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CAPITULO III
EL DOMINGO

En Nueva Granada, como en cualquiera otra parte, el día domingo es una festividad religiosa que ofrece mayor facilidad para el comercio social. Las funciones del culto son un llamamiento al corazón y un recuerdo de la historia del Salvador del mundo. Las campanas congregan en un sólo punto a los fieles de una sola creencia para guardar la unidad que es la esencia de la religión católica romana. En la misa se ofrece el sacrificio del pueblo sobre el ara santa del tabernáculo. El sacerdote le recuerda al hombre el cumplimiento de los deberes que le obligan acerca de su Dios, de sus prójimos y de sí mismo. La explicación que hace un cura de la doctrina cristiana es la enseñanza social, única que hay para nuestros pueblos.

Inundada la parroquia de repente por todos los vecinos de los sitios o partidos, que son como las tribus de un territorio dispersas a grandes distancias, se verifica de una manera espléndida la verdadera asamblea de pueblo. Se abrazan los parientes y los amigos, se ejecutan los contratos, se someten a la autoridad los negocios de la administración pública, se toman algunas noticias de la política, y de las cosas raras de las parroquias y de las estancias. Se comunican las voluntades, se aviva el amor, o nace por primera vez entre los predestinados. Se toman ideas de los usos que empuja la mejora lenta de la civilización. Se verifican los cambios de algún pequeño mercado y se oye el canto y el tiple. Este es el domingo de las parroquias.

En las haciendas y las estancias hay un cambio el domingo, que es consiguiente a la gran fiesta de la parroquia. No hay trabajo y las gentes amanecen engalanadas, mudadas, lavadas y respirando los aires del descanso y de la dicha.

Hablemos de |La Pradera en un domingo señalado entre los fastos de su historia. El primer domingo de marzo de 184...

Los concertados y el mayordomo habían echado al corral la recogida de los caballos desde muy temprano. Los niños, levantados a las cinco, se habían hecho mudar con todo el esmero posible. La niñera estaba de |tiros largos, y principiaba a prepararse el almuerzo.

El corredor principal no estaba ocupado sino por una mesa y una silla. Esta estaba ocupada por don Gaspar, que separaba monedas, sobre la mesa, junto del tintero y de varios cuadernos. El mayordomo parado, con el sombrero en la mano, contestaba de vez en cuando alguna consulta. Los cuadernos tenían las siguientes inscripciones: |Desyerba de papas, Arada, Trilla, Cercas. En otro corredor Isabel y Rosalía acostaban las muñecas con intención de no despertarlas hasta la una de la tarde. Fernando aprontaba sus zamarros y sus espuelas, cantando oraciones de la misa.

El espectáculo de fuera era una cosa admirable. Comenzaban a entrar algunos peones al zaguán. En el llano venían por diversos caminos, de dos en dos o de tres en tres, los peones y las peonas que habían trabajado en la semana. El camino era una huella de media vara de anchura, marcada por la ausencia de la grama como los caminos de las hormigas arrieras. El llano no estaba verde sino blanco como una lámina de cristal, porque había helado y se veía el horizonte cubierto de escarcha. Eran blancos los montones de trigo, los árboles de la huerta, los techos de las casas pajizas, y los palos de las |corralejas. Es magnífica la vista de la sabana de Bogotá, en los días de la más grandes heladas.

Los peones se acercaban con ruana puesta, los sombreros comunes de palma, calzón de manta, y algunos con alpargatas, llevando todos el |rejo de enlazar ensartado en el brazo izquierdo. Se notaba la robustez y la salud en aquellas fisonomías curtidas por el rigor de todas las intemperies. Las peonas venían con traje de color azul, y sombrero alón de palma por el estilo de los que usan las estancieras de los llanos del alto Magdalena. Sus pies blancos y pequeños tocaban de prisa la tierra salpicada con las partículas de la escarcha, y tanto las que llevaban una pequeña ruana, como las que tenían puesta únicamente la mantilla, sacudían el brazo al tenor de sus pasos, lo cual daba a sus cuerpos una elegancia muy digna de la salubridad de los campos. Entre todas estas peonas se contaban más de diez hermosuras completas, que eran el lujo del partido. Entre ellas venía Genara, de doce años de edad, al lado de su hermana Inocencia, que era mirada con ojos codiciosos hasta por los ricos dueños de las haciendas circunvecinas. Tenía ojos flameantes, brazo muy grueso, pies finos y muy pequeños.

