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CAPITULO II
LAS DOS FAMILIAS

Don Isidro Sánchez, propietario de |El Olivo, tenía 40 años en el de 1845, y su esposa, doña Josefa Vásquez no pasaba de 32 y tenían cinco niños, cuyas edades entonces eran las siguientes: Carlos, el mayor, tenía catorce años; Isabel, doce; Justiniano, diez; Rosalía, siete, y Pepita, que iba a entrar en diez meses.

La familia de don Gaspar y doña Mercedes se hallaba en el orden siguiente: Fernando, de trece años; Margarita, de once; Justino, de diez; Secundino, de nueve, y Elisa, de trece meses.

Las criadas de |El Olivo, eran Marcelina y Matea, del distrito parroquial, y Susana, de Bogotá. Las criadas de |El Olivo, y las de |La Pradera no salían a servir a otra casa, algunas solían casar y tomar estancias en las mismas haciendas y se iban sustituyendo con muchachas de las vecindades que se criaban en las casas, de manera que eran reputadas como de la familia, y su educación moral era atendida por la señora como se atendía la educación de las propias hijas.

Las parejas de que hemos hablado habían sellado la historia de sus días gloriosos cubriéndola con el velo del matrimonio y una gran parte de su amor se había fijado en los renuevos, que por cierto eran muy dignos de fijar su atención, y hablaremos de ellos principiando por los de |La Pradera.

Fernando era un niño hermoso y aunque no era demasiado locuaz, no carecía de la viveza que tanto agrada en los muchachos, era entendido, ágil y vigoroso, de facciones amables aunque no muy risueño. Margarita era una muchacha locuaz, traviesa y antojadiza; no se veía entre todos sus contemporáneos una fisonomía más expresiva; su sonrisa y su mirada eran un relámpago que iluminaba de repente sus preciosas facciones; sentía mucho la más leve contrariedad y un regaño la hacía derramar lágrimas amargas. Justino, muy parecido en el rostro a Fernando, era muy impetuoso y muy inclinado a vengar por sus manos todo lo que le parecía ser un ultraje a su augusta persona. Pepita era la amabilidad misma.

Los muchachos de |El Olivo eran primorosos. Carlos era insinuante y amable con todos; Isabel era un ángel de bondad y de belleza; sus ojos negros y rasgados, pero en extremo apacibles, su sonrisa frecuente, hallándose de buen talante a todas horas del día y de la noche, pues al despertar sonreía cuando la levantaban de algún canapé o cama. La niñera que la crió había dicho varias veces que Isabelita no había sido empalagosa ni tonta; pero Isabel se asustaba de los ruidos súbitos o repentinos y la vista de algunas figuras extravagantes la hacían temblara las veces; era obediente, y las caricias de sus padres la llenaban de gratitud y de regocijo. Había ocasiones en que Isabel lloraba de ternura, cuando doña Mercedes le hacía volver atrás de cualquiera de sus antojos o proyectos de infancia. Rosalía, igualmente bella, era más resuelta y solía encolerizarse cuando no le daban gusto en alguno de sus caprichos.

No hay un teatro más apropiado para la familia que se levanta de un matrimonio feliz que una bonita casa de campo. El llano que rodeaba |El Olivo no era sino una alfombra verde que por tiempos se cubría con las flores amarillas de la |pacunga, sobre la cual se desplegaban en guerrilla por las tardes los niños y la criada niñera, jugando con un perro de aguas, llamado |Cupido, que hacía de |toro bravo, acometiendo a las criadas y los niños, siendo de advertir que a estas diversiones se agregaban algunos chinos, que empezaban a desempeñar pequeños servicios en la hacienda y andaban a las parejas en edades con los niños. Su juego más divertido era arrojar una bola de madera para que |Cupido la alcanzara corriendo.

Las huertas eran un encanto para los niños, pero este goce tenía sus restricciones, que formaba un artículo del Código prohibitivo; es decir que la libertad principiaba a ser entrabada con las ordenanzas y las leyes.

Hemos hablado de los |chinos, y es necesario explicar este sustantivo desde su etimología. Tal vez llamaron los españoles así a los muchachos muiscas, por su analogía de colores con los súbditos del celeste imperio. Hoy son llamados |chinos en Bogotá y en los campos inmediatos los muchachos de la clase descalza, de mala traza por su pobreza, entre los cuales se suele hallar mancomunidad, en especial en Bogotá, en donde se asocian, atraídos por las novedades, la música o los cohetes, y hay ocasiones que por muy poco precio, o por su espontáneo gusto, aplauden o vituperan, respondiendo a los vivas y mueras de los voceros de los partidos.

