientes: usted no vuelve a
pisar la gallera; no vuelve a salir de noche a la calle; no habla
con Carmelina sino en la recámara, la sala o el comedor, a las
horas que esté visible para las demás personas de fuera y, en fin,
no le hace más cariños a Avelina que a las demás criadas de la
casa.
-En todo será usted obedecido, pero me permitirá que yo a mi vez
le diga que usted no es aquel hombre liberal que echaba contra las
trabas sociales y contra todo género de tiranía. Y si los liberales
de aquí de Bogotá no son sino fariseos, que cantan la libertad de
una manera y la ejecutan de otra, yo quiero vivir entre los bueyes
de mi hacienda que no ostentan libertad. Me someto a las
condiciones que usted me exige, pero ¿qué motivo hay para que
Carmelina no pueda conversar conmigo? ¿Por qué no ha de silbar,
cantar, reír y estar alegre cuando sus ocupaciones no se lo
estorben?
Don Eulogio, encolerizado, dijo a su alojado:
-Mi amigo, si no le gustan mis reglamentos, usted es libre para
buscar otra casa, o para volverse a destripar terrones a su
hacienda.
-No, señor don Eulogio, dijo Carlos con la mayor frescura, no
crea que yo me opongo a las órdenes de usted.
En la primera ocasión que se vieron Carlos y Ceferino,
convinieron en establecer una gallera privada en la casa de Maria;
y al efecto, juntando piedras y ladrillos formaron el circo en un
pequeño corral, y con la mayor facilidad se hicieron a
parroquianos, siendo el reverendo padre uno de ellos.
Para continuar asistiendo a los bailes de la gallera
conservadora, inventó Carlos una salida extraordinaria por el
balcón con los auxilios de la Radical (que vivía debajo) por medio
de una escalera de pita. De esta manera se allanaron las
dificultades, mediante el genio conciliador del estudiante de
|El Olivo. Era aplicado y cumplía con sus clases hasta
donde se lo permitía su memoria, sin perjuicio de asistir a la
gallera, al baile y a las tertulias del alto tono; y para seguir
Carlos con los coqueteos de la casa, inventó el medio de escribir
carticas en letra muy pequeñita, las que Avelina le pasaba a
Carmelina al tiempo de servir el café, sin perjuicio de sus
cariñitos, siempre que era posible.
Con la Radical se comunicaba para los efectos del baile,
haciendo aquélla como que conversaba con el loro y Carlos como que
leía en el balcón. Una tarde, por ejemplo, le decía la tendera a su
compañero de posada:
-¡Patojito lindo! ¿quiere usted bailar?... ¡ya sabe... ya
sabe!
Carlos, leyendo, le dejó comprender estas palabras:
-Señáleme usted el día y la hora, decía el general, que yo
estaré listo al pie de la muralla.
-Esta noche bailará mi patojito, ¿no es cierto?...
A los dos meses de una vida tan agradable, tuvo lugar un
acontecimiento en la cuadra de don Eulogio, que vino a decidir de
los estudios de Carlos:
Había rumores en la ciudad de una revolución que nadie podía
comprender, porque unos decían que la hacían los conservadores,
otros que los liberales gólgotas y los más que los liberales
obandistas, que también llamaban draconianos en esos días. De
consiguiente, había patrullas y mucho celo.
Como a eso de las once de una noche sumamente oscura, el capitán
de una patrulla gritó descomunalmente:
-¡Ladrones!, ¡ladrones en la casa de don Eulogio!...
En el momento aparecieron luces por todas las puertas y
ventanas, y el oficial, que era un capitán veterano, llamado
Velásquez, rodeó con ocho soldados toda la cuadra, y él mismo, con
tres más y un cabo, entró a la casa, y después de registrarla no
halló sino un gato que se estaba robando la carne de la
despensa.
El capitán quedó un poco avergonzado, y le dijo a don Eulogio
que anduviese con cuidado, porque había visto entrar un ladrón por
uno de los balcones. Pero no contento con esto el capitán se valió
de una tendera para que se pusiese en guardia y le avisase de los
resultados.
A los tres días le avisó la mujer al capitán que había visto
subir a las mismas horas al ladrón, y que le parecía que la Gólgota
lo estaba auxiliando.
Esa misma noche mandó el capitán cuatro soldados disfrazados que
hiciesen la guardia a los balcones de la casa de don Eulogio, a
favor de la oscuridad y de las paredes circunvecinas; a poco rato
vieron un bulto que se descolgaba por los balcones, e
inmediatamente lo rodearon los soldados, gritando:
-¡Alto ahí! ¡al ladrón!
Sonó un tiro en ese momento, y desapareció el sujeto que lo
disparó.
Los soldados no abandonaron su puesto, a pesar de que uno de
ellos salió herido en un brazo, y al punto apareció la patrulla que
estaba inmediata. Se buscó al conspirador o ladrón, que no apareció
en la calle ni en las puertas vecinas. Para los soldados era un
espanto lo que habían visto; pero no para el capitán, y se dirigió
a la tienda donde vivía la Radical.