Entraban por grupos a los corredores, y a la voz de don Gaspar respondía el peón a quien llamaba, y a la voz de "cuántos días", contestaba, cinco o seis o lo que fuese, y recibía su plata en muy buena moneda.

Después de esto seguía una función de |rejo de enlazar, porque había que coger los caballos para ir a misa la familia, y dos o tres potros para enjaquimar, lo que era un grande espectáculo de fuerzas humanas y bestiales, y tenían que ensillar los potros para amansar en el viaje a la parroquia. Los peones y peonas miraban con gusto esta lidia, y luego se esparcían por los contornos de la casa, o se iban para las suyas o para la parroquia.

Don Gaspar recomendaba la obligación de oír misa en los días de fiesta, siempre que fuese posible. Muchos de los domingos había misa en la capilla de la casa, y entonces era grande la concurrencia de los estancieros de toda la circunferencia.

En el domingo de que hablamos, que no hubo misa en la hacienda, las gentes, resueltas a ir a la parroquia, tomaron muy pronto el camino real, en donde se juntaban con gentes de otros partidos, reían y conversaban alegremente hallándose en aquellas sociedades ambulantes la belleza natural de las estancieras mejorada por el aseo y el adorno que les era posible.

Después del almuerzo montó la familia.

Don Gaspar, en un famoso castaño, criollo de la misma hacienda, llamado el |Junín.

Doña Mercedes en el |Sultán que era un moro muy manso y andón. Fernando, en un caballito blanco, llamado el |Confite.

Margarita, en la yegua baya, sumamente mansa, y que tenía por nombre la |Uchuva.

El mayordomo llevaba en la cabeza de la silla a Justina y uno de los concertados a Secundino.

Cuando a la familia de |La Pradera le faltaba media legua, toda de camino plano, para llegar a la parroquia, se oyó un largo repique de las campanas, y las estancieras apuraban el paso. Este repique dio origen a una disertación muy larga de don Gaspar, en la cual dijo a su esposa mil curiosidades acerca de las campanas más notables del mundo, y terminó con estas palabras:

-En mi concepto, las campanas de una parroquia son el símbolo más expresivo de la sociedad política y religiosa. A su voz se congregan los feligreses al lado del magistrado y del sacerdote. Una cruz y una campana fueron los instrumentos principales de la erección de las parroquias de América.

-Yo no puedo negar, dijo doña Mercedes, que he sentido cierto grado de placer religioso desde que oí las campanas que suenan a lo lejos. En esa iglesia donde están repicando me bautizaron, en ella me casé, y allí será donde hagan las exequias por mi alma y por mis restos mortales, si Dios no tiene destinada mi muerte para otro lugar; las relaciones que me ligan con esa iglesia son infinitas.

A este tiempo se acercaba la familia de don Isidro, que había salido un poco más tarde de la hacienda. Fue un grito de alegría el saludo de los chicos, de los criados y de los amos de ambas haciendas. Los niños particularmente se regocijaron de una manera que no es fácil describir. Carlos y Fernando se pusieron hombro a hombro, y lo mismo Isabel y Margarita. Justina había llevado una muñeca pequeña en el seno y la mostró a sus vecinitas de |El Olivo. Carlos tenía un rejo nuevo, lo desató del arzón para que lo viera Fernando. Doña. Josefa era la que sufría en todas estas evoluciones, temiendo que algún caballo se espantase. Hay un adagio que dice que ningún hombre es cuerdo a caballo, ¿qué diremos de los muchachos? Mucho es lo que una madre tiene que sufrir con la equitación de los hijos; ¿pero cuándo es que las buenas madres tienen un momento de quietud? ¡Felices las que no pierden sus cuidados!

Se habían quedado atrás los dos hacendados.

-Es mucha satisfacción, dijo don Isidro, cumplir con el precepto de oír misa, siempre que se puede.