Los |chinos de las haciendas no se reúnen nunca en grandes partidas y su traje sujeto a las contradicciones de la pobreza los hace parecer ridículos, las más de las veces; pero desempeñan funciones que los hacen necesarios. Daremos una idea de los |chinos de las dos haciendas.

La |china Fulgencia, de doce años de edad, desempeñaba el oficio de cuidar unas ovejas, y aunque sus enaguas de frisa estaban muy remendadas y su mantilla deshilachada y su sombrero descopado, sus mejillas retocadas de carmín, sus ojos negros como el azabache y sus labios de coral le daban pronósticos de dicha para el tiempo de su juventud. Su hermano Martín, de diez años y medio, comenzaba a servir en los trabajos del aseo de las pesebreras y en cortar pasto para los caballos. Estos dos chinos eran hijos de la lavandera llamada Petronila, la cual vivía en la estancia de |Los Alcaparros. Lorenzo era hijo de Juan Bautista, y este individuo, con toda su familia, era el concertado que ordeñaba las vacas del Hato todos los días del año, lloviera o tronara.

Había simpatías invencibles entre los |chinos y los niños, es decir, entre los niños calzados y los niños descalzos. El acero y el imán no se adhieren con más fuerza de atracción. No había juego de los niños en que no estuviera presente uno de los |chinos si no eran todos. Los niños leían, las niñas leían y cosían, los chinos a duras penas ejecutaban algunos oficios; pero en los ratos en que los primeros tenían alguna vacante legal o ilegal, se estaban buscando |uchuvas, nidos o moras.

Había un teatro en que se hallaban juntos los |chinos y los niños, precisamente todos los días, y era el corral de las vacas. Entre las seis y las siete, después de tomar el chocolate, salía la niñera, y algunas veces la señora misma, presidiendo la encantadora compañía, sacando de la casa, pan o bizcochos, y tazas o totumas muy aseadas, y se apoderaban de la barrera o cercado de talanqueras con la inquietud que era del caso. Carlos sacaba en sus manos un rejo de enlazar muy delgadito, que el mayordomo le había regalado, que no abandonaba a ninguna hora del día, pues cuando leía en la sala lo tenía junto, cuando se sentaba a comer lo había de mirar desde el asiento, y cuando se acostaba a dormir lo ponía debajo de la almohada.

La ordeñadura se ejecutaba de este modo: Fulgencia, Martín u otro hacían la guardia de la puerta del |chiquero en donde estaban encerrados ochenta o cien terneros, todos empeñados en salir. Cuando gritaba ñor Juan Bautista, o su esposa, o los otros concertados, |Ternero, ternero, se le daba puerta a uno, el más solícito y emprendedor, y salía corriendo, exhalando uno que otro berrido. La madre, que no lo había perdido de vista entre la confusión y el tumulto, apuraba los bramidos, a tiempo que el concertado, llevando en las manos un tarro y un lazo de fique o con una correa de cuero, llamada el |porteador, gritaba: " |Leche, leche leche", llamando por su propio nombre a la vaca, y así que llegaba el ternero donde la madre, el concertado le ataba las patas a la vaca y se ponía en atisba a ver el momento en que el ternero sacaba la leche, lo cual se conoce por el movimiento de la cola; y viendo que ya era tiempo ataba el ternero al brazo, si era chico, o le daba palo en la frente y las narices si era grande, y comenzaba a exprimir las fuentes del primer alimento con ambas manos, y a poco rato estaba rebosando la espuma sobre la superficie del tarro, brillante como la nieve que corona la luminosa cumbre del Tolima, que se divisa desde algunos puntos de los contornos de la sabana en los días más claros del año.

Esta operación se ejecuta a la vez por varios de los concertados, y el clamor de vacas y terneros era infinito, interrumpido solamente por algunos gritos: |leche, leche, leche.

Corría por el corral un ternero pintado, a tiempo que los concertados gritaban:

-¡Petaca! ¡petaca!

-Esa es la mía, gritó Isabelita.

-¡Afuera con ella!, gritó Carlitos, porque papá dice que nosotros no entremos al corral.

-Afuera con la vaca de mi señorita, dijo |ñor Juan Bautista, y abrió la puerta, poniendo quién atajase las otras vacas.

