CAPITULO XII
LA REVOLUCIÓN
EL GOBIERNO PROVISORIO
Aunque había mucha gente en la casa de
|La Pradera no se
sentía alboroto ninguno, porque las señoras cosían o limpiaban
trigo en los corredores, en el mayor silencio, los niños no alzaban
la voz para aprender sus lecciones, ni las harneadoras se contaban
las unas a las otras lo que pasaba en las dos haciendas, sino era
cuchicheando por debajo de sus sombreros de palma, de todo lo cual
dimanaba la quietud y la armonía.
Doña Mercedes les dirigía la palabra a las peonas, cuando ñor
Juan Antonio entró muy presuroso, diciéndoles a las señoras:
-Vengo a traerles a sus mercedes una noticia tan grande así y
les hizo la muestra como de una patilla o de una auyama de mucho
tamaño.
-Échela, ñor Juan Antonio, le contestó la graciosa
Margarita.
-Pues que en Bogotá están en guerra.
-¿De veras?, exclamó la señora Mercedes.
-De veras, mi señora. Estuvo en mi estancia mi compadre Andrés y
me dijo que había llegado a su rancho un posta que iba para Ubaté y
que le había contado que habían tirado muchos cañonazos a la
madrugada y que habían ganado los liberales y que habían apresado a
muchos cachacos conservadores y gólgotas.
-¿Pero cómo? ¿Contra quién es esa guerra ñor Juan Antonio, o en
favor de quién?
-Es en favor de la religión y del buen gobierno y contra la
constitución del 21 de mayo, según lo que el posta le dijo a mi
compadre y que los gólgotas, unos se han escondido en sus casas y
otros se han ido para Zipaquirá.
-¿Y cuántos morirían en la pelea? ¿no supo usted?
-Como que sí morirían algunos, porque el caballo del soldado es
que iba todo lleno de sangre y el soldado llevaba un chafarote que
daba miedo, según la razón que me dio mi compadre.
-Y ¿qué haría el presidente?
-El se quedó quieto en su palacio.
-¿Es decir que triunfaron los gólgotas?
-No, mi señora, porque según lo que el posta le dijo a mi
compadre, lo que gritaban era "que viva la religión y el
señor general Melo y el ejército permanente"; y la cosa es
muy gorda, porque el húsar iba con el caballo cansado y tuvo que
quitarle su caballo a mi ahijado Tilímaco, que iba por unos
remedios, porque mi ahijada se estaba muriendo de dolor de
costado.
Genara, que estaba harneando, fue comisionada para llamar a don
Gaspar y a Fernando, que estaban asistiendo a la deshierba de la
sementera de papas y
|ñuá Juana María a comunicar la misma
noticia a la familia de
|El Olivo.
Entretanto doña Mercedes seguía conversando acerca de la
política con el ciudadano Juan Antonio, con la bondad que
acostumbraba.
-¿Y de qué partido es usted?, le preguntó la señora al
estanciero Juan Antonio.
-Yo, de que nos mande un hombre que se haga respetar y que haga
mucho ruido para que todos lo conozcan desde lejos, porque a mi no
me gustan esos presidentes que nadie los siente ni los conoce y si
son dotores, mucho menos; ni tampoco me agradan los congresos
hechos por los de botas, que son los que nos meten por el aro a
todos los que no sabemos nada de la leyenda, porque ellos son los
que mandan.
-¿Y por qué no le gustan a usted los congresos?
-Porque le amarran las manos al que manda, como dicen que han
hecho con el señor Obando, que es un buen presidente y porque los
congresos hacen las cosas muy al revés de lo que quieren y
necesitan los pueblos y el partido de nosotros los descalzos, que
somos la mayor parte y la mayor parte era la que había de reinar
según lo que cuentan los amos liberales, y porque nos mandan los
más poquitos; es que ya no se nos pasan siete años sin que haya un
rebullicio y los que tenemos algo que perder somos los que pagamos
el pato, porque, como dice el dicho,
|a río revuelto ganancia de
pescadores. Sumerced lo sabe muy bien que el año de 51 me
quitaron un hijo y un caballito, lo cual eran mis pies y mis manos.