-Yo lo cumplo lo menos que puedo, contestó don Gaspar. ¡Es un trabajo arrancar con toda la familia! Le confieso a usted que yo no lo hago sino por darle gusto a Mercedes, que se querrá desahogar un poco, y a los muchachos que les gusta lucir los caballitos y los trajecitos. Francamente hablando: el catolicismo tiene graves defectos, y yo como buen liberal querría verlo sustituido por el protestantismo, y ya es tiempo de que el partido liberal ejecute la evolución, con medios eficaces porque si nos estamos esperando a que esto suceda espontáneamente, duraremos trescientos años y otros trescientos debajo del poder del Papa de Roma, y todo esto es lo que no deja progresar a la Nación. Yo no soy hipócrita. Esto que le digo a usted es el credo de todo el que sea buen liberal. Lo que tiene es que muchos no lo manifiestan por no perder con los clientes, con los vecinos, o con los electores. Ya usted me conoce.

El diálogo continuó hasta el fin del camino, rodando sobre el mismo asunto. Don Isidro, que era católico, discutió y salió triunfante, sobre don Gaspar, hombre muy anticatólico, inclinado al protestantismo y por tanto nada instruido en materias religiosas.

La entrada de las familias aliadas de |El Olivo y |La Pradera era un suceso de llamar la atención en una parroquia pequeña. Pero eran los niños sobre todo los que se atraían las miradas de la mayor parte de la gente. Los caballitos, las monturas, los trajes, la belleza de las criaturas, todo era digno de curiosidad, de amor y de simpatías en un pueblo sencillo, pobre y lleno de gratitud por los ricos amos que se portaban bien con los peones y arrendatarios.

Carlos, Fernando, Isabel y Margarita pasaron en triunfo por la mitad de la plaza a la hora misma en que salía del campanario el alegre sonido de dos campanas.

Se desmontaron las dos familias en la casa de una señora que tenía tienda, y daba de almorzar y de comer a los parroquianos que lo solicitaban. De allí, con la transformación correspondiente de trajes, se encaminaron a la iglesia.

Estaba el altar mayor adornado con sencillez. Cuatro ceras, una docena de velas y unos tantos ramilletes de flores al pie de las efigies y de las columnas: esto le daba la importancia de la santidad y de la perspectiva, delante de un pueblo sencillo, devoto y de costumbres sanas y laboriosas, como lo son en general los de toda la sabana.

Era cantada la misa, y el órgano y las voces humanas no desdecían del gusto civilizado de la gente culta que se hallaba en la iglesia, lo que sucede donde quiera que hay buen cura, porque el buen cura se ocupa en darle al culto la mayor importancia posible más bien que en entretener las horas desocupadas en los vicios comunes de la humanidad.

El cura predicaba una plática muy sencilla y muy clara a sus feligreses, consultando los grados de su inteligencia. No usaba las fanfarronadas literarias de los que por lucirse delante de media docena de oyentes ilustrados, dejan al pueblo en ayunas de la palabra dulce, popular y agradable del Evangelio. El sermón fue sobre el séptimo mandamiento de la ley de Dios. Nada dejó que desear el apóstol de Jesucristo sobre el verdadero conocimiento y uso de la propiedad, sobre la caridad de los ricos, sobre los hábitos laboriosos de todos, y sobre la obligación que los gobiernos tienen de fomentar la industria general de la Nación. El cura pintó al ladrón con los colores más degradantes para la sociedad, y las más aterradoras amenazas para la otra vida; en fin, lo mejor que tuvo el sermón fue que todos lo entendieron.

A la voz imperativa del |ite, missa est se | levantó la asamblea general de la parroquia, y se notaba en su salida al altozano, la paz y la alegría, de que rebosaban en sus corazones. Entre los vecinos habría dos calzados por doscientos descalzos, constituyendo los zapatos la aristocracia, y el pie descalzo el pueblo llano, o pueblo común si se quiere.

La familia de don Eulogio estaba también en la parroquia, y los niños, aunque muy poco afectuosos, se saludaron con los de las haciendas confederadas. No era el señor don Eulogio tan popular en sus maneras como lo era en sus discursos. Era un aristócrata con ínfulas de liberal.

