CAPITULO XV
EL COMBATE DE LA CALERA
El día 19 de mayo le hizo saber Fernando a su familia y muy en
secreto a Isabel, que se iba al distrito de Tena por los caminos
extraviados de Canoas o de Cincha, a tomar noticias de los
constitucionales de La Mesa. Efectivamente, se encontró con la
columna de los generales López y París, que se acercaba a la
sabana, en donde se decía que los generales Herrera, Franco y
Buitrago, se les debían reunir, así como los coroneles Arboleda,
Mateo, Viana y el general Diago.
El día 20 salió Fernando hasta la Herrera con las tropas de
París. El 21 a la madrugada supo éste que el general Franco había
tenido el arrojo de entrar a Zipaquirá con la vanguardia del
ejército constitucional, que mandaba el general Herrera y que allí
había sido recibido con un fuego graneado y certero; habiendo
quedado muerto en la plaza aquel valiente jefe con varios de sus
heroicos compañeros y siendo rechazada la columna con una pérdida
muy considerable de elementos de guerra.
Supo igualmente que el resto del ejército había sido derrotado
en Tíquisa, cerca de Tabio, y que el general Herrera había seguido
por el camino que va de Subachoque a Villeta con el general
Buitrago y algunos otros oficiales y jefes y unos pocos individuos
de tropa.
Los generales París y López, que habían salido a la sabana en
busca de Herrera, y el general Diago y el coronel Viana, que
salieron hasta Chimbe, se volvieron a sus primeras posiciones y
poco después se retira ron mucho más atrás. El coronel Ardila, de
La Mesa, pasó a su hacienda de El Hato, por el camino de Cincha,
con once hombres armados.
Fernando se volvió a
|La Pradera y a nadie sino a Carlos
le refirió todos los pormenores de su correría.
La derrota de Herrera puso en consternación a todos los
constitucionales, dándole muy grande importancia al gobierno
provisorio del general Melo.
El 26 de mayo se supo en Bogotá la llegada del coronel Melchor
Corena al distrito de Usaquén, dos leguas distante de la capital,
acompañado de los jóvenes García Herreros, Valencia y Olarte, que
venían desde 'Cúcuta y se les agregaron en la sabana Fernando y
Carlos, en calidad de clérigos sueltos.
Corena había salido de Cúcuta el día 4 de mayo con 15 hombres y
en Pamplona se había unido con el comandante Eusebio Mendoza, que
tenía otros tantos, pero cuando llegó a las inmediaciones de
Zipaquirá, ya se habían disuelto las fuerzas de Herrera; a poco
recibió noticia del vicepresidente Obaldía, de que la ciudad estaba
muy desguarnecida y determinó entrar a Bogotá, marchando por el
valle de La Calera, para evitar que Melo mandara tropas a
Honda.
El 27 colocó el general Mantilla las pocas tropas que había en
Bogotá en la plazuela de San Francisco, en varias casas que hizo
desocupar.
Corena supo en Usaquén que el comandante José María Barriga iba
con 300 hombres en su persecución y se colocó en el alto de La
Calera y allí lo rechazó, cogiéndole 3 oficiales, 16 soldados y 30
caballos de silla.
Inmediatamente marchó el comandante Dámaso Girón sobre Corena
con 800 hombres y al despuntar del día 30 se presentó al frente de
sus posiciones; Corena tenía 400 hombres y se fortificó en la casa
de la hacienda y en las corralejas de cerca de piedra, dejando por
fuera a los señores Olarte y Nemesio Benito, los cuales defendieron
por algún tiempo un ángulo de la casa.
La hacienda de La Calera o de Los Aposentos de La Calera, tiene
una muy hermosa casa de habitación, que demora a cuatro leguas al
noroeste de Bogotá. Está dominada toda la topografía en general por
los peñascos que se prolongan de la cordillera oriental, pero a la
vez posee la hacienda de que hablamos encantadores valles y
primorosas lomas, los cuales están regados por unos tantos arroyos
que van a desembocar por diversas partes en el río.