A mi hijo lo llevaron amarrado para hacerlo ciudadano armado y
después se lo llevaron para la provincia de Antioquia a pelear
contra los conservadores y por allá se lo comió la tierra. Y todo
esto por la falta de un gobierno bien ajustado, que nos gobierne
como los chapetones de ahora muchos años. .
-Entonces usted es monarquista y si la mayor parte pensase como
usted, entonces la república perfecta se tendría que mantener a
fuerza de bayonetas, como se defiende la soberanía de la isla de
Cuba o de la ciudad de Argel. Yo sí conozco que los pueblos tienen
una inclinación secreta a la monarquía, sin que ellos mismos lo
conozcan y lo sospecho por ese amor a los presidentes de chafarote,
de que usted hace mención y en el desprecio a los presidentes de
casaca negra; pero también es cierto que hay gentes que han pensado
lo contrario: volvamos al asunto. ¿Usted por quién está en las
circunstancias presentes?
-Yo, por el amo Melo, porque es liberal y quiere lo que es
justo, por lo que les he oído decir a los liberales de la
parroquia.
No tardó ni un cuarto de hora en llegar sumamente asustado el
esposo de doña Mercedes y al pisar el umbral, preguntó en el tono
más deplorable:
-¿Qué noticias son las que ustedes tienen por aquí?
-Que hay una revolución en la capital, pero no le he podido
comprender a ñor Juan Antonio por qué ni para qué, ni qué partido
es el que va triunfando hasta la fecha. ¿Usted qué ha sabido por
allá?
-A mí me dijo el mayordomo que le había dicho un calentano que
había habido una revolución en Bogotá, sin que hubiese muertos, de
lo que me alegro infinito y que apresaron al gobernador Briceño y
al secretario Plata.
-Ahora comprendo menos. Obando liberal y presidente; Briceño,
conservador y gobernador; Plata, secretario y radical: yo lo que sé
es que la Nueva Granada es el país que marcha más a la vanguardia
en esto de las utopías. En fin, de aquí a mañana lo sabremos.
A renglón seguido llegó don Isidro, y doña Mercedes le
preguntó:
-¿Qué ha sabido usted?
-Que estamos en revolución, mi señora, le dijo éste.
-No se lo creo, le contestó la señora; usted está muy carialegre
y una revolución causa tristeza. Aunque no fuese sino por los seis
u ocho mil hombres que mueren en cada una de ellas. Ahora los
saqueos oficiales y extraoficiales, que recaen directamente sobre
las haciendas...
-Es lo que le digo, mi señora Mercedes; se acaba de consumar una
revolución; una revolución completa; don Guillermo me puso un posta
para darme la noticia y no hay por qué dudarlo. Traje la carta y si
ustedes gustan las leeremos.
-Sí, don Isidro, porque aquí estamos en ascuas.
Sacó la carta y leyó:
Bogotá, abril 17 de 1854, a las 7 de la mañana
"Mi apreciado amigo: El 20 de julio, el 7 de marzo y el
17 de abril serán fechas que la posteridad celebrará con respeto y
admiración profunda; la última, sobre todo, que es la salvación de
una república democrática ya constituida, pero que se hallaba
aherrojada por un congreso de demagogos, que hostilizaban el poder
supremo para cogerlo ellos por su cuenta, que es lo que sucede con
nuestros patriotas acrisolados, que se habían aprovechado de los
bostezos y del sueño de los legisladores conservadores, que a pesar
de estar en mayoría en los congresos, han dejado introducir leyes
antisociales y esa constitución del 21 de mayo, que es el pasquín
más ingenioso, que ni los muchachos hubieran podido inventar, para
que las naciones cultas entiendan hasta qué punto somos ridículos
los granadinos, dándonos la constitución de una república perfecta,
cuando nuestra civilización está imperfecta y tan imperfecta, que
de tres millones de habitantes no hay doscientos mil que puedan
leer esa misma constitución.
