CAPITULO III
EL DOMINGO
En Nueva Granada, como en cualquiera otra parte, el día domingo
es una festividad religiosa que ofrece mayor facilidad para el
comercio social. Las funciones del culto son un llamamiento al
corazón y un recuerdo de la historia del Salvador del mundo. Las
campanas congregan en un sólo punto a los fieles de una sola
creencia para guardar la unidad que es la esencia de la religión
católica romana. En la misa se ofrece el sacrificio del pueblo
sobre el ara santa del tabernáculo. El sacerdote le recuerda al
hombre el cumplimiento de los deberes que le obligan acerca de su
Dios, de sus prójimos y de sí mismo. La explicación que hace un
cura de la doctrina cristiana es la enseñanza social, única que hay
para nuestros pueblos.
Inundada la parroquia de repente por todos los vecinos de los
sitios o partidos, que son como las tribus de un territorio
dispersas a grandes distancias, se verifica de una manera
espléndida la verdadera asamblea de pueblo. Se abrazan los
parientes y los amigos, se ejecutan los contratos, se someten a la
autoridad los negocios de la administración pública, se toman
algunas noticias de la política, y de las cosas raras de las
parroquias y de las estancias. Se comunican las voluntades, se
aviva el amor, o nace por primera vez entre los predestinados. Se
toman ideas de los usos que empuja la mejora lenta de la
civilización. Se verifican los cambios de algún pequeño mercado y
se oye el canto y el tiple. Este es el domingo de las
parroquias.
En las haciendas y las estancias hay un cambio el domingo, que
es consiguiente a la gran fiesta de la parroquia. No hay trabajo y
las gentes amanecen engalanadas, mudadas, lavadas y respirando los
aires del descanso y de la dicha.
Hablemos de
|La Pradera en un domingo señalado entre los
fastos de su historia. El primer domingo de marzo de 184...
Los concertados y el mayordomo habían echado al corral la
recogida de los caballos desde muy temprano. Los niños, levantados
a las cinco, se habían hecho mudar con todo el esmero posible. La
niñera estaba de
|tiros largos, y principiaba a prepararse
el almuerzo.
El corredor principal no estaba ocupado sino por una mesa y una
silla. Esta estaba ocupada por don Gaspar, que separaba monedas,
sobre la mesa, junto del tintero y de varios cuadernos. El
mayordomo parado, con el sombrero en la mano, contestaba de vez en
cuando alguna consulta. Los cuadernos tenían las siguientes
inscripciones:
|Desyerba de papas, Arada, Trilla, Cercas.
En otro corredor Isabel y Rosalía acostaban las muñecas con
intención de no despertarlas hasta la una de la tarde. Fernando
aprontaba sus zamarros y sus espuelas, cantando oraciones de la
misa.
El espectáculo de fuera era una cosa admirable. Comenzaban a
entrar algunos peones al zaguán. En el llano venían por diversos
caminos, de dos en dos o de tres en tres, los peones y las peonas
que habían trabajado en la semana. El camino era una huella de
media vara de anchura, marcada por la ausencia de la grama como los
caminos de las hormigas arrieras. El llano no estaba verde sino
blanco como una lámina de cristal, porque había helado y se veía el
horizonte cubierto de escarcha. Eran blancos los montones de trigo,
los árboles de la huerta, los techos de las casas pajizas, y los
palos de las
|corralejas. Es magnífica la vista de la
sabana de Bogotá, en los días de la más grandes heladas.
Los peones se acercaban con ruana puesta, los sombreros comunes
de palma, calzón de manta, y algunos con alpargatas, llevando todos
el
|rejo de enlazar ensartado en el brazo izquierdo. Se
notaba la robustez y la salud en aquellas fisonomías curtidas por
el rigor de todas las intemperies. Las peonas venían con traje de
color azul, y sombrero alón de palma por el estilo de los que usan
las estancieras de los llanos del alto Magdalena. Sus pies blancos
y pequeños tocaban de prisa la tierra salpicada con las partículas
de la escarcha, y tanto las que llevaban una pequeña ruana, como
las que tenían puesta únicamente la mantilla, sacudían el brazo al
tenor de sus pasos, lo cual daba a sus cuerpos una elegancia muy
digna de la salubridad de los campos. Entre todas estas peonas se
contaban más de diez hermosuras completas, que eran el lujo del
partido. Entre ellas venía Genara, de doce años de edad, al lado de
su hermana Inocencia, que era mirada con ojos codiciosos hasta por
los ricos dueños de las haciendas circunvecinas. Tenía ojos
flameantes, brazo muy grueso, pies finos y muy pequeños.