Doña Mercedes y doña Josefa visitaron al señor cura mientras que los esposos se desocupaban de sus negocios en el Cabildo y en la Alcaldía parroquial. El cura ofreció de almorzar a las señoras; pero éstas no aceptaron sino unas frutas y dulces secos que él repartió a los niños por su propia mano, porque los trataba con el mayor cariño. Jesucristo también amaba a los niños, como consta en el Santo Evangelio. Puso fin a la visita la presencia de los dos esposos. Se habló de la plática del día, y doña Mercedes la aplaudió diciendo:

-Yo he quedado muy contenta del sermón de hoy, aunque a los ricos nos ha caído nuestro ramalazo.

-Y yo le suplico al señor cura que lo repita el domingo, interrumpió doña Josefa.

-No se puede, contestó el cura con suma modestia.

-Es un favor muy especial que yo me atrevo a solicitar del señor cura, suplicándole que me dispense. Porque ha de saber que me robaron una marrana muy gorda en la semana pasada.

-Lo siento mucho, dijo el señor cura, pero no puedo variar el orden.

-Es mucha lástima, porque yo iba a mandar que viniesen a la misa del domingo todos mis arrendatarios.

-Es del octavo mandamiento, que toca la explicación: "No levantar falso testimonio ni mentir".

-También les aprovecha, porque la averiguación de mi marrana se ha oscurecido con un tejido de mentiras que no hay procedimiento civil que las pueda disipar. Y es una lástima, porque mi marrana no dejaba de tener cinco arrobas de manteca. Los niños y los chinos la han sentido mucho, pues las orejas y el rabo les pertenecen de derecho por una costumbre inveterada.

Justiniano e Isabel se miraron, se pusieron colorados y se rieron.

-Y yo voy a hacer que vengan a misa todas mis criadas, porque están dando en no decir ni una sola verdad.

La niñera se puso muy colorada.

-Y que no hay recurso, dijo doña Mercedes, porque no hay ley que les alcance.

-A donde la ley no alcanza, alcanza la religión, como lo indicó el mismo Voltaire, observó el señor cura.

-Pues ojalá que me les hable del robo, aunque sea como por modo de apéndice, dijo don Gaspar, porque esta marrana me la habían regalado y tenía para mí cierto valor de aprecio.

Convino el cura en el apéndice, o nota, y después de agregar otros pocos minutos a la conversación del ilustrado cura de la parroquia, se salieron a la plaza las dos familias.

Al primer golpe de vista se descubrían grupos de gente descalza, de mantilla de bayeta todas las mujeres, y de ruana todos los hombres. Había tres familias calzadas. He aquí el cuadro de la fotografía social de la parroquia. En cuanto a razas estaban los blancos en mayoría. Las hermosas hijas de las biznietas de los conquistadores y colonizadores, sin echar de menos los zapatos y los camisones, se paseaban por la plaza y las dos únicas bocacalles, y entraban a las tiendas luciendo sus buenas mantillas y más que todo sus buenos colores, sus buenos ojos, sus buenos cuerpos, y sus delicados pies, tan blancos como las manos. Había estancieras que se atraían las miradas cariñosas de los caballeros de zapatos, y tal vez las amorosas, porque la aristocracia tiene fueros de que carecen los galanes descalzos, los que no ponen sus ojos sobre las hermosas de la clase privilegiada.

Entre las indias no se veía sino una que otra vestida de |chircate, es decir, la manta de las chibchas ceñida en rededor de la cintura. La perpetuidad de esta moda prueba la miseria de esas infelices mujeres, y produce un sentimiento de veneración por los usos de sus mayores. ¡Pobres de los muiscas! No se veían en la parroquia vestigios ningunos de la raza africana, raza menos inteligente que la americana, como lo prueban los monumentos de las antigüedades de los cafres comparados con las antigüedades de los mejicanos.

Al mediodía salieron las dos familias de la parroquia en dirección a |El Olivo.

La gente de las estancias no pernocta en las parroquias sino en algunas fiestas y por una rareza. En tierra caliente se quedan los peones y los estancieros bajo cualquier pretexto. Claro está que la costumbre de los sabaneros es la mejor.

