CAPITULO V
CACERÍA DE BUITRES
Pocas veces había parva en
|El Olivo, sin que muriese o
se lastimase alguna de las mejores yeguas. Un día del mes de enero
de 1852 se mató una muy corpulenta, y acordándose don Isidro del
daño que le hacían los buitres en las crías de las yeguas que
comían en las lomas de oriente, se propuso hacerles celada o golpe
de Estado, excitándoles el apetito con la famosa yegua. Las tretas
y engaños, constituyen parte de la estrategia.
Los buitres hacían invasiones fundadas en el gran poder que
tienen en los aires, mayor que el de los ingleses en el mar. Estaba
en su derecho el soberano de
|El Olivo para engañar a los
buitres y darles una batalla en su misma tierra.
Don Isidro hizo llevar en un carro el cadáver de la yegua al
potrero que se llamaba el Sosiego, muy aparente para la cacería de
buitres, por lo extenso, despoblado y distante de la sementera de
trigo. Convidó a la cacería a sus vecinas y vecinos de
|La
Pradera avisándoles que a las siete de la mañana del día
siguiente debían hallarse en la estancia de
|Los
Alcaparros, lugar a propósito, por ser un poco elevado sobre
la sabana, y gozar por esta misma razón de una vista general sobre
las dos haciendas.
Mandó que se preparase un almuerzo abundante en la estancia de
que hablamos, y prohibió que pasasen estancieros por el Sosiego, y
que los concertados se acercasen al potrero antes de la
cacería.
Fernando y Carlos inventaron el plan y lo comunicaron. Los
concertados montaron los mejores caballos de vaquería. Fernando
ensilló el
|Huracán, y Carlos, el
|Rifle. A cada
uno se le señaló su puesto y a las siete y media las dos familias
estaban en la estancia de
|Los Alcaparros. Carlos se colocó
en la estancia de Los Borracheros con su concertado Martín, a una
distancia proporcionada para que no percibiesen los buitres su
presencia. Fernando se situó en los mismos
|Alcaparros y
ocultó su caballo entre los chilcos de un zanjón por donde bajaba
de las lomas inmediatas un arroyo pequeño, y otros tomaron
situaciones al lado de oriente.
Recién llegadas las señoras a la estancia se repartieron para
uno y otro lado. Pronto dieron con las flores y frutas, con la
poceta del lavadero, con el altar y sus santos y sus décimas
dedicadas a la hija de la dueña de la casa, y no faltó alguna que
diera con un par de mazorcas. Por una parte inspiraba confianza la
bondad y generosidad de
|ñuá Petronila, por otra las
animaba la aristocracia de los zapatos, que da valor para todo,
bien que las señoras de
|El Olivo y de
|La Pradera
sabían recompensar sin usura los dones de sus arrendatarios, no con
objetos de ilusión, como cuando se cambiaba a los salvajes el oro
por cuentas de vidrio. Las señoras de
|El Olivo y de
|La
Pradera no explotaban a los pobres arrendatarios o
proletarios.
El humo de la cocina de
|Los Alcaparros salía en mayor
abundancia que nunca. Allí se ocupaban Marcelina y Toribia en el
suntuoso almuerzo, auxiliadas de las caseras en todo lo que era
posible.
Marcelina, que era la más entonada de todas las criadas de
|El Olivo, estaba muy descontenta porque no había fogón
alto, ni hornillas, ni mesas, ni estantes en la cocina de
|Los
Alcaparros, y para esto que había llevado traje de zaraza, de
fondo blanco, muy esponjado, y al funcionar en el suelo se estaba
ensuciando. Es verdad que la cocina de ñua Petronila estaba muy
barrida y su servicio muy en orden, porque se había criado con
mucho esmero, pero sus facultades no le alcanzaban para fogón
alto.
El tren de la cocina de
|Los Alcaparros era éste: unas
piedras puestas en triángulo en la mitad sobre la capa natural de
la tierra; una piedra de moler, en la cual debía funcionar puesta
de rodillas la molendera; una barbacoa de varitas de tuno para
poner los platos, las ollas y las cucharas. Tenía la pieza el
defecto de ser un poco oscura, porque le faltaban aberturas, y la
puerta y un agujero en una de las paredes no eran suficientes.
