CAPITULO XVI
EL GUANDO
Fernando era conducido en la mitad de la noche por sus bravos
compañeros de armas en dirección a la hacienda de
|La
Pradera. No se advertía otro ruido que los silenciosos pasos
de los conductores, el chirrido del guando y uno que otro quejido
muy leve por cierto para la gravedad del mal que debiera sentir un
cuerpo atravesado por una bala. La luna favorecía el triste convoy
para no tropezar en los barrancos y las malezas de un camino
extraviado, transitado solamente por los cazadores y los
carboneros.
De repente se oyeron las lastimeras voces de dos fieles
compañeros de Fernando, que andaban buscándolo; esto es, de Amante
y Aquiles, los me,¡ores perros de cacería de su tropa, los cuales
se habían escapado de
|La Pradera, como ya lo habían hecho
otras veces en día sábado, guiados por sus instintos de la cacería.
Sus tristes aullidos llegaron al corazón de Fernando y con acento
difícil y entrecortado les dijo a sus conductores, al sentir que
los perros tocaban el guando:
-Déjenlos que me saluden...
Bajaron al suelo la carga los virtuosos conductores y al besar
materialmente los perros el rostro de Fernando, parecía que
lloraban, dando tristes lamentos, que hasta le parecieron
peligrosos a Carlos, que iba de director, por tener la pena de ir
en derrota.
Volvió a pronunciar Fernando algunas palabras más, diciendo:
-Tengo mucha sed.
-¿Qué hacemos? dijo el compasivo Carlos. No hay por aquí cerca
ni una fuente ni una choza miserable.
-Yo sé dónde hay agua, dijo José María. Deme sumerced la funda
de su sombrero.
Voló el concertado a la maleza y a los cuatro minutos volvió con
una cantidad de agua más que suficiente para apagar la sed del
enfermo.
-¿Qué fuente hay por aquí cerca, le dijo Carlos, o de qué medios
te has valido para conseguir agua tan repentinamente?
-¿Con que sumerced no cae en cuenta?
-¡No, hombre! Yo ahora no caigo en la cuenta de nada.
-Es agua de los
|quiches; ¿no sabe sumerced que los
quiches tienen agua en todos los tiempos, aunque sea en el verano
más recio?
-Yo lo sé, pero por ahora no me acordaba. ¿Es tan poco lo que
nos ha pasado? ¡Ah!... ¡la vida de mi padre!...
Después que bebió Fernando del agua providencial de los
|quiches, continuó el grupo su viaje, siempre bajando hacia
la sabana. Carlos iba adelante, en seguida Martín y José María
llevando el guando y Amante y Aquiles cerraban la marcha. El cuadro
en el día hubiera sido melancólico, aun a los ojos de un vencedor,
pero iluminado por la escasa luz de la luna, que se ocultaba detrás
de las elevadas montañas de Subachoque, completaba la escena
desgarradora para los tres seres que la presenciaban y que oían los
quejidos del importante personaje que la presidía. Y ¿quién pudiera
asegurar que no estuviesen dominados del mismo sentimiento de dolor
los dos fieles animales que marchaban cabizbajos y que en sus
aullidos habían dejado comprender alguna cosa que parecía
sentimiento?
Fernando, que había perdido gran parte de su sangre y sus tres
compañeros que no habían comido nada desde el día anterior, todos
necesitaban de algún alimento; por fortuna se vio con el último
reflejo de la luna, una choza que se confundía con las piedras y
los retorcidos gajos de un salvio negro; y sabiendo José María que
en ella moraban Marcelina y su hija Venancia, pobres carboneras,
que se sostenían únicamente de vender en Bogotá carbón y varitas
del monte y que eran de confianza en su concepto, le propuso a su
amo Carlos que llegasen allí en busca de algunos auxilios. El
sigilo era indispensable, por el temor de que fuese a saber el
gobierno que los jóvenes hacendados se habían hallado en la defensa
de La Calera.
La carbonera abrió la puerta de la choza, luego que llegaron el
herido y sus compañeros. Se introdujo el guando a la salita y
Carlos se dirigió a Marcelina en los términos siguientes:
-Traigo un enfermo de mucho cuidado. Es menester darle algún
alimento. ¿Tiene usted pan, o chocolate, o algo que nos dé?