La familia de |El Olivo siguió para |La Pradera, convidada para la comida de ese día. Estas visitas mutuas eran unas fiestas solemnes para los niños. En aquel día hubo refresco de muñecas en la huerta, debajo de la enramada que formaban los bejucos de un curubo, cayendo de las ramas de un cerezo muy coposo. Este pabellón vegetal era de lo más bello que cabe idearse, porque todo lo que pudiera darle la pintura lo tenía de la naturaleza. Se sabe lo hermoso que es el follaje de este lindísima pasiflora, y el encanto que producen sus flores y sus frutos colgados a merced del aire que los empuja para todos lados. Al levantar por algún lado la cortina de damasco verde, y mirar los ocho niños alrededor de una mesa de tres cuartas de alto, lo que se veía era un grupo de ángeles bellamente adornados. A manera de sirvientes se hallaban allí los chinos: Genara, José María, Ignacio y Martín.

Se hablaba poco y se reía menos, porque había sumo interés en conservar el orden más estricto de la gente de alto tono. La vajilla era de magnitud correspondiente a las señoras, y las más altas no pasaban de doce pulgadas de longitud, pero está visto que tampoco eran liliputienses. Carlos y Fernando miraban con desdén aquella función y Pepita y Elisa la irrespetaban a su vez, pero Justina y Rosalía le daban toda la importancia que se merecía. Ambas tenían once años y días, edad propia de muñecas, y bien se notó su disgusto en un desacato que tuvo Carlos quitándole un brazo a una muñeca, de lo cual provino el llanto de las dos amigas. Las muñecas son una verdadera pasión para las niñas, en ciertos tiempos, y desde aquí comienza la coquetería; pero una coquetería de mera pantomima. ¡Dichosa edad!

Al tiempo de la comida tuvieron que abandonar el pabellón los niños aliados. Tenían su mesa separada en el comedor, y el desorden y los gritos no cesaron hasta el fin de la comida. Las madres no quitaron la vista de tan primoroso cuadro.

Después de la comida convidó Fernando a toda la corte infantil a que viesen su molino de agua, obra que había terminado en la semana anterior.

El sitio estaba oculto detrás de unos rosales y matas de caña. La toma de agua se había sacado del chorro principal que regaba el tablón de las cebollas por una zanja que medía cinco pulgadas de ancho y otro tanto de profundo, y corría por en medio de un pequeño prado de carretón blanco salpicado de bellísimas flores. Una ramada de paja construida a la ligera, cubría la rueda principal que en sus vueltas levantaba algunas cantidades de agua que brillaban con el sol de la tarde. La gran rueda de seis pulgadas de ancho que había sido construida de una rebanada de papa y de astillas de caña, movía otra pequeña que estaba fija en el mismo eje; ésta despolvoreaba una materia que parecía arena fina. La ramada tenía media vara de altura y estaba construida con varas delgadas de tuno.

Esta maravilla dejó aturdidos a todos los niños. Máquinas, altares, caballitos, armamentos, y otra multitud de empresas rivalizaban de parte de Carlos y Fernando; lo que más llamaba la atención de Isabel y Justina, y Margarita y Rosalía, era la exhibición de las muñecas.

Después de esto, se dispersaron los aliados a coger flores y a jugar con el agua del chorro. Hubo un grito que atrajo toda la multitud al sólo punto donde Isabel se lavaba sus lindas manecitas. Vio un pescadito que subía a despecho de la corriente, y llamó a los compañeros. Acudió Fernando, que era el primero en todos los casos arduos, y vio tres o cuatro pescaditos; llamó éste a su amigo Carlos, y pronto estuvo toda la confederación allí; acudieron también los chinos, que nunca dejaban de tomar su parte en todas las empresas, y al ver los pescaditos se armó una gritería general, y todos por un instinto común se lanzaron con furor a la pesca, pero sin tino, sin arte y sin previsión. Ya los vestidos estaban mojados, ya corría un pañuelo por el cauce de la toma, ya los zapatos estaban negros de barro y la pesca no había dado sino miserables resultados.

Fernando, más reflexivo que todos, corrió a quitar el agua en la cabecera de la toma, donde se repartían los riegos para la alfalfa y las cebollas; entonces quedaron los pescaditos más a la mano en algunos pocitos con una tenue corriente, y los pobrecitos, sin refugio, no se escapaban con tanta facilidad, sino que eran atrapados por las preciosas manos de los niños; y esta lucha producía los gritos más agudos de los pescadores, que no reparaban en trajes nuevos, ni en medias finas, ni en botines de charol, ni hacían caso de las caídas que daban en los barriales. Escena más sorprendente, más animada, y más bulliciosa no se ha visto otra vez donde haya una docena de muchachos.