No hay un símbolo que exprese mejor la tolerancia que la vaca |Petaca de |El Olivo dejándose ordeñar por una familia entera. Era tan mansa la vaca de Isabelita que nunca la maneaban con la correa o lazo que se acostumbraba.

Todos los niños de |El Olivo, estaban rodeados como avispas que zumban en los contornos de una vasija que tiene miel. Todos tenían pan y una taza en la mano. Todos querían que les ordeñasen a un mismo tiempo, y hasta la niñera abría la boca para que le ordeñasen algunos chorros. Todas las mañanas se dirigían al mismo punto, estando todos rodeando a la |Petaca. Dos de los |chinos más chicos estaban agregados a los explotadores de la |Petaca, y la escena era de lo más interesante.

Todos los niños sacaron sus tazas llenas; los dos |chinos lograron algo al lado de los |amitos, Ildefonsa recibió sus chorros, a |Cupido le participó Isabelita de la porción que le había tocado, y no contento el concertado se arrimó y escurrió medio tarro, entre tanto que el hijo de la |Petaca miraba la función sin acercarse, porque las veces que lo había intentado había sufrido contusiones en la frente y aún en el propio hocico.

Pero así que las fuentes de la abundancia se quedaron exhaustas, dejó el concertado arrimar al ternero para explotar el |saque, y en efecto, a fuerza de chupones y topes hizo reproducir éste la leche, y entonces pegándole unos palos el concertado al hijo de la |Petaca, éste se retiró para que ordeñasen la |postrera, la cual fue guardada en vasijas distintas para más tarde.

Después de esto se dejó libre la vaca, la cual se retiró para la sabana, por dar lugar y tiempo a su propio hijo de extraer las últimas gotas de la leche que la naturaleza había destinado solamente para él.

Aquellos preciosos niños brillaban por lo robustos y sanos, en los contornos del corral que es siempre saludable, por los aires libres de la sabana, y por las exhalaciones del ganado, señaladas por la higiene como buen preservativo contra las pestes.

De esta manera los |chinos, los niños y los terneros tenían por la edad muchos puntos de contacto en el gran teatro social del corral de |El Olivo, agregándose la |enlazadura a todo lo dicho, que es seguramente la primera pasión de los muchachos de las haciendas.

Cuando los niños de |El Olivo se escapaban de la vigilancia paterna, se agregaban a los |chinos en sus oficios. Así fue que una tarde los acompañó la niñera a recoger las vacas para encerrar los terneros, y cuando estuvieron sumidos en una vega que no se divisaba de la casa ni del resto del llano, cogieron los concertados terneros para montar. Enlazar era la gloria de Carlos; y le echó el lazo al ternero que Lorenzo y Fulgencio le designaron, y montó Martín. El ternero se había sometido al dominio y autoridad de los |chinos. Lo montaban en pelo, uno a uno o |ancados, sin que se molestase por nada, aunque es verdad que esta conquista magna les había costado porrazos y contusiones que estaban en secreto.

Montó Carlos y cayó muy pronto, pero la grama de la vega estaba muy crecida y no sintió novedad alguna. En seguida comprometió a Isabel a montar, encareciéndole lo agradable de la caída sobre la yerba. Isabel rehusaba, y para comprometerla, montó Fulgencia y le fue muy bien en da caída. Montó al fin la bella Isabel, y al cabo de media cuadra cayó, porque el ternero comenzaba a trotar; pero la caída fue de lo más delicioso; finalmente, montó la niñera y cayó también. Este espectáculo en una ensenada de la vega, a las cinco de la tarde del día más bello de enero, hollando con los pies el pasto crecido de la vega, habría sido digno de un pincel como el del bogotano Espinosa. Los niños estaban más alegres que el pueblo pobre en unas fiestas de toros. Este triunfo glorioso de Isabel y sus hermanos se quedó en un eterno secreto. Ildefonsa, la niñera, era la menos interesada en descubrirlo. De estos y aún de mayor entidad hay secretos en todas las familias. Estas escenas se repetían con suma frecuencia.

Había ocasiones que los niños y los |chinos hacían sus excursiones a las zanjas y barrancos y a los rosales de las huertas, a los pajales de los hoyos en las chambas a buscar nidos de |chisgas amarillas, o las frutas llamadas |uchuvas en la sabana. Otras veces se ejecutaba en la montonera el juego de las escondidas, y si era en domingo, las criadas se agregaban a la partida. Esta función se ejecutaba yendo uno a escapar y otro a buscar al primero, andando con pasos silenciosos, por todo el ámbito de los montones de trigo, y otras veces corriendo, imponiéndole alguna penitencia forzosa al que se dejaba pescar.