En fin, la revolución del 17 de abril le ha hecho el entierro
solemne a la Constitución del 21 de mayo, a las cuatro de la mañana
de este día, solemnizado con el estruendo del cañón, las armonías
de los clarines bélicos y los gritos de ¡viva la religión! ¡Viva
Melo! ¡Viva Obando! ¡Viva el ejército permanente! ¡Viva la sociedad
democrática! ¡Viva el partido liberal de la Nueva Granada! Por
fortuna nuestro partido no se ha manchado con la sangre de uno solo
de los que insultaron al ilustre general Melo en el congreso, ni de
los que maltrataron a los artesanos, asesinando en la plaza de
Bolívar al más pacífico de todos. No crea usted que la revolución
del 17 de abril necesita del terror para llegar a su término: una
revolución se hace cuando es popular y siendo popular, claro es que
no tiene enemigos que combatir.
El general Melo será el presidente provisorio, mientras que se
realice una convención nacional, y es menester que usted, con todos
sus vecinos, se interesen en sostener a este ilustre general.
Le remito el programa y la proclama para que usted se imponga de
estos documentos y los haga circular lo más posible.
Deseo que usted no tenga novedad y que mande a su afectísimo
amigo,
Guillermo García Estrada".
-¡Con que se fue a la porra la Constitución que nos habían hecho
jurar a todos!... Esto se ha convertido ya en una república
bartolina.
-Pero ¿cómo han de ser permanentes las constituciones que hacen
unos pocos contra las costumbres, la conciencia y la opinión de la
mayoría, según nos lo acabó de decir ñor Juan Antonio? ¿Cómo no han
de costar ríos de sangre esas constituciones hechas por los
vencedores con absoluta prescindencia de los vencidos? ¿por los
agiotistas con ausencia de los explotados? ¿por los incrédulos con
ausencia de los creyentes? Hablo de la inicua constitución del 21
de mayo.
-¿Qué? ¿No están en esta casa por la revolución del general
Melo? Oigan ustedes la proclama y verán que no hay una cosa más
justa.
Sacó don Isidro varios papeles del bolsillo de los zamarros y en
uno de ellos leyó lo que sigue:
"PROCLAMA
"Insinuada la anarquía por todas las venas de la
república, bajo el aliciente seductor de las nuevas instituciones;
disfrazado el despotismo de un poder ingrato, con las fórmulas
protectoras de la libertad; desautorizado e impotente el gobierno
nacional, hasta servir de escarnio a los opresores anarquistas;
sentados en el lugar de los legisladores, sin título alguno
legítimo, los enemigos sempiternos de la república; insultado
indignamente y aniquilado de un solo golpe de arbitrariedad el
ilustre cuerpo de ciudadanos armados que han dado independencia a
estos pueblos, baluarte inexpugnable del orden y de la libertad;
vilipendiada la religión por la impiedad; rotos los vínculos de la
moral; disociadas las provincias; cansadas ya del desorden y en
vísperas de hundirse todas en la anarquía, imperdonable crimen
sería en un soldado que desde sus primeros años consagró su vida a
su patria, verla padecer, pudiendo salvarla. No, ciudadanos: la
libertad no perecerá mientras yo exista, mientras exista uno solo
de esos héroes que forman hoy el pequeño pero glorioso ejército de
la república".
Después de esto sacó otro papel del bolsillo y dijo:
-Aquí tienen ustedes el programa manuscrito que me mandó don
Guillermo, y leyó:
"Abajo gólgotas y constitución del 21 de mayo.
Convocatoria de una convención granadina.