Carecía de chimenea y de conductores del humo, lo cual no hacía
falta en los tiempos comunes en que se le daba fuego a una o dos
ollas sumamente pequeñas; pero en aquel día, que había cuatro ollas
grandes en servicio activo fuera de las pailas y las olletas de
cobre, el humo era séxtuplo del ordinario y llenaba el departamento
de tal manera que el llanto era general y los lamentos de Marcelina
venían todos al caso declamando contra la cocina, contra la cacería
de los buitres y contra todos los diablos de los infiernos.
Isabelita había llevado un libro, justamente "La
Matilde de las Cruzadas", y Margarita el famoso anteojo de
|La Pradera; cuando el cazador que presidía el grupo de las
dos familias dio las órdenes de que se aquietase todo el mundo y de
que hiciesen silencio, colocaronsé ellas debajo de los alcaparros
del patio y mientras la una leía, la otra recorría la sabana con el
anteojo.
-Qué lindo es este pasaje, le dijo Isabel a su amiga: ¿has
puesto atención?
-Por supuesto. Yo no he tenido ocupados sino mis ojos.
-¿Y qué has visto?
-Soledades, vacas y yeguas. Inmensidad de llano, y los cerros
que los circundan. ¡Pena da extender la vista para mirar sólo
bestias!... El camino real está desierto, no veo sino unas pocas
cargas de leña. Sin embargo, a mí me gusta el anteojo. Aquí se
necesita de este medio artificial para no creer que se vive en la
Abisinia. Allá distingo un pasajero que va del lado de Bogotá.
-¿Cachaco?
-Parece hacendado.
-Dios lo lleve con bien. Escucha la lectura.
Isabel siguió leyendo.
Tanto las señoras como las señoritas estaban deseosas de ver la
corrida desde que se les intimó silencio. Justina y Rosalía, que no
veían ni miraban con el anteojo estaban desatinadas. La tía Choma
estaba molesta, y como no tenía agua en la boca le dijo a don
Fernando:
-¿Hasta qué horas se comienza la cacería?
-Muy pronto, mi señora, no tenga usted cuidado por eso.
-Yo no sirvo para esperar.
-Bienaventurados los que gozan las ventajas de los telégrafos y
los ferrocarriles, porque ellos tocan el fin a la hora del
proyecto. Pero en esta Nueva Granada todas son rémoras, todas son
detenciones.
-¿En dónde viven esos buitres que usted ha convidado a un
banquete, con el objeto de ponerles el lazo, como se convida a los
electores y a los secretarios de Hacienda y aun a los mismos
presidentes?
-Esos buitres viven a tres o cuatro leguas de aquí, en las
crestas más elevadas de los páramos.
-¿Y cómo les llega la noticia? ¿Ven la yegua que usted les
ofrece? ¿Huelen sus partículas repartidas por el mundo? ¿O es que
usted les manda esquelas de convite? Porque yo le doy a usted de
barato que se lance a los aires una libra de vapor de yegua: ¿en
cuántas partes tiene que subdividirse esa libra para llenar un
espacio de cuatro leguas de radio? ¿Y cuánto vapor les llegará a
las narices a todos los buitres que hay en los páramos comprendidos
en esas cuatro leguas?
-Les alcanzará la diezmillonésima parte; pero el hecho es que
les alcanza.
-Tendrán narices de diplomático germánico, o la libra de vapor
se multiplicará, en lugar de dividirse; todo esto será, pero esos
buitres no huelen el vapor de la yegua, y que por cierto una yegua
no es una manzana madura. Tal vez me dirá usted que se ejecuta un
milagro, pero yo tampoco creo en milagros, como usted lo sabe.
-¿Ni tampoco cree usted en las dosis homeopáticas?
-¿Que si creo en las millonésimales y en las infinitesimales?...
¡Nada de eso!
-Pues hoy va usted a creer, cuando vea descender de los espacios
infinitos los buitres de los páramos de oriente.
-No estarán por aquí cerca, según eso.
-¿Quién los ha visto? Tendrá usted que creer en las
infinitesimales de la homeopatía, o reventar. Es que la naturaleza
es milagrosa en esto de proveer de alimento a las criaturas. Óigame
usted: varias ocasiones ha mandado don Isidro que le cuiden una
buena yegua que estaba al dar a luz un famoso muleto. Le avisaron
una tarde, casi noche, que la yegua no había parido. Van a verla
por la mañana a las siete: había parido en la noche, y ya habían
venido trece buitres y no habían dejado más señales de la cría que
los huesos grandes. Pero hoy se las van a pagar todas juntas a don
Isidro.