Entraban por grupos a los corredores, y a la voz de don Gaspar
respondía el peón a quien llamaba, y a la voz de "cuántos
días", contestaba, cinco o seis o lo que fuese, y recibía
su plata en muy buena moneda.
Después de esto seguía una función de
|rejo de enlazar,
porque había que coger los caballos para ir a misa la familia, y
dos o tres potros para enjaquimar, lo que era un grande espectáculo
de fuerzas humanas y bestiales, y tenían que ensillar los potros
para amansar en el viaje a la parroquia. Los peones y peonas
miraban con gusto esta lidia, y luego se esparcían por los
contornos de la casa, o se iban para las suyas o para la
parroquia.
Don Gaspar recomendaba la obligación de oír misa en los días de
fiesta, siempre que fuese posible. Muchos de los domingos había
misa en la capilla de la casa, y entonces era grande la
concurrencia de los estancieros de toda la circunferencia.
En el domingo de que hablamos, que no hubo misa en la hacienda,
las gentes, resueltas a ir a la parroquia, tomaron muy pronto el
camino real, en donde se juntaban con gentes de otros partidos,
reían y conversaban alegremente hallándose en aquellas sociedades
ambulantes la belleza natural de las estancieras mejorada por el
aseo y el adorno que les era posible.
Después del almuerzo montó la familia.
Don Gaspar, en un famoso castaño, criollo de la misma hacienda,
llamado el
|Junín.
Doña Mercedes en el
|Sultán que era un moro muy manso y
andón. Fernando, en un caballito blanco, llamado el
|Confite.
Margarita, en la yegua baya, sumamente mansa, y que tenía por
nombre la
|Uchuva.
El mayordomo llevaba en la cabeza de la silla a Justina y uno de
los concertados a Secundino.
Cuando a la familia de
|La Pradera le faltaba media
legua, toda de camino plano, para llegar a la parroquia, se oyó un
largo repique de las campanas, y las estancieras apuraban el paso.
Este repique dio origen a una disertación muy larga de don Gaspar,
en la cual dijo a su esposa mil curiosidades acerca de las campanas
más notables del mundo, y terminó con estas palabras:
-En mi concepto, las campanas de una parroquia son el símbolo
más expresivo de la sociedad política y religiosa. A su voz se
congregan los feligreses al lado del magistrado y del sacerdote.
Una cruz y una campana fueron los instrumentos principales de la
erección de las parroquias de América.
-Yo no puedo negar, dijo doña Mercedes, que he sentido cierto
grado de placer religioso desde que oí las campanas que suenan a lo
lejos. En esa iglesia donde están repicando me bautizaron, en ella
me casé, y allí será donde hagan las exequias por mi alma y por mis
restos mortales, si Dios no tiene destinada mi muerte para otro
lugar; las relaciones que me ligan con esa iglesia son
infinitas.
A este tiempo se acercaba la familia de don Isidro, que había
salido un poco más tarde de la hacienda. Fue un grito de alegría el
saludo de los chicos, de los criados y de los amos de ambas
haciendas. Los niños particularmente se regocijaron de una manera
que no es fácil describir. Carlos y Fernando se pusieron hombro a
hombro, y lo mismo Isabel y Margarita. Justina había llevado una
muñeca pequeña en el seno y la mostró a sus vecinitas de
|El
Olivo. Carlos tenía un rejo nuevo, lo desató del arzón para
que lo viera Fernando. Doña. Josefa era la que sufría en todas
estas evoluciones, temiendo que algún caballo se espantase. Hay un
adagio que dice que ningún hombre es cuerdo a caballo, ¿qué diremos
de los muchachos? Mucho es lo que una madre tiene que sufrir con la
equitación de los hijos; ¿pero cuándo es que las buenas madres
tienen un momento de quietud? ¡Felices las que no pierden sus
cuidados!
Se habían quedado atrás los dos hacendados.
-Es mucha satisfacción, dijo don Isidro, cumplir con el precepto
de oír misa, siempre que se puede.
