CAPITULO XIII
LA SITUACIÓN
La familia de don Ezequiel Meléndez se hallaba de visita en
|La Pradera a fines del mes de abril. Una parte de las
familias unidas estaba en el interior de la casa y la otra se
hallaba en el corredor alto, sentados unos en los canapés y otros
en varios taburetes de lujo que se habían sacado de la sala.
Es imposible que los habitantes de Bogotá se puedan figurar todo
lo que sufren las familias que viven en las haciendas en los
tiempos de revolución, teniendo los jefes y los soldados derecho
para expropiar caballos, reses, ovejas y gallinas por donde quiera
que van pasando.
Se hablaba en el corredor de la revolución pero muy vagamente
porque hacía algunos días que no se tenía noticias de la
capital.
Eran observados con el anteojo los caminos y la sabana con la
mayor escrupulosidad, y Margarita, que hacía uso de él a la hora de
que hablamos, dio aviso que un jinete se dirigía a la hacienda por
el camino de Bogotá.
-¡Válgame Dios! ¡qué novedades habrá por la ciudad!, exclamó la
señora Choma.
-¿De qué clase es el marchante?, preguntó doña Mercedes.
-De la clase calzada, seguramente, porque el caballo es
elegante. Como que será algún hacendado del lado de Zipaquirá.
-¡A ver!, dijo la tía Choma y le quitó el anteojo a
Margarita.
-Pero no vaya usted a tomar un gallinazo por un buitre, dijo
Justina.
-Eso no es hacendado, contestó la tía: yo lo que veo es una
maleta a caballo. Si no es fraile es algún pulpero de Bogotá; trae
ruana con forro amarillo y sombrero de fieltro negro, y el caballo
es muy gordo, pero camina rengueando. Sin embargo, declaro que no
lo conozco.
Tomó Justina el anteojo y después que se hincó al pie de la
baranda, dijo con suma frialdad:
-¿A que no me adivinan quién es el bogotano que viene?
-¡Imposible, niña!, dijo doña Josefa.
-¡El doctor Cataplasma!
Se sonrieron todos y Margarita se puso muy encendida.
-El sí nos trae buenas noticias, dijo don Isidro.
-¡Y viene al galope! dijo Justina.
Todas las señoras se acercaron a la baranda y se pusieron a
esperar, entretanto que la noticia de la venida de don Serapio
corría por toda la casa.
Don Serapio era más deseado que los buitres en la cacería de
|El Olivo, por razón de las noticias; y el cuarto. de hora
que gastó desde la separación del camino real hasta las corralejas
de la hacienda, les pareció un siglo a todas las señoras; pero al
fin llegó, no teniendo tiempo ni para saludar, porque doña Josefa
le salió al encuentro, diciéndole:
-¿Qué hay por Bogotá?
-Muy bueno todo, mi señora, le contestó don Serapio y se
desmontó en el corredor que servía para tal efecto.
Doña Choma y doña Mercedes se pusieron muy tristes, porque las
palabras de don Serapio no indicaban sino que la Dictadura seguía
con viento muy favorable.
Se determinó recibir la visita en el gran corredor del balcón,
por no perder de vista los llanos y los caminos de la sabana.
-Después que saludó don Serapio a las familias de las dos
haciendas, dando la mano a las señoras, las impuso de las noticias
siguientes:
Sabrán ustedes que después del feliz pronunciamiento del 17 de
abril, y de asegurar en la cárcel a algunos de los funcionarios del
gobierno constitucional con el presidente Obando y algunos de los
sujetos más decididos por la constitución del 21 de mayo, se
declaró Melo en el ejercicio del poder supremo, porque Obando no
quiso admitir la dictadura. Dio su programa el presidente
provisorio, siendo sus principales capítulos sostener la religión y
el ejército permanente y convocar una convención para darle sus
leyes a la nación, conformes con las ideas del país y su estado de
civilización actual, sin las ideas exageradas de los gólgotas, ni
las retrógradas de los conservadores.
Nombró su ministerio el presidente provisorio y estableció las
rentas sobre las arcas de los agricultores.