Profundo respeto a la religión católica, apostólica, romana.
Fuero eclesiástico.
Misión a Roma a solicitar un concordato.
Derogatoria de todas las leyes antieclesiásticas.
Vuelta de los jesuitas.
Restablecimiento del orden público con diez mil bayonetas.
Recargo prudente a los derechos de exportación.
Contribución sobre el tabaco que se exporta".
-¿Todavía no les gusta el gobierno provisorio?, preguntó don
Isidro, después de concluir la lectura.
-Usted sabe que yo soy conservadora, contestó doña Mercedes.
-¡Por lo mismo! ¿No acaba usted de ver en la proclama y en el
programa que las ideas de los melistas son las mismas ideas
conservadoras?
-No lo crea, don Isidro, dijo la señora, meneando la cabeza y
manifestando sumo disgusto.
-Entonces yo no comprendo a los conservadores. La constitución
del 21 de mayo es la cosa más disparatada del mundo; porque
conceder la libertad de pensar, que ninguno había prohibido, es el
colmo de la petulancia; la libertad de charlar la tienen hasta los
loros; la tolerancia, que manda respetar todo aquello que se
permite; la libertad absoluta de imprenta, pase, porque sin ella no
habríamos tenido la revolución del 17; la libertad de amarrarle las
manos al presidente, es como la de ponerle grillos a un hombre que
va a pasar nadando el Magdalena y todo ese lujo de garantías es la
burla más grande que se nos puede hacer, sabiendo que la impunidad
está consagrada en nuestras leyes y que los malos no pueden darles
garantías a los buenos. ¿Y qué me dice del voto secreto y
universal? ¿No le parece a usted la mayor barbaridad de los
gólgotas? ¿Y tal constitución es la que van a defender los
conservadores? Esa sí es la verdadera utopía: si los conservadores
le piensan hacer la guerra al general Melo se acreditan de
torpes.
-Yo no estoy por la revolución hecha por el general Melo, dijo
Fernando, pero no tomaré parte en nada mientras no se metan
conmigo.
-Me parece que en esta casa no estaremos por la tal revolución,
dijo doña Mercedes.
-Y todos los de casa simpatizamos con ella.
-¡Menos yo!, exclamó Carlos, porque simpatizo con los radicales
y por consiguiente con los conservadores en la presente
revolución.
-Y yo por ahora simpatizo con los radicales, dijo Isabel.
-Qué despropósitos los de la política de la Nueva Granada, dijo
don Gaspar.
-¿Y que llama usted política?, preguntó doña Mercedes.
-La ciencia de los gobiernos.
-Vea usted lo que es no saber una las cosas de los estudios. A
mí me parecía que la política en la Nueva Granada era la ciencia de
hacer sacrificar a los pueblos para adueñarse del poder. Pero, en
fin, nosotras las mujeres no entendemos de nada de eso.
-Mucho menos nos entenderán por fuera de la República, dijo don
Gaspar, quedándose con la barba puesta en la cabeza de la zurriaga
de guayacán, que tenía cogida con ambas manos. Por ahí encima de la
cómoda está una hoja suelta que dieron los radicales ahora diez
meses, ¿no la ha leído, don Isidro?
-No recuerdo, contestó éste, y no está por demás leerla.
Luego que Margarita le hubo dado el papel a su vecino, éste lo
leyó con énfasis, porque ese día estaba lleno de entusiasmo; el
papel decía lo siguiente:
"EL 8 DE JUNIO
"Ya en la capital de la República no gozan de seguridad
las personas honradas.
Se ha levantado una turba bárbara y frenética contra la moral y
las instituciones, la cual está auxiliada por el general Obando y
el ejército permanente.
Ayer fueron indistintamente atacados en las calles, con
alevosía, muchos sujetos notables y especialmente los
Representantes del pueblo y los jóvenes defensores del
Congreso.