-Yo lo cumplo lo menos que puedo, contestó don Gaspar. ¡Es un
trabajo arrancar con toda la familia! Le confieso a usted que yo no
lo hago sino por darle gusto a Mercedes, que se querrá desahogar un
poco, y a los muchachos que les gusta lucir los caballitos y los
trajecitos. Francamente hablando: el catolicismo tiene graves
defectos, y yo como buen liberal querría verlo sustituido por el
protestantismo, y ya es tiempo de que el partido liberal ejecute la
evolución, con medios eficaces porque si nos estamos esperando a
que esto suceda espontáneamente, duraremos trescientos años y otros
trescientos debajo del poder del Papa de Roma, y todo esto es lo
que no deja progresar a la Nación. Yo no soy hipócrita. Esto que le
digo a usted es el credo de todo el que sea buen liberal. Lo que
tiene es que muchos no lo manifiestan por no perder con los
clientes, con los vecinos, o con los electores. Ya usted me
conoce.
El diálogo continuó hasta el fin del camino, rodando sobre el
mismo asunto. Don Isidro, que era católico, discutió y salió
triunfante, sobre don Gaspar, hombre muy anticatólico, inclinado al
protestantismo y por tanto nada instruido en materias
religiosas.
La entrada de las familias aliadas de
|El Olivo y
|La
Pradera era un suceso de llamar la atención en una parroquia
pequeña. Pero eran los niños sobre todo los que se atraían las
miradas de la mayor parte de la gente. Los caballitos, las
monturas, los trajes, la belleza de las criaturas, todo era digno
de curiosidad, de amor y de simpatías en un pueblo sencillo, pobre
y lleno de gratitud por los ricos amos que se portaban bien con los
peones y arrendatarios.
Carlos, Fernando, Isabel y Margarita pasaron en triunfo por la
mitad de la plaza a la hora misma en que salía del campanario el
alegre sonido de dos campanas.
Se desmontaron las dos familias en la casa de una señora que
tenía tienda, y daba de almorzar y de comer a los parroquianos que
lo solicitaban. De allí, con la transformación correspondiente de
trajes, se encaminaron a la iglesia.
Estaba el altar mayor adornado con sencillez. Cuatro ceras, una
docena de velas y unos tantos ramilletes de flores al pie de las
efigies y de las columnas: esto le daba la importancia de la
santidad y de la perspectiva, delante de un pueblo sencillo, devoto
y de costumbres sanas y laboriosas, como lo son en general los de
toda la sabana.
Era cantada la misa, y el órgano y las voces humanas no
desdecían del gusto civilizado de la gente culta que se hallaba en
la iglesia, lo que sucede donde quiera que hay buen cura, porque el
buen cura se ocupa en darle al culto la mayor importancia posible
más bien que en entretener las horas desocupadas en los vicios
comunes de la humanidad.
El cura predicaba una plática muy sencilla y muy clara a sus
feligreses, consultando los grados de su inteligencia. No usaba las
fanfarronadas literarias de los que por lucirse delante de media
docena de oyentes ilustrados, dejan al pueblo en ayunas de la
palabra dulce, popular y agradable del Evangelio. El sermón fue
sobre el séptimo mandamiento de la ley de Dios. Nada dejó que
desear el apóstol de Jesucristo sobre el verdadero conocimiento y
uso de la propiedad, sobre la caridad de los ricos, sobre los
hábitos laboriosos de todos, y sobre la obligación que los
gobiernos tienen de fomentar la industria general de la Nación. El
cura pintó al ladrón con los colores más degradantes para la
sociedad, y las más aterradoras amenazas para la otra vida; en fin,
lo mejor que tuvo el sermón fue que todos lo entendieron.
A la voz imperativa del
|ite, missa est se
|
levantó la asamblea general de la parroquia, y se notaba
en su salida al altozano, la paz y la alegría, de que rebosaban en
sus corazones. Entre los vecinos habría dos calzados por doscientos
descalzos, constituyendo los zapatos la aristocracia, y el pie
descalzo el pueblo llano, o pueblo común si se quiere.
La familia de don Eulogio estaba también en la parroquia, y los
niños, aunque muy poco afectuosos, se saludaron con los de las
haciendas confederadas. No era el señor don Eulogio tan popular en
sus maneras como lo era en sus discursos. Era un aristócrata con
ínfulas de liberal.