Se mandó, por medio de un bando, que se alistase todo el mundo y
estando reunidos en el convento de San Juan de Dios les hizo una
arenga a los cachacos, que no les gustó mucho y algunos se salieron
por las ventanas o las puertas privadas, comenzándose a hacer
alguna oposición al gobierno provisorio.
No obstante, la revolución está sostenida por todas las
sociedades democráticas de la República, por el ejército permanente
y por los principales personajes de las provincias, según lo
aseguran los que están al corriente de todo.
La gente de categoría de Bogotá sostiene la dictadura por el
miedo a las ideas comunistas y socialistas expresadas en las
sociedades republicana y democrática. Todo el mundo está convencido
de que la constitución del 21 de mayo es una novela y nada más,
porque las constituciones deben ser adaptables a las ideas del
pueblo para que sean duraderas.
-Sin embargo, dijo doña Mercedes, parece que el general Herrera
se ha ido como designado a levantar un ejército por el lado del
norte. Dicen que el día 23 se unieron los generales Franco y
Herrera con alguna gente de Tundama, en Tunja y que el general
Buitrago se fue a levantar tropas a Santa Rosa.
-Sí, señora, dijo don Serapio, pero los titulados
constitucionales fueron escarmentados con la muerte de varios de
los soldados del gobernador Martínez, en el páramo de Sisga.
-Después de esto se pasó a los constitucionales el comandante
Rojas Pinzón, dijo doña Mercedes.
-Pero una golondrina no hace verano. Aquí traigo el Boletín
oficial, que dice que el general López se ha pronunciado en La
Plata con seiscientos hombres resueltos y que han hecho lo mismo
Cuéllar y el comandante Quintero; y que Girón ha sido acogido
pacíficamente en la ciudad de La Mesa.
-¿Y qué más dice el Boletín?, preguntó con ironía la tía
Choma.
-No más, mi señora, dijo don Serapio con la mayor frescura.
-¿No dice que el gobernador Briceño hizo su protesta contra la
Dictadura el día 18 y se fue con la poca fuerza que había en La
Mesa?
-No, mi señora.
-¿No dice que el mismo Gobernador y el comandante Juan José
Márquez derrotaron el día 23 al comandante Callejas?
-Nada de eso dice, mi señora; pero aquello me parece que son
chispas de los constitucionales de La Mesa.
-¿No dice que el comandante Barriga fue derrotado en Honda por
el comandante Sandoval? ¿y que el coronel Viana ocupó la plaza?
-Me parece que usted está más impuesta de la situación que yo,
mi señora.
-Es porque usted no quiere referirnos las que nos gustan; pero
usted lo ha de ver, que el sistema de ocultar las noticias adversas
y de publicar boletines falsos, no vale para sostener una dictadura
en una República que marcha a la vanguardia.
-Ahora bien, ustedes están cometiendo algunos excesos en cuanto
al séptimo mandamiento y eso los va a desprestigiar mucho: todos
quieren sacar jugo de las expropiaciones. Se rescatan por plata
contante caballos, carros y reclutas. El carretero de casa rescató
el carro por cuatro pesos, su persona por dos y los bueyes por dos
reales.
-No es extraño el que se cometan algunos abusos, cuando aún no
hay un gobierno establecido en todos los ramos de la administración
pública. Pero muy bien se conoce que el gobierno provisorio no
aprueba nada de eso, por la circular que corre en la Gaceta número
1.741, que dice: "Muy bien conoció el gobierno que
aquellos abusos, de que tenía repetidos reclamos,
etc.".
-Vea don Serapio lo que dice la proclama de Herrera sobre ese
particular, dijo la señora Mercedes y leyó lo que sigue:
"La hermosa ciudad de Bogotá está sometida al vandalaje
más escandaloso y despotizada por un hombre que, huyendo del justo
castigo que merece por el asesinato perpetrado por él en la persona
de un pobre soldado y apoyado en los cuerpos que hacen la
guarnición, quiere aniquilarla para siempre, entregándola al
pillaje de una soldadesca desenfrenada...".
-¿Ustedes creen que los virtuosos generales y jefes del ejército
permanente hayan podido dar motivo para estas recriminaciones tan
sumamente apasionadas?
-Pero ¿cuáles son esos generales y jefes, don Serapio? La mayor
parte de ellos se han marchado a formar en las filas
constitucionales, o esperan la ocasión, resistiéndose todos a tomar
servicio con los provisorios.