Todos los días había proyectos para llenar las preciosas horas del día. Procesiones de santos, refrescos y meriendas, en que se exhibían las muñecas, ricamente vestidas, juegos de la |mariposa y del |achachay, paseos a las sementeras de papas y maíz. El retozo y el juego eran el objeto de la tierna república de |El Olivo. Los domingos se agregaban las criadas a la partida y los paseos se extendían hasta las lomas y a veces a las estancias. Pero es una fatalidad que para la raza humana no haya dicha completa en ninguna de sus combinaciones sociales. La libertad es el anhelo del individuo, es el instinto de la felicidad que germina en el corazón, es la elección de los medios de ser feliz el individuo, y las trabas que se oponen a la libertad individual constituyen lo que se llama tiranía.

Muy bien se comprendía la verdad de este principio en la tierna república de |El Olivo; la obligación de leer y de coser algunas horas del día, y la prohibición de recibir los rayos del sol (a cualquier hora del día), la de ir a coger las manzanas o las mazorcas y meterse en el fondo de los zanjones, en persecución de los nidos; esto era un código para los niños, y un código contra todo el espíritu de la libertad individual; y como había tendencias a eludir los mandatos, las penas se habían hecho necesarias, y de aquí la desdicha, la fatalidad para los asociados de |El Olivo; y de aquí una lucha constante. El instinto de la libertad por una parte y las prohibiciones por otra: la astucia y la vigilancia en lucha abierta. Y no hay que pensar que este pueblo de niños y |chinos hubiese recibido de la naturaleza el instinto de conocer su verdadero bien juntamente con el instinto de su libertad individual, porque muchas veces se le vio preferir una indigestión o una insolación al pasajero mal de abstenerse de salir en busca de un nido o de una mazorca tierna de la labranza.

Había niños a quienes les gustaba sobreponerse a los otros, prevalidos de la fuerza o de la astucia, y esta era otra libertad que había necesidad de reprimir en favor de los tímidos y modestos, so pena de mantener la esclavitud disimulada entre los socios de la moderna república de |El Olivo. Carlos, nada menos, generoso con sus hermanos, afable con todos los |chinos, tenía caprichos algunos días con que se hacía terrible. Isabel, que era tímida y corta de genio, tenía que pasar por todas las penas de la violencia. Estos males eran remediados por la autoridad paterna, pero la autoridad se dice que es una tiranía, y por cierto que ella causaba lágrimas y pensamientos de disgusto. Entre muchos casos de este género referiremos una historia, que dejó recuerdos en |El Olivo para mucho tiempo.

La |enlazadura, operación que consiste en echar un lazo a un animal, es en el campo una diversión para los muchachos, que se antepone a todas las otras. La pelota, el juego del trompo, del |choclo y las cometas son nada en comparación del |rejo de enlazar. Todo juego conduce al triunfo, y por esto es una clase de pasión. El triunfo de la |enlazadura es el de la cacería de un animal por la industria del lazo, como se hace en otros casos con la |bodoquera, o con la escopeta.

Entraba un día don Isidro al patio de su casa cuando venía de dar vueltas a los potreros, y notó el silencio sepulcral que reinaba en toda la casa. Ninguno de los niños gritaba ni leía, ninguna de las criadas hablaba en la cocina, ninguna de las arneadoras alzaba los ojos a mirar siquiera; y luego, como pidió |candela para encender un cigarro, notó que la criada tenía los ojos humedecidos por los restos de un llanto inmediato.

-¿Qué hay?, preguntó a las peonas.

Ellas continuaban calladas su trabajo.

-¿Qué hay mi cielo?, le dijo a Pepita, levantándola en sus brazos paternales.

- |Mató ató nego.

-¿En dónde, mi bien?

-A |zazo, papá.

-¿Y cómo ha sido eso?

- |Alito así ató, dijo la niña, ciñéndose el pescuezo con una liga que tenía en las manos.

-¿Y dónde está Carlitos?

- |Se fe a la veta.

A este tiempo salió doña Josefa, por un pasadizo que conducía a la huerta, con el dolor de una catástrofe pintado en su venerable rostro, sin atreverse a decir lo que sabía.

-Todo me lo ha dicho Pepita, dijo don Isidro. Carlos, ha enlazado uno de los gatos y se ha ahorcado en el zarzo.

