CAPITULO XIV
FERNANDO Y EL CORONEL ARDILA
Existe al oriente de la sabana de Bogotá la hacienda de Gorito,
al pie de una loma tapizada de grama; las diversas secciones de sus
corralejas y huertos aumentan la solemnidad de los muros de la
casa, en los cuales se proyectan los balcones, desde donde se
alcanzan a divisar los tejados de Bogotá, a siete leguas de
distancia y los dos cerros de Guadalupe y Monserrate, que la
dominan.
Un manso riachuelo corre por junto del edificio, esmaltado de
algunos arbustos, que señalan sus márgenes a lo lejos.
Antes del año de 10 se gozaba en la sabana de una paz octaviana;
pero hoy muchas de las haciendas tienen sus paredes marcadas con
los balazos y sobre su suelo ha corrido la sangre humana. Y así
como ahora trescientos años corría a torrentes la sangre de los
muiscas derramada por la espada de los españoles, así hoy corre sin
término la sangre de la gran familia de los conquistadores y
conquistados, derramada por defender, de una parte los usos y las
tradiciones de la conciencia y las costumbres, y de la otra, por
establecer un cambio repentino en beneficio de las ideas. En esta
lucha, que lleva más de cuarenta años, ha sufrido Gorito un hecho
de armas.
Hubo un día en que sus mansos ganados huían aterrados por el
estruendo de la pólvora; en que sus propietarios empuñaron, en vez
de la herramienta del campo, la lanza y la carabina, y en que se
combatía a fuego y sangre en la corraleja, donde antes sólo se
luchaba con los potros y los toros bravos, y se ordeñaban las vacas
del hato. Daremos aquí una ligera noticia de este acontecimiento,
aunque no sea el asunto principal de este capítulo.
Desde que se hizo la elección del señor general López, en la
iglesia de Santo Domingo de Bogotá, el día 7 de marzo de 1849,
amenazando con puñal en mano, desde entonces se despertó la
oposición en el partido derrotado y se aumentó por la pérfida
conducta del nuevo gobierno. Así fue que se llegó a temer el día 8
de junio de 1851 una revolución de los conservadores, de la que se
previno el gobierno en la capital, usando de medidas muy activas,
pero que asomó en otros lugares y fue inmediatamente
perseguida.
En Gorito se hallaba el señor José María Ardila, propietario de
la hacienda, y como el gobierno recelase de él por sus opiniones
políticas consabidas, ordenó su captura o su sometimiento por medio
de fianzas y su palabra de honor. Para esto se presentó en las
corralejas una partida armada que constaba de unos cuantos hombres,
pidiendo que se presentase el señor Ardila. La esposa de dicho
señor preguntó por uno de los balcones de la casa:
-¿Para qué quieren ustedes a mi esposo?
-Para darle garantías de parte del gobierno.
La señora le hizo de pronto un comentario sardónico a la
intimación, y uno de los soldados le disparó su fusil, yendo la
bala a quedar incrustada en la pared.
El señor Ardila montó en un famoso caballo, lo mismo hicieron su
hijo y su yerno, tres concertados más y dos o tres personas de
fuera que lo acompañaban, y salieron de repente atropellando la
pequeña columna de los gobiernistas. Al principio se le trató de
hacer frente al hacendado y esto era lo más natural, teniendo, como
tenían, el número suficiente de hombres; se le hizo fuego, pero no
le tocaron las balas; Ardila y sus compañeros cargaron sobre la
partida y pronto se abrieron paso y se retiraron por el camino,
dejando tres heridos y un muerto de parte de la columna del
gobierno; pero como quedó la casa en poder de los agentes de éste,
fue muy pronto saqueada y desmantelada y los potreros desocupados
de los ganados y bestias que los poblaban.
El señor Ardila tenía su casa ricamente amueblada, siendo su
vajilla toda de plata. Todo fue a parar a manos ajenas y a los
pocos días las marcas de los cubiertos y copas de plata y los
fierros de las yeguas y vacas decían "yo era de
Gorito". Hasta los cepos de las corralejas y algunas
ventanas de la casa se veían por otras casas. La hacienda de Gorito
quedó enteramente desmantelada.
Hasta el año de 1851 no se había conocido el saqueo en lo que se
ha llamado Cundinamarca, así fue que todo el mundo se llenó de
espanto. Don José María era muy bien querido en toda la sabana,
porque era honrado, servicial, buen amigo y buen padre de familia:
era conservador y ya había tomado otras veces las armas en defensa
de las constituciones que a él le parecían más convenientes para
regir el país.