-Pero ya comienzan a pagarla, mi señora: el comandante M. M. Paz
ha sido completamente derrotado en el Alto del Trigo, con los 400
hombres que tenía.
-Una sorpresa y él no tenía sino treinta compañeros. Vaya con
las derrotas, dijo doña Jerónima.
-No le vaya a suceder al general París otra cosa muy
parecida.
-¿Qué tiene el general París?, preguntó doña Mercedes.
-Que se fue para el sur con once constitucionales más el día 7
de este mes, entre ellos el coronel Arjona, el capitán Severo Ruda,
el teniente Madero y otros.
-Seguramente, replicó doña Mercedes, que por ellos dijo el
Dictador en su boletín del día 14: "que no pudiendo
algunos oficiales ser tolerados en las filas del ejército
regenerador se habían marchado a las de los otros, en donde
reinaban la licencia y el desorden y en donde se disponía sin
formalidad alguna del óbolo del pobre agricultor, y donde se robaba
al pobre indio hasta el vellón de sus ovejas".
-Y por otros cuatro que se han ido a buscar el mal por sus
manos; pero todos están borrados de la lista militar, menos el
general López.
-¿Y el general López por qué lo había de ser? ¿No se pronunció
con seiscientos hombres, todos resueltos?
-Eso dice el boletín, dijo don Serapio, pero no es muy exacto.
El general López está con los constitucionales y ha dado una
proclama contra la dictadura, de lo más tremendo.
-Es hasta donde puede llegar su patriotismo, dijo don Gaspar
Rodríguez. ¡Amigo de Obando y de las democracias, se enrola entre
los amigos de la Constitución! Pero bien, ¿qué hacemos con los
boletines, los creemos o no los creemos?
-Pues debemos creer en ellos, porque el gobierno los da bajo la
fe de la autoridad administrativa. De las chispas no diré nada,
porque esas son palabras sin autorización ninguna; y no vayan
ustedes a creer que al general Melo le gusta la mentira.
-¿Y en esto de los empréstitos cómo andamos, don Serapio? ¿Es
verdad que se da martirio a los ricos para que aflojen el
empréstito?...
-Sobre esto les haré a ustedes algunas explicaciones, que me
parecen del caso. A los ricos, a los agiotistas y oligarcas los
hicieron odiosos los tribunos en sus peroratas en la sociedad
democrática, en donde los gólgotas dijeron que la propiedad era un
robo; es decir, que son ladrones los que buscan propiedades y los
que las poseen, aunque sea de una manera legal; lo cual no es del
todo cierto, porque yo, por ejemplo, poseo una quinta y algunas
casas, y no me siento con la conciencia intranquila. Yo creo que en
esto hay mucho de exageración, porque si nadie tuviera propiedades,
ni riquezas, nadie recibiría los productos de las manos
industriosas. Si en un día dado se nivelara la riqueza de todos, al
año habría que nivelarla de nuevo, porque los unos la habrían
despilfarrado o dejado mermar, mientras que los otros la habrían
aumentado y entonces sería preciso nivelarla todos los años. Ahora
bien, si se obliga a que todos sean proletarios, no habrá quien
compre los productos y si a todos se les obliga a que tengan plata
y que no se ocupen en otra cosa que cuidarla, entonces no habrá
para comer, ni ropa para vestir. Todas esas teorías de los gólgotas
han causado mucho daño, mis señoras, y por eso es bueno que los
echemos abajo.
-¿Cómo? ¿Socialistas y comunistas los regeneradores? ¿Los
enemigos de los gólgotas?, dijo doña Jerónima. Entonces ¿quién nos
entiende?
-Es que las cosas se ponen así, mi señora; porque las
revoluciones no se pueden fijar bajo principios enteramente justos,
desde el punto en que comienzan, dijo don Serapio.
-Pero entonces para qué da programa. ¿No es el respeto a la
propiedad un capítulo del programa de la revolución de Melo?
-Sin embargo, oiga usted lo que dice el Boletín del día 18, dijo
don Serapio y leyó lo siguiente:
"El empréstito sigue recaudándose y los que creían
poder eximirse de él y burlarse de la exigencia que se les hacía,
han visto ya que el gobierno, sin necesidad de confiscaciones ni de
vejámenes, como los de Herrera en Tunja, ha sabido emplear medios
vigorosos y eficaces para conseguir su intento".
