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CAPITULO I
LAS DOS HACIENDAS
|La Pradera y
|El Olivo, eran dos haciendas de
segunda magnitud en la sabana de Bogotá; pero que a causa de las
revoluciones hoy no gozan de importancia.
Algunas páginas tendremos que dedicar a las descripciones de
estas olvidadas haciendas, porque sus corrales, huertas, edificios
y potreros son el teatro de los cuadros de costumbres que vamos a
describir.
La casa de
|El Olivo estaba situada al pie de una loma
que se alza de la zona de las gramas y de los arbustos hasta llegar
a la del frailejón y la paja de uche, y a las crestas de los
peñascos desnudos, que es lo único que se ve desde algunos parajes
de la sabana. Antes de llegar a las puertas de la hacienda se
andaba por el lado de las sementeras de cebada, o papas, o de los
prados de
|pacunga, grama y achicoria.
Como los cerezos y manzanos sobresalían de las tapias de las
huertas y como los sauces y nogales se sobreponían a las ventanas
más elevadas, y en parte llegaban a los tejados mismos, el grupo
entero del edificio daba una vista encantadora para los transeúntes
del camino real, que veían las casas desde la distancia de siete
cuadras y un grupo de treinta o cuarenta montones de trigo formando
una especie de población pajiza, todo lo cual semejaba a una isla
levantada en medio de un océano de verdura.
Veíanse las tapias de las huertas y corrales y las cercas de.
las corralejas que se elevaban en forma de murallas o
fortificaciones, lo que daba a la casa, capital de la hacienda, un
aspecto solemne aunque melancólico, si se contemplaba el total
aislamiento que reinaba en los contornos, pues no había sino a
mucha distancia una que otra vivienda de los proletarios.
Este era a lo lejos el paisaje de las casas de
|El
Olivo; ahora examinemos su interior con un poco de cuidado,
para completar la idea de las haciendas de la sabana que van
pasando por la reforma lenta de la civilización de la Nueva
Granada, que no se presta a los adelantos de verdadero provecho ni
en máquinas, ni en crías, ni en nada de las artes que dan el
verdadero lucro.
No era casa de balcón la de
|El Olivo, o casa alta como
se dice, pero el pequeño declive del terreno le concedía al
frontispicio una elevación de tres a cuatro varas, lo cual le daba
una fachada magnífica. Sobre este terraplén había un famoso
corredor con barandas desde donde se veían los corrales y potreros
de la hacienda, y luego las haciendas menos distantes y algunas de
las estancias, prolongándose el horizonte por el espacio de muchas
leguas. El salón principal de
|El Olivo quedaba en el tramo
del fondo y era hermoso y se hallaba muy bien adornado, estando
cubiertas sus paredes de papel pintado. La recámara o pieza de las
señoras era suntuosa; pero tenía el defecto de estar en los
primeros corredores por donde se pasaba al cuarto del dueño de
casa, lo cual les quitaba algún tiempo a las señoras que tenían que
entrar algunas veces en comunicación con los que por allí
pasaban.
El comedor era grande y estaba guarnecido de una gran mesa de
pino y de dos cómodos escaparates; seguía otra pieza para los
licores y dulces. Las paredes estaban adornadas con pinturas al
temple de diosas casi al estado natural, sobre pedestales que
parecían de bulto, y las ventanas que eran muy grandes, daban a las
huertas, sucediendo que los pajaritos venían a pararse sobre los
travesaños, las veces que no había mucho alboroto.
Vegetaba en mitad del patio un árbol de acacia que ya se elevaba
del tejado y en torno de él fructificaban los ciruelos y membrillos
y floreaban las rosas, las dalias, las amapolas y los claveles, en
medio de una gran tapicería de fresas que rodeaba los alares del
patio. Por todas las barandas estaba prendida una pasiflora de la
cual pendían las frutas en diversas sazones.
En otro patio estaba la cocina cuyos fogones altos eran
multiplicados y cómodos, porque en
|El Olivo se hacía mucho
uso de este importante departamento. Un chorro de agua cruzaba este
patio, que estaba adornado de flores de diversos matices.
Seguían las puertas de los graneros de las papas y trigo, y un
poco más lejos se veían las pesebreras, que componen un
departamento muy importante en la arquitectura de las
haciendas.
Las huertas estaban divididas en diversas secciones, y la
alfalfa era la planta que más se cuidaba. Había manzanos, duraznos
y cerezos dispersos por todas partes y varios curubos que pendían
de los cerezos o de los sauces.