-Nada, mi amito, porque no me alcanzó la plata de los dos
tercios de carbón sino para la sal y el maíz y un cuartillo de
espesos y dos velas de a cuartillo.
-¿Huevos no tiene usted?
-Los tres que ponen las gallinas van con el día; pero se puede
matar una y hacer por lo pronto una mazamorra de piste.
-¡Eso dilata mucho! ¿Qué hacemos, ñuá Marcelina?
-¡Ya caigo en cuenta!, dijo Marcelina. Les dejo la vela para que
la enciendan y me voy a traerles de la vecindad pan, chocolate,
dulce y vino, si es que lo necesitan. No hay sino una cuadra de
distancia.
-¡Pero cuidado!...
-Eso corre de mi cuenta, dijo la carbonera y volaba, poniéndose
su sombrero y su mantilla.
Carlos salió a lavarse la cabeza y la cara, porque tenía manchas
de sangre y para esto se quitó la ruana de bayetón verde y se
agachó a sacar agua con sus propias manos, de una arroyo que pasaba
por el patio. A ese tiempo oyó una voz, que le dijo con acento
dulce y conmovido por la sorpresa:
-¡Hermano!...
-¡Isabel!... contestó Carlos, levantando la cara y recibiendo a
su hermana en los brazos.
-¿Qué hace usted por aquí? ¿Qué sangre es esa que tiene en la
ropa?... ¿Dónde está Fernando? ¿Qué es esto, mi querido Carlos?...
¿De dónde viene usted?...
-Yo estaba herrando un poco de ganado en una hacienda inmediata:
Fernando está aporreado por un toro.
-Quiero verlo en el momento. Es el enfermo que Marcelina le dijo
a la tía muy en secreto que estaba en su choza, porque allá fue a
despertarla para que le diese pan y chocolate y la curiosidad,, o
más bien el corazón, me ha hecho venir a verlo. ¿Es Fernando? Yo
quiero verlo.
-¡Imposible!... Se agravaría con la sorpresa. Déjelo para
mañana, Isabel; por ahora lo que importa es darle una taza de sagú
y a los concertados y a mí que se nos dé chocolate, pues de ayer
para acá nada hemos comido.
La tía Choma llegó y también se quedó asombrada del encuentro.
Se trató en el acto del sagú. Por fortuna que el carbón estaba de
sobra.
En una especie de ramadita, que se formaba de una gran piedra
saliente y de una cubierta empajada con rama y hojas de frailejón,
quedaba la cocina y allí soplaban la candela la estanciera con su
sombrero de trenza y la ilustre Isabel con sus lindos y delicados
labios, como las flores que a esas horas de la noche expiden el
aroma de sus pétalos.
Carlos se informó al mismo tiempo de la causa para hallarse
Isabel en aquella estancia.
-Ayer, le dijo la tía Choma, se supo que en La Calera estaban
atrincherados los soldados de Corena y sus atrevidos jefes y que
los atacaban los regeneradores con dobles fuerzas. Mi hermano
Isidro se llenó de espanto por los resultados. Se dice que tiene
Corena unos negros venezolanos tan intrépidos para la pelea como
para el saqueo de los almacenes y casas. Los provisorios también
expropian ganados y lo que encuentran al paso. Se encontró con el
coronel Girón y lo comprometió a que lo fuese a acompañar y
entonces mi hermano dispuso que nos trasladásemos a la casas de ñor
Juan Antonio, que está metida dentro de estos escondrijos, propias
madrigueras de los venados y los conejos. Están juntas las
familias, menos don Gaspar, que se quedó en
|La Pradera.
Hemos oído los tiros de la acción hasta entrada la noche. No
sabemos si triunfaría Corena. Marcelina tocó en la ventanita del
cuartico del corredor en donde estábamos durmiendo con Isabel, para
que le prestásemos recursos a un enfermo que había llegado a su
casita. El deseo de servir al enfermo y de saber algo de la
batalla, nos animó a salir a las dos, pero la familia no sabe nada.
Yo sospecho que usted y Fernando...
Al decir esto latió el gozque de la casa y en el acto estuvo
ésta rodeada por cuatro soldados de infantería y fue registrada por
un oficial y otros cuatro soldados, que se apoderaron de la puerta
y la salita. El oficial reconoció la gente de la casa y puso preso
en un cuartico del corredor a Carlos y los dos concertados, bajo la
inspección de un soldado, dejando quieto al enfermo con centinela
de vista.