Era una |subienda de |guapuchas que viniendo del río se habían dirigido por el chorro de la huerta que desembocaba en él. Las |guapuchas son unos pescaditos de dos a tres pulgadas de largo, y es una de las dos especies que hay en la sabana de Bogotá. La otra es la del pescado |capitán, el cual crece hasta doce pulgadas, y no tiene escama; y es el que se vende en el mercado por los pescadores del Funza. La |subienda es la emigración de los pescados. Los del Magdalena suben dos ocasiones por todos los afluentes, y los del Bogotá llegan hasta frente a las haciendas de Junca y de Pacheco, aunque no en toda su aglomeración. Es un prodigio el número de pescados que sube, viniendo los ejércitos separados, remontando chorros y corrientes con una furia que admira. Se observa que en los tiempos de |subienda se ponen las aguas olorosas a pescado. Entre las muchas especies que suben hasta Anapoima por el Bogotá, se ha notado el |camarón. No sabemos si la |subienda de las |guapuchas en la sabana es en los mismos tiempos que la de los pescados del Magdalena.

Volvamos a nuestros pequeñuelos. Era tanta la multitud de |guapuchas, que Pepita |1   y Rosalía, las menos aptas, habían cogido algo más de dos docenas. Todo el mundo estaba contento; pero con la retirada del agua no había ya más pescados que los asegurados por tantas manos. Los niños llenos de gloria necesitaban de aplausos. Todos se fueron en tumulto hasta la sala en donde estaba la gente juiciosa conversando sobre asuntos de política.

-Madre mía y Señora, exclamó doña Mercedes cuando vio entrara los pescadores en la sala; ¿qué desgracia les habrá sucedido a mis hijos?

-¡Pescaditos, mamá!

-¡Miren cómo se han puesto de barro!

-Yo también cogí, dijo Pepita, señalando su sombrero de paja italiana.

-¿Dónde está el zapato, Rosalía? dijo doña Josefa.

-Se quedó metido entre un pozo de barro, contestó la niña; pero los cogí todos.

-Miren el trajecito de seda y los botines nuevos de Isabel. Estos muchachos están locos.

-¡Fernando!, dijo don Gaspar, ¿qué es lo que ustedes han hecho?

-Una pesquería muy buena, papá. Estaba llena de |guapuchas la acequia y yo les quité el agua. Hemos tenido muchísimo gusto.

-Hay que castigarlos, dijo doña Mercedes.

-No me parece, dijo don Gaspar.

-La pesca y la cacería se hacen por una fuerza de instinto que no se puede resistir. Somos cazadores como los gatos, y pescadores como los cuervos, porque la naturaleza nos tenía destinados para nuestra manutención los pescados y los animales terrestres. Yo he visto señoras grandes volverse casi locas en una pesquería de barbasco en las orillas del Funza.

Sin embargo los regaños fueron demasiado fuertes. Habían perdido las niñas un zarcillo, dos zapatos y un prendedor, y los trajes nuevos estrenados ese día estaban llenos de barro. Las criadas se apoderaron de todos los niños para mudarlos.

La luna estaba en toda su plenitud y la familia de |El Olivo no se fue hasta las ocho.

Los arrendatarios de ambas haciendas se habían reunido en una venta desde por la tarde a jugar al |palmo, juego que se hace tirando a veinte varas de distancia unos tejos de piedra, del peso de una libra, a un hoyo de algo menos de una cuarta de diámetro, formando las distancias a que caen los puntos la ganancia, que son veinticuatro unidades. Los que pierden hacen el gasto de la chicha, mistela, mantecadas y otras golosinas de la tienda. Por la noche tocan tiples y algunas veces cantan y bailan, pero estas orgías no pasan de las diez o las once de la noche, y no alcanzan a las nueve muchas veces, porque los campesinos no gustan de perder el lunes. No deja de haber en estas funciones, que en tierra caliente llaman |gastos, estancieras muy bien parecidas, pero el galanteo es únicamente entre la gente descalza.

A la medianoche todas las familias estaban en sus propios campamentos, y así terminó la fiesta del domingo.

|1 En la edición de la Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, que sirve de base a ésta hay confusión en los nombres de dos protagonistas, lo cual se respeta aquí.

 

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