En Neiva ha habido ocasiones de matar buitres con flechas
envenenadas, tiradas en bodoquera por algún indio de los Organo o
de Tierraadentro, llamado para el efecto. Esto se hace
escondiéndose el indio en un hoyo, cubierto con algunas ramas.
Cuando se acerca un buitre a la mortecina, le cae la flecha sin
saber de dónde, se aparta algo menos de una cuadra, y entrega su
espíritu vital muy en silencio, sin que lo noten sus compañeros.
Así se pueden despachar veinte o treinta de estos pájaros gigantes,
que despachan un ternero en menos de cuatro minutos.
-¡Qué infamia!, dijo la tía Choma, y ¡qué alevosía! Esto se pasa
más allá de los límites de la estrategia, y cuán fácil es que los
hombres que se ceban en la carnicería de los animales sean
carniceros con los humanos!
-En Pamplona hay haciendas donde los buitres se estrellan con el
cuadro militar que los toros y vacas les hacen para defender los
terneros. El buitre más osado abre sus alas para espantar las
filas, pero los toros no huyen, y si les acercan mucho las alas,
acometen sin perder por entero la formación. Así se han visto huir
los invasores alados, sin clavar el pico en los tiernos hijuelos,
que palpitan de temor dentro del cuadro.
En los páramos del sudoeste de Bogotá hay vacas diestras y
valientes que defienden los terneros, pero las vacas nuevas se
dejan intimidar casi siempre por la horrenda figura de un buitre,
con sus alas desplegadas, y es muy grande el daño en los hatos de
ganado. Es un cuadro interesante ver dos o tres vacas de un hatajo
defendiendo sus hijos, y ver las figuras gigantescas de dos o tres
aves que se atreven a lanzarse sobre un ternero y se lo engullen
como si fuera un pollo.
-Nosotros cazaremos a los buitres como quien caza avestruces en
el Asia. Corriendo a caballo y dándoles palos sobre las alas.
-El cuento es que ellos quieran venir a que los maten.
-Pronto lo verá usted.
Isabel lavaba por lo pronto un pañuelo en el lavadero de
Fulgencia, debajo de una especie de ramada que formaba un
alcaparro, que en vez de hojas tenía flores. El agua estaba pura, y
las yerbas de la margen eran fragantes, el rumor del pequeño chorro
que caía en el pozo era muy apacible, y la soledad misma le daba al
recinto tal belleza que el corazón de Isabel estaba como encantado.
No había sentido a Fernando, que se había acercado a ella caminando
con precaución, por no alterar ninguno de los preceptos acerca de
la cacería.
-Muy honrado se encuentra el lavadero de Fulgencia, exclamó el
director de la cacería.
-Poco, contestó la señorita.
-¡Cómo no! Una lavandera aristocrática, nada menos.
-¡Está el lavadero tan lindo! ¿no ve? Tengo deseos de que
Margarita saque el paisaje.
-Pero debe ser así como está ahora en este momento.
-¿Cómo, Fernando?
-¡Lavando la primera hermosura de las haciendas! Es un cuadro
digno de la exposición de Londres.
-Es que usted exagera.
-Y bien, ¿qué le ha dicho a usted don Isidro?
-A mí, nada. ¿Por qué?
-Porque le hablé definitivamente de nuestro enlace. Me citó el
18 del próximo abril para nuestro casamiento. Yo iré mañana a
|El Olivo y tendré la dicha de hablar con usted
largamente.
Isabel se puso encendida al oír estas palabras, no pudiendo
contestar nada, y Fernando se retiró para ir a observar los
buitres, porque ya el tiempo le urgía.
Isabel sufrió una emoción como de espanto. Era tímida por
naturaleza, y, exenta en el campo de presentarse delante de los
corrillos numerosos y de las escenas del teatro, que parecen
estudiadas para despojar a las señoritas del pudor, que es la dote
natural de las hijas inocentes del alto y del bajo tono, se
avergonzaba siempre que se hablaba de estas materias, como la
adormidera de tierra caliente que se encoge y se marchita cuando la
tocan. Se había quedado pensativa, cuando llegó Fulgencia con un
calabazo para llenarlo de agua, y le dijo:
-¿Con que sumerced sabe lavar?
-¿Y por qué no? Se debe saber de todo, porque el mundo da muchas
vueltas. Qué sé yo si algún día tendré que lavar o vender carbón.
Todo es de esperarse en las comarcas en donde la revolución es un
oficio.
-No lo permita Dios, mi señora. ¡Tan buena que ha sido sumerced
con los pobres! ¡Ave María!