Isabel temblaba de susto y advertido esto por el oficial, le
dijo:
-No tema usted, hermosa señorita. Yo buscaba este oficial y
estos dos soldados, de que tenía noticias por las señas de un
oficial herido que venían conduciendo. Es un valiente que ha
peleado como un héroe en la defensa de La Calera y será tratado
como lo exigen las leyes de la guerra y de la humanidad, sus
compañeros serán tratados únicamente como prisioneros y nada más.
Yo soy veterano y mis compañeros lo mismo y de los veteranos es de
los que menos se debe temer, porque conocemos muy bien las
vicisitudes de la fortuna. Yo he sido prisionero y sé lo mucho que
se sufre y quién quita que mañana lo vuelva a ser. La suerte de la
guerra es como la del juego, mi señora, y en las guerras civiles se
ve con frecuencia mandar un cuerpo a un oficial que un mes antes
era enemigo. Usted no tema, mi señora, de los veteranos del
ejército permanente, tema de las tropas improvisadas, que no
conocen ni la disciplina ni la ordenanza.
-¿Nos permite usted entrar para darle al enfermo una taza de
sagú?
-Solamente permitiré que entre la señorita y nadie más.
Isabel entró hasta donde estaba el guando, mientras que la tía
Choma les daba algún alimento a los tres prisioneros del cuartico.
Levantó la cubierta del guando y vio a Fernando con los ojos
entreabiertos, blanco como una estatua de yeso y le dijo:
-Tome usted un poquito de sagú.
Fernando no contestó ni hizo amago de moverse y la bella Isabel
repitió sus instancias.
-Fernando, tome algún alimento, porque usted está muy débil o
¿quiere más bien una agua refrescante?...
-¿Quién es? contestó el enfermo, volviendo los ojos hacia la
persona que lo interpelaba.
-Soy yo, Fernando, le contestó la afligida señorita.
-¿Isabel?... ¿prisionera?...
-No, Fernando. Usted y yo estamos en casa de Marcelina. Yo estoy
libre: aquí cerca está la familia.
-¿Corena se ha salvado?
-Sí.
-¿Usted sabe si tengo la bala adentro?
-Ha salido.
-¿Usted sabe quién es el oficial... que me acaba de hacer-
prisionero?...
-Es un veterano muy caritativo y modesto... Tome el alimento...
se lo suplico yo.
Fernando trató de enderezar la cabeza y para esto apoyó un brazo
sobre los hombros de Isabel. Era muy aflictivo este cuadro,
presenciado nada más que por el centinela, que lo veía a través de
la escasa luz de la vela y por la sensible señorita, que teníá el
plato y acercaba poco a poco las cucharadas a la boca del enfermo,
sin poder detener las lágrimas que de sus ojos se desprendían.
Al retirarse Isabel se fijó en los palos, helechos y musgos de
que se componía la cama del paciente, todo teñido con su sangre,
aceleró sus pasos y apenas alcanzó a darle el plato con la taza a
su tía, que estaba en la puerta, cuando cayó desmayada en el
pequeño corredor. La tía, las estancieras y el oficial, la
levantaron del polvo y en el conflicto el veterano se atrevió a
indicar algunos remedios para que volviera en sí.
A este tiempo se oyó la voz de un centinela, que dijo con calma,
por fuera de la casita.
-¿Quién vive?
-¡Gobierno provisorio!, le contestó una voz por el lado de los
cerros.
-¿Qué gente?
-Adjuntos a la división.
-¡Adelante!
Sonó el tropel de los caballos en la esquina de la casita y
asomándose el capitán, lo saludó una voz que se hizo conocer de
todos, menos de Fernando y de Isabel, que no estaban en sus cabales
sentidos: era la voz de don Isidro, que venía de La Calera, en
compañía de otro sujeto, trayendo un rifle sobre la cabeza de la
silla y sable a la cintura, lo mismo que su compañero.
-¿Qué deja usted de bueno?, le preguntó el oficial. ¿Se ha
rendido Corena?
-Se fue con muy poca gente. ¿Y usted qué ha hecho, señor
capitán?
