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CAPITULO IV
LA TRILLA

Era un día completo de fiestas la operación de la trilla para los niños de |El Olivo y |La Pradera, y a no ser porque las leyes de la lectura y costura estorbaban la libre voluntad de los tiernos ciudadanos, ellos se hubieran pasado los días enteros sin sentir los rigores del sol, mirando correr las yeguas en el circo, y asistiendo a todas las operaciones de limpiar el trigo. Con este motivo vamos a dar campo en los capítulos de la historia de la vida del campo, en esta primera parte que trata de la infancia, a una de estas funciones que son tan ruidosas en las haciendas, como son de silenciosas en Europa y en los Estados Unidos, en las partes donde se cosecha el trigo.

Desde las seis, que se fueron despertando los niños de |El Olivo, comenzaron a informarse de que había trilla por el rebuzno de los burros, por los relinchos de todas las yeguas, y por los gritos de los peones que hacían el turno de arrear en el trilladero. Con este indicio se fueron, después de la escena del corral, a echar su primera visita sobre el trilladero de la hacienda.

Ochenta yeguas corrían por un circo de setenta varas de circunferencia sobre una capa de trigo, que a sus espaldas habían comenzado a pasar los peones desde la montonera hasta el suelo del trilladero, desde las tres o cuatro de la mañana, es a saber, todo lo que constituía el material de un montón como de catorce varas de altura. La capa de trigo tendría una vara de profundidad, y con lo que corrían las yeguas por encima, iba bajando, porque en el principio tenía dicha capa más de vara y media, con hoyos y profundidades en que suelen caer las yeguas más débiles, para sufrir las pisadas de toda la tropa, si no hacen un esfuerzo soberano para ponerse en pie. El suelo era de greda muy bien pisada.

Dos arrieros con zurriagas de muesca, sumamente largas, arreaban a toda carrera la recogida de yeguas, dándoles su merecido a las menos ligeras, y haciéndoles dos mil injurias de palabra, y poniéndoles apodos, que para ellas valían tanto como si fuesen elogios.

Los peones no pasaban de diez, y fuera de los dos perreristas, los restantes estaban unos acostados encima del tamo de las anteriores parvas, y otros se ocupaban en ensillar un potro violento para que se fuese domando con el objeto de montarlo ese día. Carlos, que no soltaba el rejo ni un solo momento, se puso a enlazar los potricos que daban vueltas por fuera de la cerca del trilladero, al lado de las madres, y cada vez que enlazaba uno los peones se lo soltaban. Esta diversión no fue muy dilatada, porque don Isidro llamó a los niños para que principiasen los oficios de todos los días.

El que hacía de jefe de la trilla gritó a los peones para que fuesen a |meter orilla, y acudieran en el acto con sus horquetas de dos varas y cuarta de alto, a empujar el tamo y los manojos de trigo que se iban extendiendo por las márgenes hasta salirse de la cerca; después de empujarlo hasta muy adentro siguió a toda furia la carrera de las yeguas.

Al fin sacaron los peones toda la recogida de las yeguas fuera de la era para |volver. Esta operación se ejecuta levantando con las horquetas el tamo para que venga a quedar debajo el que estaba encima. Esto se hace en espirales, comenzando desde el centro, y terminando en las orillas.

Cuando las yeguas volvieron a correr en el circo, algunas no podían vencer los cerros de tamo y manojos que se habían levantado. Pero el rejo, que no vagaba, acompañado de muy malas razones, por supuesto, las hacía brincar sobre los oleajes del tamo a pesar de todas las dificultades; así como nuestros soldados entran al combate, algunas veces, arreados por los planazos que les dan los oficiales. Los gritos no cesaban, y como los niños los alcanzaban a oír, no pudieron resistir a la tentación de ver trillar. Se informaron por conducto de la niñera de que doña Josefa estaba ocupada en el amasijo, y de que se había ido don Isidro al potrero, y se fueron trasladando a la huerta de uno en uno, citados para juntarse en el pabellón del curubo que colgaba de los gajos de un corpulento cerezo, y cuando estuvieron todos juntos, sin faltar la niñera, que fue convidada en secreto, se fueron, ocultos, por entre las matas del maíz, hasta entrar en la mitad de la montonera, de allí pasaron al trilladero que estaba oculto para los de la casa por las mismas montoneras.