El interior de la casa de la hacienda es como el de casi todas
las casas de su mismo género: posee un gran salón de recibo,
grandes alcobas y diversos cuartos. Sobre el portón tiene un ancho
corredor balaustreado, que domina las corralejas, las cuales
tienen, como todas, sus bramaderos de palos muy firmes, en que se
da la vuelta con el rejo de enlazar para sujetar los potros y
ganado bravío. Las huertas están cercadas de tapias bajas, que
dejan ver los árboles que se levantan de entre los surcos de las
hortalizas y flores de los jardines.
Aunque algunos lectores de novelas hayan dicho que las haciendas
de Cincha, Canoas, La Calera y otras de la misma naturaleza, tienen
el aspecto de los castillos de la Edad Media, cuando los grandes
propietarios territoriales tenían que fortificarse, porque la
autoridad vacilante siempre con las continuas revoluciones, no los
podía sostener, siendo el feudalismo una especie de federación en
pequeño, sin embargo, nuestras haciendas de lo que más carecen es
de los elementos de defensa militar. Sus cercas de piedra, sus
portones de tablas y sus tapias de tierra pisada están expuestas
siempre a ser derribadas con la mayor facilidad por los saqueadores
oficiales y extraoficiales. Ojalá que todas las haciendas tuviesen
puentes levadizos y fosos y castillos para la defensa de las
propiedades.
"Corena traía noventa cucuteños y venezolanos, dice
|El 17 de Abril y a esa fuerza se habían agregado la
guerrilla del señor Nemesio Benito, en número de cien hombres,
treinta o cuarenta jóvenes gólgotas y más de trescientos soldados
de los señores Patria, Buitrago y Herrera".
"La línea de circunvalación que se puso en la casa
-dice el mismo periódico-, se apoyaba por el frente en una cerca de
piedra que le servía de parapeto y por los costados en las
desigualdades del terreno, que la protegían del fuego enemigo; mas
por desgracia no pudo rodearse la casa por la parte de la
cordillera".
Como a eso de medianoche hizo por abrirse paso un piquete de
constitucionales, compuesto de siete hombres, por el lado del
noroeste, lo más cerca a la cordillera que le era posible, pero se
encontró con otro de provisorios que le hicieron una descarga y
cuando éstos comprendieron que avanzaban sus enemigos, fue cuando
ya los tuvieron a cuarenta pasos de distancia y entonces les
hicieron unos tiros, de uno de los cuales murió un soldado
constitucional; éstos no tardaron en contestar, haciendo una
descarga y seguramente que con acierto, porque de ahí para adelante
no se veían en el puesto sino tres bultos a lo sumo; siguieron
avanzando, a tiempo que les hizo fuego un provisorio, dando en
tierra con otro constitucional y entonces el soldado que estaba más
cerca de éste, disparó sobre el que había herido a su compañero.
Avanzó el piquete de los constitucionales con el objeto de abrirse
camino y uno de ellos, que tropezó con el herido de los
provisorios, lo conoció y dejando caer la carabina de las manos,
exclamó:
-¿Qué es esto, padre mío?
-Que he caído herido.
-¡Y soy yo el que he herido a mi padre!... ¡Esto es
horrible!...
-No es una herida de gravedad. Y Fernando, ¿dónde está?
-Ha caído con el penúltimo tiro.
-¡Con el que yo he disparado!... Es menester socorrerlo: allá
entre aquellas matas lo vi caer.
Los provisorios habían rodeado a los constitucionales y los
estaban desarmando. Fue uno a echarle mano al que hablaba con el
provisorio herido y éste exclamó:
-Estos tres soldados son prisioneros míos. Socorran pronto a ese
soldado a quien he herido de un tiro, si es que no está muerto
ya.