En esos días visitaban a Gorito los amigos de Ardila, con el
respeto que Lamartine y otros viajeros han visitado las ruinas de
las grandes ciudades del Asia.
Es verdad que allí no se caminaba por entre los trozos de mármol
ni se tropezaba con los fragmentos de las columnas y capiteles, que
no se apartaban con las manos los helechos y musgos para buscar
inscripciones; pero en cambio se veían los huecos vacíos de las
ventanas, los pisos desenladrillados, las paredes desnudas de sus
cortinas y cuadros y la carencia absoluta de los muebles, la
soledad sobre todo y las señales de los balazos, todo lo cual hacía
conmover profundamente a los amigos de Ardila, no faltando algún
Volney que preguntase sobre los escombros de Gorito ¿dónde estaban
las fincas de valor y de recreo?¿Dónde la famosa hacienda? ¿Dónde
las tazas de flores que adornaban el patio? ¿Dónde la vajilla de
plata?... ¿Dónde la independencia y libertad que Nariño, Gutiérrez,
Lozano, Rivas y otros de los próceres del año de 10 se propusieron
legar para los pueblos de Cundinamarca?...
Todos los que se asomaban a la casa de Gorito sentían la
desgracia que aflige a los pueblos mal gobernados.
Tal vez el gobierno se utilizó en aquellos momentos del terror
que produjo en los conservadores el saqueo; tal vez para tener
sometidos a los ricos se ha valido de estos inicuos medios; pero no
deja de ser triste la suerte de una república que tiene que ocurrir
la saqueo como el único medio de gobernar.
El señor Ardila se fue con tres o cuatro compañeros más, a
unirse a los tres jefes que se habían puesto en armas en la
provincia de Mariquita; derrotado en Garrapata, se quiso volver al
páramo de Sumapaz, por el camino de la parroquia de Dolores, pero
fue conocido y preso y conducido a Bogotá con grillos, en compañía
de sus dos hijos. Después de muchos meses de prisión lo desterró el
gobierno a Venezuela, de donde volvió a su hacienda al cabo de diez
meses.
Después del pronunciamiento del 17 de abril, se hallaba
tranquilo en su casa el hacendado de Gorito. Había enviado un
criado o sirviente de su casa a un mandado a la población de
Facatativá, que está a una milla de distancia; poco después
trajeron la noticia de que el señor comandante Góngora lo había
cogido de recluta. El señor Ardila le mandó un recado muy político
al comandante, con otro sirviente, hermano del primero, diciéndole
que el señor general Melo le había mandado a ofrecer toda clase de
garantías, con tal que no hostilizase al gobierno provisorio; que
esto lo sabía muy bien el coronel Vargas, por cuyo conducto le
había hecho la oferta, sin haberla solicitado.
El comandante Góngora contestó al recado, que él no había ido a
Facatativá a respetar garantías, sino a coger reclutas y
ganado.
Se molestó el señor Ardila y acto continuo mandó invitar a
algunos hacendados vecinos para que lo acompañasen y con cinco
personas más de su casa, salió a buscar a los expropiadores; pero
éstos, o tuvieron la noticia por medio de algún partidario suyo, o
vieron de lejos el grupo de hombres montados y en el acto se
encaminaron a Bogotá, con la prisa que se requería para huir del
valiente Ardila.
En el pueblo de Serrezuela se encontró el héroe de Gorito con
tres de los hacendados del mismo distrito parroquial y allí se
habló con mucho calor de la miserable situación del país, de las
devastaciones que hacían por los campos los revolucionarios, que
tenían a bien conmover la República cada cinco o seis años, por
falta de buena fe en los hombres que rigen los destinos
públicos.
De Serrezuela pasó Ardila al sitio de Cuatro Esquinas a coger al
dueño del establecimiento, que era partidario de los melistas, pero
no lo halló y se encaminó a la población de Funza con el objeto de
apresar al jefe político del cantón, para enseñarle a cumplir con
las garantías ofrecidas por el gobierno, según dijo.
A poco trecho se encontró con don Fernando Rodríguez, a quien se
tardó en conocer, porque iba disfrazado, y después de saludarse, el
señor Rodríguez le dijo:
-A casa de usted iba, señor coronel, por tener el gusto de verlo
y a que me dijese qué hay de negocios políticos.