Doña Mercedes y doña Josefa visitaron al señor cura mientras que
los esposos se desocupaban de sus negocios en el Cabildo y en la
Alcaldía parroquial. El cura ofreció de almorzar a las señoras;
pero éstas no aceptaron sino unas frutas y dulces secos que él
repartió a los niños por su propia mano, porque los trataba con el
mayor cariño. Jesucristo también amaba a los niños, como consta en
el Santo Evangelio. Puso fin a la visita la presencia de los dos
esposos. Se habló de la plática del día, y doña Mercedes la
aplaudió diciendo:
-Yo he quedado muy contenta del sermón de hoy, aunque a los
ricos nos ha caído nuestro ramalazo.
-Y yo le suplico al señor cura que lo repita el domingo,
interrumpió doña Josefa.
-No se puede, contestó el cura con suma modestia.
-Es un favor muy especial que yo me atrevo a solicitar del señor
cura, suplicándole que me dispense. Porque ha de saber que me
robaron una marrana muy gorda en la semana pasada.
-Lo siento mucho, dijo el señor cura, pero no puedo variar el
orden.
-Es mucha lástima, porque yo iba a mandar que viniesen a la misa
del domingo todos mis arrendatarios.
-Es del octavo mandamiento, que toca la explicación:
"No levantar falso testimonio ni mentir".
-También les aprovecha, porque la averiguación de mi marrana se
ha oscurecido con un tejido de mentiras que no hay procedimiento
civil que las pueda disipar. Y es una lástima, porque mi marrana no
dejaba de tener cinco arrobas de manteca. Los niños y los chinos la
han sentido mucho, pues las orejas y el rabo les pertenecen de
derecho por una costumbre inveterada.
Justiniano e Isabel se miraron, se pusieron colorados y se
rieron.
-Y yo voy a hacer que vengan a misa todas mis criadas, porque
están dando en no decir ni una sola verdad.
La niñera se puso muy colorada.
-Y que no hay recurso, dijo doña Mercedes, porque no hay ley que
les alcance.
-A donde la ley no alcanza, alcanza la religión, como lo indicó
el mismo Voltaire, observó el señor cura.
-Pues ojalá que me les hable del robo, aunque sea como por modo
de apéndice, dijo don Gaspar, porque esta marrana me la habían
regalado y tenía para mí cierto valor de aprecio.
Convino el cura en el apéndice, o nota, y después de agregar
otros pocos minutos a la conversación del ilustrado cura de la
parroquia, se salieron a la plaza las dos familias.
Al primer golpe de vista se descubrían grupos de gente descalza,
de mantilla de bayeta todas las mujeres, y de ruana todos los
hombres. Había tres familias calzadas. He aquí el cuadro de la
fotografía social de la parroquia. En cuanto a razas estaban los
blancos en mayoría. Las hermosas hijas de las biznietas de los
conquistadores y colonizadores, sin echar de menos los zapatos y
los camisones, se paseaban por la plaza y las dos únicas
bocacalles, y entraban a las tiendas luciendo sus buenas mantillas
y más que todo sus buenos colores, sus buenos ojos, sus buenos
cuerpos, y sus delicados pies, tan blancos como las manos. Había
estancieras que se atraían las miradas cariñosas de los caballeros
de zapatos, y tal vez las amorosas, porque la aristocracia tiene
fueros de que carecen los galanes descalzos, los que no ponen sus
ojos sobre las hermosas de la clase privilegiada.
Entre las indias no se veía sino una que otra vestida de
|chircate, es decir, la manta de las chibchas ceñida en
rededor de la cintura. La perpetuidad de esta moda prueba la
miseria de esas infelices mujeres, y produce un sentimiento de
veneración por los usos de sus mayores. ¡Pobres de los muiscas! No
se veían en la parroquia vestigios ningunos de la raza africana,
raza menos inteligente que la americana, como lo prueban los
monumentos de las antigüedades de los cafres comparados con las
antigüedades de los mejicanos.
Al mediodía salieron las dos familias de la parroquia en
dirección a
|El Olivo.
La gente de las estancias no pernocta en las parroquias sino en
algunas fiestas y por una rareza. En tierra caliente se quedan los
peones y los estancieros bajo cualquier pretexto. Claro está que la
costumbre de los sabaneros es la mejor.
La familia de
|El Olivo siguió para
|La Pradera,
convidada para la comida de ese día. Estas visitas mutuas eran unas
fiestas solemnes para los niños. En aquel día hubo refresco de
muñecas en la huerta, debajo de la enramada que formaban los
bejucos de un curubo, cayendo de las ramas de un cerezo muy coposo.