José María y un sargento de los vencedores buscaron al herido y
lo hallaron vivo: era Fernando, pero no hablaba y estaba todo
empapado en su sangre.
El sargento parecía que estaba del todo sometido a don Isidro,
según el manejo que se le advertía con Martín y José María, que
eran los prisioneros, porque los otros tres se habían escapado en
el conflicto.
-Este joven está sometido, le dijo don Isidro al sargento que lo
acompañaba; usted puede retirarse a buscar la columna, que yo
respondo de todos. Habló ciertas palabras en secreto con el
sargento y desaparecieron los provisorios, llevando las armas de
los vencidos.
-Ahora, socorrer a Fernando, dijo don Isidro.
-¿Y la herida de usted, padre mío?
-Creo sea muy poca cosa.
-A ver, contestó Carlos.
Era un pequeño cortado, lo que tenía don Isidro metido en un
muslo, envuelto en fragmentos de la ruana y de los zamarros, porque
las balas se habían acabado entre la gente de Corena y algunos de
los soldados cargaban ya sus fusiles con pedacitos de plomo. A eso
se debía la dicha de que Carlos no hubiese muerto a su padre.
Se oía cerca el murmullo de una fuente, que corría por entre los
matorrales y piedras y Martín sacaba agua en un sombrero mientras
que José María trataba de socorrer a su patrón.
La herida de Fernando era muy distinta. Una bala de fusil le
había pasado el costado izquierdo, dejándole una herida muy grande
al salir. Se le limpió ésta y se le pusieron los vendajes con las
tiras de la camisa de José María.
Fernando tenía la rosca de su rejo de enlazar metida en el brazo
izquierdo, porque aun cuando le habían muerto el caballo unos
minutos antes, él lo había quitado del arzón. Con éste amarró
Carlos unos dos palos largos y algunos cortos atravesados, en forma
de andas, agregándole ramas y musgo de la orilla del arroyo y le
pusieron por encima unos arcos de varitas de tuno y sobre ellos
extendieron dos ruanas para trasladar el herido hasta
|La
Pradera.
Fernando no hablaba.
Durante la fabricación de la cama portátil, le decía Carlos a su
padre la causa de haberse hallado en aquella función de armas, que
fue el haber llegado Corena y su amigo Régulo García Herreros a la
hacienda, en donde se hallaba herrando un poco de ganado con su
amigo Fernando y sus dos concertados y haberse llenado de
entusiasmo por la causa de la constitución.
-Yo me hallé en la función de armas que se acaba de terminar,
porque llegó a casa un comandante muy amigo mío y me fui con él a
hablarle a Girón sobre la defensa de los bienes de mi hacienda; y
en estos momentos se comenzó la pelea y la opinión y la falta de
juicio... todo esto contribuyó para que yo tomase las armas.
-Y si yo hubiera muerto a usted por defender la constitución del
21 de mayo, ¿cómo hubiera podido soportar la vida?
-¡Hijo mío!, exclamó don Isidro; ¡si Fernando muere por mis
manos, yo no le podré sobrevivir; y esto por atacar la constitución
que ustedes defienden!
-Y para lo que sirven las constituciones de nuestro país, que se
mudan así como los gamonales que las fabrican mudan de camisa.
-¡Yo juro aquí sobre las rocas de La Calera, no atacar ni
defender más constituciones en esta tierra!
Colocaron a Fernando en las andas y encargó don Isidro la
prontitud para que llegasen a
|La Pradera antes de
amanecer, para que nadie lo viese y que si esto no era posible,
posasen en una choza de confianza, y él se fue a La Calera.