-Yo no sé cómo explicarán entonces los melistas el pasaje de un
ciego que curaba el doctor Sheyne, al cual trataron un poco mal; la
expropiación del almacén de un antioqueño rico; la hoja suelta de
un señor Góngora y la circular del doctor Mercado, que dio para
evitar las violencias y lo que dijo el general Melo en uno de sus
decretos del día 16; oiga usted, que aquí tenemos el papel
impreso:
"Ya se han tomado y seguirán tomándose medidas fuertes
y vigorosas, las más a propósito para efectuar la recaudación del
empréstito... Con hombre de esta naturaleza no se guardarán ya más
consideraciones y el gobierno sabrá hacerse respetar y hacer
cumplir sus disposiciones".
Fernando y su amada Isabel habían conversado largamente en el
cuarto de costura, durante las anteriores discusiones. El tema que
Isabel sostenía era éste:
-Soy de parecer que usted no debe tomar parte en esta
revolución, Fernando.
-¿Cómo no? ¿Usted cree que sea justa la que estalló el 17 de
abril, que ha echado por tierra la constitución del 21 de mayo?
-Yo no creo justa ninguna revolución por medio de las armas.
-¿Ni la que se hiciera para echar abajo una mala constitución,
sostenida por esbirros y tiranos?
-¿Y cuál es esa constitución tan mala, y cuáles esos
esbirros?
-La constitución del 17 de abril, Isabel, que nos colma de
libertades tan indistintamente, que se puede decir de ella que da
Dios habas al que no tiene muelas. Nos ahoga la constitución en
garantías individuales, al mismo tiempo que a los facinerosos se
les abre el campo para que cometan toda clase de crímenes y se les
da el derecho del sufragio a los más ignorantes para que unos pocos
audaces tiranicen la opinión general de los ciudadanos, que es la
misma cosa que representa la fábula de un mono que no pudiendo
robarse unas castañas del fogón para comérselas, las sacó con la
mano de un gato, a quien embaucó para el efecto.
-¿Y usted se va a exponer a sufrir un balazo por sostener la
constitución del 21 de mayo?
-La patria, Isabel, la libertad, la legitimidad, son deidades
que merecen el sacrificio de la vida.
-¿Y yo no merezco nada?
-¿Usted?... ¡Lo merece todo! Ordene y será obedecida.
-Que no se comprometa en esta guerra.
-Si usted oye los motivos que yo tengo, entonces será usted la
que me anime a entrar al combate, porque este partido draconiano ha
hecho cosas que me han herido profundamente el corazón.
-¿Como qué cosas?
-Como la muerte de Antonio París, que era mi amigo, como la
expropiación de los caballos de mamá, de Margarita y de Justina y
mis caballos de cacería. Pero sobre todo, la patria, la legitimidad
y la libertad.
-¡Qué patria, Fernando! ¿Usted cree que alguien se expone a los
riesgos de la revolución o la contra-revolución si no es por la
esperanza de una cucaña, o por conservar su destino? Y el hacendado
que vive de su trabajo, ¿qué tiene que hacer con los destinos? ¿Y
cuál es esa legitimidad que se va a defender?... ¿puede haberla en
una república en donde mandan las minorías, según dice papá? ¿Qué
libertad hay en donde se les dan a los criminales las garantías que
no se les dan a los hombres honrados? Déjese de patria, Fernando;
hágalo usted por mi señora Mercedes, si es que yo no valgo
nada.
-¿Usted? Usted vale más que todo cuanto hay en el mundo.
-Pero valgo menos que las ilusiones de libertad y patria.
-¡No, Isabel!: por combatir la dictadura no dejaré yo de amarla.
Los nobles caballeros que combatían en el siglo XVI por su Dios y
por su dama, siempre salían airosos de la pelea. Las señoras
conservadoras tienen gran parte en la causa que hoy sostienen los
constitucionales; porque las ideas conservadoras son la
salvaguardia del pudor, de la moral y de las máximas del Evangelio.
Amor, patria y religión será mi divisa.