-Yo tendría mucho gusto de recibirle la visita, pero no puede
ser en este momento, porque tengo que ir a Funza a coger al jefe
político para mandarlo a La Mesa con una escolta, porque sabrá que
se está formando en ese lugar una columna de constitucionales, bajo
las órdenes del señor general París; ¿quiere usted acompañarme?
-Vamos, don José María.
Picaron todos juntos hacia la parroquia de Funza, y en el camino
hablaron don Fernando y José María sobre la situación.
-¿Qué éxito tendrá el gobierno del general Melo, o de los
liberales que lo han fomentado?, le preguntó don Fernando al
experimentado Ardila.
-Que tendrá que caer, sin remedio.
-Muy difícil me parece. Los melistas van a poner once mil
bayonetas y cuentan con todas las haciendas y los almacenes de los
ricos, porque no les cuesta sino expropiarlos; los ricos ayudan,
aunque no están por la dictadura, por el miedo al saqueo; los
pobres se dejan encerrar como corderos para servir de soldados; el
carácter de los habitantes de este desgraciado país es como el de
las bestias de carga, que ceden al que toma una zurriaga en la
mano, aunque más digan que los granadinos conocen muy bien sus
derechos.
-¿También está usted aterrado?
-No, don José María; yo tengo el valor suficiente para combatir
contra los defensores de la dictadura; lo he jurado desde que un
tal capitán Amaya Pérez me quitó el Huracán, el morito del galápago
de mamá y el bayo de Margarita, y unas 60 reses y cuando lo
amenacé, el salteador me dijo que una golondrina no hacía verano,
lo que me indignó y he jurado venganza a los salteadores de las
haciendas: en cuanto a mi sangre no vacilo en derramarla; lo que me
da miedo son las probabilidades del triunfo.
-Esas están en nuestro favor, contestó con suma dignidad el
coronel; el general Herrera levanta una división en el Norte; en La
Mesa se le agregan gólgotas y conservadores al señor general París;
el general Viana y el señor Arboleda han de venir por el lado de
Guaduas y nosotros levantaremos dos o tres guerrillas de a
cincuenta hombres alrededor de la sabana y que se tengan de la
gurupera.
-¿No serán muy poca cosa dos guerrillas, señor don José María?
-Usted debe saber que una guerrilla de cuarenta hombres representa
por cuatrocientos de tropa de línea, o más, porque una columna de
cuatrocientos hombres no puede batirla, a tiempo que esta misma
columna puede ser disminuida por escaramuzas parciales.
El oficio de una partida de guerrilla es hostilizar las
divisiones enemigas, quitándoles los recursos y las comunicaciones;
y cansarlos, fatigarlos y entretenerlos de todas maneras, atraer
las columnas o divisiones enemigas a los páramos y montes, para que
se les deserte la gente y se les dificulten las marchas y los
acuartelamientos; y si se dividen y se presentan algunas
probabilidades de triunfo, se les ataca, pero nunca se les admite
batalla donde los enemigos lo tengan a bien. Es más conveniente que
las guerrillas sepan correr que dar batallas. Los movimientos
ocultos y rápidos de las guerrillas son más temibles que las
victorias: el espionaje es el alma de una guerrilla. La guerrilla
que cuenta con espías y muchos compadres es invencible; pero se
necesita de mucho sigilo: la guerrilla es un grupo de amigos que no
están sujetos a la ordenanza militar, ni sus jefes son nombrados
por los trámites de la milicia, sino por el unánime consentimiento
de la partida. Un general o coronel de ejército no tiene más
valimiento en una partida que el que sepa granjearse por sus
méritos para con sus camaradas. Le es más conveniente a una partida
admitir avisos que órdenes superiores, salvo en casos muy
generales. La ligereza y la invisibilidad de la partida de
guerrilla compensan las ventajas del número. He oído decir que las
guerrillas de España, del tiempo de la invasión de los franceses,
fueron muy elogiadas por todo el mundo, porque por ellas se
adquirió la libertad de toda la nación. Las nuestras tendrán el
mismo objeto y ejercerán un oficio muy importante por ahora, cual
es el de atemorizar a los alcaldes y gamonales melistas, para que
no extorsionen a los vecinos constitucionales. Para esto nos
llevaremos a nuestros cuarteles a los individuos que sean más
hostiles al partido y a los vecinos.