A los gritos de ¡viva Melo! se trataron de consumar los
escándalos ejecutados en el Cauca. El primero de estos nombres es
de fatal agüero, porque ha sido en todos tiempos el móvil del
crimen y el triunfo del salvajismo sobre la civilización.
Allá en el Cauca, a nombre de Obando y de la Democracia, se
vapuleaba y asesinaba a los hombres honrados de todos los partidos,
se robaba y se cometían otros crímenes horribles. Aquí, a nombre de
Obando y Melo se asesina a los hombres más dignos y se les da
muerte con las mismas armas que la nación ha puesto en manos de los
que se titulan defensores de la constitución y de las leyes.
Obando es el primer presidente que se inaugura con ataques a la
libertad...".
-¡Basta!, dijo don Isidro: no leo más calumnias de los
pisaverdes; no quiero oír cosas que me chocan más que si me las
dijesen a mí mismo.
-¿No es usted tolerante?
-Esas son teorías que yo no respeto.
-¡Esa es muy buena! Pero lo mejor es callar, dijo doña Mercedes.
Estos son efectos de los partidos y nada más; y para esto que aquí
estamos enteramente divididos; y porque todos los de esta casa
somos conserva dores y los de
|El Olivo liberales. Y no es
mucho que uno u otro día hayamos de indisponernos, cuando siempre
hemos vivido tan unidos: ¡lo que son los partidos!
-Esa sería la mayor simpleza, contestó Isabel.
-¿Apostemos, dijo doña Mercedes, apostemos a que vamos a tener
sentimientos y peleas por la política?
-¡Imposible!, exclamó la señora Josefa. ¿Luego para qué sirve la
tolerancia?
Carlos y don Isidro se fueron pronto. La gente de
|El
Olivo se quedó discutiendo por largo rato sobre el asunto de
la revolución, y en los dos siguientes días no tuvieron ninguna
noticia cierta de la capital. Al tercer día sobrevino una novedad
que llenó de espanto a todos los habitantes de
|La
Pradera.
Como a eso de las cuatro de la tarde se apareció una partida de
veinticinco hombres bien montados, mandados por un comandante Amaya
Pérez, el que cogió para reclutas a José María y Martín; los otros
peones se pudieron salvar escondiéndose entre el tamo; se llevó
además los caballos de galápago de las señoras, dos caballos de
cacería, de Fernando y 60 reses de ceba.
Fue mucha la pena que don Gaspar, la señora y toda la familia
tuvieron por la pérdida del ganado que se llevaban y por el afecto
particular que les tenían a los hermosos caballos en que montaban
las señoras.
Fernando se interesó con el oficial, en conmovedoras palabras,
para que los devolviera, pero no consiguió nada.
-Yo tenía intenciones de no hostilizar al gobierno provisorio
del 17 de abril, pero usted me hace cambiar de ideas.
-Una golondrina no hace verano, le contestó el oficial.
-No hay enemigo pequeño, dijo Fernando y se fue a reunir con su
familia.
-¿Con que no se salvaron los caballos, Fernando?, le dijo doña
Mercedes.
-No, señora, pero juro que tomaré las armas y que les haré
cuantos daños pueda.
Don Isidro había visto la tropa, y acudió a la puerta del
potrero cuando ya sacaban el ganado, y dos caballos más, también de
cacería y de vaquería; consiguió con el oficial que le devolviesen
dos caballos y diez reses.
La familia se quedó muy afligida y Fernando reiteró su juramento
de tomar parte en la guerra.
-¡Ahí tiene usted lo que son las revoluciones de la Nueva
Granada! dijo suspirando la señora Mercedes; Gaspar, que no quiere
revolución, tiene que contribuir con mil pesos para ella; ¿ Y quién
ha declarado la necesidad de la guerra? ¿y por qué ha de haberla?
¿porque algunos quieren subir al poder? ¿entonces porqué no la
costean ellos? ¡Lástima del caballo de mi galápago!
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