Ya habían ocupado las casas los vencedores. Los gritos resonaban
a lo lejos en las peñas y los valles: ¡Viva la religión! ¡Viva el
ejército permanente! He aquí los nombres que resonaban de montaña
en montaña y de valle en valle. Sin embargo, don Isidro en aquellos
momentos de gloria no se entregaba al entusiasmo de sus compañeros;
su corazón estaba enlutado con el recuerdo de su singular
encuentro; las heridas de Fernando, las protestas de su hijo, la
imagen misma de las andas, eran motivo más que suficiente para
estar poseído de una verdadera tristeza. No esperaba en el patio de
La Calera sino que le firmase uno de los jefes un pedacito de papel
que había escrito con lápiz y cuyo contenido decía:
"Quedan a cargo del señor Isidro Sánchez los cuatro
individuos que él mismo hizo prisioneros.
"La Calera, mayo 30 de 1854, a las doce de la
noche".
Pero otro horrible espectáculo vino a acabar de herir el
espíritu de don Isidro. La tropa del gobierno provisorio allanó la
casa y despedazó y arrebató cuanto había en clase de adornos,
muebles y demás enseres.
La capilla también fue violada y despojada por el partido que en
su programa había ofrecido la defensa de la religión católica,
apostólica, romana y celebrar un concordato con el Papa.
Don Isidro era hacendado y debió comprender el riesgo que corría
la hacienda de
|El Olivo. Se estremeció de espanto y
ratificó su juramento de no seguir peleando contra la constitución
del 21 de mayo, bastándole para esto la imagen de La Calera
desmantelada por la metralla y despojada por la mano de la
victoria; acordóse el hacendado de los dueños de esta hacienda y
lloró.
En el acto que don Isidro adquirió la firma que deseaba, se fue
para
|El Olivo.
Dejémoslo descender por la Cordillera, con su corazón saturado
de amargura. Por ese mismo camino y por sendas extraviadas, llevan
al desgraciado Fernando, conducido por los esforzados vaqueros
Martín y José María. Dejémoslos a todos caminar en silencio,
pensando en su llegada al seno de una familia sensible, tierna y
llena de afectos; dejemos estos cuadros de horrible melancolía,
para asistir al teatro de los aplausos, de los encomios al valor y
de todos los regocijos que son anexos al triunfo de las armas.
Cuando el sol del día 30 alumbró sobre La Calera, encontró a la
tropa comiéndose una ración muy bien merecida. Los camaradas,
separados en grupos, disfrutaban de los deliciosos bocados que bien
podían no volver a probar en toda su vida, porque la suerte de la
guerra es tan varia y tan desastrosa y cada soldado triunfante se
puede tener como un hombre que acaba de ser indultado por la muerte
y más cuando los triunfos se adquieren por una de tantas
casualidades que suceden en la guerra.
Las voluntarias, mucho más entusiastas que los vencedores,
ostentaban con porfía una vislumbre de las gracias femeniles, en
medio del desaliño de la campaña y parecía que prodigaban sus
caricias con impertinencia, al ofrecer sus regalos a sus
protegidos, que descansaban tendidos en el suelo, llenos del tizne
de la pólvora y fatigados con la lucha de todo un día.
Allí estaban los jefes dando algunas órdenes para perseguir a
los dispersos y escribiendo el parte de la batalla a la luz del sol
del 31; oyéndose, no ya los alegres gritos de los rodeos y de las
siegas, sino las terminantes órdenes de la milicia; no ya el
mandato de los dueños de tierras, porque ellos habían tenido que
salir huyendo, sino tan sólo el de los jefes de la columna; ni
tampoco resonaban los cantos de la pacífica estanciera sino las
voces del clarín guerrero.
Poco después marchó toda la columna para Bogotá, llevando
algunos prisioneros; cien hombres marcharon al oriente con el
destino de perseguir a Corena y los pocos que habían salido en
derrota hacia aquellos lados.