-¿Con que al fin irá usted a pelear en favor de la constitución
del 21 de mayo?
-No será precisamente por la constitución. Para mí representa
mucho más esa lista de los hombres más esclarecidos que se han
pronunciado en contra de los principios revolucionarios de
Melo.
-Y muchos de esos hombres por quienes usted intenta sacrificar
la vida y los intereses, es muy seguro que dentro de cuatro años
tendrán otras ideas diferentes de las de ahora y entonces usted,
sufriendo tal vez la miseria, y contemplando las cicatrices de su
cuerpo, exclamará: "¡Por ellos! ¡y ellos pertenecen hoy al
partido contrario!-... ¿No sabe usted lo que cambian esos hombres
de cierta categoría?... ¿Y por esa gente quiere usted derramar su
sangre?... Usted, un campesino que finca sus aspiraciones en que
las sementeras se den buenas y en que las vacas se multipliquen;
que se penetra con el frío de las escarchas y se requema con los
rigores del sol, mientras que los empleados de circunstancias se
huelgan con los sueldos que han logrado conquistar con la sangre de
los majaderos a quienes seducen, hablándoles de los derechos del
pueblo; Fernando, ¿usted se sacrifica por esa gente? Abra los ojos,
y piense en las lágrimas que ha de derramar por usted su
familia...
Isabel calló, porque su llanto no la dejó proseguir en sus
consejos, que a la par que amorosos eran muy razonados; Fernando se
sintió conmovido y hechizado de tanta hermosura, de tanta bondad,
de tanto juicio como desplegaba en aquellos momentos el único ídolo
de su corazón.
Daba las doce el reloj de la sala con lentos sonidos y en alguna
manera tétricos para aquellos dos corazones afectados por la
ternura. Contó Fernando una por una las campanadas y fijándose en
la fecha del día, exclamó:
-¡Oh, Isabel de mi vida! Puede ser que las palabras de usted
sean una profecía, puede ser que las campanadas de las doce me
recuerden en alguna prisión los razonamientos de mi hermana de
infancia; o puede ser' que me sea mucho más adversa la suerte y que
usted sienta estremecer su corazón con este mismo sonido, cuando
mis cenizas reposen en una tumba... El porvenir es un misterio.
Pero yo tengo hecho juramento de hacerles la guerra a los
dictatoriales del 17 de abril
-¿Por 4 caballos y unas cuantas reses?...
-¡Por eso!... y si todos los campesinos defendieran sus bienes
de las garras de los revolucionarios, se acabarían las guerras para
siempre. Yo daré el ejemplo a todos mis vecinos.
-Pero ir a pelear por unos caballos..., repuso Isabel, enjugando
sus lágrimas.
-No es eso solo, Isabel. El capitán Amaya Pérez le ha contestado
a mi madre con mucha dureza y este ultraje es mucho más grave para
mi que si se hubieran robado todas las fincas de
|La
Pradera. Tal vez usted no está al presente en actitud para
poder valorar todo esto, mi querida Isabel; y también hay que saber
que el capitán me dijo, al manifestarme yo resentido por el saqueo
que se nos hacía, que "una golondrina no hacía
verano", y yo le respondí "que no había enemigo
pequeño"; este es un reto y a no sacar yo la cara, el
oficial me tendría por un cobarde.
-Ahora comprendo que la cuestión es de honor, dijo Isabel con
gesto irónico a la verdad. La palabra suelta de un oficial va a ser
la causa de que un joven interesante como usted caiga en el campo
de batalla bajo el tiro de algún recluta, para vestir de luto la
casa de
|La Pradera; y si tal es mi desgracia, nunca
labraré para usted un mausoleo como el de Artemisa, para decir la
verdad; pero en cambio iré a encerrarme en el convento de las
Carmelitas de Leiva, llorando todos los días de mi vida la
desgraciada pérdida del esposo querido, que una malhadada
revolución me arrebató.
Tornó a llorar de nuevo Isabel y sin embargo no se volvió atrás
de sus juramentos el héroe de
|La Pradera.