-He cogido dos oficiales constitucionales, dos soldados y dos
perros pintados. Aquí los tengo con la correspondiente custodia;
uno de los oficiales está de no poderse mover; lo compadezco,
porque yo también he sido prisionero y herido; el que no tiene nada
es un pollo de buena cuenta, valiente como pocos. Es el de la ruana
verde, que salía ayer a los balcones con doce o diez y seis
soldados, nos hacía fuego y se ocultaba. Yo lo observé muy
despacio: usted le bajó el sombrero con su famoso rifle; esa bala
le quemaría los cabellos; recuerde que ahora un año me insultó por
boca de una perillana llamada la Radical.
-¿Y qué más hay por aquí?
-Un drama amoroso, que nunca falta. Una belleza ha salido de
estas breñas y peñascos en la oscuridad de la noche y dado con el
amante. ¡Qué linda es la señorita! ¡Y cómo la compadezco! Isabel se
llama y está desmayada...
-¿Dónde?, exclamó don Isidro. ¿Quién es?... ¿De dónde ha
salido?...
Se dirigió don Isidro a un grupo de mujeres, que se alumbraban
con un pequeño cabo de vela cerca del fogón, en la ramadita que
hacía de cocina en la estancia y vio con sorpresa que su hija yacía
desmayada en brazos de la tía Choma y sostenida por Venancia y
Marcelina. Sus ímpetus al comprender el terrible desenlace de la
escena, fueron los de gritar y declamar, pero se contuvo por el
miramiento del oficial provisorio y no trató sino de ver que se le
prodigasen a su hija todos los remedios posibles.
Pronto se vio en la heroína de
|El Olivo un síntoma
favorable y don Isidro, para no añadir una nueva sorpresa, se
retiró de esta escena de dolor. ¡Oh! qué teatro para tanta
hermosura, para tanta riqueza, para tanta nombradía: un fogón
compuesto de tres piedras, una piedra de moler, una ramada, cuya
única pared era una roca y cuyo techo estaba empajado con hojas y
ramas del páramo en cuya temperatura se hallaba.
Don Isidro le dijo al oficial:
-Capitán: los prisioneros son de mi cuenta y ellos están
comprometidos conmigo por su palabra de honor. Tengo esta orden
firmada por un jefe.
El capitán se acercó a la luz más inmediata y leyó:
"Dos prisioneros oficiales y dos soldados, que el señor
Isidro Sánchez ha cogido, quedan a su cargo";
-Donde manda capitán no manda marinero, dijo el capitán, y en el
acto retiró los centinelas.
-Ahora que siga el guando, dijo don Isidro; que se vaya Martín
pronto y me traiga un médico cirujano. Son las cinco de la mañana e
interesa que lleguemos a la hacienda antes de que aclare
completamente el día.
Todas estas órdenes se ejecutaron en el momento.
El oficial le dijo a don Isidro:
-¡Usted hubiera sido un magnífico militar y qué valiente,
caramba! Usted les ha echado mucha bala a los defensores de la
maldita constitución del 21 de mayo.
Don Isidro varió pronto de conversación y se unió a su hija y
hermana con el mayor disimulo que le era posible. ¡Pobre padre!
¡Pobre hija! ¡Pobre tía! ¡Pobres corazones traspasados de tantas
penas! ¡Malditas revoluciones de América, que así tiranizan a las
gentes más apacibles de los campos!
Don Isidro sabía que la choza de Marcelina estaba cerca de la
estancia de Juan Antonio, así fue que pronto se reunieron con toda
la familia y allí se hizo curar la herida del muslo, diciendo que
era una punzada de una estaca del monte; luego les informó de lo
que había ocurrido en la jornada de La Calera.
El oficial mandó hacer silencio, no volviéndose a oír ni el más
leve ruido; cuando amaneció, don Isidro ordenó al oficial que
dispusiese de un toro pequeño, que estaba con un hatajo de ganado
que había pernoctado cerca de la choza de Marcelina y que tenía una
O por marca en la pierna del lado de montar y las orejas
rajadas.
El oficial expropió unas papas de un surco de la huertecita y
las pagó, que de lo contrario no habría sido expropiación sino
robo, porque expropiar es quitar una cosa para los usos públicos
del gobierno, con previa indemnización.