Al momento de llegar Carlos a la era, enlazó el potrico más lindo de todos, hijo de una yegua castaña, y se le ocurrió la idea de que Martín lo montase. Pericón, el Sancho Panza de |El Olivo, le apoyó el proyecto, y llamando al chino por engaños, lo cogió Fulgencia, que había dejado las ovejas desde que vio a los niños en el trilladero, se unió a todos ellos, y se interesó con su hermano Martín para que montase en el potrico de la hermosa castaña, que ya lo tenían muy bien asegurado dos de los peones ociosos, y Pericón puso al equitador sobre los lomos del potro.

Los ojos de todos los niños y de los peones estaban puestos sobre Martín. Soltaron el potrico, y a los tres o cuatro saltos cayó el chino encima del tamo, y la risa dio a conocer lo agradable del espectáculo. Había muchas |sacudidoras, que así llaman a las indias pobres que asisten, como las palomas silvestres, a recoger los granos que se van entre las escorias del tamo, y éstas también se rieron mucho del golpe, y el mismo Martín no quedó desagradado de su porrazo, pues había caído como sobre diez colchones, atendida la elasticidad y la blandura del tamo que rodeaba el trilladero.

Uno de los peones le dijo a Carlos que montara, y Pericón observó que para eso se necesitaba que su amiguito se pusiera los calzones de Martín, lo que hizo al momento, y no fue menester más porque de un brinco se puso encima del espinazo del potrico, y mandó que lo soltasen.

Se tuvo mejor que el chino, pero al fin cayó sobre los colchones del ' tamo, y el público quedó satisfecho. Carlos se levantó hecho un gusto pero con un proyecto que iba a llenar de amargura todos los recintos de |El Olivo.

-¡Ahora Rosalía!, dijo Carlos, y fue acercando a la hermana al sitio donde estaba el potrico.

-Yo no, dijo la niña, porque va y me voltea, y mi mamá se pone brava.

-Pero cae en el tamo, mi señorita, le dijo Pericón; y yo le traigo mañana un nido de mirlas que tengo visto en la orilla del pantano, en una mata de rodamonte.

-¿Y si me lastimo? dijo la niña casi llorando.

-¿Cómo cayó sumerced del ternero que montó el otro día y no le sucedió nada?, añadió el hermano de Fulgencia.

-Que monte Rosalía con la china Fulgencia, dijo Carlos. ¿Montas, Fulgencia?

-Yo monto si me dan un cuartillo, dijo la china.

-Corriente, contestó Pericón; y le mostró un cuartillo nuevo, que sacó de su bolsa, y depositó en manos de Isabelita.

Pericón alzó a la china y la montó en el potrico, el cual sujeto de las orejas y del rabo por dos de los peones, no se movía para nada.

-Monte mi señorita, dijo Fulgencia, y se tiene de mi cintura. No sea tan floja.

-Y si no monta, voy a echarles tinta en la cara a todas las muñecas, dijo Carlos.

Calló Rosalía, y tomándola Pericón en los brazos la colocó a las ancas junto a la china Fulgencia, de cuya cintura se prendió la niña con todas sus fuerzas.

-Téngase, Rosalía, gritó Carlos, y los peones soltaron el animal.

Seguramente estaba aturdido por la opresión de las toscas y pesadas manos de los trilladores, y salió poco a poco; la gente aplaudía a las dos equitadoras; pero a la distancia de doce varas, cuando estaba saliendo del terreno tapizado de tamo, hizo una explosión, y dio un salto, echando a volar a las dos equitadoras y el público sin caer en la cuenta de los resultados prorrumpió en una terrible algazara.