Por desgracia tiene la guerrilla que tomar sus recursos
violentamente en algunos casos indispensables; ¿pero el gobierno
intruso y revolucionario no hace lo mismo? ¿No saquea las haciendas
y las estancias? ¿No impone empréstitos forzosos? ¿No amarra a los
pobres reclutas? Yo no tendré que hacer lo que hacen Góngora y
Rodríguez, porque en El Hato tengo papas y ganado. En fin, lo que
nos importa por ahora es ver cómo echamos al suelo la dictadura del
general Melo, para que se restablezca la legitimidad, el orden y la
religión de nuestros mayores.
Cuando entró a la plaza de Funza el grupo de los nueve
constitucionales, no había sino unas dos o tres personas en el
corredor de la casa de la jefatura política; el coronel Ardila le
intimó la orden de prisión al primer magistrado del cantón y al
tiempo de trasladarlo fuera de su despacho, avisó un estanciero que
se acercaba una columna de gente armada, por el camino de Bogotá y
que ya venían llegando a Puentegrande.
-Los cogemos, dijo el intrépido Ardila y sacando de la plaza al
jefe político, tomó sus medidas para darle una sorpresa a la tropa
del gobierno provisorio.
Estas medidas fueron buscar algunos individuos más en su favor,
con los cuales completó el número de diez y seis personas bien
montadas, cuyas armas no pasaron de dos escopetas y un trabuco,
cuatro lanzas y los rejos de enlazar, que jamás les faltan a los
sabaneros. Dio órdenes el jefe constitucional para que se ocultase
la tropa fuera de la plaza y que tomasen las cuatro entradas así
que los veteranos la ocupasen, señalando sus maniobras a cada uno
de los cuatro grupos que dejó designados para dar el golpe, entre
los cuales quedaba enrolado el joven hacendado de
|La
pradera.
La columna melista constaba de más de cien hombres de
infantería, bien armados y municionados, mandados por un capitán
veterano. Entraron a la plaza en profunda paz, y cuando hicieron
alto en el costado del cabildo, aparecieron por todas las esquinas
hombres montados, gritando ¡viva el gobierno legítimo! y el
individuo que hacía de jefe se aproximaba a los veteranos, seguido
de tres compañeros más.
El jefe de los provisorios no daba órdenes ningunas a tiempo que
el jefe de los invasores gritaba:
-¡Salga a hablar conmigo el comandante de la columna!
-¿Es Ardila?, preguntó uno de los soldados veteranos.
-¡Para qué lo quieres, contestó el jefe agresor; es Ardila!
¡Aquí estoy!
Un soldado disparó a este tiempo sobre Ardila, pero con mala
puntería seguramente, porque no lo ofendió.
El sabanero exclamó en tono de amenaza:
-¡Como me toquen a uno solo de los míos, los matos a todos
ustedes en este momento!
A ese tiempo se aproximaban los grupos de invasores por todas
las cuatro esquinas, oyéndose muchas veces que gritaban: ¡viva el
coronel Ardila!
En este momento partió un tiro de la columna de los provisorios
e hirió a uno de los compañeros de Ardila, cayendo traspasado por
los cuadriles.
Los soldados habían perdido la formación retirándose algunos a
los corredores de las casas inmediatas; un oficial rastrilló una
carabina contra el jefe invasor y como le negase le dio contra el
suelo y se retiró, a tiempo que los sabaneros y algunos bogotanos
de la columna, que se habían rendido primero, recibían las armas de
los que se denegaban a entregarlas.
El jefe y dos oficiales estaban rendidos y se perseguía a los
poquísimos que intentaron huir. Un corneta fue hecho prisionero, a
diez o doce cuadras de la plaza, corriendo en dirección a
Bogotá.
En poder del sabanero Ardila quedaron más de cien fusiles, una
corneta y una caja de guerra, todas las municiones y el equipo de
la columna y cerca de cien prisioneros. Esto sucedió el día 8 de
mayo, en la plaza de Funza, a la una y media de la tarde.
Hizo formar el señor Ardila a los prisioneros de a dos en fondo
y los condujo a Serrezuela, custodiados por los sabaneros y los
bogotanos que se habían declarado en favor de los constitucionales.
Estos prisioneros fueron muy bien tratados, pero se les puso en la
cárcel, porque era el único edificio público que pudiese servir
para el efecto.