La familia de don Isidro pasó las horas de la mañana en el
corredor de la casa de ñor Juan Antonio. El triunfo del gobierno
regenerador sobre los constitucionales, los rayos luminosos del
sol, que se extendían sobre los pueblos y haciendas de la sabana,
el canto de las mirlas, cucaracheros, bababuyes y copetones, nada
de esto alegraba los corazones de la gente de
|El Olivo. La
inquietud, la tristeza, la contradicción de los sentimientos
apasionados se conocía en todos los rostros. Isabel estaba
desgreñada, macilenta, ojerosa y de sus labios no salían sino
profundos y tristes suspiros. Nadie era capaz de hacer un
comentario de lo que se veía y de lo que se adivinaba, porque todo
era horrible.
En esta situación estaban las familias cuando llegó ñor Juan
Antonio y les dijo a las señoras:
-Hoy sí que les traigo una tan grande así... y les hizo la
muestra con los brazos como de una botija muy grande.
-¿Qué ha sucedido?, le dijo doña Mercedes.
-Que la china
|Lugencia ya sentó plaza de
voluntaria.
-¿Cómo así?, exclamó doña Mercedes. Eso no lo creo aunque usted
me lo jure.
-Vaya sumerced y la verá sentada en medio de dos voluntarias,
ayudando a limpiar las papas para el almuerzo.
Voló doña Mercedes a cerciorarse de la noticia y vio en efecto a
Fulgencia muy agachada, limpiando papas a toda prisa. Quiso
acercarse la señora y el centinela le dijo:
-¡Atrás!...
-Es que yo le quiero hablar a esa estarciera y quiero que usted
me diga por qué la tienen ahí.
-¡Atrás!... repitió el soldado y añadió: El centinela no puede
conversar con nadie. ¡Atrás!... ¡Atrás!...
Doña Mercedes se dirigió al oficial y le dijo:
-Vea, señor capitán: no permita usted que los soldados se lleven
esa pobre muchacha. ¿No le da lástima, señor capitán?
-Tiene que seguir: no hay remedio.
-¿No le da lástima de verla tan joven y tan buena moza, y no
considera que hasta puede pervertirse?
-¡Oh! desde luego, dijo el capitán con seriedad; pero yo
quisiera que usted se pusiese en mi lugar.
-Yo la soltaría en el momento.
-No, señora; la chica tiene que seguir en el cuartel.
-Téngale lástima, señor capitán. ¡Vea usted qué males los que
produce esta revolución!
-Quéjese usted a los gólgotas que la motivaron.
-¡Pero esa joven!...
-Es esto, mi señora. Se le ha cogido entre una de sus famosas
trenzas un papelito que decía:
"La ciudad no corresponde al movimiento. No van más
pertrechos porque no se han podido conseguir entre los
soldados".
Ella dice que al salir de Bogotá le dio el papelito una señora a
quien no conoce. Yo sé que aplicándole un baño de rosas ella
confiesa.
-Y usted, liberal como es, ¿permitiría que martirizasen en su
campamento a esa infeliz joven?... ¿No es usted enemigo de la
inquisición?
-Pero no obstante esto, entrará prisionera a Bogotá.
-¿Y qué adelanta usted con llevar uncida a su carro triunfal
esta nueva Zenobia?
-La Zenobia marchará prisionera por más que usted proteste.
La matrona de
|La Pradera se volvió desconsolada a
juntarse con la familia. Ella sabía los riesgos que corría la nueva
Zenobia con el tormento de los azotes y llamó a José María, le dio
dinero y le dijo:
-Ve cómo puedes sacar a tu novia del poder de los tiranos.
Las familias unidas siguieron a las siete a ocupar sus
respectivas haciendas. Ya se habían terminado las operaciones
militares de Corena.
José María se presentó ante el capitán Velásquez, alegre y
resuelto y le dijo:
-Mi capitán, yo quiero que me apunte en la primera compañía que
usted manda.
-Bueno, chico; ahí vienen unos fusiles y dos vestuarios que
cogimos al enemigo: ármese usted y siga con nosotros.
En el acto estuvo José María hecho un completo veterano, listo
para marchar en medio de sus camaradas.
Cuando llegó Fernando a
|La Pradera supo con grandísima
pena que don Gaspar no estaba en la casa. Se hizo la curación lo
mejor que se pudo y se esperaba con ansia la llegada del médico. Se
tomaron todas las precauciones para que no se supiese en las
haciendas la verdadera enfermedad de Fernando; Isabel estaba
inconsolable en
|El Olivo; ambas familias se hallaban como
de luto; Carlos no hablaba; don Isidro daba órdenes trocadas en la
hacienda y parecía que estaba delirando.
|