Este pabellón vegetal era de lo más bello que cabe idearse, porque
todo lo que pudiera darle la pintura lo tenía de la naturaleza. Se
sabe lo hermoso que es el follaje de este lindísima pasiflora, y el
encanto que producen sus flores y sus frutos colgados a merced del
aire que los empuja para todos lados. Al levantar por algún lado la
cortina de damasco verde, y mirar los ocho niños alrededor de una
mesa de tres cuartas de alto, lo que se veía era un grupo de
ángeles bellamente adornados. A manera de sirvientes se hallaban
allí los chinos: Genara, José María, Ignacio y Martín.
Se hablaba poco y se reía menos, porque había sumo interés en
conservar el orden más estricto de la gente de alto tono. La
vajilla era de magnitud correspondiente a las señoras, y las más
altas no pasaban de doce pulgadas de longitud, pero está visto que
tampoco eran liliputienses. Carlos y Fernando miraban con desdén
aquella función y Pepita y Elisa la irrespetaban a su vez, pero
Justina y Rosalía le daban toda la importancia que se merecía.
Ambas tenían once años y días, edad propia de muñecas, y bien se
notó su disgusto en un desacato que tuvo Carlos quitándole un brazo
a una muñeca, de lo cual provino el llanto de las dos amigas. Las
muñecas son una verdadera pasión para las niñas, en ciertos
tiempos, y desde aquí comienza la coquetería; pero una coquetería
de mera pantomima. ¡Dichosa edad!
Al tiempo de la comida tuvieron que abandonar el pabellón los
niños aliados. Tenían su mesa separada en el comedor, y el desorden
y los gritos no cesaron hasta el fin de la comida. Las madres no
quitaron la vista de tan primoroso cuadro.
Después de la comida convidó Fernando a toda la corte infantil a
que viesen su molino de agua, obra que había terminado en la semana
anterior.
El sitio estaba oculto detrás de unos rosales y matas de caña.
La toma de agua se había sacado del chorro principal que regaba el
tablón de las cebollas por una zanja que medía cinco pulgadas de
ancho y otro tanto de profundo, y corría por en medio de un pequeño
prado de carretón blanco salpicado de bellísimas flores. Una ramada
de paja construida a la ligera, cubría la rueda principal que en
sus vueltas levantaba algunas cantidades de agua que brillaban con
el sol de la tarde. La gran rueda de seis pulgadas de ancho que
había sido construida de una rebanada de papa y de astillas de
caña, movía otra pequeña que estaba fija en el mismo eje; ésta
despolvoreaba una materia que parecía arena fina. La ramada tenía
media vara de altura y estaba construida con varas delgadas de
tuno.
Esta maravilla dejó aturdidos a todos los niños. Máquinas,
altares, caballitos, armamentos, y otra multitud de empresas
rivalizaban de parte de Carlos y Fernando; lo que más llamaba la
atención de Isabel y Justina, y Margarita y Rosalía, era la
exhibición de las muñecas.
Después de esto, se dispersaron los aliados a coger flores y a
jugar con el agua del chorro. Hubo un grito que atrajo toda la
multitud al sólo punto donde Isabel se lavaba sus lindas manecitas.
Vio un pescadito que subía a despecho de la corriente, y llamó a
los compañeros. Acudió Fernando, que era el primero en todos los
casos arduos, y vio tres o cuatro pescaditos; llamó éste a su amigo
Carlos, y pronto estuvo toda la confederación allí; acudieron
también los chinos, que nunca dejaban de tomar su parte en todas
las empresas, y al ver los pescaditos se armó una gritería general,
y todos por un instinto común se lanzaron con furor a la pesca,
pero sin tino, sin arte y sin previsión. Ya los vestidos estaban
mojados, ya corría un pañuelo por el cauce de la toma, ya los
zapatos estaban negros de barro y la pesca no había dado sino
miserables resultados.
Fernando, más reflexivo que todos, corrió a quitar el agua en la
cabecera de la toma, donde se repartían los riegos para la alfalfa
y las cebollas; entonces quedaron los pescaditos más a la mano en
algunos pocitos con una tenue corriente, y los pobrecitos, sin
refugio, no se escapaban con tanta facilidad, sino que eran
atrapados por las preciosas manos de los niños; y esta lucha
producía los gritos más agudos de los pescadores, que no reparaban
en trajes nuevos, ni en medias finas, ni en botines de charol, ni
hacían caso de las caídas que daban en los barriales. Escena más
sorprendente, más animada, y más bulliciosa no se ha visto otra vez
donde haya una docena de muchachos.