De Bogotá mandaron una partida de caballería, luego que se tuvo
noticia de la pérdida de la columna, la que encontró gente
desbaratando el puente de una de las alcantarillas, por orden del
señor Ardila y disparó algunos tiros en la oscuridad de la noche,
logrando herir a un peón sabanero; pero aunque pudieron pasar los
provisorios al pueblo de Funza, no se acercaron a Serrezuela, donde
estaba la gente de Ardila.
El día 9 fueron conducidos a La Mesa los prisioneros de Funza.
Allí estaba formando una columna de constitucionales el señor
general Joaquín París y dichos prisioneros se incorporaron en las
filas. El capitán se fugó de la prisión y se volvió a Bogotá, en
donde se le acusaba de traidor; pero él se defendió de los cargos
que se le hacían.
Fernando se había separado de sus compañeros de armas desde la
plaza de Funza, y en clase de incógnito se dirigió a
|La
Pradera, por la vía de Engativá, por ser un camino más
excusado.
Como a eso de las cuatro se desmontó en la choza de Marcelino
Cogua, muy seguro de que por allí nadie lo podría conocer.
Allí estaba María, la nieta del sargento, la que le presentó al
amo Fernando una taza de mazamorra y unas papas cocidas, lo que no
desdeñó éste, sino que, por el contrario, admitió con gusto, porque
sus correrías de cazador y su afable carácter hacia los pobres no
le permitían despreciar esta clase de convites.
Ñor Marcelino se había retirado a darle de beber al caballo del
huésped y procurarle algunas hojas de maíz para que comiera;
entretanto la hospitalaria María conversaba con el amo, después que
le puso los platos en un banquito, formado de un trozo de palo de
cerezo.
-Y su madre, ¿dónde está?, le dijo don Fernando a la obsequiosa
María.
-¿Mi madre?..., le dijo ella, exhalando un tristísimo suspiro;
mi madre está en Ambalema: yo creía que sumerced lo supiera.
-¿Y tu padre?
-¿Mi padre?... Allá en Ambalema.
-¿Y no tienes hermanos?
-Uno, mi amo, y ese también está en Ambalema...
-¿Y qué hacen por allá?
-Descansando de los trabajos de esta vida, mi amo, y de las
persecuciones del gobierno y de los ricos.
-¿Cómo es eso?...
-Que todos murieron allá de la peste.
-¿Y qué fueron a hacer por allá?
-Nos fuimos todos a buscar la vida, porque aquí nos quedamos en
la última miseria con la repartición de las tierras de los
indígenas sin tener dónde sembrar habas y turma, y unos palitos de
cebada con lo cual nos manteníamos.
-¿Y no les tocó a ustedes algún derecho de tierra?
-Sí, mi amo; pero nos engañó un blanco con treinta pesos, que
los gastamos en dos por tres y como el comprador nos arrojó de los
ranchitos, tuvimos que irnos a tierra caliente a trabajar y por
allá en un caney se murió primero mi padre, en seguida mi madre y
poco después mi hermanito: ¡Dios los tenga en el cielo! Yo me vi en
las delgaditas, y así que pude me vine, pidiendo limosna por el
camino, donde taita señor, que también está en la miseria, porque
la semana que no se puede meter a las zanjas a trabajar con el
barretón, no come más que cebada tostada y un cuartillo de chicha
que le fían en la venta, para todo el día. Y un día de estos nos
iremos a dormir a la maleza, porque el dueño de esta tierra que de
antes era nuestra, nos va a echar de la choza, porque una pisca que
yo tengo ha dado en despuntarle la grama de su potrero. Y ahora la
tengo con el pico amarrado.
María se enjugó las lágrimas con el pañuelo que tenía sobre sus
hombros y don Fernando no menos enternecido, le dijo:
-Yo no sé, bella María, qué fatal estrella preside la familia
ilustre de los Coguas. Si el gobierno español existiera, tú serías
propietaria, lo mismo que tu abuelo; pero la república los ha
dejado pereciendo. Y ¿qué has ganado tú con la república, y qué ha
ganado ñor Marcelino con derramar su sangre en defensa de ella?
¿Quién de esos pocos que le han sacado el jugo a lo que llaman
república es el que le bota hoy un pedazo de pan? ¡Pobre María!
¡Huérfana, desheredada y expuesta a todos los horrores de la
miseria! ¡Pobres indios, esclavos de los conquistadores y de los
libertadores!