Dueño de esta encantadora mansión era don Isidro Sánchez, casado
con la señora Josefa Vásquez; de ellos y de su importante familia
hablaremos en otro capítulo.
Los potreros que constituían la riqueza de
|El Olivo
eran muy espaciosos y estaban todos muy bien cercados de piedra, de
cepos y algunos
|retazos de tapia. Había potreros para las
yeguas, para las vacas de hato, que eran más de ciento, para los
potros y algunos caballos, para las cebas, y dos muy grandes para
las sementeras, los cuales servían también para mantener animales.
Al oriente, en una cadena de lomas que se prolongaba hasta los
bosquecillos que preceden al páramo, había más de mil toros
bravos.
La mansión del mayordomo era una bonita casa de paja, que no
distaba sino dos cuadras de la de la hacienda. Las estancias que
estaban más a la vista eran las llamadas:
|Los Alcaparros,
|La Mana y
|La Cabrera, que era una de las más
bonitas y alegres estancias, pero que no se veía porque quedaba a
una legua de distancia entre las peñas y los barsales. Allí había
una manada de cabras y un corral para un atajo de ganado de
cría.
|La Pradera, quedaba a una media legua al occidente de
|El Olivo. Esta casa se hallaba en el plano general de la
sabana pero a uno de sus lados bajaba el terreno hasta la orilla de
un riachuelo, que corría lentamente por una hondonada de vegas
engramadas y separaba aquella parte de sabana como en dos
continentes, el uno que constituía la hacienda de
|Los
Arrayanes y el otro
|La Pradera; aunque la casa de
|Los Arrayanes quedaba muy separada, como a legua y media
de las casas de
|La Pradera.
La casa de ésta, aunque de balcón, no era hermosa como la de
|El Olivo, que por ser baja y muy bien distribuida, gozaba
de todas las cualidades de una verdadera casa de campo.
Había en
|La Pradera un corredor muy ancho, frente a las
corralejas, y el espacio de abajo que le correspondía estaba
destinado a recibir los caballos de los que llegaban. El patio era
muy grande y se alzaban en la mitad cuatro nogales antiguos, a cuyo
rededor había un cercado de varitas, tupido de doncenones, que
encerraba unas matas de ciruelos colocados en pequeñas calles. Todo
el patio estaba ceñido de un corredor continuo, correspondiente a
los corredores del piso alto, sostenido por columnas de chuguacá y
adornados con plantas diversas, que subían por cada uno de ellos,
hasta tocar con las barandas de arriba.
En las piezas bajas estaban los graneros y cuartos de sillas y
de herramientas. El medio tramo interior, opuesto al gran corredor
que tenía vista a la calle que formaban los ciruelos, componía la
sala principal de la casa, a la cual se subía por una escalera muy
ancha y cómoda que tenía en comunicación el piso bajo con el alto.
La sala y cuartos de las señoras estaban en el costado fronterizo y
llegaban a ellos los parientes o señoras, o personas conocidas que
eran de mucha intimidad, y para las visitas de poca confianza o de
mero cumplimiento, salían las señoras hasta la sala. El cuarto de
don Gaspar, dueño de esta casa, era digno de visitarse por la
multitud de objetos que contenía, a manera de museo. Libros, rejos
de enlazar, muchos fierros curiosos, palos de guayacán para
zurriagas, cuchillos, escopeta, municiones, semillas exquisitas,
tiras de cuero tallado, leznas, agujas, aparte de todas las
curiosidades de los tres reinos que se hallaban en los cajones y
alacenas, separados en las clases debidas.
El comedor era grande, pero menos claro que el de
|El
Olivo y tenía por adorno algunos cuadros tomados de la Biblia,
como la
|Samaritana
|hablando con Jesucristo, El hijo
pródigo presentándose en las puertas de la casa paterna y otra
media docena de estas pinturas, llamadas antiguamente paisajes, de
unos colores vivísimos y sombreadas con rayitas, que fueron tan
comunes en el siglo pasado, las que no había querido quitar don
Gaspar por conservar un recuerdo de sus abuelos.