Isabel había terminado, y sentada en la alfombra de carretón y
poleo que rodeaba el pozo, le dirigió a Fulgencia estas cariñosas
palabras: -¿Por qué no me ha ido a ver?
-Porque a ratos no hay lugar, mi señora, y que ya sumerced no es
la misma que era antes. La he visto seria y esto me da pesadumbre,
porque yo nunca me olvidaré de lo buena que ha sido sumerced
conmigo.
-Tiene que perdonarme, Fulgencia. Yo había padecido un error con
respecto a usted; pero ya estoy desengañada. Tráteme lo mismo que
antes, como amiga de la infancia. ¿No se acuerda de las procesiones
y de los molinos? ¡Ah tiempos!
-¿Y se acuerda sumerced del golpe que nos dio el potranco en la
montonera?
-¿Y qué golpe tuvo usted, que se ha quedado con un ojo
negro?
-Un topón, mi señora, dijo Fulgencia, y se puso colorada como la
grana.
Las estancieras de la sabana muestran en las facciones la
impresión que les causa la más leve inculpación. La epidermis del
rostro corresponde al sentimiento de su corazón.
Isabel y Fulgencia subieron el pequeño declive hasta llegar al
patio, y encontraron órdenes más estrictas en materia de la cacería
de los buitres. Estaban sentadas las señoras sobre cueros y
vellones, que Fernando había hecho poner debajo de los alcaparros
del patio; en la cocina había órdenes para no salir.
Fernando, que estaba sentado junto de Margarita, tomó el reloj
en la mano, y dijo:
-Son las ocho y media. Es tiempo de que los buitres bajen. Exijo
el más profundo silencio y una quietud imperturbable.
-¿No podremos reírnos siquiera?, preguntó Rosalía.
-¿No se han reído toda la mañana? La demasiada risa cansa en
ocasiones.
-Pero aún es peor el llanto, dijo Justina.
-¿Y por qué tales prohibiciones?, preguntó la tía Choma.
-Porque estamos en parada.
-¿Y qué es parada?
-Es como el oficio del centinela. Guardar un punto, atisbar,
vigilar, y avisar los movimientos de los objetos que se
vigilan.
-Eso se parece a la milicia y a ejército permanente, dijo la
tía; y yo no estoy por nada que huela a ordenanzas, ni chafarote,
ni vueltas coloradas, ni charreteras, ni toques de llamada ni de
retirada.
-Ya lo sabemos que usted es gólgota; pero me atengo más a la
milicia estricta que a la milicia de montoneras, y la cacería es la
imagen de la guerra.
-La cacería es oficio de bobos.
-La cacería es un instinto de nuestra especie. Lo mismo goza en
ella un barón escocés, cazando venados, que un indio chibcha
cazando conejos o patos, que un montañés de tierra caliente cazando
toches, y las criadas de Bogotá cazando ratones.
-¡Pero el martirio de la parada! ¡Las angustias, la
privación!
-Todo se dulcifica con la esperanza. Y no se haga la
desentendida, que usted también se
|alebresta con la
cacería, y tanto como el gato cuando se encuentra mano a mano con
un ratón.
-¡Jesús! ¡Qué disparate tan grande!
-¿No se acuerda que usted se iba volviendo loca de placer el día
que mis perros echaron una venada a la sabana, y luego la hicieron
entrar al patio de
|El Olivo? No gritó usted, no atajó, no
corrió y le acometió a la pobre venada con la escoba, y no la cazó,
acompañada de las cocineras? ¿No hizo usted lo que hiciera el
gato?
-Yo les digo a ustedes la verdad: no sé qué fue lo que me pasó
ese día.
-Que hubo que ceder a los instintos de la cacería, de lo que
usted llama una bobera. ¿No sabe usted que la raza humana es
carnívora por naturaleza? Gusta de la carne, y ¿cómo adquirirla sin
cazar animales? ¿Qué tribu se encuentra de hombres incivilizados
que no sea adicta a la cacería? Ahora verá usted qué alboroto se
levanta por cazar una docena de buitres, y cuenta que hoy no se les
vayan los estribos a todas mis vecinas.
Tomó el anteojo Fernando, lo apoyó en una rama de alcaparro, y
se puso a mirar.
-Veo como una ave o una mosca que vuela con lentitud, viniendo
del oriente.
-Algún cometa, dijo la tía Choma, y entonces tendremos
guerra.
-Tome usted el anteojo, Margarita, que es la más ejercitada en
mirar a lo lejos.