Fulgencia y Rosalía no se movían, porque habían caído en la tierra dura, y estaban atolondradas. Corrieron los peones a levantarlas, y hallaron a Rosalía privada y a su compañera con una rotura encima de las cejas. Ildefonsa corrió a traer agua de una mana inmediata en una de las totumas de dar la chicha a los peones, y en el conflicto acertó Pericón con la maliciosa medida de alzar en sus brazos a las dos equitadoras para llevarlas a esconder en la mitad de la montonera; y en efecto, fueron conducidas y puestas al pie de un montón, entre unas matas de nabo; allí se les administraban los socorros temporales, cuando se apareció Cupido olfateando a un lado y a otro, y en pos de él llegó la desventurada madre de Rosalía.

-¡Virgen de las Mercedes! exclamó la señora ¿qué le ha sucedido ala niña?

La cogió en los brazos, y la puso encima de sus rodillas. Le echó el agua que había llevado Ildefonsa, y la movió en todos sentidos.

-Pero díganme, qué les ha sucedido a estas muchachas, suplicaba la pobre madre.

-Un porrazo, mamá, dijo Isabel temblando de miedo, y llorando más que doña Josefa.

El cuadro era de lo más doloroso: los peones iban llegando a descifrar el enigma delante de la señora; las lágrimas de la madre caían a torrentes, y sofocada por los sollozos no daba órdenes ningunas. La palidez de la muerte velaba el rostro de las dos enfermas, y el reflejo amarillento de las infinitas flores de nabo hacía más pálidos sus semblantes, aunque era cierto que Fulgencia no estaba de riesgo, a pesar de la sangre que le bañaba la cara.

Al fin volvió en sí Rosalía, y mirando fijamente a su madre derramó algunas lágrimas, que tal vez la aliviaron.

-¿Qué tiene mi hija?, le dijo la señora; ¿qué es? ¿qué le ha sucedido?

-Nada, respondió la bella criatura; no me ha sucedido nada.

-¿Qué le duele?, Rosalía.

-Nada, mamacita, estoy enteramente buena.

-¿No tiene dolor ninguno?

-No, señora, fue que me di un porrazo.

-¿Y de dónde se cayó mi hijita?

-De encima de un potrico, mamá.

-¿Cómo? Rosalía, dígame pronto.

-Fue que Pericón nos montó a Fulgencia y a mí y nos caímos; pero no me ha sucedido nada, mamacita.

-¡Qué temeridad! ¿Y para qué fueron a montar?

-Quién sabe, mamá.

-¡Ildefonsa! ¡cómo fuiste a dejar montar a la niña en el potrico. Vagamunda! ¿Ese es el cuidado que tienes de los niños? Ahora ajustaremos las cuentas; y ¿Carlos y la bobona de Isabel no estaban ahí que no lo impidieron?

Rosalía estaba ya buena, porque no era sino una privación muy pasajera lo que había tenido, y antes trataba de consolar a su afligida madre cuando llegó |ñuá Petronila del río, donde había estado lavando, informada por uno de los peones de lo que había sucedido, y con un pedazo de rejo que traía en la mano le acomodó seis lapos de patente a Fulgencia, relatando al tiempo de la aplicación las siguientes palabras:

-Toma, vagamunda, para que otro día no te vuelvas al trilladero a montar en los potros... Machota, alborotada, sinvergüenza, que podías tener juicio porque ya estás tamaña de grande, toma, toma.

Fulgencia se fue a cuidar sus ovejas llevando por delante de los ojos un chichón tamaño grande, y seis azotes a la retaguardia. Ildefonsa desapareció en el momento, pensando tal vez en aquel adagio que dice: cuando veas afeitada la barba de tu vecino echa la tuya en remojo; y Carlos tampoco parecía en el lugar de la escena, seguramente inspirado de la misma prevención. Isabel le pidió perdón a su mamá de la parte que tuvo por su aquiescencia, no sin derramar muchas lágrimas de arrepentimiento, porque era tierna, compasiva y comprendía bien sus faltas.