Muy tiernos y afectuosos fueron los coloquios que tuvieron lugar
entre don Fernando y María, pero ya la sonrisa de los labios había
ahuyentado las sombras tétricas del dolor, cuando volvió a la choza
el libertador de Colombia y del Perú sacudiendo las raspas de la
cebada de la haraposa ruana que lo cubría, sin que debajo de ella
tuviese más prendas de vestuario que sus calzoncillos de lienzo muy
burdo y su camisa del mismo género. No obstante su aspecto era tan
venerable como el de un cacique, a pesar de los rastros de una
herida de bala que le había torcido una de las cejas. Al amo
Fernandito lo idolatraba y le refería sus campañas de la
independencia y las veinte o treinta batallas en que se había
encontrado.
-Dígame, ñor Marcelino, le dijo don Fernando al indígena: ¿por
qué no cobra usted su sueldo de inválido?
-Porque el gobierno tiene más hambre que yo. Para eso el Perú,
mi amo don Fernandito de mi alma. Después que salí herido en el
Santuario de Funza, me pusieron en la lista de los inválidos, pero
yo tenía que vender la pensión a un hambriento por la mitad de su
precio legítimo. Pero así que triunfaron los liberales el año de
31, me quitaron la pensión porque había sido de los defensores de
Bolívar, ¿no ve sumerced? del que les dio la libertad a todos
ellos; y cuando he vuelto a cobrar de ahí para adelante, me han
salido con que soy liberal, o con que soy conservador, o con que no
sirven mis despachos de los ejércitos libertadores de Venezuela, de
Nueva Granada y del Perú. Malditas sean las revoluciones del
diablo, con perdón de mi amigo don Fernandito, que no sirven sino
para que el gobierno se encuentre cada día más miserable y para que
los hombres de bien se aniquilen, a tiempo que los malvados son los
que se ponen las botas.
Por eso yo soy melista, mi amo don Fernando, porque los melistas
han hecho su revolución en favor del ejército permanente, de la
religión y del gobierno fuerte, como lo quería el amo Libertador de
Colombia.
-Ya lo sabía yo que usted era melista. ¿Y tú? le preguntó
Fernando a María, que escuchaba por la milésima vez los nombres de
Ayacucho, de Junín y de Pichincha.
-¿Yo?... yo no soy melista, porque esos condenados me quitaron
en la plaza mis flores y mis frutas de Chile, contestó María.
-María es constitucional y el abuelo melista. Así anda toda la
República. Muy bien, María; los dos somos de un mismo partido.
Puede suceder que me ayudes, porque en tiempo de revolución no se
puede decir, de esta agua no beberé, porque yo sí pienso hacer algo
contra los melistas. ¿No sabías que cargaron con mis mejores
caballos?
-Sí me dijeron y yo lo he sentido tantísimo... dijo María, con
ademanes de verdadero cariño.
-Y dígame, taita Marcelino, volviendo a lo de Junín y Ayacucho,
preguntó don Fernando; ¿no tiene usted sus despachos y pasaportes y
documentos de altas y bajas, para entablar la solicitud de sus
sueldos, luego que pase esta revolución?
-¿Y si son enemigos de Bolívar y de Colombia los que quedan a
caballo?
-No le hace. Yo le haré la solicitud y verá.
Entonces bajó ñor Marcelino un bulto que tenía envuelto en un
pedazo de chaqueta, del rico paño de Quito y sacó una cartuchera
con tapa de lata y forrada en vaqueta y se la entregó a don
Fernando para que buscase allí sus documentos.
Don Fernando sacó el primer papel, amarillo y algún tanto
desleído en los dobleces y pasando ligeramente los ojos por el
principio y el fin, dijo:
-Esta es la condecoración del escudo de vencedores de Junín.
Aquí está la del coronel Bustamante.
-¡Ah! ¡qué valiente!...
-Aquí está el ascenso de Juan José Flores a sargento 1o.
-Eso es lo que es bueno, mi amo don Fernando, ¡si sumerced lo
conociera!...
-Aquí encuentro una orden firmada N. Urueña.
-¡ Ah! ¡mi coronel Urueña!... ¡Eso sí que era un jefe
valiente!... ¡Eso sí era saber sus obligaciones y no como
ahora!
-Aquí está firmado Antonio J. de Sucre.
-¡Mi general Sucre!... ¡el que nos mandaba el día de la batalla
de Ayacucho! ¡El que acabó con los godos en Quito y en el Perú! ¡Y
ya sumerced vio el pago que le dieron los liberales!... Asesinado
murió en la montaña de Berruecos, para que no fuera a Quito a
sostener a Colombia. ¡Ah cosas las que se ven en este mundo, mi
amito don Fernando!