Margarita se puso en pie, y buscando el objeto, dijo que
alcanzaba a distinguir una ave, aunque muy lejana, que parecía
acercarse a la hacienda de
|El Olivo.
-Quiero iniciarme en la ciencia de la buitrología, dijo la
señora Choma, tomando el instrumento.
-¿Hay algo?, le preguntó doña Chepa.
-Un gallinazo que viene al convite, dijo la tía Choma; creo que
Fernando nos va a dar un chasco con su buitromanía.
-Les ofrezco que dentro de medio cuarto de hora estarán
realizadas mis observaciones buitronómicas.
-Que tome Isabel el anteojo.
Esta, tomándolo, dijo, después de observar por un momento:
-Veo una ave negra, que parece tener divididas las puntas de las
plumas de las alas, y cuando se ladea le observo manchas blancas o
pardas. Sus patas son muy largas, y su volumen va aumentándose.
-¡Es un buitre! exclamó Fernando; ya se ve a la simple vista:
atrás vienen dos por el mismo punto.
-¡Cierto!, dijo doña Mercedes; vean los buitres: ¡muchachas,
vean los buitres!
-¡Silencio!, dijo Fernando; no hay que moverse ni hacer
ruido.
Después de grandes círculos trazados por encima de los potreros,
se paró el ave sobre el llano del Sosiego, a media cuadra de la
yegua muerta, y después de mirar para todos lados, se fue acercando
a pasos cortos y majestuosos. Era un príncipe de las regiones
aéreas de los Andes, que pisaba las alfombras del valle de los
alcázares.
Los gallinazos le hicieron campo, y quedó dueño del festín.
Pronto bajaron otros y tomaron su puesto, hasta completar el número
de catorce.
Las señoras estaban aterradas de ver los gigantes alados de los
Andes, y sus ojos no se apartaban de aquel cuadro.
-¿Y qué más se espera?, dijo la tía Choma.
-Que coman, dijo Fernando, que se sacien a todo su gusto, que
muy pronto morirán agobiados por su propio peso, mientras que los
gallinazos, los carracos y las gualas se salvarán al favor de sus
alas.
-¿Es decir que en esta revolución va a suceder lo que les sucede
a los ricos con las revoluciones de Nueva Granada?
-¿Cómo dice la señora?
-¿Pues no saben ustedes que en nuestras revoluciones y guerras
civiles se salvan a lo último los magnates, y los que pagan el pato
son los que componen el pueblo?
-Ya es tiempo, dijo Fernando; vean cómo han devorado ese cadáver
en menos de quince minutos. Ahora nos lanzaremos sobre ellos. Tía
Choma, ponga usted cuidado, que dentro de tres minutos creerá usted
lo que no quería creer. ¡Atención, señoras y señoritas!
Dio Fernando un grito que resonó en todos los confines de la
hacienda y corrió a montar en el
|Huracán. En aquel
instante salió Carlos de la salita de
|Los Borracheros, los
demás jinetes que estaban ocultos y multitud de gentes de a pie que
esperaban el espectáculo de la cacería. Por todos lados fueron
acometidas las cuatro especies de alados, que asistieron al convite
del llano del Sosiego, en la hacienda de
|El Olivo. Muy
pronto se dispersaron las gualas, carracos y gallinazos, que
pudieron ganar los aires, porque no estaban repletos, retirándose
alegres por no haber caído en la celada. Pero los buitres, que no
pudieron hacer lo mismo por el demasiado peso de su vientre, así
como no pudieron salvarse dos españoles en una retirada que
hicieron, por allá en el antiguo imperio mejicano, por el peso del
oro que llevaban consigo, así estos desgraciados animales se
dispersaron dando saltos, ayudados por la magnitud de sus alas.
Los gritos, las carreras, todas las ejecuciones de las
maniobras, eran la imagen de una batalla. Algunos de los buitres
quedaron aturdidos por los golpes a palos en el primer asalto;
otros corrían o brincaban con el auxilio de sus alas, y eran
perseguidos por los jinetes en direcciones opuestas en toda la
extensión del potrero. Uno saltó las zanjas del camino real, y se
pasó a los potreros de
|La Pradera; pero José María no se
detuvo en hacer brincar su caballo por sobre la misma zanja, y lo
siguió sin perderle patada.