Otro recuerdo de sus antepasados se hallaba intacto en la casa
de
|La Pradera, a pesar de las composiciones que se habían
ejecutado, y era el oratorio, que permanecía intacto con todo el
aparato del culto, y donde se decía misa, a la cual asistían todos
los arrendatarios. El altar era sencillo y sus efigies eran un
Crucifijo y una Dolorosa. Algunas noches rezaba el rosario don
Gaspar con toda la familia, y doña Mercedes, su esposa, hacía en el
año algunas novenas.
Antiguamente las haciendas de la sabana tenían una capilla con
su puerta al exterior de la casa, y en muchas había capellán fijo y
establecido. Hoy no existen esas capillas y el culto se ha
centralizado en las parroquias.
A las huertas de
|La Pradera se podía ir por recreación,
como ir a los paseos públicos de algunas ciudades de Europa, de que
nos hablan los viajeros. Fuera de los tablones de alfalfa había
casi todo el año habas, papas de semillas exquisitas, matas de
maíz, arvejas, repollos muy grandes, lechugas, rábanos, alcachofas
y zanahorias, había, en fin, cuanto existe en el ramo de las
hortalizas. En cuanto a frutas había duraznos, manzanos, curubos,
frutas de chil, cerezas, ciruelas y pepinos. Flores las había muy
preciosas, y el principal adorno de las huertas era una alameda de
cerezos, manzanos y sauces, por la cual iba el camino desde la casa
hasta la orilla del río, yendo a terminar al lavadero y cogedero de
agua. Los rosales entreverados en los espacios de los árboles, y
los curubos enredados por encima, le daban a la alameda las
ventajas de la sombra, de la belleza y de las aromas más
exquisitas.
El orden, la conservación y los adelantos de las huertas se
debían a la señora. Era el instinto de la maternidad el que
impulsaba todos los adelantos, seguramente porque doña Mercedes se
gozaba como de un triunfo al ofrecer a sus hijos una fruta nueva o
un plato de papas desconocidas por su hermosura y su calidad.
Después de los cuidados de la lactancia continúan otros muy tiernos
y delicados en el ramo de la subsistencia, que sólo conocen los
corazones de las madres. Doña Mercedes fue muy feliz en prodigar
por mucho tiempo sus cuidados sobre sus hijos reunidos. ¡Cuánto más
felices serían ellos!
Los corrales de aves eran otra curiosidad muy digna de una
matrona como doña Mercedes. Pavos, gallinas, palomas y patos; todas
estas crías se cuidaban con el mayor esmero. Tenía la señora tres
clases de patos: gansos, patos caseros, que son nativos de nuestras
tierras cálidas, y patos del Norte. Tenía la mejor cría de marranos
|La Pradera, y hubo marranos de ceba que dieron hasta ocho
arrobas de manteca.
El fuerte de la hacienda de La Pradera consistía en cría de
yeguas y en ceba de ganados. Había cien yeguas de muy buena raza y
se cebaban cuatrocientas reses por año. Fuera de esto se sembraban
50 ó 60 cargas de trigo y otras tantas de papas. No había en
|La
Pradera sino los arados comunes de un tronco de palo, en el
cual se halla ensamblado un timón de una vara, que son los que se
usan en toda la sabana; con 25 de estos, tirados por bueyes no muy
grandes, se hacía el barbecho en algunos meses consecutivos para
sembrar en el mes de febrero 60 ó 70 cargas de trigo. En
|La
Pradera no había más máquina para las operaciones de campo que
una seguiñuela de batir mantequilla y unos carros de transporte,
sin embargo de haber viajado a Europa el propietario en clase de
comerciante. El trigo se sembraba con los arados coloniales y se
trillaba con la recogida de las yeguas; se aventaba con los brazos
de las arneadoras y se limpiaba con las manos de las peonas,
haciendo pasar todos los granos de una cosecha por los dedos de las
arneadoras, como pasa por los dedos de un tesorero y sus adjuntos
toda la plata de los campesinos que se absorben las tesorerías del
gobierno.
Como se criaban potros en
|La Pradera, y muy famosos
muletos, las pesebreras tenían grande cubierta y había ocasiones de
sostener ocho o diez caballos.
Las ochenta vacas que se ordenaban allí producían catorce o diez
y seis botijas de leche, que se reducían a quesos de gavera y del
suero se sacaba requesón para vender en la capital.
Había en
|La Pradera una pequeña tropa de perros de
cacería, que seguramente cumplían su destino bajo las órdenes del
amo de la casa, porque en las columnas del corredor externo se
veían algunas cabezas de venado en testimonio de que se ejercitaba
la profesión con provecho.
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