Doña Josefa salió de en medio de aquellas pirámides funerarias en el silencio con que se abandona un cementerio, seguida de Isabel, de Rosalía, de Justo, de Pepita, y del cariñoso Cupido, que fue el que llevó a la señora a la montonera. Informaremos al lector esta peripecia del |amigo de los niños.

Las madres gozan del privilegio de la doble vista. Ellas ven con el corazón. Doña Josefa estaba de amasijo, como ya lo teníamos dicho, y notando que había mucho silencio en la sala, se le presentó una desgracia delante de los ojos. Pasó al lugar de la lectura, y lo encontró abandonado como un campo que ha sido evacuado precipitadamente por un ejército aterrado.

Plumas y jises regados sobre la estera, la nueva muñeca tendida en el canapé, libros y cuadernos tirados acá y allá.

Inquieta la señora por un presentimiento secreto, llamó a los niños por las ventanas caían a las huertas, los preguntó a gritos a la lavandera que se hallaba en su oficina tendiendo la ropa sobre la yerba, y no teniendo quien le diera noticias, le mostró a Cupido el rastro de uno de los niños, marcado en el polvo, y le dijo:

-¡Busca a tus amitos, mi buen Cupido! ¡Busca, busca!

El perro se dirigió a la huerta exterior que estaba sembrada de habas y maíz; llegó al pabellón del curubo, en donde se juntaban los niños de costumbre; dio varios aullidos, como perdido en la inmensidad de rastros que estaban marcados sobre la polvosa tierra, y doña Josefa se encontró con la muñeca de Pepita.

-¡Busca! ¡busca!, le dijo la señora con extremado afán al fiel amigo de sus hijos.

Partió el inteligente animal por el medio de dos surcos de habas, entró al maizal, y saliéndose de la cerca de palos se encaminó a los montones de trigo, que era por donde los niños habían pasado.

Doña Josefa siente un ligero murmullo en el centro de la solitaria población de los montones, le palpita el corazón, y redobló la prisa que llevaba, y al doblar la circunferencia de uno de aquellos edificios de trigo se halló con el cuadro de su hija moribunda, como antes lo habíamos descrito. Cuando la señora volvió a la casa con Rosalía y la cándida Isabel, se halló con don Isidro, el cual se impuso de todo lo sucedido en el trilladero. Por instancias de la señora condenó a Carlos a media hora de prisión en la alacena del cuarto oscuro y a Isabel a sufrir la pena del costal; y se propuso castigar a Pericón con la pena del talión, que no está del todo abolida entre nosotros, pues las represalias están en uso. Doña Josefa torció la llave de la puerta de la sala dejando encerrados a los niños, y se fue a continuar su amasijo.

Habían sacado por dos ocasiones tamo en el trilladero, operación que se hace levantando suavemente una capa de tamo sumamente dócil que se desprende de la capa inferior de las espigas y cañas de trigo que no están suficientemente estrujadas por el casco de las bestias, y haciendo pilones, que los peones llaman |muertos, los sacan entre dos en una parihuela provisional formada de los brazos y de las horquetas ya mencionadas. A las once del día la capa de tamo había bajado considerablemente y ya se agarraban manotadas de trigo desgranadas en el suelo, pero mezclado con las raspas y el polvo de la era.

Al mediodía se |aventaba, operación que se hace levantando gruesos turbiones de tamo y trigo con las horquetas para que el aire se lleve las fracciones más leves.

|Remoler es pasear la tropa de yeguas a un paso moderado por encima del trigo, para acabar de refregar las espigas y descasquillar los granos que se hayan resistido al estropeo de las primeras vueltas de las yeguas; a este tiempo el piso de la era es ya de una capa compuesta la mitad de trigo y la mitad de raspas y de tamo menudo.