Un fugitivo trató de tomar la pequeña altura de los alcaparros
para lanzarse a los aires, y se acercaba a la casita por el lado
del llano. Isabel, tímida más que todas las otras señoras, se
asustó de ver ese gigante, y corrió a meterse en la alcoba de ñuá
Petronila. Pero Fulgencia, que comprendió la maniobra, sacó una
horqueta de las que sirven para la trilla, y se propuso defender la
altura. Pronto se le agregaron las criadas; y las señoras, viendo
que no había riesgo ninguno y que podrían ser útiles, aun cuando
fuera sólo con su bulto, se pusieron bajo las órdenes de Fulgencia.
Ya la tía Choma había cobrado valor, y con una vara delgada se le
atrevía al buitre por el frente, olvidada de las ideas que había
emitido poco antes contra la cacería, contra la milicia y contra
toda clase de ataque a la vida de las especies vivientes. Esto
sucede muchas veces, que se ostentan ciertos principios en ciertas
ocasiones, pero que llegado el caso se renuncian: es una necesidad
la careta. Lo cierto es que la tía Choma fue la que más se alegró
de la muerte de los buitres.
Después de varias tentativas logró Fulgencia dar un palo al
buitre, dañándole una de las alas, con lo cual quedó rendido; luego
lo enlazó con un rejo y lo ató a la cerca de su estancia, al lado
de la puerta de talanqueras.
El buitre que había pasado a
|La Pradera logró con
trabajo levantar el vuelo, y se volvía, orgulloso de su fortuna,
habiendo logrado elevarse a la altura de diez y seis o veinte varas
del suelo, procurando ganar terreno para ir a guarecerse sobre las
crestas solitarias de Sumapaz o de Chingaza, pero lo vio Fernando,
y corriendo se puso debajo, y enlazándolo del pescuezo, haló del
rejo haciéndolo descender otra vez al potrero del Sosiego desde las
altas regiones del aire.
El acertado lazo de Fernando suscitó mil aplausos en el campo, y
la tía Choma, que estaba mirando desde el patio de la casita no
pudo abstenerse de gritar:
-¡Viva Fernando! ¡Viva el rejo de enlazar! ¡Vivan los vencedores
de los buitres!
Al prisionero se le quitaron las plumas más largas de las alas,
y quedó suelto por el potrero, a disposición de los muchachos.
Ya no quedaba enemigo que vencer. Ocho buitres quedaban tendidos
en el campo y a los restantes les habían arrancado las plumas, que
es tanto como decir que los habían desarmado. El campo de batalla
estaba cubierto de gente de a pie y de a caballo, y la jornada
estaba completa.
Don Isidro y don Gaspar habían presenciado la batalla como
clérigos sueltos, que así llaman en Cundinamarca a los que se van a
divertir viendo el combate desde lejos, montados en muy buenos
caballos. También acudieron a revisar el campo, y de allí pasaron a
|Los Alcaparros con los vaqueros y demás jinetes, alguna
gente de a pie.
Se habla mucho del regocijo que tienen los cazadores sabaneros
al reunirse después de cogida la presa. El patio de
|Los
Alcaparros también era un teatro de risa, de aplausos y
declamaciones. Las señoras, los concertados, los cazadores y los
clérigos sueltos, todos hablaban a un mismo tiempo, y es más fácil
imaginarse la escena que describirla con todos sus pormenores.
Se sirvió el almuerzo debajo de los alcaparros del patio, sobre
cueros de res y hojas de chisgua, con manteles más blancos que la
nieve.
Marcelina, que había llorado y maldecido contra toda su
costumbre, se portó como en una boda con el almuerzo de los
cazadores. Dos o tres clases de sopas, siendo una de ellas un
famoso ajiaco de papas criollas de la misma hacienda, un frito que
parecía calentano, empanadas y pastelitos de harina de trigo,
carnes a la
|Bullé, y chocolate y Gafe a rodo. ¿En qué
palacio de una capital se hubiera podido festejar un convite con un
comedor más suntuoso que aquel, encortinado con las flores de los
alcaparros, decorado con las matas de claveles y lirios, y techado
en general por la bóveda azul de un hermoso cielo? Hay comedores
que están decorados con estatuas o pinturas de diosas, pero nunca
más bellas que Justina, Isabel y Margarita.
La clase descalza de las haciendas almorzó al lado de la clase
calzada, y todo el mundo quedó contento de la cacería, de la bondad
de los patrones y del buen trato de las señoras.
Pronto se dispersó toda la gente pobre, y las señoras se fueron
a las casas de las haciendas, en donde concluyeron el día.
|