Era una
|subienda de
|guapuchas que viniendo del
río se habían dirigido por el chorro de la huerta que desembocaba
en él. Las
|guapuchas son unos pescaditos de dos a tres
pulgadas de largo, y es una de las dos especies que hay en la
sabana de Bogotá. La otra es la del pescado
|capitán, el
cual crece hasta doce pulgadas, y no tiene escama; y es el que se
vende en el mercado por los pescadores del Funza. La
|subienda es la emigración de los pescados. Los del
Magdalena suben dos ocasiones por todos los afluentes, y los del
Bogotá llegan hasta frente a las haciendas de Junca y de Pacheco,
aunque no en toda su aglomeración. Es un prodigio el número de
pescados que sube, viniendo los ejércitos separados, remontando
chorros y corrientes con una furia que admira. Se observa que en
los tiempos de
|subienda se ponen las aguas olorosas a
pescado. Entre las muchas especies que suben hasta Anapoima por el
Bogotá, se ha notado el
|camarón. No sabemos si la
|subienda de las
|guapuchas en la sabana es en los
mismos tiempos que la de los pescados del Magdalena.
Volvamos a nuestros pequeñuelos. Era tanta la multitud de
|guapuchas, que Pepita
|1
y Rosalía, las menos aptas, habían
cogido algo más de dos docenas. Todo el mundo estaba contento; pero
con la retirada del agua no había ya más pescados que los
asegurados por tantas manos. Los niños llenos de gloria necesitaban
de aplausos. Todos se fueron en tumulto hasta la sala en donde
estaba la gente juiciosa conversando sobre asuntos de política.
-Madre mía y Señora, exclamó doña Mercedes cuando vio entrara
los pescadores en la sala; ¿qué desgracia les habrá sucedido a mis
hijos?
-¡Pescaditos, mamá!
-¡Miren cómo se han puesto de barro!
-Yo también cogí, dijo Pepita, señalando su sombrero de paja
italiana.
-¿Dónde está el zapato, Rosalía? dijo doña Josefa.
-Se quedó metido entre un pozo de barro, contestó la niña; pero
los cogí todos.
-Miren el trajecito de seda y los botines nuevos de Isabel.
Estos muchachos están locos.
-¡Fernando!, dijo don Gaspar, ¿qué es lo que ustedes han
hecho?
-Una pesquería muy buena, papá. Estaba llena de
|guapuchas la acequia y yo les quité el agua. Hemos tenido
muchísimo gusto.
-Hay que castigarlos, dijo doña Mercedes.
-No me parece, dijo don Gaspar.
-La pesca y la cacería se hacen por una fuerza de instinto que
no se puede resistir. Somos cazadores como los gatos, y pescadores
como los cuervos, porque la naturaleza nos tenía destinados para
nuestra manutención los pescados y los animales terrestres. Yo he
visto señoras grandes volverse casi locas en una pesquería de
barbasco en las orillas del Funza.
Sin embargo los regaños fueron demasiado fuertes. Habían perdido
las niñas un zarcillo, dos zapatos y un prendedor, y los trajes
nuevos estrenados ese día estaban llenos de barro. Las criadas se
apoderaron de todos los niños para mudarlos.
La luna estaba en toda su plenitud y la familia de
|El
Olivo no se fue hasta las ocho.
Los arrendatarios de ambas haciendas se habían reunido en una
venta desde por la tarde a jugar al
|palmo, juego que se
hace tirando a veinte varas de distancia unos tejos de piedra, del
peso de una libra, a un hoyo de algo menos de una cuarta de
diámetro, formando las distancias a que caen los puntos la
ganancia, que son veinticuatro unidades. Los que pierden hacen el
gasto de la chicha, mistela, mantecadas y otras golosinas de la
tienda. Por la noche tocan tiples y algunas veces cantan y bailan,
pero estas orgías no pasan de las diez o las once de la noche, y no
alcanzan a las nueve muchas veces, porque los campesinos no gustan
de perder el lunes. No deja de haber en estas funciones, que en
tierra caliente llaman
|gastos, estancieras muy bien
parecidas, pero el galanteo es únicamente entre la gente
descalza.
A la medianoche todas las familias estaban en sus propios
campamentos, y así terminó la fiesta del domingo.
|
|1
|
En la edición de la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana,
que sirve de base a ésta hay confusión en los nombres de dos
protagonistas, lo cual se respeta aquí.
|
|