Después de la |remolida se soltaron las yeguas a su potrero, y se procedió a limpiar el trigo con ayuda del aire. Se recogió el trigo de toda la era en un segmento cortado en ángulo recto por la corriente del aire, y allí se aventó con las horquetas, pasando los peones de uno en uno, o de dos en fondo de una punta a otra, hasta que las horquetas no cogían nada, por haber salido el tamo menudo con el impulso del aire, y esta especie de cordillera de granos de trigo se llama el |caimán. Llegando a este estado recogieron con las palas el trigo regado por la era, y barrieron muy bien el suelo para empezar el traspapeleo en el mismo segmento que antes. Todo esto supone que el aire sea favorable a la empresa que, de lo contrario, los hombres se cruzan de brazos, y le dirigen sus votos a San Lorenzo, abogado del aire, y miran los árboles lejanos a ver si se mueven. Hay veces que una calma de estas viene seguida de un aguacero, y entonces la trilla es una completa revolución, no quedando otro arbitrio conocido que juntar en una pila todo el trigo, y taparlo con cueros y toldos, y dejar la operación para el día siguiente, si es que San Lorenzo se muestra entonces propicio.

Pero en el día de que nos tratamos todo iba bien. El cielo estaba despejado, |el viento de arriba soplaba maravillosamente, y la operación de traspalar se hacía con todo esplendor. Levantado el trigo con las palas volvía a caer como aguacero, limpio de polvo y de la paja menuda, y las |valeadoras recorrían con escobas ásperas la superficie para barrer suavemente los pedazos de tamo gruesos que el aire no había podido llevar y las inmundicias naturales que las yeguas no habían podido menos que dejar encima de la era, lo que se llama cagajón en el idioma de los peones.

Ya estaban todos los niños en el trilladero, con licencia de doña Josefa; ya estaba doña Ildefonsa, que había sido indultada, ya nadie pensaba en porrazos, y el final de la trilla era un espectáculo de verse, a la luz de una bellísima tarde, trabajando en el teatro los preciosos niños de |El Olivo, los sabaneros más robustos de la peonada, y algunas estancieras gordas, coloradas, y buenas mozas, que agitaban sus escobas alargando unos brazos tan carnudos que no correspondían a la extremada pequeñez de sus pies colorados, que a veces se hundían entre los dorados granos de trigo que llovían a la luz de los rayos amarillentos del sol que estaba muy cercano del ocaso. Es muy deliciosa la vista del |traspaleo a tiempo que el |ran ran ran de las palas le da todo el complemento de la animación.

Al fin se halló la horqueta que se había puesto para conocer cuándo se completaba toda la vuelta al pilón, y se dio por terminada la trilla. Se procedió a encostalar el trigo para echarlo al carro, dando las paladas a las peonas valeadoras, y algunas otras que habían prestado sus servicios a la trilla, y resultaron diez y seis cargas de trigo limpio y dos de trigo delgado, mezclado con vallico, llamado granza, y tres con canutos de tamo grueso y trigo encasquillado. Pero el establecimiento perdió ese día un agente en una de las mejores yeguas de la recogida.

Después que todo estuvo concluido, llamó don Isidro a Pericón y le dijo:

-¿Tú sabes qué fue lo que le sucedió a una de mis hijas esta mañana? -No, mi amo, le respondió con frescura el Sancho Panza de |El Olivo.

-¿Con que no sabes que se dio un porrazo tu señorita Rosalía?

-¡Ya se me había olvidado! Dijeron que se había caído, de veras.

-¿Y tú no sabes cómo fue para caer?

-No, mi amo, como uno está ocupado a ratos en su trabajo...

-¿No dicen que fue un potro el que la hizo caer?

-Tal vez, mi amo, porque como se ponen a enlazar los amitos, quién quita que se enreden y se caigan, porque como dice el dicho, en donde están los niños está el diantre.

-¿No sabes tú si los niños montarían en los potricos?

-Quién sabe, mi amo; porque son tan traviesos a ratos.

-¿Y tú no los ayudaste a montar?

-¿Yo ...? Para qué eso... Ave María.

-¿No alzaste a Rosalía, y la montaste en el hijo de la castaña careta, a la anca de la china Fulgencia?

Se calló Pericón, y se agachó, no pudiendo soportar las miradas de don Isidro, que aunque era muy amigo de las leyes de la República, le estaba exigiendo al ciudadano Pericón una declaración contra sí mismo.