-¡Oh, nombres ilustres!, exclamó Fernando. ¡Oh, documentos
preciosos los que se encierran en este pobre depósito y en esta
miserable choza! ¡Oh, república miserable, ingrata, desconocida!...
El sargento Cogua debería estar disfrutando del sueldo íntegro de
su graduación, y no vive sino entre las chambas, como las ranas y
los guacos, ganando un miserable jornal. ¡Y se titulan los
granadinos imitadores de la república modelo!... Un amigo mío me
refirió que había visto en un museo de los Estados Unidos los
zapatos de un sargento de la guerra de la independencia, guardados
entre unas vidrieras. ¡Oh! ¡qué bien imitamos nosotros a la
república modelo!
Se despidió don Fernando con mucho respeto de su camarada Cogua
y con sumo cariño de María, dejándoles un peso fuerte en pago de la
comida y de la yerba; tomó poco a poco su camino, después de la
oración y sin embargo, cuando llegó a
|El Olivo no se
habían acostado las gentes.
-¿Qué novedades hay por Funza?, le preguntó don Isidro a su
vecino con mucho afán.
-¿Por qué me lo pregunta usted?
-Porque un negociante que pasó de La Mesa para Zipaquirá, me
dijo que se había pronunciado todo el Occidente de la sabana; que
Ardila cogió con trescientos sabaneros muy bien armados una columna
de restauradores, que constaba de cien hombres y que mató a todos
los oficiales... ¿No ha sabido usted algo?
-Yo vengo de esos lados y lo que supe fue que el coronel Ardila,
con diez y seis o veinte hombres casi desarmados, cogió una columna
de más de cien hombres veteranos en la plaza de Funza, hoy como a
la una v media de la tarde.
-¿Es verdad eso?
-Estoy seguro de ello como si lo hubiese visto.
-¿Y qué se hizo ese Ardila?
-Lo ignoro.
-¿Y quién mete a ese Ardila a tomar las armas contra el general
Melo?
-No sé, señor; pero tal vez será con el mismo derecho que las
tomó el general Melo contra el gobierno legítimo.
-¿Pero Ardila por qué?
-Por defender las haciendas de los expropiadores de chafarote.
Ya usted vio cómo me quitaron las vacas de papá, el morito de mamá,
el bayo de Margarita y mi caballo Huracán, que era el mejor de
cacería que se ha conocido en esta sabana.
-¿Y cómo se evita que vengan los revolucionarios y carguen con
todos los ganados de
|La Pradera y hasta con las puertas y
ventanas, como lo hicieron con la hacienda de Gorito los
gobernantes del año de 51?
-¿Con que el terror es bueno para que nadie defienda lo que es
suyo? ¿Y si se levantan tres o cuatro guerrillas con el objeto de
defender las haciendas, a dónde van a parar los partidarios del
general Melo?
A don Isidro no le gustó nada de lo que dijo su vecino; pero se
moderó, porque lo vio muy exaltado y varió de conversación.
A poco rato se fue don Fernando sin decirle a la bella Isabel
nada más de lo que le dijo a su amado padre. Todos los afectos de
Fernando e Isabel eran comunes, todos sus pensamientos, todos sus
planes, menos lo que concernía a la política. Fernando no le dijo
nunca a su amada que había sido uno de los actores de la sorpresa
de Funza y cuando se lo refirió a Margarita y a doña Mercedes, les
encargó que su vecina no lo fuera a saber.
No hay duda que la discrepancia de opiniones es una valla para
las simpatías de los amantes. Todos los que tienen una misma
opinión política y religiosa tienen un vínculo más de simpatías, de
fraternidad y de cariño.
Cuando llegó Fernando a
|La Pradera estaban todos
acostados, pero hizo que se levantasen para que oyeran las
noticias.
Tuvieron mucho gusto en oírlas y felicitaron al nuevo
constitucional, por su parte tan activa en el glorioso triunfo del
coronel Ardila.
-Que espere Fernando una corona de Isabel, dijo Margarita.
-¡Oh, ni pensarlo!, contestó Fernando; y ojalá que allá nunca lo
sepan.
Conversaron mucho tiempo reunidos en familia y como a eso de las
doce tomaron chocolate y se acostaron.
|