-Abra usted, le dijo, con voz moderada.
-Yo no abro mi puerta a estas horas, contestó la mujer.
-Es el oficial de la patrulla.
-¡Mucho menos! Yo nada tengo que ver con el ejército permanente.
Yo no obedezco sino lo que manda la constitución del 21 de
mayo.
Conoció el capitán que había mucho de golgotismo en aquellas
palabras, y pensó en un plan que salvase todos los inconvenientes.
Dejó un piquete de guardia en la tienda y se retiró a su cuartel,
después de dar parte al jefe de policía.
Al día siguiente se puso toda la cuadra en alarma, al ver la
guardia de la tienda, y como a eso de las seis y media fue mayor la
sorpresa cuando vieron que llegaba el alcalde con los alguaciles.
La cuadra estaba llena de gente, todos los balcones y ventanas se
hallaban ocupados como si hubiese toros en la cuadra. Doña Eulalia
y Carmelina se asomaron también, las criadas ocuparon el zaguán, y
todos esperaban el fin del drama.
Se acerca el alcalde a la puerta de la Gólgota, y golpea.
Nadie responde.
-¡ Hecho la puerta abajo!, exclamó al alcalde, haciendo dar
empujones terribles.
-Yo no tengo cuentas con los oficiales del ejército
permanente.
-Soy el alcalde.
-Mi tienda goza de las garantías del asilo doméstico, que
concede la sagrada constitución del 21 de mayo.
Se conocía que adentro había apuntador, porque se oía una voz
disimulada, como en el teatro cuando los actores no han tenido
tiempo de aprender sus papeles, y crecía la expectativa de toda la
gente.
-Hay denuncio de que un malhechor o conspirador se oculta en
esta tienda.
-¿Está jurado el denuncio?
-No.
-Entonces se quebranta la constitución del 21 de mayo, y no cedo
sino a la fuerza brutal de un gobierno absoluto.
Al momento comenzaron a sonar las trancas, y el alcalde acabó de
abrir la puerta, como quien descorre el telón del teatro delante de
los ojos de un público numeroso. La decoración del interior la
componían cuatro paredes cubiertas de láminas del
|Charivari de Londres, y de la
|Risa, periódico de
España. Había una mesita llena de flores, peines, horquillas para
el pelo y algunos papeles, entre los cuales se veía
|El
Neo-Granadino y un libro con el título de
|Las aventuras
de... el resto estaba borrado. Fuera de un pequeño canapé de
zaraza y dos taburetes, la tienda no tenía más adornos ni más
utensilios. Un loro ocupaba la línea de un pequeño cancel de
bogotana que formaba una especie de alcoba y sorprendido a la vista
de tanta gente, a que no estaba acostumbrado, trataba de arrojarse
al suelo, diciendo con gravedad:
-¡Dáca la pata!
El alcalde separó una cortina y apareció a un lado una gallina
echada en una artesa con nido de tamo o paja y a otro lado una cama
con ricas colgaduras, atadas con primorosas cintas. Dio el alcalde
unos pasos más y en el rincón de la alcoba estaba el estudiante de
|El Olivo, en pie como una estatua. El alcalde le
preguntó:
-¿Quién es usted?
-Carlos.
-¿Qué destino tiene usted?
-Estudiante.
-¿Qué hace usted aquí?
-Escapando de los tiranos de la fuerza armada, que me querían
aprehender anoche.
-¿Por qué lo querían aprehender a usted?
-Porque salía de mi cuarto por el balcón y no por la puerta y
por cierto que en esto no tiene que meterse el gobierno.
-Se le tuvo a usted como a ladrón.
-Protesto contra las apariencias y contra el ultraje.
-Usted ha herido a un soldado y debe justificar que no es ni
ladrón ni conspirador. Siga usted para la cárcel.
Salió Carlos en medio de cuatro alguaciles en dirección a la
cárcel. Iba con la casaca cubierta de tierra blanca, la corbata
suelta y el sombrero muy apachurrado. Las señoras, que lo vieron
desde el balcón, se llena ron de asombro. Pero pronto supieron la
verdadera historia por la relación que les hizo una de las
vecinas.
Don Eulogio acudió a la jefatura política y a fuerza de empeños
logró sacar libre a su alojado, con la expresa condición de que no
siguiese los estudios.
En consecuencia de esta resolución se fue Carlos al día
siguiente, dejando arreglado con su amigo Ceferino que le mandaría
el gallo y la gallina con un peón de mucha confianza.
Fernando siguió un año más en el colegio y después de su segundo
certamen, en que salió muy lucido, se resistió a seguir, y continuó
su carrera de campesino.
A Margarita, que también estaba en el colegio, la sacaron en la
misma semana.
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