-Todo lo sé, dijo don Isidro, meneando ligeramente la cabeza. Lo raro es que me sostengas una mentira después de haber oído predicar el sermón del octavo mandamiento.

-Yo no he oído nada, mi amo don Isidro, porque hace dos meses que no voy a misa.

-Pues ahora te mando que vayas infaliblemente todos los domingos, y te mando que montes en ese potro, que han dejado por ahí ensillado.

-Iré a misa, mi amo, y me confesaré y rezaré como un santo, y haré todo lo que sumerced me mande, menos montar en el potro, porque es una cosa que jamás me ha gustado.

-¿No?, le contestó don Isidro con rabia.

-No, mi amo; porque dice el dicho que hacer casas, y... amansar potros, eso que lo hagan otros... ¿Y qué si va y me voltea?

-Hola, con que tú cuidas mucho tus huesos, socarrón... Pues montas, o te rompo el alma con este palo de guayacán; y esto es sobre la marcha, y sin hablarme una palabra más.

Hizo don Isidro que cuatro de los peones sujetasen el potro, y Pericón se arrimó junto al estribo y se quedó mirándolo. Los peones se sonreían y se miraban con muestras de regocijo, a pesar del miedo que les infundía siempre que veían a don Isidro empuñar el signo de la igualdad en la mano derecha.

-Vamos, exclamó don Isidro, o montas por tu gusto, o te suben los peones a la silla... ¡Vamos, arriba!

Viendo Pericón que no había remedio en lo humano, se resolvió a montar, y después de persignarse muy bien, tomó el estribo y se fue acomodando en la silla lo más despacio que le fue posible.

Los chinos, los niños de la hacienda, los peones y las sacudidoras, todos habían rodeado el corral de las yeguas que iba a servir de teatro, y todos se reían con anticipación de ver la figura que hacía Pericón tan mal acondicionado sobre la silla como un fraile, y cogido de la cabeza de la silla con ambas manos como un chiquillo; pero al destaparle los ojos al furioso animal todos se quedaron serios por algunos instantes y hubo muchos gritos que decían:

-¡Téngase, ñor Pericón!

El potro saltó del puesto, como un resorte que, sujeto, se deja estallar de repente; pero no se movió Pericón del asiento, aunque perdió los estribos, y con los ojos cerrados, y las piernas muy encogidas, sin quitar las manos de la silla, aguantó dos brincos más, y para su dicha dejó de brincar el potro y comenzó a trotar por la orilla de la cerca, y entonces el nuevo jinete abrió los ojos, y al verse observado de tanta gente y al verse vencedor, se armó muy bien en los estribos y hasta se rió con el público que celebraba el papel tan extraño a su carácter que estaba desempeñando, en justo castigo de haber hecho montar a su señorita en el potrico. Se pensó que el potro estaría encalambrado de hallarse apretado con la cincha desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, y de haber brincado las horas enteras con la silla, y esto fue lo que favoreció al Sancho Panza de |El Olivo de haber volado como volaron las dos equitadoras de la mañana. La broma, los silbos y las carcajadas que partían de todos los contornos del corral eran una cosa muy conforme con el espectáculo, y con los precedentes del equitador que había excusado en toda su vida las ocasiones de exponer su noble figura a los riesgos a que se exponen los toreadores y amansadores de las haciendas de la sabana.

Cuando se repuso Pericón del justo miedo que tuvo al principio, meditó un proyecto para bajarse del potro antes de que le fuesen a dar las ganas de brincar, y fue cogerse de la cerca al pasar por junto de ella, pero como era tan poco diestro en las obras de agilidad, se cayó del palo al suelo como un cuerpo muerto, y se le formó un chichón en la frente, de lo cual quedó muy contenta la madre de Fulgencia, que se hallaba entre los espectadores.

Todos los peones rodearon a Pericón y la broma que le dieron fue de lo más aparente para terminar aquel singular espectáculo.

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