El orden que reinaba en las visitas fue interrumpido por la
llamada que hizo una de las criadas, a tomar las onces de leche,
bizcochos y frutas, y poco después con el ruido causado por la
despedida de la familia de
|El Olivo, poniéndose toda la
casa en conmoción; tal era la sentimental despedida de las señoras,
que se abrazaban y se cogían de las manos, estando paradas en el
corredor por un cuarto de hora seguido. Al fin se separaron los
vecinos, convidando a don Serapio a sus dominios territoriales;
poco después se vio el primoroso grupo atravesando el espacio de
sabana que separaba las dos haciendas.
Don Isidro y don Serapio no cesaron de hablar de política en
todo el camino. Ambos eran muy partidarios de la revolución de Melo
y las simpatías del partido los hacía quererse.
Las harneadoras tampoco habían estado calladas durante la
visita. Ñuá Juana María era melista y debatía con Genara, según
parecía.
-Yo no me canso de rogar a Dios porque gane el señor Melo para
que se haga rey, decía ñuá Juana María; porque los viejos decían
que en el gobierno de los virreyes no había guerras, ni herejías,
ni saqueos. Y parece que la cosa va muy buena, porque ya han tenido
ganancias por el lado de Chocontá los melos, y han cogido siete mil
prisioneros, 40 tambores y como unas 25 cornetas y 4 banderas.
-¡Tírenle la mantellina a esa mujer! exclamó Genara.
-Y qué decís vos, ¿que los melos no ganaron en Sisga?
-Yo qué sé de Sisga, ni sé onde será Sisga; lo que sé es que con
mentiras no se ganan acciones. Yo lo que supe en La Mesa, el jueves
que estuve allá, fue que el presidente Briceño les metió una
derrota a los melos en el Portillo, que los hizo jumear.
-Mira, le dijo a Genara su interlocutora, vos estás a la defensa
de los constitucionales por los gallos, ¿no me entendés?
Se echaron a reír todas las harneadoras y su conversación era
digna de un buen taquígrafo, pero a nosotros no nos es posible
seguirla.
En la cocina también se debatía la política desde que supieron
la noticia de la llegada de don Serapio.
-Dice que Melo va ganando por todas partes, dijo la niñera.
-El, qué no dirá. Viejo floreador, que nos vendrá a meter otra
visita de misa cantada y nos tendrá sin acostarnos hasta las once
como la última vez que estuvo en esta casa, dijo la cocinera en
jefe.
-Si la paga se adelantara cuando hay que cocinar para los
visitadores, ¡qué bueno fuera!, dijo la mamá de Encarnación, al
mismo tiempo que hacía bailar una papa de año, quitándole el
pellejo con el cuchillo.
-Lo peor de todo es que se va a quedar chupado el viejo, dijo la
adjunta.
-Para esa gracia mejor es el zipaquireño, dijo la niñera, aunque
no me da palmaditas por hacerle cariños a la niña, como hace don
Cataplasma.
-¡Si se animara mi amo Carlitos! Eso sería todavía más pasable.
-Y mi señuá Margarita como que sí lo quiere, porque lo mira mucho
con el anteojo y se está hasta muy tarde de la noche en el balcón,
cuando él está tocando clarinete en
|El Olivo.
-Pero qué se suple, dijo ñuá Encarnación, si él no quiere sino a
las que le cuidan los gallos.
-Si yo fuera mi señorita, le señalaba el camino a don
Cataplasma, porque eso ya no sirve para novio, y melista... ¡Ave
María!
-Que pase don Serapio su apunte a
|El Olivo, que allá
son melistas hasta las criadas. La planchadora es más democrática
que la ira mala. -Y es que dijo el otro día que todas las criadas
de esta casa éramos constitucionales y por consiguiente
|retróvadas.
-
|Retórgadas, sería como dijo, repuso ñuá Marcelina.
-Será más bien retróbadas, es que ustedes no saben hablar
enteramente, interpuso Celestina.
-¿Y qué quiere decir
|retróbadas?, preguntó la adjunta.
-Camanduleras y feas, dijo la niñera.
-Dios las guarde, que ellas sí son muy bonitas y muy sabidas.
¿No vieron todo lo que hizo Susana el día del paseo a la loma? Esa
es toda la ilustración de esa remilgada.
La conversación se cortó, porque sintieron a Justina que las
estaba escuchando y que luego entró a recorrer toda la oficina,
porque era la semanera.
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