Un hacendado entró a la casa de Aposentos con varios amigos para
sacar los cadáveres y darles sepultura y no pudieron menos que
llenarse de suma tristeza, al contemplar los palos de las
corralejas y de las caballerizas convertidos en cenizas y los
bramaderos o estantillos más corpulentos, que por casualidad habían
quedado en pie, agujereados por las balas; los balcones y las
puertas despedazados. El comisionado caminaba por entre las charcas
de sangre, dejando los muertos en los corredores y el patio y subió
a las piezas altas. Todas las fincas de la casa había desaparecido
y los trastos de mayor magnitud estaban despedazados; las paredes
horadadas por los balazos y despojadas de todos sus adornos:
sangre, cenizas, cadáveres, silencio, soledad y espanto era lo que
presentaba la casa de La Calera.
El comisionado se sobrecogió de espanto y no pudo seguir en sus
observaciones por unos tantos minutos, cuando se asomó a uno de los
balcones y no vio alma viviente en todos los contornos ni sintió
ruido de ninguna clase. Volvió a pasear las piezas de la casa y en
un cuarto de los más retirados vio un cuadro muy antiguo, que no
había excitado seguramente la ambición de los soldados; se acercó y
conoció por las facciones de la pintura, que era algún retrato de
uno de los abuelos de los Tovares, y prorrumpió en un soliloquio,
muy disculpable en tan dolorosa situación.
-Oh tú, que has presenciado lo que acaba de pasar en la hacienda
de Aposentos, decidme: ¿así saqueaban y desmantelaban las haciendas
en los tiempos de la colonia? ¿Así se despedazaban los granadinos
por alcanzar los destinos? ¿Era delito en tus tiempos tener honor,
bienes y religión? Venturoso propietario, ruego al cielo porque los
granadinos entren en juicio antes de que venga una nación extraña a
conquistarlos por caridad.
El comisionado siguió paseando los patios interiores y las
huertas, sin hallar más vivientes que algunos pajaritos, tan
familiarizados con la gente, que habían vuelto a visitar sus nidos
tan luego como cesó el ruido de las armas y comenzado a ensayar sus
melodiosos cantos. En seguida se asomó al oratorio y con sorpresa
vio arrodillado delante de una cruz de palo que había quedado en el
demolido altar, a un venerable anciano, cuyo traje y figura no
conocía y dejándolo sumido en sus arrobamientos religiosos, se
salió de pronto.
Queriendo saber quién sería el anciano, le dijo a uno de los
peones que fuese a verlo; a poco volvió con la noticia de que no lo
había conocido ni lo había sentido ni siquiera respirar y que había
salido corriendo, lleno de susto, porque le parecía que aquel era
un espíritu de la otra vida.
Al tiempo de partir volvió el comisionado a la capilla de la
hacienda a buscar al desconocido, pero ya no lo halló y en su lugar
vio un letrero en la pared, escrito con carbón, en que decía: ¡He
buscado a mi hijo entre los cadáveres y entre las pencas, pero en
vano!...
A Corena lo siguió una partida de caballería bien montada y lo
alcanzó en la hacienda de Chaleche; allí les hizo frente con 18
oficiales y 21 individuos de tropa, que era el resto de toda la
columna, pues que todos los demás se habían dispersado.
El oficial provisorio llamado Camilo Rodríguez, acometió con
mucho valor, tirándole una lanzada al mismo jefe Corena; pero éste
le hizo el quite con la ruana y logró escapar. Entonces le disparó
un soldado a Rodríguez y lo mató. Corena y los suyos se entregaron
por una especie de capitulación celebrada con el señor Lino García,
que era comandante del ejército provisorio, pero el coronel Castro
no pasó por las capitulaciones y mandó los presos a Bogotá y de
allí los remitieron a Facatativá.
Clemencia Celis
|1
, que no había abandonado a Corena en
los días de combate y la retirada, se escapó de allí para
reaparecer más tarde en las filas del ejército constitucional del
Norte.
|
|1
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CORDOBÉS MOURE
|(op.cit) nombra a Clemencia Celisentre
las mujeres que se alzaron en armas contra Melo.
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