Pero esto ha sido de una manera horrorosa. Carlos que no piensa en otra cosa que en el |rejo de enlazar, con desprecio de la prohibición que se le hizo el otro día de enlazar gatos y perros, le tiró un |chambuque al gato negro, y como era tan engreído, tan déspota, tan pagado de sí mismo, que jamás consentía que lo tocasen, salió corriendo por todo el patio con el rejo arrastrando, y los perros, que lo aborrecían como los tiranos a los escritores públicos, lo siguieron a toda la |furia de la carrera, con un alboroto que se llenó el patio de muchachos, de cocineras y de peonas, y hallando el gato negro parada la escalera de los albañiles contra un agujero que va a parar al zarzo general de la sala y las alcobas, trepó por ella, y pronto se advertía por los maullidos, que se había internado en las concavidades más profundas del techado de las alcobas. Los gritos se aumentaban por el eco de las piezas cerradas, y todo el mundo temía la catástrofe de una muerte la más desgraciada, pero no había un hombre que saliese de pronto, y de todas las criadas no hubo sino la niñera que quisiese subir, y esto, después que miró para todos lados, y que hizo mil aspavientos y |dengues. Ya el infeliz se hallaba en las agonías de la muerte, porque el |rejo se había enredado en las varas del zarzo y se conocía que tiraba con rabia, lo que le traía una muerte segura por causa de su mismo orgullo, porque al haberse dejado coger en el patio nada de eso hubiera sucedido. Ello fue que cuando Ildefonsa llegó al lugar de la escena, tonteando en la oscuridad, y tropezando a cada momento, el gato negro estaba exhalando los últimos alientos de su miserable vida. Toda la gente esperaba la razón, y el caso fue de lo más trágico al ver a la niñera cubierta de telarañas y de polvo, mostrando desde la portecilla del zarzo el cadáver del |misingo con los ojos saltados y con la lengua afuera, cogido del pescuezo con el |rejo de enlazar de Carlitos. Las criadas, que lo aborrecían por expropiador de pichones y pollos, fueron las primeras en llorarlo, los perros amainaron en sus odios de raza luego que lo vieron muerto, y Carlos salió corriendo a la huerta horrorizado de su obra.

Esto es lo que ha sucedido hoy en la casa de |El Olivo.

A este tiempo apareció Carlos, que había sentido la llegada de su papá, don Isidro, y esperaba el perdón de su desvío, porque su tierna conciencia le acusaba que había procedido mal.

-¿No ve usted en el conflicto que Carlos ha puesto toda la casa por enlazar al gato, a pesar de que hay un mandato expreso de no enlazar gatos, ni perros?

-Es necesario que no lo vuelva a hacer, dijo don Isidro.

-Seguro que no volverá a matar al gato negro, contestó con viveza doña Josefa, porque esa fama de las 7 vidas de los gatos no es otra cosa que una fábula de los criados. Pero se necesita que Carlos sufra su castigo por la infracción de la ley. Que aguante unas horas de encierro en la alacena del cuarto oscuro.

-¿Y con esto vive el ahorcado?

-Seguro que no; pero a Carlos se le quedará impresa en la memoria la idea de los malos resultados de la infracción, y para los otros muchachos será una viva prevención que no los dejará incurrir en la misma falta.

-Tal vez no estamos de acuerdo, dijo don Isidro conmovido, pero yo imploro el perdón para mi Carlitos.

-Sea, dijo doña Josefa, aunque soy de parecer que la pena que sufre toda la familia con una de estas infracciones es mayor que la pena de una hora de encierro.

Doña Josefa no le contrariaba las ideas a don Isidro, porque se había propuesto conservar la paz en el matrimonio. Don Isidro tenía más consentido a Carlitos que a los otros niños, porque le quería más y le había concedido mayores fueros, no obstante la adhesión que tenía a la igualdad.

En |La Pradera pasaban las cosas poco más o menos lo mismo que en |El Olivo. Los mismo juegos, la misma dicha para los niños, aunque los códigos eran un poco más apretados, porque don Gaspar era menos tolerante que su vecino, don Isidro. Por lo que hace |al rejo de enlazar, todo iba lo mismo, los |chinos y Fernando eran émulos en estas diversiones, y hasta Margarita enlazaba terneros por las mañanas en el rato que les era permitido a los niños asistir a la escena divertida y agradable de la ordeñadura. Allá los |chinos socios eran Genara, José María y Casimiro, fuera de otros de segunda magnitud.

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